Arthur Rimbaud, un explorador de los sentidos

Arthur Rimbaud, un explorador de los sentidos

El mundo de la cultura está conmemorando los 125 años de muerte del poeta francés. Aquí, un perfil.

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En el 2004, al cumplirse 150 años del natalicio de Rimbaud, el escultor alemán Ottmar Horl exhibió estos bustos en la plaza principal de Charleville-Mezieres, pueblo natal del poeta francés.

Foto:

AFP

19 de agosto 2016 , 10:57 p.m.

El primer acercamiento a él fue una revelación, aunque pensándolo bien, urdió como una iluminación. Debía tener yo 19 años y el ansia de devorar el mundo de una sola bocanada. Se hablaba de su leyenda misteriosa, de su sepulcral silencio a los 20 años, de su barco ebrio que muchos hemos montado gozosos, de su tormentosa relación con Paul Verlaine, de la mítica temporada en el reino de Satán, de que dio color a las vocales. Tantas cosas se decían de él, que lo mejor era aventurarse en su lectura.

Me inicié con Iluminaciones (al parecer, su despedida literaria) y me subyugaron sus imágenes, sus chapoteos con el lenguaje, esos cuadros maravillosos que deleitan los sentidos. Me parecía increíble que ese joven poeta nacido en la provincia remota francesa de Charleville, con una mamá tan implacable como “casquetes de plomo”, fuera capaz con la sola imaginación de transportarnos a mundos audaces y desconocidos, de utilizar la imagen como un don prodigioso y dejarnos lelos y felices a un lado de los caminos y él perderse en el confín del bosque mientras que “una muchacha de labios de naranja, cruzadas las rodillas en el claro diluvio que surge de los prados”, nos sedujera impertinente con la perversión de su mirada. O que en “Despertar de embriaguez” avisara “el tiempo de los asesinos”.

Y como dice su traductor, el poeta cubano Cintio Vitier, con inteligente fruición: “Lo que el poeta ve no lo imagina, sino que lo ve como imagen, como algo que aparece apresado por su imaginación, tan inseparable y distinto de ella que Rimbaud llama a esas apariciones, en un mismo tiempo de intuición, sus hijas y sus reinas”.

Y en ese grandísimo punto hay que entender al visionario Arthur, no en el campo de lo imaginativo sino en el de las imágenes, grabados del espíritu, porque “la imagen en la visión poética no es nunca imaginaria sino real y exterior al sujeto”, remata Vitier.

En Jean Nicolas Arthur Rimbaud, la poesía suena tan sencilla y a la vez tan hermética, que roza lo imperecedero, y leerlo es una oración de vértigo y estupefacción. “Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos los pájaros y las fuentes! Tiene que ser el fin del mundo, si avanzamos”.

Ese muchacho recorría los caminos, y su mirada vagabunda y rebelde iba pintando la vida de exultantes cuadros verbales. Avanzaba y el mundo avanzaba con él. Se arrastraba y el mundo se arrastraba con él. Volaba y el viento acariciaba su rostro de efebo inmaculado, de ojos azulísimos que descorrían un cielo peligroso, y en su rostro fortuito sobresalía una nariz respingada de princesa campesina.

¡Ay, Rimbaud, pediste reinventar el amor y a la poesía le diste tus mejores augurios para que la lírica entrara a la modernidad! Sus imágenes desbordaron los diques mentales y avisamos otras latitudes poéticas.

El barco ebrio

La leyenda dice que no conocía el mar cuando escribió el poema. Otros afirman que es una visión del camino errante que emprenderá en un futuro no muy lejano y que lo llevó finalmente hasta Abisinia.

Es un ejemplo de materialización en la imagen, de cómo el poeta se transforma en el objeto de su inspiración, es El barco ebrio, donde es mástil, quilla, nave que avanza, timón que rueda sobre las olas, así como su premisa de “Yo soy otro”, aquí él es el barco: “¡Yo sé de los cielos estallando en relámpagos, y las trombas /Y las resacas y las corrientes: yo sé de las tardes /Del Alba exaltada cual un palomar, /Y he visto algunas veces lo que el hombre ha creído ver!”.

Es un largo y exaltado poema que resume la vitalidad del poeta: el movimiento feroz y rítmico, el paisaje que estalla en colores y premoniciones, y una asaz rebeldía: “Si yo ansío un agua de Europa, es la de la charca /Negra y fría donde cae el crepúsculo embalsamado”. Y de un salto nos entromete en otro ámbito poético, en el de la inocencia arrobadora: “Un niño arrodillado, lleno de tristeza, abandona /Un barco frágil como mariposa de mayo”.

