Los sufrimientos que tiene México

Los sufrimientos que tiene México

Siete periodistas narran la situación del país. Aquí la introducción, escrita por Felipe Pombo.

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México se volcó a las calles y se unió en un solo grito para protestar por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014.

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EFE

12 de enero 2017 , 12:37 a.m.

 México es un territorio extenso –casi un continente– con una geografía diversa y a veces impenetrable. Es un lugar difícil de recorrer para cualquiera, en especial para un extranjero. Es, antes que nada, un país complejo. El escritor colombiano Santiago Gamboa, quien vivió en la India, decía: “El primer mes creí que lo comprendía todo sobre la India. Muchos años después de estar allí, descubrí que no había entendido nada”. Lo mismo se podría aplicar para el caso de México, que Juan Villoro define –citado por Elena Poniatowska en el prólogo de este libro– como un espacio en el que “el carnaval coexiste con el apocalipsis”.

Llegué a México para vivir en el verano del 2006. Entonces me encontré con una profunda crisis política. En aquel momento se definían unas reñidas elecciones entre Felipe Calderón, candidato del Partido Acción Nacional (PAN), y Andrés Manuel López Obrador, candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Tras una violenta confrontación que desembocó en protestas ciudadanas –y en una profunda fractura social–, Calderón resultó ganador. En aquellos primeros años, yo recorría este nuevo escenario como un testigo desprevenido en medio del incendio.

Entonces me pareció –y me sigue pareciendo hoy– que se trataba de uno de los países más fascinantes del planeta. No voy a hacer acá un recuento de sus virtudes, solo diré que me sentí inmediatamente en casa.

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Pero a medida que disfrutaba del carnaval empecé a detectar rastros del apocalipsis. Uno de los primeros que recuerdo –y que describí en su momento en una crónica para el diario colombiano El Espectador– ocurrió el 15 de septiembre del 2008, día de la fiesta nacional. Un grupo de encapuchados lanzó dos granadas sobre la gente que lo celebraba en la plaza central de Morelia, la capital de Michoacán. Ese fue el primer ataque del narcotráfico contra civiles en la historia del país, y no por casualidad sucedió en la ciudad de origen de Calderón. Fue una retaliación por su política de guerra frontal en contra del crimen organizado.

Tiempo después, a mediados del 2009, recuerdo que fue arrestado Arnoldo Rueda Medina –alias la Minsa–, un importante miembro de la organización criminal llamada La Familia. Rueda Medina fue detenido durante un tiroteo en la colonia Chapultepec Sur, también en Morelia. A las pocas horas de su detención, el poderoso cartel al que pertenecía comenzó una macabra venganza. Primero atacaron un cuartel de operaciones de la Policía, disparando y lanzando granadas desde unas camionetas blindadas. Luego siguieron varios ataques aleatorios. El lunes siguiente a su captura se hallaron doce cadáveres en una autopista; tenían las manos atadas a la espalda y señales de tortura. Todos eran policías, y junto a sus cuerpos había un mensaje escrito a mano sobre una cartulina blanca que decía: “Vengan por otro, los estamos esperando”.

En marzo del 2010 pude ver un extraño video que llegó a la redacción de uno de los noticieros más vistos de la televisión. La grabación, enviada por un anónimo, registraba lo ocurrido durante la madrugada del 15 de marzo de ese año en Creel, una ciudad de Chi-huahua. En las imágenes se veía cómo un grupo de hombres fuertemente armados se apoderaba de una de las avenidas de la ciudad. Los sicarios, un poco más de 20, se estacionaban frente a una lujosa casa, entraban y asesinaban a nueve personas. Luego irrumpían en otras casas del barrio y raptaban a unas jovencitas, que subían a la fuerza a sus camionetas.

(Además: el calvario de no saber si están vivos o si los asesinaron)

Más tarde, y sin ningún temor, detenían los carros que circulaban por la calle y golpeaban a los conductores. Por último, para celebrarlo, repartían entre ellos una bolsa repleta de cocaína. Todo esto ocurría durante más de una hora, en la que no aparecía ninguna autoridad. Después de la emisión del video, la Procuraduría de Chihuahua anunció que ya tenía identificados a los criminales. Al poco tiempo, la subprocuradora Sandra Ivonne Salas García fue asesinada.

Estas escenas empezaron a invadir como tumores el organismo de México. En Tamaulipas, otra de las zonas rojas, unos reporteros de Al Jazeera dijeron que nunca habían estado en un lugar tan peligroso e incierto. En Nuevo León, las autoridades empezaron a repartir folletos en los que les indicaban a los ciudadanos qué hacer en caso de quedar atrapados en medio de una balacera. En Chihuahua, la gente dejó de ir a los bares locales y prefirió cruzar la frontera con Estados Unidos para ir de fiesta.

