Juan Gabriel, según Carlos Monsiváis

Juan Gabriel, según Carlos Monsiváis

El gran cronista mexicano, fallecido en el 2010, perfiló al Divo de Juárez en los años 80.

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En noviembre del 2009, el cantautor fue honrado en los Grammy latinos como Persona del año. La ceremonia se realizó en el Mandalay Bay Resort de Las Vegas.

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Jason Merritt - Getty Images / AFP

03 de septiembre 2016 , 10:59 p.m.

“Quiero decirles ahora que de verdad valió la pena haber nacido en este siglo y en este país, por el bello hecho de ser mexicano y de ser Juan Gabriel”.

En su camerino, Juan Gabriel se recobra de la fatiga y disfruta el pasmo circundante, las conversaciones interrumpidas, la atención agudizada. Hoy concluyó su temporada 1986 en El Patio, y ha llegado a felicitarlo María Félix, la Gran Estrella de la época en que las hacían una por una, y María saluda con efusividad al cantante, le extiende ambas mejillas para el beso que se vuelve roce furtivo, se desentiende disciplinadamente del efecto de su presencia y nos informa:

–Este muchacho es un genio. Lo digo y lo repito en todas partes. Y conmigo solo ha tenido atenciones. Me canta desde que tiene 19 años. Me compuso una canción lindísima, donde me trata como a reina de los cielos. ¡Imagínate!

El aludido, exaltado por el halago del Más Allá, conversa casi en secreto con la Doña y con la cantante Lucha Villa. En el cabaret antaño indispensable, Juan Gabriel, de martes a sábado y durante dos meses, ha establecido un récord, ni un lugar vacío, y con frecuencia el desbordamiento hoy presenciado: gente en las escaleras, riñas por entrar, un cover de 25.000 pesos, el lugar utilizado centímetro por centímetro.

–No tiene límites Juan Gabriel conmigo –repite la Doña.

Las actrices en el camerino hablan en susurros. Cada una por sí sola provocaría pequeños motines, pero aquí juntas reconocen a las potestades superiores... Ana Martín, Sonia Infante, María Sorté, Silvia Manríquez son nombres que hablan de telenovelas que organizan la vida familiar, de películas bendecidas con largas colas, de fotos ubicuas en la prensa vespertina. Pero la Félix es lo que ellas todavía no: una institución de tal modo fijada en la memoria colectiva que ya no depende de caprichos del reparto, de oscilaciones del gusto, de críticas objetivas o subjetivas sobre el valor de una actuación.

Juan Gabriel atiende a María y le jura que en Ciudad Juárez la contempla todas las noches. Así es, él le compró al doctor Álvarez Amézquita el célebre retrato pintado por Diego Rivera, y lo tiene en su casa, al alcance de las plegarias del encantamiento.

–¡Qué lindo eres, Juan! Tú y yo sí nos comprendemos, ¿verdad? Nosotros sí sabemos que la envidia también es un aplausote.

(Además: Juan Gabriel, de cantante popular a divo eterno)

(...)

–Es cosa muy severa tener tu talento –añade María–. No quiero instalarte un jardín de flores al oído, pero tú todavía nos debes muchas maravillas.

El aludido la atrae a un rincón y le deposita sus confidencias.

***

Un ídolo es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma. Sin estos requisitos se puede ser el tema de una publicidad convincente, el talento al servicio de las necesidades de un sector, una ofuscación de la vista o del oído, pero jamás un ídolo (...) En la sociedad de consumo, el ídolo es quien retiene el falso amor de las multitudes más allá de lo previsible, más allá de los seis meses de un hit, de los dos años de la promoción exhaustiva, de los cinco años del impulso que no termina de desgastarse.

(Lea también: Los últimos y más recordados duetos en la carrera de Juan Gabriel)

(...)

Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero, de Lola Beltrán y Lucha Villa y Amalia Mendoza la Tariácuri... y ese joven, furiosamente provinciano (cosmopolita de trasmano, nacionalista del puro sentimiento), creaba por su cuenta una realidad musical nomás suya, la síntesis de todas sus predilecciones que no existía en lado alguno.

(...)

