La espía de la CIA que no quiso matar a Fidel Castro

La espía de la CIA que no quiso matar a Fidel Castro

Fragmento del libro de Marita Lorenz 'Yo fui la espía que amó al Comandante'.

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Marita Lorenz y Fidel Castro (centro), durante una reunión en La Habana en 1959, meses después de que la alemana se radicara temporalmente en Cuba.

Foto:

Archivo particular

27 de noviembre 2016 , 11:51 a.m.

En el vuelo entre Miami y La Habana me entró pánico de que al llegar a Cuba fueran a registrarme y encontrar las pastillas, así que decidí sacarlas del bolsillo del pantalón, donde las llevaba y meterlas dentro de un bote de crema facial Ponds.

El temor al registro se demostró poco después infundado, y cuando aterricé no hubo exámenes de mi equipaje ni interrogatorios en el aeropuerto, así que, sin demora, me dirigí a mi primera parada, el hotel Colina. Me cambié de ropa y, ya vestida otra vez con mi uniforme honorífico, desde allí me encaminé al Habana Libre. Era un verdadero manojo de nervios, pero conseguí no mostrarlo, saludé a todo el mundo en el vestíbulo y subí al ascensor; llegué a la planta 24, me encaminé hacia la habitación y en la puerta volví a usar la llave.

Abrió, entré y vi que Fidel no estaba allí. Saqué entonces el bote de crema del maletín y al quitarle la tapa observé que las pastillas estaban casi desintegradas, convertidas en una especie de masa pastosa. Estaban destrozadas y de todas formas no tenía intención de usarlas, así que me pareció que lo más seguro sería tirarlas por el bidé. Se resistían a irse por el desagüe y tuve que intentarlo varias veces, pero al final las vi desaparecer y cuando lo comprobé me relajé y respiré. Me sentí, ante todo, libre. No mucho después, Fidel llegó al cuarto y me puse muy contenta al verle, aunque él parecía distante y tan ocupado como siempre.

–¡Oh, Alemanita! –exclamó cuando me vio.

De mi boca salió un “te extraño mucho”, lo primero que se me ocurrió decirle.

–¿Dónde has estado?, ¿con esa gente de Miami, con los contrarrevolucionarios? –preguntó entonces. En realidad, sé que no buscaba una respuesta, y lanzó un largo suspiro en el que yo pude leer un “no me contestes, ya lo sé”. Luego se sentó en la cama, se quitó las botas llenas de barro y se tumbó. El cenicero estaba lleno de puros, esos Romeo y Julieta que le hacían especialmente para él con su retrato y la fecha de la liberación en el anillo.

–Tengo que preguntarte qué me pasó aquel día de la operación, qué paso con nuestro hijo, esa es la primera razón por la que estoy aquí, dije entonces.

–¿No para matarme? –respondió.

Como hacía siempre con todo el mundo, Fidel me habló entonces mirándome directamente a los ojos y no me quedó más remedio que decirle la verdad.

–Sí.

Entonces sacó su pistola de la cartuchera, la puso primero en su regazo y luego me la dio. La empuñé, la miré y lo miré a él, que seguía tumbado, había cerrado los ojos y dijo:

–Nadie puede matarme. Nadie. Nunca jamás.
–Yo puedo. –Rebatí.
–No lo harás. –Zanjó.

Tenía razón: no iba a hacerlo, no quería hacerle daño y nunca lo había querido, por más que hubiera intentado decirme a mí misma que tenía que odiarle lo suficiente como para matarle. Solté la pistola y, de repente, sentí una gran liberación.

Me puse a llorar. Él lo vio y me dijo que me acercara a la cama. Me arrodillé allí a su lado y, sin poder contener el llanto, en un estado de histerismo, fuera de control, volví a exigirle a gritos respuestas de nuestro hijo. Golpeé la cama e incluso le pegué y me abalancé sobre él, que seguía muy calmado y con mucha dulzura intentó apaciguarme.

