Kike Ferrari, el escritor que limpia el metro

Kike Ferrari, el escritor que limpia el metro

Este argentino de 44 años es autor de cinco novelas y ha ganado premios internacionales.

Escritor Kike Ferrari

Ferrari trabaja en la estación Pasteur de 11 p. m. a 5 a. m. El resto del día lo dedica a descansar, a su familia y a escribir (cuando puede).

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Cortesía Alejandro Guyot / La Nación- GDA

04 de junio 2017 , 12:03 a.m.

Enrique Ferrari era un total desconocido en Argentina hasta hace muy poco. En el 2009, su novela ‘Lo que no fue’ recibió la primera mención en el premio literario Casa de las Américas (Cuba), uno de los más prestigiosos de América Latina. En el 2010, su cuento ‘Ese nombre’ ganó el concurso de relatos policiacos de la Semana Negra de Gijón (España) y dos años más tarde, en el mismo festival, él recibió el premio Silverio Cañada, entregado a la mejor ópera prima del género negro, por su novela ‘Que de lejos parecen moscas’. Además, ese libro lo había llevado también a la final del Gran Premio francés de Literatura Policial; y sin que nadie lo supiera, su obra ya había sido editada en Francia, Italia, España, México, Cuba y, claro, Argentina.

Y mientras todos estos reconocimientos adornaban su palmarés, él seguía –y sigue– limpiando todas las noches la estación Pasteur del metro de Buenos Aires. Del subte, como le dicen los porteños. Hasta que un periodista, Diego Rojas, se enteró de su historia en una conversación desprevenida con Iñigo Amonarriz, el editor de Ferrari. Lo entrevistó y publicó una nota en el portal Infobae, y la salida del escritor a la superficie literaria se hizo inevitable: ‘el escritor del subte’ comenzó a aparecer en todas partes, en noticieros, diarios, revistas y programas culturales.

Fue de esta manera como los argentinos y el mundo empezaron a enterarse de que Kike escribía desde los 27 años –hoy tiene 44– y que había comenzado a hacerlo porque un buen día decidió desahogarse en la máquina de escribir: “Me había separado de mi pareja, me había echado de la casa, se había muerto mi abuelo y me había quedado sin trabajo. Me senté a escribir y me resultó tan apasionante como toda la vida me había resultado leer. Desde ese día no paré más”, cuenta a EL TIEMPO Ferrari, hablando por teléfono desde su casa en el barrio Once de Buenos Aires, donde vive con su esposa y sus tres hijos pequeños.

¿Por qué escribe?

Es la forma que tengo de canalizar mi vida, de ordenar las pasiones. Uno empieza a escribir para zafarse de la cotidianidad, para irse. Por lo mismo que uno comienza a leer. Es lo más parecido a jugar. Es como ‘El Chavo’, de Chespirito, que decía “zas y que yo era un jugador de pelota, y zas, que yo era un mago”. Creo que al final la literatura es eso: un laboratorio de lo posible.

La escritura ha sido relacionada con el dejar huella. De hecho, cuando un escritor muere, muchas veces se dice que se fue, pero dejó sus libros. ¿Piensa igual?

No imagino mi obra sobreviviendo demasiado, pero al menos el objeto libro va a estar ahí y quizá en 100 o 150 años alguien lo encuentre y ocurra la literatura. Yo no me quiero morir nunca, cuando nos morimos somos simple carne de gusano. Lo que pase con mi obra me preocupa muchísimo menos que lo que pueda pasar con mis hijos cuando yo ya no esté.

¿Por qué cree que genera tanta fascinación que trabaje en el subte y también escriba?

Por una casualidad y un par de malentendidos. La casualidad es que me hayan encontrado a mí antes que a otros. Y después vienen los malentendidos: uno que tiene que ver con esa imagen, en buena parte heredada del siglo XX, de que los escritores eran personas que vivían en un universo de libros y aventura, deambulando con la única tarea de escribir y pensar en cosas que se escapaban de la vida mundana. Ese paradigma del ‘escritor Borges’ en su torre de marfil literaria se fue cayendo porque en la literatura siempre ha habido escritores proletarios: en Argentina hay un montón y la literatura norteamericana está plagada. El otro malentendido es el rol que la sociedad parece querer darnos a los trabajadores: se supone que si tenemos alguna relación con la cultura es en términos de consumo y no de producción. Pero el trabajo intelectual y el manual pueden habitar juntos.