Él y miles como él urdían canción tras canción para largarse del cuartito con la familia idiotamente junta, y evadirse del trabajo monótono y de la colonia en el culo del mundo. Y al adolescente de Juárez, que responde al nombre de Alberto Aguilera Valadez, su inspiración le llevaba a diario melodías que silbaba, con letras adjuntas, y él las cantaba en un lugar llamado Noa-Noa, y lo que hacía agradaba, pero él no se resignaba a la modestia de la periferia, y se dirigió a la capital monstruosa, a pasarla mal como un trámite en el camino de la superación. Si no supiésemos del happy end, sería triste lo que sigue: hambres, malos tratos del egoísmo urbano, noches sin sitio para dormir, una temporada en prisión porque un malvado lo acusó del robo de una guitarra, días y semanas aguardando en las afueras de las grabadoras, sin que siquiera las secretarias lo saluden.

Y la luz al final del túnel: un ser humano excepcional, la cantante de ranchero Enriqueta Jiménez La Prieta Linda, lo recibe en su casa, le graba los frutos de su inspiración, y le insiste a los directivos de su compañía: “Tienen que contratarlo. No se arrepentirán”. Ya entrado en la metamorfosis, Alberto padece un segundo bautismo. Ahora será, con resonancias arcangélicas, Juan Gabriel, así como se oye, según conviene en la época donde los apellidos no interesan porque el impulso demográfico taló todos los árboles genealógicos. En 1971, el debut profesional: Juan Gabriel es tímido y protegible, es vulnerable y expresivo, y sus primeras composiciones celebran a una juventud alegre, intrascendente y levemente anacrónica, cuya limitación esencial es cortesía de la realidad.

No tengo dinero, ni nada que dar. Lo único que tengo es amor para amar. Si así tú me quieres, te puedo querer, pero si no puedes, ni modo qué hacer.

(Vea también: Cinco canciones para decirle adiós al 'Divo de México')

(...)

La prensa informa del fenómeno de letras reiterativas y pegajosas y melodías prensiles, y reconoce un filón: el compositor más famoso de México es un joven amanerado a quien se le atribuyen indecibles escándalos, y a cuya fama coadyuvan poderosamente chistes y mofas.

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A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito. En 1971, el primer año de su vida profesional, el auge del rock liquidaba al parecer las esperanzas postreras de la canción romántica. El rock es el idioma juvenil por excelencia, el acompañamiento más adecuado para el deseo de huir del subdesarrollo. Si quieres ser moderno (digno del espejo donde tus padres y tus abuelos ya no se reflejan aunque se lo propongan), no oigas tonterías que entiendes pero ya no sientes, mejor adáptate a lo que muy probablemente no entiendes pero que sientes cada segundo.

(...)

Este acelere de la cultura juvenil no inmutó a Juan Gabriel, aislado por la miseria y por la provincia. Su experiencia era otra, más pausada y encadenada a la realidad, y él la sabía compartida por millones. Es falso que se pueda prescindir de la letra. La gente necesita enterarse de lo que canta, porque sigue enamorándose y sigue tronando, y sin frases que delaten el ánimo real o ideal, ni el amor ni los fracasos se viven con holgura.

(...)

(Vea: Los momentos de gloria del 'Divo de Juárez')

“Fíjate en lo vulgar de estas melodías, en la madriza a la sintaxis de estas letras. ¡Qué horror!”. En su programa del Juicio Final del acetato, el locutor Jorge Saldaña rompe los discos de Juan Gabriel. Al comentarlo, los editorialistas se interrogan sobre la salud mental de la juventud, y los intelectuales, al preguntárseles sobre el compositor responden de inmediato: “Es basura”. Pero las canciones cunden en disquerías, rancherías y loncherías, algunas se desvanecen con rapidez, y otras se convierten en standards que los muy modernos admiran entre pretextos y sigilo. Deseoso de variar, Juan Gabriel recorre todos los géneros e incursiona en la canción ranchera (tal y como la definió en la práctica José Alfredo Jiménez: mariachis, desolación, regaño al ser ingrato, poesía popular y atmósferas cerveceras), y surge Se me olvidó otra vez:

Probablemente ya
de mí te has olvidado.
Y mientras tanto yo
te seguiré esperando.
No me he querido ir
para ver si algún día,
que tú quieras volver
me encuentres todavía.
Por eso aún estoy
en el lugar de siempre,
en la misma ciudad y con la misma gente,
para que tú al volver
no encuentres nada extraño,
y sea como ayer
y nunca más dejarnos.

