Un piropo al piropo

Un piropo al piropo

El escritor Paul Brito recuerda los piropos de su papá y defiende esta expresión de galanteo.

Piropo

En defensa del piropo.

Foto:

123rf

20 de octubre 2017 , 04:27 p.m.

Mi padre siempre galanteaba a las mujeres de una forma muy pícara y a la vez respetuosa; lo hacía con un ánimo muy sano y hasta estético, incluso artístico, porque lo venía cultivando y puliendo desde quién sabe cuándo. Pero sobre todo por un impulso amistoso y humano.

Es difícil describirlo en acción, porque su estilo era un conjunto coordinado de elementos histriónicos: su voz melodiosa y persuasiva, sus ojos azules y transparentes destilando una mirada reconcentrada y romántica, su acompasada expresión corporal como si bailara alrededor de la musa (su música inspiradora), las palabras exactas que escogía y las comparaciones de buen gusto que inventaba, todo cubierto de mucho carisma y humor; era una delicia verlo y escucharlo, y es de las cosas que más extraño de él.

Octavio Paz hablaba del sexo como la mecha de donde brota 'la llama doble': la roja es la del erotismo y la más sutil y azul de adentro, la del amor; mi papá le sacaba una tercera aun más sutil: la amistad, la seducción humana. Sus piropos eran un preludio de la amistad. No piropeaba para ‘morbosear’ ni para atizar sus instintos, ni para conquistar sexualmente sino para cautivar, para conectar con el otro, para hacer sentir bien y ganarse la simpatía y la confianza de la mujer, y de los hombres que presenciaban su número, y como parte de una personalidad bromista y extrovertida que vivía en función de teatralizar, agradar y robarse el show. Nunca vi a una mujer ofendida por su trato, al contrario.

No solo piropeaba a las mujeres. A mí también me piropeaba, a sus sobrinos, a sus cuñados, a sus alumnos; me decía, por ejemplo, que me quedaba bien todo. A mis amigas o novias les encantaba su forma de ser, lo respetaban y él a ellas, tanto que hasta terminaban piropeándolo también.

A sus cuñadas y a las amigas de mi madre también las vivía piropeando. A mi madre le divertía esa galantería y la atmósfera de fantasía que creaba con ella, tanto si era la destinataria como si no; nunca le produjo celos. Yo corría siempre a presentarle alguna chica que acabara de conocer sólo por ver con qué ingenio, gracia, delicadeza y elegancia elogiaría esta vez sus pecas o su color de piel, cómo piropearía sus ojos negros y cómo actuaría de enamorado y poeta de Siglo de Oro español. Y ellas también lo disfrutaban porque sabían que era una especie de performance, de juego inofensivo, para romper el hielo.

A veces me pregunto cómo le iría en estos tiempos de corrección y homogenización política, con tanta prevención sobre el piropo como variante de acoso. Yo, por supuesto, estoy de acuerdo con educar a los hombres para que no sigan acosando, ofendiendo e incomodando a las mujeres; sé que se debe cambiar por fin esa mentalidad machista y animal que pisotea los derechos de las mujeres y les llega a arrebatar la vida.

Pero ojalá con tanta crispación, corrección y generalización no vayamos a caer en el otro extremo de reprimir toda expresión de galanteo, de aplanar todo ritual de conquista (que siempre requiere de un poco de atrevimiento por más lento, considerado y sensible que sea su avance), hasta el punto de borrar también el matiz social y solidario que puede contener la picardía, por miedo a interpretarse de un solo modo.

Paul Brito
Escritor
@BritoEscritor

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