–Todo está bien, todo está bien.
–No –repliqué insatisfecha–. ¿Qué pasó?
–Lo arreglé todo. El doctor está acabado.
–Pero no sé lo que pasó. –Protesté.
–Lo sé, lo sé.
–¿Cómo lo sabes?
–Yo sé todo. No hay problema. El niño está bien.

“El niño está bien”. ¡Mi hijo estaba vivo! Quería verlo, abrazarlo, y empecé a intentar convencer a Fidel, pero él se resistió cortándome con un “está en buenas manos” y me contó que estaba bajo el cuidado de los Fernández, aquellos profesores que yo había visitado varias veces. Quise salir corriendo, ir a aquella casa, pero sabía que era imposible porque mi tiempo en la isla era limitado. En Miami esperaban a que regresara con la misión de asesinato cumplida y estaba segura de que había también personal de la CIA vigilando mis pasos en la isla. Fidel, además, me dijo que su hijo era “un hijo de Cuba”.

–Este es mío también. –Respondí.

Empecé entonces a amenazarle con volver con papá para recuperarlo y aquello no le gustó nada, pero pese a ese enfado se mostró prácticamente todo el tiempo comprensivo conmigo. Me tumbé a su lado y empezamos a hacernos caricias y carantoñas. Él intentó dormir y quería descansar porque esa noche tenía que pronunciar un discurso que iba a centrar en el racismo y el odio, pero yo tenía preguntas y más preguntas. Como la adolescente enamorada, inconsciente y celosa que era, llegué a preguntarle si me estaba engañando y contestó, jocoso:

–¿Qué quieres que haga aquí solo? Eso sí, tú sigues siendo mi Alemanita.

Al cabo de un rato se levantó de la cama, fue al baño a lavarse la cara, se puso unas botas limpias, me dijo que se tenía que ir y me dio un gran abrazo. Yo contesté que también tenía que marcharme y Fidel me dijo que no lo hiciera, que me quedara, pero los dos sabíamos que era imposible. Fue una despedida triste. Nadie ganó.

Una vez sola en ese cuarto reflexioné que si había algo a lo que no tenía derecho era a quitarle la vida a alguien por razón alguna, y menos por política, que además a mí me importaba un carajo. Creo que Fidel supo eso perfectamente, como también que enredaron mi mente e intentaron usarme. Me dije a mí misma que quería vivir e intentarlo de nuevo pero, pese a la claridad con que entendí todo aquello en aquel instante, también estaba confundida. Quería a Fidel y ansiaba quedarme, pero tenía que irme. ¿Qué iba a hacer con los seis mil dólares que me habían dado por si necesitaba sobornar a alguien, esconderme o salir huyendo? ¿Debía quedarme y pelear por mi hijo, hablar con Celia (amiga cercana de Fidel) o con alguien más de su entorno para intentar encontrarlo? Pensé que si no regresaba como estaba planeado a Estados Unidos vendrían por mí. Si volvía, ¿qué iba a decir?, ¿cómo iba a salir de esta? Me empezó a abrumar pensar cómo le iba a explicar a Fiorini (Frank Sturgis, de la CIA), que no había llevado a cabo la misión y me recorrió una terrible ola de pavor, una sensación difícil de poner en palabras pero que era como estar en medio de un huracán y sentir que no podía escapar. Mi miedo era regresar.

Con lágrimas en los ojos, dejé esos seis mil dólares con una nota pidiéndole a Fidel que invirtiera el dinero en nuestro hijo, cogí anillos de puro de recuerdo y mi maletín de maquillaje, salí del cuarto y bajé. Después de saludar otra vez a los empleados que estaban en la recepción, observé que junto a la tienda había un hombre con un periódico y me dio la sensación de que era un agente estadounidense, sobre todo cuando me hizo un gesto con la cabeza como saludando al que yo respondí igual. Probablemente pensó que había matado a Fidel y me marchaba llorando llena de emociones.

Pasé por el hotel Colina para cambiarme de nuevo, fui al aeropuerto y embarqué, como estaba previsto, en el avión que despegaba rumbo a Miami a las seis de la tarde.

Orgullosa de haberles fallado
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Marita exhibe, en el 2001, una foto en la que aparece junto a Castro. Archivo particular.

