‘En la cadena humana, soy escritor’: Mario Mendoza

‘En la cadena humana, soy escritor’: Mario Mendoza

El bogotano presenta este sábado 'Diario del fin del mundo' en la Feria del Libro.

Mario Mendoza, escritor bogotano.

Mario Mendoza, escritor bogotano.

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Claudia Rubio. EL TIEMPO

21 de abril 2018 , 02:02 a.m.

De nuevo y de entrada, Mario Mendoza pone a su lector, en 'Diario del fin del mundo', casi desde el primer párrafo de su nueva novela, a dilucidar qué es verdad y qué es ficción.

Y cuando se habla con él, lo primero que hay que preguntarle es si sus amigos de esa ficción existieron y decidieron tomar rumbos distintos a la literatura. Mendoza dice que no. Al contrario, entre ellos están Juan Carlos Botero y Santiago Gamboa, dedicados a escribir.

Los de la ficción no son menos trascendentes. Están Daniel Klein, que se convirtió en profesor de pedagogía y arte, y Carmen, una reconocida fotógrafa, con una vida muy difícil.

“Ahí está la diferencia”, dice Mendoza (Bogotá, 1964). “Yo vengo de una generación a la que no solo le gustaba estudiar letras sino que quería escribir, hacer su propia obra”.

Pero, a diferencia de sus compañeros, Mendoza quiso ir más allá de las calles en las que vivían él y sus amigos: la zona de Usaquén, la calle 85 y la Bella Suiza, buenos sectores del norte bogotano.

“Yo me fui joven a una casa de La Candelaria, una pensión; quedaba en la calle 9.ª con carrera 3.ª, y pude ver otras historias”, dice Mendoza, quien lanzará este sábado su libro en la Filbo a las 2 p. m.

Desde antes de ser un escritor reconocido, Mendoza comenzó a recorrer la otra Bogotá y a buscarla para conocer esa ciudad que queda más al sur y, como el resto de ciudades grandes de Colombia y América Latina, alberga universos y cordones de miseria.

Yo vengo de una generación a la que no solo le gustaba estudiar letras sino que quería escribir, hacer su propia obra

“Claro, ya Óscar Collazos y Antonio Caballero habían hecho muchos acercamientos para narrar a Bogotá, como han sido narradas Ciudad de México y Buenos Aires por sus propios autores, pero esa Bogotá con la que yo tuve contacto no la veía en los libros”, añade Mendoza.

Para el autor, en América Latina nacer pobre es un hecho nefasto y una condición que no se elige. Pero asegura que es una gran escuela. “Eso lo entendí, como comprendí el país, cuando me salí de mi estrato”, agrega.

Esa Bogotá ha pasado por varias de sus novelas. Son recorridos por sitios muy violentos y donde la pobreza es parte de la cotidianidad. “Es necesario navegar en las profundidades de las ciudades”, agrega.

'Diario del fin del mundo' no es la excepción, pero en este libro Mendoza se adentra además en hechos históricos gracias al personaje de Daniel Klein: desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán hasta el ingreso del joven a un grupo guerrillero, del que escapa liberando a un secuestrado; la desaparición forzada, a través de un hecho similar ocurrido con su madre y perpetrado por su padre, y la historia de este último, que fue un nazi.

El teléfono fijo

Pero en medio de las historias que se cruzan, incluida la de la conspiración nazi, hay un Mario Mendoza que sigue escribiendo con cierta nostalgia por momentos y objetos.

Porque a lo largo del libro, aunque hay correos electrónicos que van y vienen, y mucho Google buscando más sobre la vida de Klein y Carmen, personajes que el Mendoza de ficción dejó de ver hace tiempo y retoma, el teléfono fijo tiene una importancia especial.

Por ese fijo, su personaje habló varias veces con su amigo Klein. Y cuando no era por ahí, la forma de interactuar era por correo electrónico.

“Se trata de un rasgo generacional. Llamar por el fijo da la opción, primero, de que es solo la voz, sin más opciones, casi sin distracciones. La concentración extrema está en lo que se está hablando y no más”, dice.

Verse por Skype, como se lo sugirió el personaje de Klein, “conllevaba la imagen, un poco de factores, de si tengo el cuello de la camisa bien y limpio y que me vea bien”, sigue.

Del mismo modo, el escritor hace un análisis de la forma de comunicarse con la que él y muchos crecimos, y la de ahora: “Los jóvenes de hoy no conocen la soledad total, no saben lo que fue no tener televisión ni celular, no poderse comunicar. Antes había una soledad profunda. La sentí cuando estuve fuera del país, en España e Israel. La comunicación era por carta y se demoraba hasta 15 días en llegar a su destino. Con suerte, y si te contestaban rápido, eran otros 15 días para recibir una respuesta. Yo tomé esas soledades y las puse en el libro”, afirma Mendoza.

