Así fue la primera vez de una cachaca en el Festival Vallenato

Así fue la primera vez de una cachaca en el Festival Vallenato

La fiesta por excelencia de este género reúne a miles de fieles y a otros que jamás habían estado.

Festival Vallenato 2018

Los Niños del Vallenato tocan en la plaza Alfonso López en compañía del rey vallenato Egidio Cuadrado.

Foto:

Hernando Banquez / EL TIEMPO

06 de mayo 2018 , 11:34 a.m.

“Ya se van los provincianos que estudian conmigo,
Ayer tarde que volvieron preferí negarme,
Pa' no tener que contarle a nadie mis motivos.
Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme,
Me quedo en la capital por cosas del destino.
Porque el medio de mis viejos es tan humilde,
Que me dan para venirme y en diciembre regresar.
Encerrado temblando escribí unas letras
Que detallan mi tristeza, mi ausencia sentimental”.

Todos me dicen lo mismo: que si el próximo año no regreso al Festival de la Leyenda Vallenata, voy a sentir “ausencia sentimental”. Esa que uno no sabe que existe hasta que se emparranda durante cuatro días con sones, paseos, puyas y merengues en casas que no conoce, en la calle, en plazas, estancos y tiendas de barrio, piedras de río, grandes escenarios y clubes muy exclusivos. En todo Valledupar, mejor dicho.

“El que nunca ha estado ausente no ha sufrío’guayabo,
Hay cosas que hasta que no se viven no se saben.
Creo escuchar en el aire un paseo bien tocado,
Deliro esperando que alguien me llame Del Valle”.


Empiezo a entender eso que mis amigos predicen sentiré en el 2019 cuando conozco al autor de esta canción en un evento llamado ‘Tarde de compositores’.

En cada Festival Vallenato se organizan varias tardes o noches dedicadas a homenajear a los creadores de algunos de los más bellos versos del folclor colombiano. Porque aquí son importantes los cantantes, por supuesto, pero lo son mucho más quienes componen las letras que los vuelven famosos y, sobre todo, los músicos que con el acordeón, la caja y la guacharaca acompañan la voz, que casi siempre se lleva todo el crédito.

¿Qué colombiano no ha entonado alguna vez clásicos como ‘La hamaca grande’, ‘Sin medir distancias’ y ‘Fantasía’, o éxitos más recientes como ‘Niégame tres veces?’ ¿Cuántos sabemos que esas y otras canciones famosísimas no son de Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Silvestre Dangond o Carlos Vives? Yo desconocía a la mayoría de los autores, por eso me resulta tan bonito que se les rinda ese homenaje.

Tengo suerte. Es la primera vez que vengo a Valledupar para gozarme el festival, y en una larga jornada, de 2 de la tarde a 12 de la noche, escucho a Marciano Martínez cantar ‘Amarte más no pude’; a Gustavo Gutiérrez, ‘No sé pedir perdón’; a Adolfo Pacheco, ‘El viejo Migue’; a Ivo Díaz (hijo del legendario Leandro Díaz), ‘Matilde Lina’; a Chiche Maestre, ‘Ahí vas paloma’; a Rosendo Romero, ‘Fantasía’; a Beto Murgas, ‘La negra’, y a Yeyo Núñez, ‘Niégame tres veces’. Y, cómo no, a Rafa Manjarrés entonar ‘Ausencia sentimental’, la canción que escribió hace 32 años, cuando estudiaba derecho en Bogotá y la plata no le alcanzó para viajar al Valle por esta época. La canción que hoy es el himno del evento.

Un amigo –también cachaco, que vino por primera vez en 2017 y este año no quiso experimentar ese estado nostálgico– lo resumió de manera perfecta: la ‘Tarde de compositores’ es el evento donde el vallenato se encuentra con la poesía, el que tiene más espíritu. Y, paradójicamente, el que menos espacio tiene en la prensa cuando se habla del Festival.