Foto:

Aterricé tras un breve vuelo cansada, deprimida y mentalmente exhausta, pero no tuve tiempo de reflexionar o para dedicarme a mí misma. En cuanto se abrió la puerta del avión vi a Fiorini, Alexander Rorke (otro agente de la CIA) y una decena de hombres más, algunos en ropa militar, otros en ropa de civil, y su ansiedad era evidente; me estaban rodeando y yo tenía miedo incluso de hablar.

–Y bien, ¿cómo ha ido? –Oí que me decían.
–No lo he hecho. –Acerté a decir.

No podían creerlo, empezaron a proferir gritos y exclamaciones, y vi incendiarse los ojos de Frank, que me cogió apretándome del brazo, me llevó hasta una furgoneta y me tiró en la parte de atrás, donde empecé a balbucear excusas.

–Ya había dicho que Fidel no tiene agenda fija, que nunca puedes saber cuándo va a comer o a beber, a ir o a venir… Es impredecible.

Conforme yo iba hablando más subían las voces y la rabia que contenían, y cuando Alex empezó a discutir con Frank y a intentar defenderme, yo me excusé diciendo algo así como que “Dios no lo quería de cualquier forma”, un argumento que sacó todavía más de sus casillas al ya tremendamente irritado Frank.

Seguía sintiendo algo de incredulidad por su parte mientras me trasladaban a una casa fuera de la ciudad, una construcción de cemento y sin ventanas, con un par de literas, donde Frank me dijo que debía esperar. En algún otro lugar debieron conectarse a la radio y escucharon a Fidel dando su discurso. Si lo hubiera envenenado con las dos pastillas aquello no habría sucedido, así que ratificaron que la misión había fracasado.

A partir de entonces tuve que vivir con ese ‘fracaso’ y en realidad no he logrado quitármelo de encima hasta hoy, cuando todavía se dice que soy notoria por haber fallado no solo uno de los primeros intentos de acabar con Fidel, sino uno de los que tuvo más posibilidades de tener éxito.

Esa es la visión que se puede tener desde fuera, pero yo estoy orgullosa de mí misma, muy orgullosa, y me alegro de haber conseguido enviar al infierno todo el lavado de cerebro al que me habían sometido; me alegro de no haberme tragado todas las pastillas que querían que tomara antes de ir a La Habana para alterar mi mente, para que enloqueciera o para que empezara una pelea con él, drogas que me hubieran puesto en un estado en el que habría sido fácil encontrar la excusa para haberle matado.

Fidel sabe exactamente lo que pasó aquel día y creo que secretamente debe seguir riéndose. Si yo hubiera sido otra persona, quizá lo habrían logrado, nunca se sabe. Yo simplemente no pude. No era imposible que lo hubiera hecho. Pero no lo hice.  

¿Quién es Marita Lorenz?

Marita Lorenz nació en Bremen (Alemania) en 1939, justo 75 días antes de que Hitler encabezara la invasión a Polonia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando apenas tenía 5 años, fue internada en un campo de concentración de su país y fue uno de los pocos niños que lograron sobrevivir, aunque poco después de su liberación fue víctima de abuso sexual por parte de un militar estadounidense.

A los 19 años (febrero de 1959), y a bordo del barco de su padre, llegó por primera vez a Cuba. A esa edad conoció a Fidel Castro, quien entonces contaba con 33.

Marita se convirtió en la amante del líder cubano y meses después quedó embarazada, aunque fue sometida a una intervención, que en ese entonces se calificó como aborto, y le hicieron creer que su bebé había muerto. Por aquella época fue reclutada por la CIA que la utilizó como una vía para intentar acabar con la vida de Fidel Castro aunque, como la misma Marita Lorenz lo recuerda, no fue capaz de hacerlo y nunca se ha arrepentido de ello. Hoy, a sus 75 años, reside en Baltimore (Estados Unidos) con asistencia pública.

Fragmento ‘El reencuentro’ que aparece en el capítulo 3 ‘Una misión imposible: matar a Castro’. El texto llegó en junio del 2015 a las librerías del país.

Cortesía de Editorial Planeta

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