Durante mucho tiempo se creyó que la violencia era un fenómeno periférico, pero el brote llegó a las ciudades. En Monterrey o Guadalajara se empezó a sentir la escalada del crimen organizado. Incluso la Ciudad de México, considerada un oasis, no se salvó: ni la Condesa, uno de los barrios más turísticos y cosmopolita de la capital, escapó de los tiroteos y asesinatos. “La violencia está normalizándose en la percepción de la gente, no hay una censura masiva frente al crimen”, me dijo Ernesto López Portillo, director del Instituto para la Seguridad y la Democracia, cuando le pregunté sobre el tema hace un tiempo.

“El crimen organizado ha ganado espacio poco a poco. Sus golpes son cada vez más espectaculares y demuestran su poderío”, me comentó también Alberto Islas, director de Risk Evaluation, una empresa consultora que asesora a diferentes gobiernos en materia de seguridad.

En el país se instaló un ambiente de inseguridad e impunidad; de hecho, todos los días ocurrían delitos de los cuales ya no se hablaba y ni siquiera eran investigados por las autoridades. Se cree que el nivel de impunidad es del 90 por ciento, solo en los que son denunciados. “Es como un queso gruyère: hay zonas donde los hoyos son más profundos. En algunas de esas regiones, el Estado ya no tiene ningún control”, me dijo Islas.

Y en septiembre del 2014 se llegó a uno de los puntos más álgidos de las últimas décadas: la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero.

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El caso suscitó todo tipo de reacciones. Pero recuerdo de nuevo con particular emoción las palabras de la valiente Elena Poniatowska. Durante la entrega del Premio Nacional de Periodismo, en la que recibió el premio a su trayectoria, ella se pronunció sobre los 43 normalistas.

Subió al escenario, se plantó frente al público –entre el que se encontraban varios funcionarios del Gobierno– y dijo con voz firme: “Recibir el premio a los 41 días de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa apachurra el corazón. ¿A ellos quién los premió? ¿Qué les dio México? Los premios nunca les tocan a los que más los merecen, a los pobres, a los que atraviesan el día como una tarea sin más recompensa que el sueño. Alguna vez, Guillermo Haro le ofreció un aventón a un campesino en la carretera Puebla-México y por romper el silencio le preguntó: ‘¿Y usted qué sueña?’. Y el campesino le respondió: ‘Nosotros no podemos darnos el lujo de soñar’ ”.

La desaparición de los estudiantes, que sigue sin resolverse, es la confirmación de que en algunos estados el crimen no solo permeó a las autoridades, sino que ahora es el crimen el que gobierna. Y que Guerrero, como tantos otros estados, está atrapado entre la desolación y la barbarie: es un lugar abandonado y entregado a la violencia y al cruel poder del narcotráfico. Y todo ante la mirada indolente de una clase política que no deja de sorprender por su cinismo y corrupción.

Los periodistas mexicanos han sufrido en carne propia el auge de la violencia y la impunidad. De acuerdo con datos de Artículo 19 –organización independiente dedicada a promover y defender la libertad de expresión y el libre ejercicio periodístico–, durante el sexenio del presidente Calderón cada 48 horas un periodista era agredido. Esta cifra se disparó en los tres años que van de la presidencia de Enrique Peña Nieto; hoy día se agrede a un periodista cada 26,7 horas. Uno de los datos más preocupantes es que alrededor de la mitad de estas agresiones las llevan a cabo sujetos que trabajan para el Estado.

(Lea también: Estudiantes de Ayotzinapa no habrían sido asesinados en el mismo lugar)

(…) En medio de este ambiente denso hay voces poderosas. Gracias a mi trabajo como director de la revista Gatopardo he tenido la oportunidad de conocer, leer y editar a decenas de cronistas que buscan retratar las injusticias que se viven en su país. Entre ellos se encuentran Juan Villoro, Lydia Cacho, Marcela Turati, Emiliano Ruiz Parra, Diego Enrique Osorno, Sergio González Rodríguez, Anabel Hernández y Elena Poniatowska: ocho autores extraordinarios que desde la narración se han levantado contra el silencio.

(…) Los textos que aparecen en este libro no se limitan a explicar. Son retratos vivos, descripciones intensas, escenificaciones precisas de momentos fundamentales de la reciente historia mexicana. Son narraciones estremecedoras, pero que cargan con una responsabilidad enorme. Como dice Diego Enrique Osorno en su Nuevo manifiesto del periodismo infrarrealista (que también se publica en este libro): La hoja en blanco de un reportero debe ser un arma no solo un paño de lágrimas [...]La crónica es subversiva y lo subversivo no tiene nada que ver con lo bonito.

La labor de los periodistas que aparecen en estas páginas –y todos los demás que no están– es poco gratificante. Implica tomar riesgos vitales y narrativos, y enfrentarse a un mundo donde abundan las incertidumbres. Espero que este libro sirva para que su trabajo sea más difundido. Y para que se conozcan –y se acaben– los sufrimientos de todo México.

FELIPE RESTREPO POMBO
Periodista y escritor

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