'Me gusta hacer visible la experiencia humana'

'Me gusta hacer visible la experiencia humana'

El escritor bogotano Juan José Ferro debuta en la novela con 'El efecto Bilbao'.

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Ferro (1988) hizo la maestría de Escritura Creativa en la U. de Nueva York.

Foto:

Laura Carolina Pava/ EL TIEMPO

02 de agosto 2016 , 10:17 a.m.

Algunos libros nacen de una anécdota personal del su autor. Sin embargo, la trama de ‘El efecto Bilbao’, la ópera prima del bogotano Juan José Ferro Hoyos, surge de una acción humana: mirar por primera vez un edificio. “El reto era convertir esa acción, anodina en la mayoría de casos, sobrecogedora en algunos pocos, en literatura. Me gustan los libros que, además de contar una historia, intentan hacer visible una experiencia. La génesis fue preguntarse por todo lo que hay en ese acto”, dice.

Agrega que a partir de ahí comenzó a configurarse la trama, que “siendo importante, nunca debe ser lo más relevante de una novela”.

Más allá de su formación como abogado, lo de Ferro siempre han sido los libros, que hereda de sus padres. “Tengo dos padres muy lectores, muy hijos del Boom. Mi papá, aunque no lo sepa, es cortazariano hasta la médula. Nunca dejaré de agradecer la herencia del gusto por la literatura”, comenta el autor, que también se siente influido por el legado de Onetti.

Por eso, cuando terminó su pregrado, en la Universidad de los Andes, viajó a EE. UU., para meterse en su pasión, a través de la maestría de Escritura Creativa, de la Universidad de Nueva York. Fruto de estos años, en donde tuvo profesores de la talla del español Antonio Muñoz Molina y el argentino Sergio Chejfec, fue naciendo esta novela.

La historia es protagonizada por el arquitecto español Martín González Rico y su amiga Aránzazu, investigadora del mismo tema; y se sucede, precisamente, en la Gran Manzana. Ferro aprovecha para poner a dialogar esa ciudad con el llamado ‘milagro Bilbao’.

¿Cómo surgió el interés por la arquitectura, gran protagonista de la historia?

El primer interés fue por las guías turísticas, textos que siempre me han atraído muchísimo. Después encontré las guías turísticas sobre arquitectura, y el interés creció aún más. Pronto me empecé a preocupar por la arquitectura misma. Más que uno u otro edificio, me interesaba el espacio cultural que ocupa la arquitectura en el mundo contemporáneo. Me interesaban cosas como la tensión constante que vive la arquitectura con el mercado (y el poder), y el espacio cada vez más mediático ocupado por unos pocos arquitectos (en masculino, tristemente). Quería que mi novela fuera algo parecido a un comentario sobre el mundo de hoy y para eso la arquitectura, como metáfora, tenía mucha potencia.

¿Le hubiera gustado ser arquitecto?

No era una de mis opciones profesionales. Se trata, más bien, de una afición reciente, mucho más adulta. Mi relación con la arquitectura es, y espero que siga siendo, la de aficionado, la de un neófito con mucho interés por aprender de quienes si saben. Mi conocimiento sobre arquitectura es poco, e irrelevante para el lector. El cliché aquel de “escribe sobre lo que sabes” es falso y dañino. No se escribe porque se sabe sino para saber si se sabe. En mis libros preferidos el lector asiste a un proceso de aprendizaje. Yo espero que a través de los personajes el lector comparta conmigo la fascinación de ofrecer otro ángulo desde el cual mirar lo ya conocido, cosa que intenta cualquier proyecto estético que se tome en serio. Para esa tarea la arquitectura es central en el libro, pero de alguna forma sigue siendo apenas una herramienta para hablar de muchas otras cosas.

¿Por qué ese interés por poner a dialogar dos urbes como Nueva York y Bilbao, para hablar del famoso ‘milagro’ de esta ciudad española?

El título es una de las primeras cosas que encontré. Me interesaba que sonara seco, como si se tratara de un libro de difusión, o un informe. La expresión, más usada en inglés, remite a lo ocurrido en Bilbao con el Museo Guggenheim. Ese edificio, se dice, revivió una ciudad moribunda. Me gustaba el poder metafórico de la idea que embellecer es ya mejorar. En algún momento uno de los personajes dice que ‘El efecto Bilbao’ son los hijos. No sé si tenga razón.

Se percibe un interés también por abordar la idea de rutina en los seres humanos...