La ‘Tarde de compositores’ es el evento donde el vallenato se encuentra con la poesía, el que tiene más espíritu

Se me antoja un poco injusto, porque en las tardes o noches de compositores, los creadores de grandes éxitos se entregan con el alma e incluso cuentan las historias de cómo nacieron esas canciones. No son conciertos multitudinarios, sino casi íntimos. Y cuando terminan de cantar, los que bien podrían ser ídolos intocables se bajan del escenario, abrazan a todo el que quiera abrazarlos, se toman fotos, aceptan un whisky que les ofrecen por aquí, un frito que les ofrecen por allá. Son uno más.

Desmesura

El Festival Vallenato está enfrascado hace tiempo en la discusión de si debe dedicarse exclusivamente a lo más tradicional del género o está bien aceptar el llamado ‘vallenato comercial’, que mezcla otros ritmos y es el que más vende entre los jóvenes.

Para muchos, ya no conserva la esencia de lo que hacían los primeros juglares y acordeoneros coronados en la legendaria tarima Francisco el Hombre de la plaza Alfonso López, antes de que se quedara pequeña por la cantidad desbordada de gente que cada año llega a Valledupar los últimos días de abril y los primeros de mayo.

Ahora, los grandes conciertos y las finales del concurso de la canción inédita y de acordeoneros en todas sus categorías (infantil, juvenil, aficionado y profesional) se realizan en el parque de la Leyenda Vallenata Consuelo Araujonoguera, un espacio inaugurado hace 15 años y con capacidad para casi 40.000 personas.

Un lugar que siempre se llena, ya no solo de habitantes del Cesar o La Guajira, sino de turistas de todos los rincones de Colombia y uno que otro extranjero
que seguramente jamás ha oído hablar de la guacharaca y no sabe que existe un whisky de marca Old Parr que es prácticamente el único licor que se toma en Valledupar y del cual se distribuyen unas 50.000 botellas el fin de semana largo del festival.

La invasión de turistas, el caos en el tráfico y el aumento descomunal en los precios durante esos días no son cosas que disfruten mucho los locales, y cada vez son más los que huyen para esta época porque la ciudad se vuelve insoportable o porque el festival “ya no respeta el folclor” y “se perdieron las raíces” que promovían quienes lo fundaron hace más de 50 años. Eso sí, muchos no pierden la oportunidad y también hacen negocio: alquilan sus casas a turistas por precios poco razonables.

Tan caro es todo que se dan cosas absurdas como que semanas antes del evento, un pasaje aéreo Bogotá-Valledupar-Bogotá vale más que otro para atravesar el Atlántico.
Ocurre que los taxis cobran hasta 20.000 pesos por un recorrido de pocas cuadras, y que un paquete de papas que en una tienda vale 3.000 pesos, en el parque de la Leyenda Vallenata cueste cinco veces más.

Y sí, durante el Festival hay decenas de eventos para elegir (además de los tradicionales concursos de acordeoneros y de la canción inédita, hay concursos de piqueria, de parrandas vallenatas y de casas festivaleras) y muchos de ellos son gratis, pero si uno quiere a ir los conciertos más importantes y al menos ver las finales, tiene que meterse la mano al bolsillo.

Compruebo pronto que el festival no conoce mesura en ningún sentido: ni en los precios ni en la cantidad de licor ingerido —la leyenda dice que Valledupar es la ciudad del mundo donde más se consume Old Parr—, ni en las parrandas interminables que se acaban de madrugada o con el canto de los pájaros y vuelven a arrancar pocas horas después.

Controversia

Quiso el destino que mi primer festival fuera también el primero en el que se le rinde homenaje a un exponente del vallenato contemporáneo. Durante cuatro días oigo por todas partes comentarios de puristas muy molestos porque en el lugar de Carlos Vives debía estar Alfredo Gutiérrez o Jorge Oñate, y de quienes en el otro extremo defienden al samario porque gracias a él se internacionalizó el género.

