Falleció el escritor argentino Ricardo Piglia

Falleció el escritor argentino Ricardo Piglia

Era el autor de libros como 'Plata quemada', 'Blanco nocturno' y 'Los diarios de Emilio Renzi'.

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Ricardo Piglia fue autor de obras como 'Plata quemada' y' Los diarios de Emilio Renzi'.

Foto:

Archivo particular

06 de enero 2017 , 04:15 p.m.

El escritor, crítico y ensayista argentino Ricardo Piglia falleció a los 75 años, después de dos años de lucha contra una esclerosis lateral amiontrófica (ELA), informaron los medios de ese país.

Piglia, ganador de prestigiosos galardones como el Rómulo Gallegos, en el 2011, fue el autor de obras como 'Plata quemada' (llevada al cine), 'Respiración artificial', 'Blanco nocturno' y 'El camino de ida', llegó a tener tal prestigio en las letras que algunos lo consideraban un posible candidato al Nobel.

En el 2015, su libro 'Los diarios de Emilio Renzi' obtuvo gran resonancia en las letras iberoamericanas, de hecho fue considerado libro del año en España, donde también le fue otorgado el premio Fomentor.

Su lucha contra la enfermedad que padecía también trascendió a los medios pues Piglia entrabló una demanda para que la entidad de salud Medicus cubriera el tratamiento de su enfermedad (el ELA afecta los movimientos, pero mantiene intacto el cerebro).

A continuación, el texto de una entrevista, firmada por la periodista Catalina Oquendo, que Piglia dio para EL TIEMPO, cuando estuvo en el Hay Festival de Cartagena, en el 2014:

Los libros de la vida de Ricardo Piglia

Fue una mujer. Una italiana decidió, sin pretenderlo, que el niño Ricardo Piglia fuera lector. Tenía 10 años cuando ella, una inmigrante recién llegada a Argentina, amiga de su abuelo, le regaló el libro 'Corazón: diario de un niño', de Edmundo de Amicis, donde aparecía el cuento El pequeño escribiente florentino.

Pero fue un destierro personal lo que lo convirtió en escritor. A los 16, cuando su padre decidió que se fueran de Adrogué (Buenos Aires) a Mar del Plata, el adolescente Piglia dejó novia y amigos, y vivió su propia pérdida, que restauró -dice- gracias a la literatura. Comenzó un diario que aún escribe, siguió leyendo, se hizo historiador.
Y desde entonces publicó obras como Plata Quemada, que Marcelo Piñeyro llevó al cine; Respiración artificial, Blanco nocturno y El camino de ida, entre otras; obtuvo premios como el Rómulo Gallegos en el 2011 y se convirtió en uno de los nombres más prestigiosos de la literatura latinoamericana. En el Hay Festival de Cartagena, hablará de los libros de su vida.¿Cuáles son esos libros?

Los libros de mi vida no serían los que escribí, sino que estarían implícitos, son esas escenas de lectura que marcan un descubrimiento, un momento que trato de investigar desde el presente. No voy a decir El Quijote o La guerra y la paz, no se trata de libros importantes. Estoy pensando en esas imágenes y situaciones de la memoria que si recuerdo es porque produjeron un efecto. A veces recordamos el momento en que leemos un libro, pero no su contenido.

¿Y usted recuerda alguna historia específicamente?


La de El pequeño escribiente florentino. No volví a leerlo, pero de ese libro me quedó esa idea de un chico que está copiando, como si la literatura estuviera ligada a la copia en el sentido más tradicional de la palabra; como Bartleby, el escribiente. Esa cadena de libros que están en mi memoria tiene que ver con una pregunta que es cómo se forma un escritor.

En esta cadena, ¿cómo llega Borges?


Recuerdo la primera vez que lo conocí. Tenía 18 años y era un estudiante de La Plata. Fue muy simpático, lo invité a una conferencia y él estuvo muy dispuesto, como siempre. Borges era muy solitario, atendía el teléfono personalmente. Aceptó y tuvimos una charla que para mí es inolvidable. Borges tenía una capacidad para crear intimidad con quien estuviera con él, que es algo que uno siente cuando lo está leyendo, más allá de la complejidad de los textos. En Cartagena contaré la conclusión de ese encuentro que fue muy divertida.

En 'Respiración artificial', Emilio Renzi habla de Borges como el escritor del siglo 19?

Renzi estaba haciendo un chiste para liberarse un poco de Borges. Teníamos la gravitación de Borges encima. Era maravilloso que estuviera en la ciudad alguien que más o menos supiera lo que era la literatura, al que le podíamos ir a preguntar; pero ¿cómo escribir en relación con esa obra? Muchos le copiaban el estilo, hacían una especie de borgismo, entonces la generación mía, de (Juan Carlos) Saer, la de (Manuel) Puig, trató de liberarse, ir por otro lado. Uno siente también la gravitación de Borges en Cien años de soledad. Es muy difícil escapar de esa prosa tan extraordinaria. El chiste de Renzi tiene cierta razón porque el mundo de Borges está muy ligado con el mundo del siglo 19, con Hernández y Sarmiento, y, en un sentido secreto, él también tenía la idea de que era la síntesis de la tradición argentina pero para nosotros él era la literatura. Tratábamos de sacárnoslo de encima haciendo chistes.

