Olivier Bourdeaut o la revancha de ‘un fracasado feliz’

Olivier Bourdeaut o la revancha de ‘un fracasado feliz’

Tras acostumbrarse al no de las editoriales, se convirtió en la revelación literaria de Francia.

Olivier Bourdeaut en la Filbo

Bourdeaut nació hace 37 años en Nantes. Su obra más famosa es de Editorial Salamandra y cuesta $ 56.000.

Foto:

Cortesía: Xavier Cervera / Editorial Salamandra

30 de abril 2017 , 11:17 p.m.

Cuando se escucha a Olivier Bourdeaut se tiene la sensación de que se está frente a un adolescente sin experiencia en el enmarañado mundo de los adultos. Habla de sus innumerables fiascos sin resentimientos ni autocompasión, más bien con la ligereza de quien cuenta un mal día y no con la consciencia de un hombre de 37 años que desde siempre tuvo “facilidad para acumular negativas” y para considerarse “un nulo y un experto en el fracaso”, según sus propias palabras.

Sin embargo, este escritor francés, nacido en Nantes, demostró su virtuosismo con ‘Esperando a mister Bojangles’, una novela fresca, jubilosa y ambiciosa que intenta equilibrar opuestos: lo burlesco y lo trágico, y –sobre todo– la cruda desesperanza con el más enloquecido amor.

Es la historia de una familia extravagante, marcada por un sino fatal, que aun así vive –mientras puede– la más feliz de las vidas. Esto, a pesar de que el padre empieza a notar los síntomas de una enfermedad mental en su esposa, mientras el hijo, que no entiende nada de lo que pasa, se divierte con los exabruptos de ella.

‘Esperando a mister Bojangles’ vendió más de 250.000 ejemplares en el 2016, se tradujo a 29 lenguas, su primera edición en Francia se agotó en la primera semana, sus derechos se vendieron en 35 países, obtuvo seis premios literarios, fue nominada para el premio Goncourt de primera novela y es una de las novedades de la Feria del Libro de Bogotá que está en marcha (esta tarde, el autor francés hablará sobre ella con el escritor barranquillero Giuseppe Caputo).

Todo ello gracias a la prometedora pluma de Bourdeaut, cuya prosa intencionalmente desprevenida llegó a ser comparada con la de grandes maestros del género fantástico, como Queneau, Sarrasin y Beck.

¿Cómo recuerda su adolescencia?

Tengo dislexia, así que había cosas que no entendía o que no lograba hacer desde el comienzo y los profesores creían que era mala voluntad de mi parte. Entonces, como era castigado a pesar de que intentaba hacer las cosas bien, me dije que era mejor ser castigado por hacer cosas verdaderamente malas. Me volví insolente y revoltoso. Me echaron de cuatro colegios y dijeron que debía cambiar de orientación, así que dejé de ir.

A cambio de ir a clases, ¿qué hacía en casa?

Leía, porque no teníamos televisión. Eso me estructuró el cerebro, me cultivó. Todo lo que me negué a aprender en el colegio lo aprendí en los libros: son mil veces menos pesados que los profesores.

¿Qué más hacía?

Tenía unos 14 años y empecé a trabajar en mil cosas: recogí flor de sal, cuidé a una anciana en las noches, fui recepcionista de una editorial, obrero en un hospital, agente inmobiliario… Soy algo así como un imbécil y fracasado feliz. Estaba feliz de lo que me pasara o no me pasara, era muy inconsciente, pero lo curioso es que siempre confiaba en mi futuro.

¿Cómo se definiría ahora?

Un estrafalario descabellado.

¿Cuándo empezó a escribir?


Mi primera tentativa durable de escritura fue ‘Crónica de mi decadencia’, que surgió cuando había perdido a mi novia, mi trabajo y mi apartamento. Dos años después escribí ‘El interés del crepúsculo’, de la que no es que esté orgulloso, sino que no me da pena. Gracias a ella me di cuenta de que era capaz de escribir y terminar una historia. Y aunque la rechazaron, me permitió hablar con editores importantes.

¿Por qué su hermano decidió patrocinar esa historia?

Tenía un jefe que me debía mucho dinero y que, para no pagarme, me dio una licencia y desapareció. Para entonces vivía en un cuarto de 12 metros cuadrados que tuve que dejar, así que mi hermano me dijo: “Te alojo, te doy café, cigarrillos y lleno tus platos de comida, con la condición de que escribas a diario y termines la novela que empezaste”, y de la que había hecho 60 páginas.

¡Su hermano lo debe adorar!


Y yo también a él (cuando termina de decirlo, suelta una carcajada). Se iba a trabajar en las mañanas, al volver me preguntaba si había avanzado y así estuvimos dos años. Fue un lujo. Me refiero a su apoyo y sus sacrificios, no a que haya tenido lujos, porque él es plomero, así que no es que gane mucho dinero. ¡Es el mecenas más pobre del planeta!

¿Qué le decían los editores?

Uno me dijo que escribía bien y que tendría que mejorar el texto. Agradecí que no me dijera que me dedicara a la pintura o a la pesca; entonces fue un rechazo motivador. Otro fue deprimente porque me preguntó: “¿Podría reescribir toda la novela y venir a verme en dos meses?”. Salí desesperado y empezaron a llegar cartas de rechazo de otras editoriales.

¿Cómo tuvo ánimos después para escribir la historia de Bojangles?

