La última columna de Álvaro Castaño Castillo: en busca de Joséphine

La última columna de Álvaro Castaño Castillo: en busca de Joséphine

El texto del gestor cultural para la revista Bocas fue escrito en marzo de 2015.

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Álvaro Castaño junto a su hija Pilar Castaño. El bogotano murió luego de una insuficiencia respiratoria a sus 96 años.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

10 de agosto 2016 , 05:03 p.m.

A sus 96 años, Álvaro Castaño Castillo falleció el martes por una insuficiencia respiratoria. Este bogotano será recordado por su labor en la radio colombiana a la que se vinculó a través de la emisora cultural HJCK, en los últimos años colaboró con columnas en la revista Bocas, de la Casa Editorial EL TIEMPO, donde escribió 'En busca de Joséphine', en marzo del 2015.

"París es uno de los lugares que está en mis afectos. Recuerdo uno de mis últimos viajes a la Ciudad Luz, en el 2008. El mejor espectáculo que pudimos ver fue la Tour Eiffel iluminada por millones de bombillas que la hacían aparecer como una dama en pleno baile. Verla, solamente verla, emociona a quienes estamos cortejando a París desde hace muchos años. La Tour Eiffel es esencialmente femenina y vibra con sus luces que se disparan hacia lo alto. (Lea también: Murió Álvaro Castaño Castillo, pionero de la radio cultural colombiana)

Aparte de ese espectáculo que regala a los visitantes en la noche parisiense, en ese viaje me sentí atraído con el que ofrecía el Casino de París bajo el título de “A la recherche de Joséphine” (En busca de Josefina), de Joséphine Baker, de quien en este 2015 se conmemora el cuadragésimo aniversario de su muerte.

La sola entrada al sitio por donde desfiló la Belle Époque, con sus personajes inmarcesibles, sobrecoge a quien ha pasado toda una vida leyendo y soñando con el París de todos los tiempos.

Asistí con una grabadora subrepticia, violando todos los reglamentos que exigen respetar el sonido del espectáculo, con el fin de compartirlo con los oyentes de la HJCK, sin ningún beneficio comercial.

El espectáculo musical estaba dirigido por Jerome Savary, personaje que no conozco. Su estilo es visceralmente norteamericano cosa que, de entrada, decepciona a quien ha ido al Casino de París buscando a Joséphine, a la mulata inolvidable, cantante y actriz estadounidense, nacionalizada francesa.

Hija de padre blanco y madre senegalesa, Joséphine nació en extrema pobreza en una humilde barraca del pueblecillo de San Luis, en Misuri, Estados Unidos. Debutó a los dieciséis años en un ridículo music hall armado de urgencia en Filadelfia, para recoger unas cuantas monedas que a duras penas le quitaron el hambre, pero su cuerpo invencible tenía, por lógica, que imponerse si continuaba presentándose ante las miradas ávidas de los hombres.

Sufrió varios fracasos memorables, hasta que finalmente se enroló en una patota de negros neoyorquinos que se presentaban ante las miradas lujuriosas de quienes podían pagar el espectáculo. Dentro de aquellos remotos asistentes apareció, como siempre ocurre, una mirada que supo ver más rápido y más hondo que sus compañeros de butaca. Se trataba de una mujer, cosa de verdad sorprendente; era Carolina Dudley, quien repartía su vida en trabajos ocasionales en agencias de publicidad y en su labor de agente de espectáculos.

A ella se debe el primer trabajo concreto de Joséphine Baker. Ella le abrió las puertas, lo demás lo debería a sus largas piernas de bronce y a la sensualidad serpenteante de sus movimientos. Con la credencial que le entregó Carolina Dudley, Joséphine Baker se incorporó en un grupo de negros en el que actuaba el clarinetista Sydney Bechet, que, según sus biógrafos más penetrantes y chismosos, tuvo un papel definitivo en estos primeros balbuceos de Joséphine.

La pequeña troupe, ansiosa, delirante, apareció en el Nuevo Teatro de los Campos Elíseos en la Revista negra, uno de los innumerables espectáculos que se armaron en 1925 con motivo de la Exposición de Artes Decorativas.

En la mitad del espectáculo, el reflector enfocó a una negra indescriptible que se contorsionaba casi desnuda y que suscitó el frenesí de los espectadores. La humilde negrita de San Luis de Misuri había conquistado a París aquella noche inolvidable.

El próximo salto de Joséphine Baker la llevó nada menos que al Folies Bergère. Su director, Paul Derval, la recibió jubiloso para alegrar con una nota exótica sus revistas La folie du jour y Un vent de folie. Fue en esta última revista donde Joséphine apareció vestida solamente con una falda de bananas que acendraron su fama; fue esa la ocasión cuando cantó una de las primeras canciones que adoptó el cancionero de los franceses en aquel París jubiloso de entreguerras: “J’ai deux amours”, que Vincent Scotto escribió para ella. Europa se rindió a sus pies exceptuando la pacata Múnich de entonces y la sorprendentemente asustadiza Santiago de Chile cuyos jerarcas eclesiásticos la excomulgaron.

En el recorrido de esta fierecilla triunfante faltaba un hombre concreto, importante, reconocible. Los demás habían sido ocasionales compañeros de bambalinas, gente menuda cuyos nombres se han olvidado.

Ese hombre fue Jean Lyon, un opulento industrial, su primer marido, a quien dejó dos años más tarde para casarse en 1947 con el director de orquesta Jo Bouillon. Pasó después a los brazos de Jean Gabin, pero solo en el cine, en la película La sirena de los trópicos. Vinieron después la cinta Créole, La princesa Tam-Tam y otras producciones calculadas para escandalizar a los franceses con los movimientos de Joséphine, ninguna de ellas tuvo un éxito memorable.

Todo lo anterior puede llamarse la Joséphine Baker del escenario, la mulata sensual que aparecía acompañada de un guepardo –a quien los espectadores llamaban pantera– conducido por ella con una gargantilla dorada.

Pero después de 1940 surgió una Joséphine Baker que la sitúa dentro de los grandes personajes de nuestro tiempo, cuando se incorpora a la guerra. Envuelve su bello cuerpo con la bandera de Francia Libre y da un paso y otro más hasta convertirse en heroína de los franceses y en cambiar la falda de bananas por la Legión de Honor. Es la nueva Joséphine Baker pensante, patriota, conductora de ambulancia, benefactora de los soldados combatientes.

Nada de esto figura en el espectáculo del Casino de París, que apenas roza la vida de Joséphine y la presenta en los folletos de propaganda para atraer a los turistas.

El espectáculo es menor, pero los recuerdos de esta mujer interminable salvan la noche.

Los recuerdos van y vienen. Me falta hablar de la Joséphine filántropa, que adoptó 13 hijos de otras tantas nacionalidades para alojarlos en el castillo de Milandes comprado por su compañero Jo Bouillon, propiedad que tuvo que vender para pagar las deudas que le demandaba su locura de sostener y alimentar su batallón de huérfanos. Y me faltó hacerle una profunda venía a Grace Kelly y a su esposo Raniero, quienes le tendieron la mano cuando estaba totalmente quebrada y la alojaron en sus propiedades de Mónaco.

No hablé tampoco de los triunfos finales de Joséphine en los escenarios del teatro Bobinó, donde brilló a los 68 años con la misma talla 6 de sus 16 años. Del escenario, donde sufrió un ataque fulminante, pasó al hospital de La Salpêtrière donde murió el 25 de abril de 1975". 

ÁLVARO CASTAÑO CASTILLO

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