De ahí los enormes vacíos que tuvo el personaje central en el tiempo, tras perder el rastro de sus compañeros de universidad por más de dos décadas y retomarlo con Klein, cuando, como lo verá el lector, había cosas imposibles de recuperar.

En el libro, el centro de Bogotá toma protagonismo con varios personajes, uno de ellos un viejo conocido de la ficción de Mendoza: Frank Molina, que viene desde Lady Masacre. Es un detective privado que nace de un personaje real y que Mendoza admira “porque tiene un gran raciocinio. Quienes se dedican a este oficio tienen virtudes que nos faltan a los demás: procesan la información de manera más ágil y correcta, de un modo más agudo, van adelante siempre”.

Molina (del que vendrán sorpresas más adelante, según cuenta el escritor) regresa con su lenguaje mordaz y su actitud de superioridad para llevarnos al submundo citadino bogotano.

De hecho, están sectores y barrios deprimidos, sucios, destruidos en su arquitectura y en su historia misma, con personajes espontáneos que han sido maltratados y se alegran del castigo a su agresor, pero también se sienten las casas que han tenido algo de alma, y hasta una cabaña en la que vivió el Mendoza personaje, que se torna acogedora.

Los nazis

Además, en estas páginas el autor se acerca a la llegada de nazis a Colombia después de la Segunda Guerra y huyendo de sus culpas, que en los años recientes se ha vuelto tema de investigadores como el argentino Abel Basti, autor del libro El exilio de Hitler.

Basti lleva más de 20 años investigando a los nazis en el continente, y Mendoza no ha sido ajeno a este hecho. Incluso, hay un artículo suyo de la revista Gatopardo “con una historia real de un nazi que viene a vivir a Colombia. Pero el año pasado Basti estuvo en el país, y uno encuentra que su trabajo de investigación es interesante y profundo”, comenta.

Para el autor no es descabellado que Hitler haya estado en Tunja. “Incluso, luego de desclasificar Estados Unidos unos archivos, no estaría tan errado lo que dijo un espía: que Hitler había sobrevivido, pues su cadáver nunca se encontró. De hecho, se habla de que Stalin comentó en su momento que se les había volado y no tenían un cadáver para mostrar”.

Estas teorías ya han hecho camino, y entre la realidad y la ficción está este tema Diario del fin del mundo, la novela número 11 de Mendoza, cifra a la que se suman seis de literatura juvenil, dos libros de cuentos y cuatro de temas alternativos.
Cuando suma lo que ha escrito y se le acaban los dedos de la mano, incluso se sorprende un poco. El bogotano es el autor de, entre otros títulos, 'La ciudad de los umbrales', 'Relato de un asesino', 'Satanás', 'Cobro de sangre' y 'La melancolía de los feos', así como de la saga juvenil 'El mensajero de Agartha', con seis tomos.

Sus ojos claros muestran una mirada pícara por lo hecho, un orgullo de padre por sus hijos escritos. Pero resulta que este bogotano, que por decisión propia no ha tenido hijos, tiene un gran número de seguidores que son jóvenes y crecen pendientes de él.

Porque en esa búsqueda de la ciudad para relatar y conocer, y para que se le pegue más a sus entrañas, dicta talleres literarios en colegios y otras instituciones.

“No basta con escribir libros, no es suficiente. Con un índice de lectura tan bajo, me interesa hacer parte de la creación de lectores a través de talleres literarios. Voy a colegios públicos y a los privados de los estratos del 1 al 6, a las casas de cultura de los barrios, a las bibliotecas públicas, a otras ciudades, generando un diálogo”, cuenta.
Entonces se ratifica con un “soy escritor”, definición a la que llegó luego de preguntarse, tras la muerte de su padre, qué era en la cadena.

“No era padre tampoco. ¿Biológicamente qué soy? ¿En la cadena del ADN no soy nada? Pero existo, y entonces ante la imposibilidad de nombrarme como algo –ya no soy hijo y no soy padre. Soy tío, sí, ¿pero qué?– veo que el sentido de humanidad se ensancha, se vuelve más potente, porque tener hijos no necesariamente te engrandece. Y me defino entonces como humano y escritor en mi cadena biológica”.

OLGA LUCÍA MARTÍNEZ ANTE
Redacción Cultura y Entretenimiento

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