No los tenía. De hecho, estaba en París y atravesaba otro periodo difícil: no tenía casa, me quedaba un día con un amigo y otro día con otro. Era invierno, y usted sabe cuán inaguantable y largo es el invierno en París. Entonces llamé a mis padres, que viven en España, para preguntarles si me autorizaban a instalarme en su casa y dijeron que sí. Al llegar, había unos 20 grados y olía a jazmín y a naranjas. Eso me puso de muy buen humor y al día siguiente, cuando me puse a escribir, tenía todo: el ánimo, el ambiente, ese gusto por la vida, y eso fue lo que traté de transcribir, al menos al comienzo de la novela. Estaba feliz y en una especie de euforia… Espero que eso se sienta en la historia.

¿Qué sucedió después?

Lo terminé en el 2013 y se publicó en el 2016. Esperé respuestas durante dos años y medio. Hay autores que envían el manuscrito a 20 editoriales un mismo día; yo lo envié a ocho, uno a uno, en un año y medio. Es que soy un poco lento, soy una tortuga.

¿Cómo fue la experiencia de volver a ser rechazado?

Soy un poco megalómano y quería que la publicaran en una de las grandes editoriales, pero finalmente la aceptó Finitude, una pequeñita de Burdeos. Cuando firmé el contrato, me pareció completamente increíble y empecé a imaginarme un destino formidable para la novela, porque tuvieron que pasar siete años antes de que lograra publicar un libro.

¿A qué se refiere con un ‘destino formidable’?

El día que firmé les dije a mis editores que tenía dos sueños: que el libro apareciera en la clasificación de los más vendidos de la revista ‘Le Point’, que leo desde que soy adolescente, y que fuera editada en España, porque la escribí allí. Soltaron una carcajada y me dijeron que las dos eran fantasías que no se realizarían. Finalmente, estuvo en la clasificación durante unas 30 semanas y hace un mes salió en España.

¿Lo volvieron a contactar las editoriales que lo habían rechazado antes?

El libro de bolsillo va a salir en mayo con Gallimard. Además, ellos se ocuparon del audiolibro y vendieron los derechos al cine. Entonces, a pesar de que me rechazaron al comienzo, ya tengo un pie adentro. Y me enteré de que Antoine Gallimard pidió que investigaran quién había rechazado mi manuscrito, pues parece que estaba furioso por el hecho de que lo hayan dejado pasar.

Una parte de la novela está narrada a partir de la perspectiva del niño, y del resto de la historia nos enteramos por el diario íntimo de su padre. ¿Por qué decidió combinar esas dos voces?

En las primeras páginas cito una frase que quedó en el epígrafe y que originalmente decía otro personaje. Pero cuando estaba escribiendo sentí que esa frase la podía decir un niño, así que borré el resto y comencé a describir lo que él veía: un gran apartamento y a sus padres amarse tan locamente que bailan todo el tiempo.

Ese escenario me pareció poético, pero lo sería aún más si quedaba escrito con la pluma de un niño, con la ingenuidad de la infancia. Luego tuve miedo de fatigar al lector, incluso yo estaba empezando a hartarme de ese tono, así que les di paso a los cuadernos secretos del papá, en los que hay una escritura más musical, larga y honda. Eso me permitía contrastar cómo por una misma acción de la madre el niño ríe, mientras que el padre llora.

Acaba de mencionar el epígrafe, una frase que dice: ‘Esta es mi verdadera historia, con mentiras a diestra y siniestra, porque así suele ser la vida’. ¿Esta novela tiene algo de autobiográfica?

No, nada. Solo me serví de mi imaginación. Fue una frase que me vino espontáneamente, pero mi editor sí dijo que podría ser pícara en ese sentido. El otro epígrafe dice: “Hay gente que nunca pierde la cabeza. Qué horrible debe de ser su vida”. Es de Bukowski y creo que sintetiza todo el sentido de la novela.

¿Por qué escogió para el título de esta novela una canción de Nina Simone (‘Mr. Bojangles’)?

Fue por un amigo que puso música en mi iPod y la oí por azar justo antes de irme a España. Iba caminando por París, donde todo es gris en invierno, sonó y oí el timbre de voz de Nina, que es extremadamente cálido y optimista, incluso si la música es melancólica. Ese contraste hizo que la repitiera hasta el momento en que empecé a escribir. Luego se convirtió en el himno familiar de estos personajes y en la canción que acompaña el destino de la madre.

¿Fue difícil retomar la escritura después del éxito de ‘Bojangles’?

No, porque comencé a escribir la siguiente novela antes de saber que ‘Bojangles’ sería publicada, así que no tiene ninguna relación con ella. Esta nueva sucede en las salinas de Guérande, a partir de un encuentro entre dos hombres que no debieron cruzarse nunca.

¿Qué sigue para usted?

Tengo un proyecto de novela con la historia de tres mujeres y una de ellas nacerá en Cartagena, así que planeo visitar la ciudad. No la había escrito antes porque no tenía dinero para viajar allá y la verdad es que me gusta escribir sobre lugares que conozco.

Y ‘Bojangles’ será llevada al cine…

Sí. También la llevarán al Festival de Teatro de Aviñón (Francia) y a mediados de noviembre se presentará en París. Le voy a hacer una confidencia: cuando escribí la novela, siempre tuve la impresión de que era muy visual, así que llegué a imaginarla en el cine, pero jamás en el teatro. Ya veremos cómo se ve en las tablas.

MELISSA SERRATO RAMÍREZ
Para EL TIEMPO
París

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