Ya no únicamente las jovencitas memorizan a Juan Gabriel. Los tiempos cambian y el machismo se adapta.

(...)

Para ampliar el público, Juan Gabriel se concentra en la canción ranchera, ya desde José Alfredo no la evocación campirana, sino la mexicanidad embotellada, la tempestad en vaso de tequila, el compendio en tres minutos de las emociones de la parranda, del machismo humillador, del machismo vencido. Juan Gabriel mezcla la herencia de José Alfredo y el repertorio de conjuntos norteños como los Alegres de Terán, y produce en serie polcas, redovas, rancheras. Las sinfonolas sobrevivientes se atestan, los mariachis enriquecen su repertorio, y los traileros sostienen su insomnio gracias a las capitulaciones y recapitulaciones que interpretan Lola Beltrán, Lucha Villa, Lupita D’Alessio, Rocío Dúrcal, La Prieta Linda. Fue un placer conocerte / y tenerte unos meses / aunque esos meses fueron / el principio y el fin.

(...)

En 1983 Juan Gabriel revela su lado político, confiesa su predilección por el Partido Acción Nacional y, al nombrársele en la ciudad de Brownsville (Texas) Mister Amigo, se pronuncia por la integración de México con Estados Unidos. A las declaraciones suceden críticas inclementes y Juan Gabriel, alarmado por las acusaciones de “traición a la patria”, asegura no haber dicho jamás algo semejante (...) Muchos periodistas lo persiguen, lo vuelven motivo de choteo (burla) y de superioridad moral instantánea. Juan Gabriel es el pocho (que adopta costumbres estadounidenses), el Tránsfuga de Nuestros Valores al que se le puede llamar simplemente ‘Juanga’, el recipiente de la homofobia.

(...)

Ciudad Juárez, septiembre de 1986. La plaza de toros a lo que da, y Juan Gabriel entre los suyos. “Estoy feliz de hallarme entre ustedes”. El de ahora es otro desagravio implícito, uno más de la serie iniciada hace un año, con motivo de la publicación de un libelo doblemente sórdido, 'Juan Gabriel y yo', obra de la perfecta vileza de un Joaquín Muñoz, “secretario” del ídolo, que divulga anécdotas “íntimas”. Como nunca, se desprecian las leyes en materia de respeto a la vida privada, y la prensa amarillista se extasía y publica algunas fotos hasta el hartazgo.

En el encono contra Juan Gabriel actúa el odio a lo distinto, a lo prohibido por la ética judeo-cristiana, pero también se manifiesta el rencor por el éxito de quien, en otra generación, bajo otra moral, hubiese sido un paria, un invisible socialmente. “¿Cómo se atreve a atreverse?”

(...)

Pero resulta que lo único verdaderamente no admisible es el fracaso, y saciado el morbo, el público todavía está allí, en el palenque, en la compra de discos, en las demandas radiofónicas, en la plaza llena en Ciudad Juárez, que irritará a los censores. Lo fundamental es que esas canciones sí llegan, sí afectan, son asunto vital y cotidiano, no de amor o economía, sino de enamoramiento desde la falta de recursos.

Ahora Juan Gabriel cautiva o conquista el escenario, varía de ritmos, elogia pasiones contrariadas y satisfechas, y no disimula su entusiasmo por ser él mismo, el niño del orfelinato, el adolescente que soñaba la celebridad, el joven que no aprendió a escribir música y retenía para mejor oportunidad el tumulto de melodías y letras que iba urdiendo, el triunfador perseguido por la homofobia, el hijo adoptivo de millones de jovencitas, el fenómeno para muchos incomprensible, que ahora, a petición popular, repite Querida, y sonríe con íntima y pública satisfacción.

CARLOS MONSIVÁIS

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