La costurera, la única que no disfruta de las fiestas

La costurera, la única que no disfruta de las fiestas

María Cruz confecciona hace 27 años trajes típicos. Este fin de semana está entregando los pedidos.

María Cruz

María Cruz, costurera de trajes típicos en la capital del Meta.

Foto:

Hernanod Herrera. EL TIEMPO

29 de junio 2018 , 10:37 p.m.

Con un metro colgando de su cuello y entre encajes, cintas y máquinas de coser se la pasa María Cruz, la costurera de los trajes típicos que utilizan los artistas llaneros que esté fin de semana están participando en las principales fiestas de esta región del oriente colombiano.

Desde hace al menos seis meses, María comenzó a trabajar en los diseños y desde ese momento no ha parado. Día y noche ha estado concentrada en esta tarea, en la que le ayudan otras diez personas, entre ellos su esposo William Avella, un exempleado de juzgado; y su hija menor, una estudiante de derecho que en vacaciones se dedica a apoyar a su mamá en el taller de modistería del Jordán Paraíso, un barrio popular de Villavicencio.

María Cruz, como es conocida en el Meta esta mujer -prefiere que la llamen por su nombre artístico- es tal vez la modista más demandada hoy por hoy en la también llamada Puerta del Llano. Pero ganarse una imagen en un oficio donde hay mucha competencia no ha sido fácil.

Ella lleva 27 años como costurera, 16 de ellos confeccionando exclusivamente trajes típicos. Los hace además para bailes tradicionales como el bambuco, la cumbia, la guabina y la samba... y se los piden de diferentes ciudades, incluso connacionales que viven en países de Europa, Oriente Medio y Asia.

"Desde que uno lo haga con amor y de la mano de Dios todo sale bien", dice María, quien recuerda con algo de humor que en su juventud estudió para ser profesora, como quería su madre, quien creía que sus cuatro hijos no tenían mucho futuro en el pueblo donde vivían.

Desde que uno lo haga con amor y de la mano de Dios todo sale bien

Por eso la familia dejó el municipio de San Martín y se estableció en Villavicencio. En esta ciudad, la segunda de los hermanos Cruz ingresó a estudiar en la Normal Superior. Y aunque se graduó como bachiller normalista nunca estuvo al frente de un tablero enseñándoles a niños o jóvenes.

Su primer trabajo fue como citadora del juzgado de la capital de Meta y después como empleada de una fábrica de sudaderas. Allí fue donde surgió su proyecto de volverse costurera y para eso decidió tomar los cursos de patronaje que dicta el Sena.

Comenzó produciendo ropa de calle en su casa, que en ese entonces estaba en el barrio Florencia, y con la ayuda de otra costurera. Luego se pasó a la ropa deportiva y uniformes de colegio y, finalmente, a los trajes típicos.

Una casualidad la puso en ese camino. Recuerda que sus hijos -es madre de dos mujeres y un hombre- entraron al grupo de danzas del colegio y necesitaron los trajes para una presentación. Como buena modista, decidió diseñar ella misma los vestidos y coserlos en su pequeño taller. Los hizo viendo videos de grupos llaneros colombianos y venezolanos. "Mis trajes tuvieron mucha acogida, gustaron", recuerda.

Desde ese momento, María empezó a ser reconocida como costurera de trajes típicos. Un traje en su taller puede costar entre 120 mil y 450 mil pesos. El valor depende del tipo de atuendo. Los hay desde los sencillos, que son utilizados para la danza tradicional del joropo, hasta los vistosos –demandados por los grupos de joropo de academia o de espectáculo- y estampados con paisajes o motivos alusivos al llano –en acuarela-, como los que utilizan las candidatas de los reinados. El alquiler es un poco más barato, oscila entre 20 mil y 180 mil pesos.

Fue en esta línea donde, después de 11 años, su pequeño taller de modistería se creció y está emprendedora necesitó cambiarse de casa y con el tiempo expandirse a la del lado. En una tiene el taller y en la otra, su lugar de residencia.

Eso le ha facilitado estar pendiente de todo, incluso, de lo que se cocina en su casa. Ella se echa sus escapaditas para supervisar lo que se está preparando para el almuerzo y para darle al final el visto bueno a cada cosa. "Ya les echó sal", le pregunta María a la señora que le ayuda en la cocina y que ese día estaba preparando de unos fríjoles con costilla y patacón.

Y mientras esta “cajuche”, como se autodenominan los nacidos en el municipio de San Martín, está pendiente de todos los detalles en su taller y en su casa, William, su esposo, vienen incursionado en otras líneas del negocio.

Hasta ahora había ayudado con los bordes de los vestidos de las bailarinas, pero desde hace un par de años dejó su trabajo y empezó a hacerse cargo de pintar los motivos de los vistosos vestidos que utilizan las concursantes a los reinados de la región y ahora está aprendiendo a confeccionar las chaquetas y los liqui liqui que usan los bailarines de joropo de academia y los músicos de los conjuntos llaneros.

María, que poco sabe del baile del joropo, solo el estilo “criollito, eche pa’ cá y eche pa’ llá, pa’ lante y pa’ tras”, sabe que ya comenzaron las fiestas y no podrá disfrutarlas porque no hay tiempo que perder.

Su estrecho taller está atestado de clientes, la mayoría son artistas. Unos quieren ver si ya están sus trajes y otros, que dejaron para el final el vestido, buscan alquilar uno para las presentaciones. “Esto ha estado terrible, pero hay que darles gusto a todos, porque si no se embejucan”, dice, al tiempo que agradece a Dios porque su negocio ha estado "muy movido".

Guillermo Reinoso Rodríguez
Editor ELTIEMPO.COM

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