'Conocí la dictadura pero fui 'hippie', tomé la píldora y fumé porros'

'Conocí la dictadura pero fui 'hippie', tomé la píldora y fumé porros'

La periodista y escritora española Rosa Montero habla de sus 45 años de carrera en las letras.

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La fama "no eres tú", sino "lo que cada uno proyecta en ti, que es lo que le da la gana", dice la escritora y periodista, aquí en su apartamento de Madrid.

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El Mercurio

07 de agosto 2016 , 12:14 p.m.

Sus perros juegan en su apartamento, frente al madrileño parque del Retiro, mientras Rosa Montero prepara café y organiza el día. Luz natural y libros en un cierto desorden cálido enmarcan su conversación y su voz enfática, seria pero no exenta de humor, al examinar sus 45 años de periodista y escritora.

El balance de su premiada vida profesional, con 15 novelas traducidas a más de 20 idiomas, surge a medida que el mediodía cede y las nubes rompen la postal verde que se aprecia desde su hogar-estudio-refugio.

Está feliz con ‘el cepillado’ de su nuevo libro, ‘La carne’, que saldrá el mes próximo. El último, El peso del corazón (2015), la llevó a la ciencia ficción. Pero esta es una novela contemporánea, breve. La protagonista es una comisaria de exposiciones de 60 años. “Una novela como tragicómica”, resume ella.

¿Su carrera ha sido diferente de lo que imaginó?

Por temperamento y generación, he sido muy de vivir el momento. Jamás he dicho: “de mayor quiero hacer esto”, no he querido pensar. Lo que quería era vivir lo más plena e intensamente posible cada momento, y lo sigo pensando.

¿Tenía inseguridades?

Sigo siendo muy insegura, aunque vas aprendiendo con la experiencia que de tus terrores sales adelante. Eso ayuda. Pero el primer golpe de inseguridad lo sigo sintiendo igual ahora que a los 20 años.

¿Igual?

Claro, lo que pasa es que lo racionalizas y dices: “Rosita, te ha pasado 60 veces y has salido adelante”. En un libro lo cuento: se ha hecho un estudio en Dinamarca sobre la relación entre un gen mutante y la creatividad. Creo que el 15 por ciento de la población europea tiene dos copias de ese gen; el 30, solo una, y el 50 por ciento, ninguna. Se ha demostrado que la gente que no tiene el gen es la menos creativa. Y los que tienen dos copias son los creativos. Y que esto va unido a una mayor tendencia a problemas psicológicos, falta de memoria y, lo más gracioso, una hipersensibilidad a las críticas y una mayor inseguridad. Es precioso, porque es como la radiografía del artista. Entonces, yo estoy convencida de que tengo los dos pares de genes (se ríe). Muchas veces pienso que la vanagloria y la soberbia que muestran algunos escritores es un arma defensiva para ocultar un agujero de inseguridades.

Desde 1976 escribe en ‘El País’, diario emblemático de la transición española. ¿Cómo fue vivir eso?

Tengo una suerte increíble. Primero, porque aunque nací en el franquismo, Franco murió cuando yo tenía 24 años, desde los 15 cogí los últimos años del franquismo, que ya se estaba deshaciendo. Empezaba a haber dos países, el oficial –que seguía siendo brutal; de hecho, el régimen murió matando– y el real, que era clandestino, pero permitía muchas cosas. Por ejemplo, la píldora estaba prohibida, pero como estaba permitida por razones médicas, había doctores que te las daban. Había libros prohibidos, pero en la trastienda de las librerías te los daban. Había un país real que era muchísimo más abierto y en el que se podía vivir.

Yo ya cogí esa apertura. Entonces fui ‘hippie’, tomé la píldora, fumé porros e hice todo lo que hicieron otros chavales de mi época en Europa. O sea que me dio tiempo para vivir una cierta normalidad, aunque conocí lo que es una dictadura, y el embrutecimiento y el horror que es. Después viví la transición, con 24 o 25 años, y además siendo periodista y reportera de calle, que es una cosa maravillosa porque te permite vivir en primera línea los acontecimientos.

¿Qué sentía al cubrir la transición?

