Julio Cortázar y sus amigos

Julio Cortázar y sus amigos

Recuerdos de noches memorables del escritor con sus colegas del 'boom', a 102 años de su nacimiento.

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Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914, en Bélgica, y murió el 12 de febrero de 1994, en París. Si viviera, mañana cumpliría 102 años.

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Archivo / EL TIEMPO

26 de agosto 2016 , 10:33 a.m.

En su libro Salvo el crepúsculo, Julio Cortázar (26 de agosto de 1914- 12 de febrero 1984) habla sobre sus amigos, a quienes se refiere como “livianamente hermanos del destino, dioscuros, sombras pálidas, me espantan las moscas de los hábitos, me aguantan que siga a flote en tanto remolino”.

En el juego de la vida, como en su literatura, la amistad fue un motor que lo condujo permanentemente. Como valor más preciado, lo incentivó a encontrar diferentes pensamientos y culturas que lo llenaron de experiencias y le dieron elementos esenciales y fundantes para escribir.

Bajo el riesgo de sonar atrevido, puedo pensar que en Cortázar se expresan tres formas de amistad. La primera y más estudiada es la de aquellos encuentros con seres entrañables como la familia Jonquières, relación que nace en la capital argentina y llegará hasta el fin de su vida, revelada en las cartas de María Rocchi y Eduardo con Julio y Aurora, cuya belleza resulta entrañable.

Existieron otras relaciones como la que sostuvo con Armando Calveyra, Francisco Luis Bernárdez (familiar de Aurora), los Burd, Claribel Alegría, Jean Barnabé, Jean Thiercelin y muchos otros que fueron sus confidentes, tanto en Buenos Aires como en París, bajo un carácter más personal y afectuoso.

Están también sus amigos literarios, a quienes me refiero en Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas. Hablar sobre ellos es hacer un recuento de la historia de la literatura de nuestro continente. Por ello, espero que este libro le dé el placer de conocer –o recordar– anécdotas y momentos que le dieron forma a uno de los grandes regalos que hizo Latinoamérica a la cultura occidental: su literatura en el siglo veinte.

Canto a la amistad

El 8 de diciembre de 1968 Julio Cortázar, Carlos Fuentes y García Márquez tomaron un tren nocturno de París a Praga para encontrarse con Milan Kundera, gracias a una invitación de la Unión de Escritores Checos. Querían recorrer la ciudad donde nació Kafka, que poco tiempo antes había sido invadida por tanques rusos. La charla, como lo inmortaliza Fuentes, se inició con un Cortázar “que fue hilvanando temas como un cuentista árabe de la plaza de Marrakech. Recordó todas las novelas que sucedían en trenes, en seguida las películas en trenes, y por último, a partir del swing de Glenn Miller, el ritmo de locomotora del jazz”.

Antes de ir a dormir, el mexicano le preguntó a Julio dónde y en qué fecha “el piano fue introducido en la orquesta de jazz”. Como lo recuerda Gabo, la pregunta fue casual, pero “la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta altas horas del amanecer entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas”. Su elocuencia los maravilló.

“Llegaron rendidos a Praga” –recuerda el mexicano. “En la estación helada nos esperaba Milan Kundera, quien sugirió que nos fuéramos a un sauna. Según Milan, todas la paredes en Praga tenían orejas, y solo el sauna estaba libre de las escuchas oficiales del gobierno comunista”. Ese día, luego del baño de calor, el autor checo empujó a García Márquez y a Fuentes al heladísimo río Ultava, en un gesto de simpática broma. Al respecto, el escritor colombiano rememora que “ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irresistible”.

Luego tuvieron otros encuentros, aunque no tan sustanciales como aquel viaje. García Márquez recuerda de Cortázar que “lograba seducir por su elocuencia, por su erudición árida, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos”. Además, reconocía un sentimiento que nacía de todos los amigos del argentino: la devoción. Por ello decidió que su partida eterna fuera vista con “el júbilo inmenso de que haya existido, con alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa, pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.

Volviendo a las jornadas inolvidables para la literatura latinoamericana, hay que recordar aquella que tuvo lugar en Avignon (Francia), el 15 de agosto 1970, tras el estreno de la obra de teatro de Carlos Fuentes El tuerto es rey. El mexicano decidió invitar a varios escritores para encontrarse allí: “La expedición se organizó desde Barcelona. Mario Vargas Llosa y Patricia, que acababan de mudarse a la capital catalana, José Donoso y Pilar, y Gabo y Mercedes, con sus dos hijos, tomaron el tren desde Barcelona hasta Aviñón para la première”.

Desde París viajó el novelista español Juan Goytisolo, y todos llegaron a Saignon, muy cerca del lugar del estreno, donde solía ir Cortázar a descansar. El argentino organizó una cena en un restaurante local; la noche finalizó en su casa, en una gran velada colmada de botellas de alcohol, risas y baile. Hoy es imposible y a la vez imprescindible imaginar la gran genialidad de la atmósfera en esa extraordinaria noche.