Aunque dice que leía literatura pasada de moda, libros eróticos sin ortografía, también leyó a Gautier, Hugo y Baudelaire, a quien consideró un Dios, y en su obra temprana hallamos un guiño a Shakespeare: “Y el Poeta dice que a la luz de las estrellas /Tú acudes a buscar, en la noche, las flores recogidas /Y que ha visto sobre el agua, tendida en sus amplios velos, /La blanca Ofelia flotar, como un gran lirio”.

En Alquimia del verbo descompone las palabras en letras e ilumina el alfabeto: “¡Yo inventé el color de las vocales! –A negro, E blanco, I rojo, O azul, U verde–. Establecí la forma y el movimiento de cada consonante, y, con ritmos instintivos, me jacté de inventar un verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos. Yo reservaba la traducción”.

Genialidad o extravagancia, las palabras hablan por sí solas, del invento rueda hacia el instinto, de allí a la forma, y la audacia lo lleva a reclamar los derechos de autor. El sentido del habla y la escritura los transforma en colores, en imágenes, y sale avante, de “poseer la clave de esta parada salvaje”, pues la vida es una estación salvaje y él lo percibe en un instante de clarividencia.

Temporada en el infierno

En breve tiempo, su corazón se atizó y en Una temporada en el infierno nos arrastró a los avernos terrenales. En esos tres años de combate con la palabra, de dulzura también, porque no olvidemos que el demonio es un muchacho, Rimbaud atravesó el umbral peligroso de la ficción poética y con desparpajo escribe: “Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones”. El joven toma posesión del pasado, de la humanidad, que es un tiempo y todos, y atemporal celebra esta revelación y continúa: “Una noche, senté a la belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”. Qué atrevido, además de insultar a la belleza la sienta en sus rodillas. Es una imagen de fabulosa densidad donde lo hermoso y un sorbo agrio se complementan, que recuerda a Baudelaire en La carroña, en el cual el poema expresa dialécticamente lo efímero de la vida.

Rimbaud era consciente de eso y su travesía es fugaz y su ambición inmensa. De allí su correría, su intensidad. El tiempo se agota, nos pareciera decir, porque su tono suele ser apocalíptico, bordeando siempre los límites. El mundo se acaba y yo también.

Los biógrafos señalan que esta temporada la escribe después del doloroso suceso con Verlaine en Bruselas, cuando el pobre Lelian lo hiere de un balazo en una muñeca y es encarcelado por 18 meses. Esta amarga relación la ilustra con ingenio avasallador en el poema Virgen loca, el esposo infernal, donde Rimbaud funge de esposo infernal, y la virgen le pide perdón entre lágrimas: “Soy esclava del esposo infernal, aquel que ha perdido a las vírgenes locas… Pero, a mí, que he perdido la paciencia, que estoy condenada –muerta para el mundo– no me matarán”.

Rimbaud construye un monólogo donde es Verlaine el que habla. Él es visto por el ojo del otro, para construir un drama conmovedor. Estas páginas quedarán como el testimonio de un romance poético y pasional: “Un día, quizá, desaparezca maravillosamente; pero si debe remontarse a un cielo, ¡es preciso que yo sepa, que yo vea un poco la asunción de mi amiguito!”. “¡Extraño matrimonio!”.

Y Verlaine vio la asunción de su amiguito, pues colaboró para que su obra se publicara, así ya no se volvieran a ver ni a injuriar ni a querer; realizó un prefacio para Iluminaciones y ayudó a reconstruir otros poemas, y de la pasión quedaron las cenizas de la poesía que hoy todavía dan lumbre a los caminos de la imaginación.

A pesar del furor de sus palabras, de retorcerle el cuello de cisne al lenguaje, siempre existe una operación en la cual predomina “el razonado desarreglo de los sentidos”, que elevó a método e iluminará los senderos de la poesía: “El hastío no es más mi amor. Las iras, los libertinajes, la locura, de los que yo conozco todos los impulsos y los desastres –todo mi fardo está relegado–. Apreciemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia”.

Rimbaud, el inocente, el desaforado, el visionario, el explorador a fondo de los sentidos, nos acompañará como una gran sombra que en la vigilia logró sus más grandes y ásperas revelaciones. Su inmenso silencio no es más que el grito de la poesía que rumorea bordeando los caminos y “¡el cántico de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos, no maldigamos la vida”.

Alfonso Carvajal
Especial para EL TIEMPO

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