Lo primero es un miedo espantoso. Y con razón, porque había muertes, de todo. Pero al mismo tiempo teníamos la sensación de que estábamos cambiando la historia, y que con el trabajo periodístico estábamos contribuyendo a cambiar la historia, y era verdad. Después de eso tuve la suerte en 1989 –yo tenía 38 años, que es cuando uno se empieza a asentar sobre sus ideas y a dejar de evolucionar– de vivir la caída del Muro de Berlín. ¡Y se cae todo! Se caen las paredes del mundo y hay que comenzar a inventárselas otra vez. Otro dato es que tuve la suerte de ser joven antes del sida. La verdad es que he tenido la suerte de vivir en un mundo intenso, movedizo... Fascinante. Ahora mismo hay un mundo terrible, con unas perspectivas espantosas en todos los sentidos, pero también muy interesante. Estoy muy satisfecha con la historia que me tocó vivir.

¿Cómo fue vivir La Movida?

La Movida está sobredimensionada. Era un grupo pequeñísimo y no importaba tanto. Lo que había era una movida general, no la de ese grupito, que era una tribu dentro de un movimiento social tremendo. Lo que pasa es que en ella se hizo muy famoso Pedro Almodóvar, que la volvió más famosa que a las otras tribus.

¿Y cómo fue entrevistar a tantos líderes mundiales?

He sido muy poco mitómana. Será porque empecé a entrevistar a la gente famosa desde los 19 años. En general, salvo excepciones, la gente más interesante que he conocido en mi vida es gente normal. Luego me ha pasado que, con 26 años, de repente me hice famosa yo misma.

¿Cómo fue eso?

Bueno, yo ya era conocida cuando me llamaron de ‘El País’, que había salido en 1976 con un éxito brutal, porque era el espejo de la nueva sociedad. Y el éxito enorme del diario nos catapultó a la fama a una serie de periodistas jóvenes que trabajábamos ahí. Algo espeluznante.

¿Por qué?

Porque de repente todo el mundo, incluso tus amigos más íntimos, y con la mejor intención, solo te hablaban de lo que tienes que hacer para mantenerte... De repente recibías unas olas de amores brutales, todo el mundo te quería de una manera tremenda, pero no sabías a quién querían, porque querían a alguien que no eras tú. O sea, cada uno se ha inventado a una Rosa Montero. Eso pasa con la fama: no eres tú, cada uno proyecta en ti lo que le da la gana. Y te lanzaban un amor tremendo que tú, claro, es humano, no querías defraudar. Pero cómo no hacerlo, si no sabías a quién querían, y cada uno quería a una Rosa Montero distinta. Era superangustioso y esquizofrénico.

¿Qué venía luego del amor?

A los pocos meses empezó a llegar una ola de odio igual de violenta. Unos te aman locamente, y no lo mereces porque es su historia, y otros te odian locamente, y tampoco lo mereces porque es su historia. Estaba angustiadísima. Escribí mi primera novela y la publiqué, y tuvo mucho éxito, pero mi mayor éxito era como periodista.

¿Qué hizo con esa angustia?

Coger el trabajo de directora del suplemento dominical. Dije: “Dejo de firmar, y así la gente se olvida de mí”. Quería eso, honestamente. Afortunadamente, no se olvidaron (ríe). Porque desde luego es mucho mejor que no se olviden.

Ese odio desestabiliza, ¿no?

Claro, como desestabiliza también el amor loco. Porque no sabes qué eres para ellos, qué están queriendo decir ni cuántas personas eres.

¿Huyó otra vez?

Pedí seis meses sin sueldo y me marché a Londres. Escribía mi segunda novela. Estuve como dos años fuera de circulación, pero no me olvidaron.

¿Después se adaptó?

Lo que pasó es que te vas haciendo tu lugar interior, relativizas ese eco enloquecedor. Lo vas entendiendo y ya puedes sobrevivir.

Usted fue una mujer pionera en cargos de poder. ¿Se endureció un poco?

¡No! Ya te he dicho por qué cogí el poder, pero siempre lo he detestado. Además, hay que saber ejercerlo. Yo tengo amigas que lo hacen de maravillas, y las envidio. Yo no sé. Lo llevo muy mal, no me gusta nada. Soy una persona que ha sido siempre ‘freelance’ y que escribe desde los 5 años. Eso te lleva a que te guste trabajar sola.

¿Se le da mal el poder?