¿Como autor no le genera temor que su reconocimiento se deba al hecho de trabajar en el subte y no a su obra en sí misma?

Llevo 20 años escribiendo y 15 años publicando, tengo ocho libros en el lomo y dos más que voy a publicar este año. Es muy raro que la atención se haya generado porque baldeo el piso. Lo que yo trato de hacer es que eso sirva para que los libros se lean y lleguen a más lectores. Hasta el momento ha funcionado: el último año vendí más libros que los catorce años anteriores juntos. Más de 1.000, que para mi país y el tamaño de escritor que soy, es un montón. Es posible que una editorial en inglés publique pronto un libro mío porque se enteró de mi existencia por una nota que decía que además baldeo el piso. Estoy hablando con vos por esto mismo y quizá eso lleve a que alguien le interese publicar mis libros en Colombia. Al ver los resultados, que me reconozcan por limpiar una estación no me parece tan relevante.

¿Cómo procesa el hecho de haberse vuelto visible?

Con tranquilidad. Es como un juego. Sin embargo, a veces la atención me genera problemas porque estoy en la mitad de una novela y me doy cuenta de que hay una contradicción en mantener el personaje público y escribir. Está buenísimo que haya difusión de mi obra, pero si yo estoy pelotudeando en todas partes no voy a tener tiempo para escribir. Por suerte me doy cuenta de que la nota ‘del escritor que barre’ está un poco gastada y las últimas entrevistas se han enfocado en asuntos más profundos y han salido cosas más interesantes. Creo que eso redundará en beneficio de mi obra (Ferrari se detiene y suelta una carcajada). ¡Es repomposa la palabra ‘obra’! Quiero decir: de los cuentitos míos.

***

Kike Ferrari cuenta que para darle un poco más de lógica a su vida, asume las 11 p. m., la hora en la que entra a limpiar la estación, como el comienzo de su día. Barre, trapea, saca la basura de los rieles y a las 5 a. m. termina. Duerme hasta que el ruido de una mañana normal se lo permite (9 o 10 a. m.), prepara algo de comer y luego, en la tarde, si sus hijos lo dejan, se sienta a escribir. Aunque quisiera que lo fuera, para el acto de sentarse y poner en marcha su narrativa no es un asunto de todos los días.

De hecho, pareciera que algo de milagroso tiene su literatura. Cuando escribe, lo hace en una mesa que no es un escritorio y en un portátil al que tuvo que adaptarle un nuevo teclado después de que su hijo le arrancó las teclas. Si necesitara algún dato, no podría buscarlo en internet porque su perro se comió el cable del módem, y cuando corrige sus textos, algo que suele hacer en el descanso de su turno en el subte, lo hace en un “cuartico de dos por dos, lleno de humedad y donde hace un calor bárbaro”. Y remata: “Todos los rituales del escritor se fueron desmoronando solos a mi alrededor. Ahora, espero que algo de esa tensión pueda plasmarse en las páginas que escribo”.

El escritor habla con hilaridad y mucha sencillez. Como escribe desde los 27, el del subte no es el único trabajo con el que ha tenido que compartir las letras: “Trabajé vendiendo seguros, después me fui a Estados Unidos (se fue a Fort Lauderdale en el 99 y lo deportaron en el 2003 por estar indocumentado) y trabajé vendiendo cadenitas y haciendo jardinería. Después volví y trabajé en un ‘call center’, fui taxista, ayudante de electricista, corté el pasto, vendí todo lo que se podía vender y es legal, alguna cosa ilegal capaz que vendí también. Trabajé en restaurantes en casi todo lo que se puede trabajar: de mozo, de lavaplatos, menos de cocinero porque no sé cocinar”.

Así como en la literatura existe la figura del antihéroe, da la impresión de que la de Kike Ferrari es la historia de un antiescritor.

Muchos autores dicen que escribir es un ejercicio constante de la mente, es estar pensando en frases y en historias. ¿Qué historias vienen a la cabeza cuando uno trapea el piso?