La arquitectura, como oficio, tiene una característica que para mí es muy atractiva literariamente; el reconocimiento se obtiene, cuando se obtiene, a una edad bastante avanzada. Zaha Hadid, por citar a una arquitecta muerta recientemente, esperó muchos años para construir su primer proyecto propio. En ese sentido me parece un campo muy provechoso para pensar la idea de una rutina, y de muchos años de esfuerzo antes de alcanzar un objetivo. Esa reflexión sobre el éxito y el fracaso, es central en la novela. La arquitectura es un tema pero la novela trata sobre ese montón de cosas indeterminadas, la vida por llamarlo de alguna manera, que tratan todos los libros que pretenden hacer algo adicional a entretener.

Aránzazu es un personaje con un carácter muy fuerte. ¿Cómo la describiría?

No sé si podría describirla, ni si conviene tratar a los personajes de novela como personas de carne y hueso. Dice Javier Cercas que las novelas son preguntas cuya respuesta es la propia pregunta, y en ese sentido se requiere leer toda la novela para saber, o para nunca saber, quién es Aránzazu. Yo la pensé como un personaje que no puede dejar nada, del mundo y de ella misma, sin analizar. Eso le resulta fascinante pero también agotador. En esa tensión, en el cansancio y el desamparo de ser una absoluta descreída, se mueve ella.

Llama la atención que Martín y Aránzazu a pesar de que se atraen, nunca se sabe qué pasa finalmente con su relación sentimental. ¿Fue intencional?

La literatura de hoy me parece hipersexualizada. En un sentido muy específico, en el de usar el sexo como justificación de muchos y muy diferentes comportamientos. En la mayoría de casos lo que eso demuestra es pereza y falta de imaginación del autor. Más que sacar el sexo de una relación de pareja, quería poner al lector en un espacio de incomodidad en el cual la mayoría de las categorías con las que entendemos la relación de dos personas (amantes, amigos, novios) no fueran útiles. Quiero negarle al lector la tranquilidad de atrapar en una palabra, en una etiqueta, el vínculo entre los protagonistas.

Es interesante el tratamiento del diálogo, que aparece a lo largo de la trama, en momentos muy puntuales. ¿Siente que es así?

De acuerdo, es algo muy calculado. De nuevo, me gustan los libros en los cuales más que reportarme las frases de cada uno de los personajes, se me permite de alguna manera “estar ahí” y sentirme parte del momento en que el diálogo ocurre. Por supuesto ese “estar ahí” es una ficción, pero es una ficción más interesante que la de recibir todo lo dicho por los personajes, en pasado y a través de un narrador omnisciente. Por eso tan importante como ese diálogo en tiempo real, es el recurso de contar casi toda la historia en presente, y así jugar con el imposible lógico de que todo esté ocurriendo todo el tiempo. Me interesaba esa evidente artificialidad de algo que no podría ocurrir así en lo que llamamos la realidad, pero de todas formas puede decirnos algo muy relevante sobre nuestra experiencia del mundo de hoy.

Dice Antonio Muñoz Molina: “Los personajes del libro viven en una variedad narrativa de los imposible: mantener una conciencia plena y vigilante de todo, de cada estampa y cada lugar del mundo exterior y cada pensamiento y cada sensación”.

Ese, como todos los desafíos narrativos, fue difícil pero también tremendamente placentero. Eso se fue dando con la escritura. Al principio la novela no estaba pensada con esa “densidad” de detalles. Creo que ahí se nota la influencia de Javier Marías, un escritor que me interesa mucho, y su costumbre de detener la trama para narrar algo que, en apariencia, no tiene relación con el desarrollo de la historia principal. A la larga, en los libros de Marías, lo accesorio termina siendo más importante de lo que se creía principal. Quise llevar eso al extremo, con una narración donde nada se pasa por alto, jugando con la idea de que el no poder dejar de mirar, en el sentido más amplio de la palabra, es también una forma de locura. También me interesaba crear un narrador que describe algo, o lo narra, por el puro placer de hacerlo, independiente de si la trama avanza o no.

¿Qué siente que le deja su primera novela?

Muchas horas del disfrute de la escritura. Otro cliché que odio es aquel del escritor que sufre escribiendo. Este libro me dejó cientos de horas de placer frente a la pantalla.

Fuera de eso, ninguna enseñanza. Es Muñoz Molina quien me enseñó que lo trágico del oficio de la escritura es que todo lo aprendido escribiendo un libro sólo sirve para ese libro. En el siguiente se arranca siempre de ceros. Según Javier Marías escribir cada libro cuesta más, no menos, que el anterior.

'El efecto Bilbao'
Juan José Ferro
Editorial Destiempo
147 páginas
$ 30.000
De venta en las librerías independientes de Bogotá

CARLOS RESTREPO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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