Lo del poder se me da fatal. Me obliga a destinar una energía brutal a cambio de unos resultados muy bajos. La única vez que lo he hecho me marché al año y medio. Tuve bastantes problemas. Fue duro. Creo que salió adelante, pero con un esfuerzo horrible. Bueno, dimití y a los dos meses me estaba operando de un quiste en un ovario, que estoy segura de que me lo hice en el trabajo. Fue de los tiempos laborales más amargos que he tenido.

¿Pensó la literatura como paralela al periodismo?

No, no. Siempre he tenido clarísimo, y lo recomiendo, que no se debe aspirar jamás a vivir de la narrativa. Primero, no se puede, pero sobre todo no se debe.

¿Por qué?

Porque la narrativa debe ser un ámbito de libertad. Ya es muy difícil mantenerse libre de las presiones del mercado, internas, de los amigos... Mi madre, que tiene 95 años, me llama y me dice: “Hija, que has bajado al séptimo puesto de la lista de los más vendidos...”.

¿Y qué le dice?

“Mamá, ¿tú también?” (se ríe). La pobre ya ha aprendido. Entonces, si vives de la narrativa, si con ella debes pagar la hipoteca y la comida, pues no vas a ser tan libre como podrías.

Ahora estoy intentando bajar el tiempo de ejecución de una novela, porque soy mayor y quiero escribir muchos libros. Pero hasta ahora he tardado como tres años en escribir un libro. Y estoy intentando bajar a dos. Pero si necesitas el dinero del adelanto, pues a lo mejor das un libro fatal, sin terminar, de un año de trabajo nada más.

He conocido muchos escritores con talento que se hundieron por dejar sus trabajos secundarios e intentar vivir de la literatura. Eso lo tuve siempre claro y ahora mismo sigo trabajando como periodista. Mis ingresos vienen del periodismo.

¿Qué ámbito es más hostil para las recién llegadas: el periodismo o la literatura?

El mundo literario. El ‘mandarinato’ cultural sigue siendo muy sexista. Yo, por ejemplo, he pagado el precio de ser un poco pionera en ese mundo. Además era periodista de éxito, muy joven, que de repente hace novela, tiene éxito, y entonces no te lo perdonan. Ahora, después de tantos años, se ha modificado eso, pero aún siguen teniéndonos en un segundo plano.

Pertenezco a la asociación de agitación cultural Clásicas y Modernas, compuesta por mujeres de diversas disciplinas que hacen investigaciones espectaculares. Por ejemplo, hace dos años estudiaron los cuatro suplementos literarios que hay en España y encontraron una inmensa mayoría de críticos masculinos y poquísimas femeninas. Además, hay muchas más críticas a libros de hombres. Ni siquiera respetan sus propias listas de superventas: en ellas, el 38 por ciento son libros de mujeres; sin embargo, ni siquiera hacen las críticas de esos libros. Es increíble. Ridículo, de vergüenza. Hay un sexismo gravísimo en la cultura.

Nora Ephron decía que a las mujeres lo que no se les perdona no es que trabajen, sino que tengan éxito.

Muy bueno. Brillante. Y es así. Porque sienten que les están haciendo sombra.

¿Ha recibido alguna crítica demoledora?

No leo críticas por sanidad. Aprendes a apartar tu vida. Pero sí, esa cosa condescendiente y paternalista... (cuenta que le hicieron un reportaje en ‘Le Nouvel Observateur’ junto con otras dos escritoras, y el título fue ‘Las abuelas de la ciencia ficción’. Se ríe a gritos). ¡Jamás lo hubieran hecho con hombres! Es impresionante ese machismo residual que la gente no nota. Es alucinante. Y eso que estoy feliz con el reportaje.

Su opinión sobre el futuro del periodismo

“Creo que el periodismo es absolutamente necesario para una sociedad moderna –subraya Rosa Montero–. Así lo demuestran WikiLeaks o los papeles de Panamá, porque sin unos periodistas profesionales detrás sería un material incomprensible. Ahora, el problema es el cambio de modelo de mercado, porque me da igual que el soporte sea papel; aunque esto lo extrañaré, es lo de menos. Lo importante es ver cómo las empresas se las apañan para ganar dinero con las nuevas tecnologías. Llegará un momento en que lo conseguirán porque la sociedad necesita los medios y periodistas profesionales. Evidentemente, la sociedad se las arreglará para pagar a fin de que exista eso. Mientras tanto, estamos en la travesía en el desierto”.

PAULA ESCOBAR CHAVARRÍA
El Mercurio (Chile)
Madrid.

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