Sí creo que es un proceso constante, aunque también siento que exageramos los escritores con eso de que estamos todo el tiempo pensando en literatura. A mí no se me ocurren historias cuando estoy viendo a River (hincha furibundo), por ejemplo. No estoy en nada más. Es muy raro también que se me ocurran cosas cuando leo.

¿Recuerda alguna historia que haya nacido mientras limpiaba?

Sí, una vez creé una historia sobre los irregulares de Baker Street, que son los pibes que trabajan para Sherlock Holmes. La historia trata básicamente de cómo un Holmes ya retirado termina siendo reclutado por estos chicos para que les ayude a Lenin y a Trotski a irse de Londres.

¿Se siente un escritor de moda en Argentina?

Sí, de alguna manera sí y ojalá la moda fuera más grande. En este momento tengo una gran exposición, una gran cantidad de minutos/prensa. Lo interesante es que solo cuando pase esta ola, vamos a ver cuántos lectores reales pudo captar mi obra aprovechando este quilombo.

¿Por qué no se dedica solo a escribir?

Porque tengo que pagar el alquiler. Haciendo cálculos y sumando traducciones, premios y regalías, la literatura, en toda mi vida como escritor, me ha dejado unos 3.500 dólares... No me permite vivir.

¿Entonces cuál es su trabajo ideal?

A mí la verdad no me gusta trabajar. Es algo que hago porque no tengo más remedio. No soy de esas personas que se sienten completadas por el laburo. Mi ideal sería poder tener una parte grande de la guita (plata) que venga de la literatura y que por lo menos pudiera pagar el alquiler.

¿Qué personas del mundo literario lo han reconocido?

El principal ha sido Paco Taibo II, quien habla siempre de manera muy elogiosa de mí, me llevó a la Semana Negra de Gijón y presentó un libro mío... En una entrevista hace poco dijo que la renovación del género negro tiene cinco o seis nombres, y el mío está ahí. Es un tipo al que yo admiro de manera total, y que me reconozca es un premio enorme. El primer autor argentino importante que le puso atención a mi obra fue Andrés Rivera, quien falleció el año pasado. No solamente me leyó, sino que cuando yo le daba un libro, a la semana me llamaba para comentarme qué le había parecido. Después Ricardo Piglia, quien murió hace poco, tuvo también muy buenas palabras sobre mí. Y bueno, que el Premio Casa de las Américas, que ha reconocido a escritores como Conti, Walsh, García Márquez o Piglia, se haya fijado en mi trabajo es un elogio muy grande.

***

La biblioteca de Ferrari es abundante. Tiene todos los libros de Juan Carlos Onetti, de Paco Taibo II, casi toda la obra de Vázquez Moltalbán, Arlt, Borges, Hemingway, Faulkner, Bukowski. Dice que tiene a casi todos los autores policiales y gran cantidad de escritores rusos. También comenta que entre sus libros abunda el marxismo y que la suya es “la biblioteca un lector entusiasta”.

El grueso de los textos de Kike Ferrari se ha enmarcado en el género negro. Ha escrito cinco novelas, dos libros de cuentos y uno de ensayos. Pero ninguno de ellos puede leerse en Colombia todavía. Quizá escudriñando en Google se puedan encontrar algunos de sus relatos.

Según su cronograma, a final de año deberá terminar el primer borrador de su próxima novela, ‘Si estás leyendo esto’, que publicará con la editorial Random House Alfaguara.

¿Por qué la gran parte de su obra la ha dedicado al género negro?

Puede ser porque me gusta contar la sociedad actual, que es una sociedad criminal. Es una buena forma de retratar este mundo. Es un género en el que son muy entretenidas las historias y del que soy un lector entusiasta. Sin embargo, lo que estoy escribiendo en este momento no está dentro del género negro. Mis primeros libros tampoco, pero digamos que remueven los tachos de la basura del sistema.

El género negro refleja lo peor de la sociedad, lo sucio, digamos. ¿No ha pensado que en su trabajo como aseador de alguna manera se enfrenta a lo mismo?

Tengo una fuerte preocupación social en mi vida, y probablemente eso drene en las historias que elijo. Lo de la basura es una analogía que no está mal. Sí. Es cierto que hoy coinciden mi trabajo literario y mi trabajo real en cuanto a la mugre.

DIEGO ALARCÓN
Redacción Domingo

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