Cortázar recapitulará aquella pachanga espasmódica –como él mismo la denominó– de una forma cariñosa:
“Tuve a Carlos (Fuentes), a Mario Vargas (Llosa), a (Gabriel) García Márquez, a Pepe Donoso, a (Juan) Goytisolo, todos rodeados de amiguitas, admiradoras (y ores), lo que elevaba su número a casi cuarenta; ya te imaginás el clima, las botellas de ‘pastis’, las charlas, las músicas, la estupefacción de los aldeanos de Saignon ante la llegada de un ómnibus especialmente alquilado por los monstruos para descolgarse en mi casa.. Fue muy agradable y muy extraño a la vez; algo fuera del tiempo, irrepetible por supuesto, y con un sentido profundo que se me escapa pero al que soy sin embargo sensible”.

Ese diciembre coincidieron todos en Barcelona. Una semana antes de Navidad, Cortázar y Ugné viajaron desde Francia. Se encontraron García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Goytisolo, todos con sus esposas, en el restaurante La Font dels Ocellets en el barrio gótico. Para ordenar la comida en aquel lugar, debía escribirse en una hoja lo que se deseaba; sin embargo, distraídos a causa de la alegría de verse, no cayeron en cuenta de hacer el pedido. Harto de la espera, el mesero dio quejas al dueño, quién salió de la cocina; “con cara de pocos amigos y, con un marcado sarcasmo catalán, preguntó a los comensales: ‘¿Alguno de ustedes sabe escribir?’ ”. Estupefactos ante lo irónico del momento, quedaron en absoluto silencio; solo Mercedes pudo responder: “Yo, yo sé”, para luego leerles la carta a todos y anotar sus pedidos.

Celebraron la Nochebuena juntos y bailaron toda la velada. El escritor chileno José Donoso recuerda que fue en aquel festejo cuando el boom terminó como una unidad:

“Cortázar, aderezado con su flamante barba de matices rojizos, bailó algo muy movido con Ugné; los Vargas Llosa, ante los invitados que les hicieron rueda, bailaron un valsecito peruano, y luego, a la misma rueda que los premió con aplausos, entraron los García Márquez para bailar un merengue tropical”.

Después de ese momento fue muy difícil verlos a todos en pleno, otra vez juntos. Los conflictos por la posición política respecto a Cuba y otros incidentes personales que terminarán en el puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez en el 76 llevaron al declive de esta importante unión intelectual para nuestro continente.

Julio y Gabo tenían un gran interés en generar conciencia política sobre las atrocidades de las dictaduras militares que socavaban el alma de nuestro continente. Con este fin hacen parte del Tribunal Russell, dedicado a investigar y juzgar crímenes de guerra. Con esta excusa, se encontraron de nuevo en 1975 en uno de los eventos más representativos llevados a cabo en México para defender al pueblo chileno. Cortázar creía tanto en la fortaleza ideológica y política de su amigo colombiano que decía que su nombre demuele “moralmente cualquier dictadura”.

En marzo de ese mismo año nació El otoño del patriarca, una de las novelas más reconocidas de García Márquez y que tuvo un gran impacto en el ámbito internacional por su crudeza al describir las dictaduras de nuestro continente. De esta obra Julio Cortázar dijo:

“Leí El otoño. Su único enemigo es Cien años de soledad, pero me entendés cuando digo enemigo. Gabo ha demostrado que tenía fuerza y materia para otro libro igualmente inmenso; ahora que los demás le busquen pelos en la leche on s’en fout éperdument”.

Un encuentro más formal e interesante entre Carlos Fuentes, García Márquez y Julio Cortázar se dio el 21 de mayo de 1981, en la ceremonia de posesión de François Mitterrand, con la presencia de la viuda de Salvador Allende, Hortensia. Era la primera de muchas investiduras presidenciales protagonizadas por amigos personales a la que asistirían. Al respecto, Carlos Fuentes recuerda: “Durante el almuerzo de Estado en el Elíseo, el nuevo presidente nos pidió que lo acompañáramos a su despacho a fin de atestiguar su primer acto de gobierno: firmar sendos decretos otorgándoles la nacionalidad francesa a Milan Kundera y a Julio Cortázar, ambos exiliados por las dictaduras, comunista la de Praga, fascista la de Buenos Aires”.

Después de su fallecimiento, el escritor mexicano recordó a Cortázar en innumerables homenajes y conferencias; lo llevaba tan profundo en su corazón que nunca escatimó palabras para reconocer la influencia de su amigo:

Es Julio Cortázar, y creo que ni Gabo ni yo seríamos lo que somos o lo que aún quisiéramos ser sin la radiante amistad del Gran Cronopio. En Cortázar se daban cita el genio literario y la modestia personal, la cultura universal y el coraje local. ‘Las Malvinas son argentinas’, solía decir. ‘Los desaparecidos, también’ ”.

De los tres, Cortázar fue el primero en morir. Fuentes recuerda que, al enterarse Márquez del fallecimiento del argentino, solo le dijo: “No es cierto. No se ha muerto. No creas todo lo que se dice en los periódicos. Porque existen complicidades amistosas que no se acaban nunca”. Su cariño entrañable duró muchos años más, tanto que, en la década de los noventa, García Márquez y Carlos Fuentes hicieron parte de la cátedra en honor del argentino en la Universidad de Guadalajara. Ahora los tres están juntos en el cielo, o en aquel magnífico lugar donde habitan los grandes.

JUAN CAMILO RINCÓN
Especial para EL TIEMPO

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