Así que durante cuatro días oigo por todas partes comentarios de puristas muy molestos porque en el lugar de Carlos Vives debía estar Alfredo Gutiérrez o Jorge Oñate, y de quienes en el otro extremo defienden al samario porque gracias a él se internacionalizó el vallenato.

Además, los más tradicionalistas critican que el vallenato –declarado patrimonio inmaterial de la humanidad en el 2015– les abra la puerta a otros géneros muy comerciales como el reggaetón o la salsa, que nada tienen que ver con el folclor producido por los juglares.

Con todo y críticas, Vives paralizó a Valledupar el primer día del Festival con La Ilíada Vallenata (un espectáculo musical y teatral en el que les rindiótributo a grandes como Rafael Escalona y Leandro Díaz). El segundo día hizo que la plaza Alfonso López colapsara con un show gratuito llamado Vives solo para niños y para el cierre, el cuarto día, llenó de nuevo el Parque de la Leyenda Vallenata.

Aprovechar el momento

Para llegar a Valledupar tomo un vuelo a Riohacha que, para mi sorpresa, está lleno de cachacos, paisas y uno que otro costeño que van para el festival. Durante el viaje ponen en sus celulares listas de reproducción de vallenatos a todo volumen.

Si el otro año decido que no quiero saber qué es vivir la ausencia sentimental de la que habla Rafa Manjarrés, es muy probable que haga el mismo trayecto, no solo porque sale más barato sino porque ir por tierra desde la capital de La Guajira hasta la capital del Cesar ofrece la oportunidad de ponerles imágenes a muchos de los paisajes que inspiraron a los juglares en el momento de componer un vallenato.

Ya en Valledupar lo importante no es tener al menos dos baterías bien cargadas y saber que dormir será el verbo más conjugado de esos días.

Los conciertos duran, en promedio, 10 horas —hay personas que incluso se llevan un cojín para echarse una siesta en el parque de la Leyenda Vallenata—, y las parrandas en las casas pueden comenzar a las 10 u 11 de la mañana, con la excusa de facilitar el desenguayabe por la fiesta del día anterior. Lo bonito es que cualquiera las organiza y los vecinos no se quejan por el ruido, sino que se unen al alboroto y hasta ponen su grano de arena con una botella de whisky.

También hay que dedicarle un tiempo a sentarse bajo uno de los palos de mango de la plaza Alfonso López a escuchar las eliminatorias de los acordeoneros que participan en la categoría profesional; a bañarse en las aguas del río Guatapurí, dentro de la ciudad, o del río Badillo, un poco más allá de Patillal, y a visitar el Museo del Acordeón, preferiblemente en un recorrido guiado por su creador, el investigador y compositor Alberto ‘Beto’ Murgas. La ñapa, si uno camina unos pasos al salir del museo y aún tiene fuerzas, es asistir a una de las famosas parrandas en la casa de doña Elvira, la mamá de Diomedes Díaz, donde desde temprano se arma fila.

A pesar del cansancio extremo, es prácticamente imposible que alguien no goce y no ‘se convierta a la religión’ del vallenato después de vivir esta fiesta. ¿Por qué me demoré tanto en acudir?, pienso.

Me queda el consuelo de saber que debo volver en el 2019 y de haber comprobado que el festival hace tiempo dejó de ser de ‘corronchos’ y para ‘corronchos’. Tanto que este año, el mismo en el que me volví adicta, dos acordeoneros boyacenses resultaron ganadores: Julián Mojica en la categoría profesional y Ronal Torres en la de aficionados.

Lo único que faltaría para hacer felices a los que somos del interior de Colombia es que en la ‘Tarde de compositores’, el evento más bello de todo el festival, se animen a entonar canciones como ‘Señora’ y ‘El mochuelo’, que los costeños creen que solo nos gustan a los cachacos.

LAILA ABU SHIHAB
Para EL TIEMPO
En Twitter: @laiabu

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