A usted lo han llamado el mayor representante vivo de Argentina después de él...

Borges era, como otros grandes escritores, uno que siempre está ligado a las nuevas generaciones, de los que no envejecen, era casi un contemporáneo nuestro, aunque había nacido muchísimos años antes, así que los que tratamos de romper con admiración con esa herencia era los que nombrábamos hace un rato. Repetir lo que le había hecho, por una parte era imposible y por otro lado, inútil. Borges ha gravitado incluso en los escritores actuales, y es muy determinante en la literatura contemporánea, no solo en la Argentina.

¿El diario que lleva desde joven influyó en ser escritor?

Estuvo ligado a una situación que he vivido como un exilio. Mi padre, por motivos políticos, decide que nos vayamos de Adrogué a Mar del Plata, que está muy cerca, pero yo vivo eso como si fuera un destierro atroz, terrible. Entonces, cuando está la casa desmantelada me pongo a escribir un diario que sigo escribiendo todavía y esa es la escena inicial para mí, y la literatura viene a restaurar esa pérdida. Hay algo de eso en la literatura.

¿Cuál es el punto de partida en sus libros, una emoción?


Es muy importante que uno tenga una emoción ligada a lo que escribe. En el caso de Respiración artificial, era la historia de mi tío, que quería mucho. En El camino de ida, mi experiencia de años en Estados Unidos, mi admiración por esa cultura norteamericana, el jazz, esa sensación contradictoria que tiene uno con EE. UU. Debe haber un punto de vista emocional en el escritor que lo conecte con esa historia, aunque después eso no se narre de modo explícito. Para mí es muy importante la emoción que transmite un relato, debe ser personal y poder, si es posible y uno tiene suerte, conectarse con los sentimientos del lector.

¿Por qué siempre escritores como personajes de su obra?

Por un lado, parte de la cuestión de que un personaje se define por lo que es y el hecho de que sea escritor pone a la literatura en el centro de su experiencia. ¿Por qué? Porque a mí me interesa mucho transmitir esa relación entre la experiencia de vida y la literatura, esa tensión entre la novela y la vida, la relación entre ficción y realidad, ese movimiento un poco incierto entre las esperanzas, las ilusiones, las fantasías y lo que se vive realmente. Me parece que es uno de los grandes temas de la literatura desde El Quijote.

¿Por eso dice que hay un desprestigio de la ficción?

Me parece que hay una pasión por el documento real, por los documentales en el sentido amplio y una suerte de desconfianza por la ficción, como si fuera algo inútil. Me parece injusta esa actitud, porque cada uno de nosotros tiene ficciones privadas, no podríamos vivir sin ilusiones (...). Vivimos en una sociedad donde todos tenemos la sensación de estar desinformados y ninguno puede acercarse a esa masa, y la información nos excluye como individuos. A diferencia de la literatura, la información o la masa de noticias es difícil que uno las pueda vivir como algo personal, uno es más bien espectador de eso; mientras que la novela nos hace participar de la experiencia de esas emociones o esos acontecimientos.

¿Por qué mezcla géneros?

Creo que cada vez más estamos moviéndonos en registros narrativos amplios que no solo vienen de la literatura, también de ciertos elementos de la sociedad. El género policial ha sido siempre un punto de referencia en el sentido estricto; también me interesa la forma autobiográfica, que es la de El camino de ida. Así como cierta tradición de la novela rural que en Colombia es muy fuerte, que es lo que hice en Blanco nocturno. Siempre tiene que haber para mí un desafío de algo que no haya hecho antes, para que me interese un nuevo libro tengo que tener la sensación de que no me estoy repitiendo. El interés inicial es que estoy experimentando con algo que no había hecho antes.

¿Y que experimenta ahora?

Trabajo en la idea de la autobiografía basada en el diario, contraponiendo esas notas con imágenes de la memoria. Mientras se vive, a veces uno no se da cuenta de lo que va a quedar en el recuerdo y algunas cosas que están en el diario con mucha pasión las he olvidado, ese es el punto de reflexión.

¿Algo de lo que dice el diario por estos días?

Sí. Está el registro de la noche en una casita en un bosque uruguayo muy lindo, donde acabo de pasar un mes. Cuando se está en esos lugares uno reconoce lo más atractivo, las luciérnagas que no veía desde mi infancia, las estrellas, sobre esas sensaciones escribí en el diario y después, el regreso a la ciudad, el impacto y la fascinación que siempre me produce la ciudad. Siempre trabajo sobre la esquizofrenia, puede ser que soy un esquizofrénico, siempre vivo en varios lados. Antes estaba en Buenos Aires, pero estaba en Princeton, ahora lo hice de vuelta: tengo a Buenos Aires y esta casita en la costa uruguaya. Siempre estoy en varios lugares.

Entonces, algo quedará de Cartagena en el diario...

Sí, al final les leo... así que tengan cuidado.

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