Ricardo Piglia, arquitecto de la utopía literaria

Ricardo Piglia, arquitecto de la utopía literaria

Acercamiento póstumo a uno de los grandes escritores; su obra perdurará por su estructura literaria.

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Piglia recibió el premio Rómulo Gallegos por su novela 'Blanco nocturno' en el 2011. La imagen es de ese evento en Caracas.

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AFP

11 de enero 2017 , 01:32 a.m.

Si algo define a Ricardo Piglia es su libro Crítica y ficción. Alrededor de estas dos palabras construyó su obra luminosa e intensa. Exploró con audacia y lucidez en los campos narrativos, la novela y el cuento, y en sus ensayos literarios fue un faro en la creación de la literatura contemporánea.

Su amplitud de pensamiento le permitió gozar con escritores tan antagónicos como Artl, Onetti y Borges. Sus reflexiones se mutaban y estaban de acuerdo con su escritura. Teoría y práctica formaban una sola voz, un ajustado tejido de palabras de inagotable fabulación.

La mayoría de sus textos son breves porque, como el ciego de Palermo, tenía fe en los escritos microscópicos que sumados forman un universo estético y autónomo. Fue consciente del gran legado de la poesía: síntesis y belleza. La síntesis como una evolución filtrada del pensamiento; ese fue el motor de sus libros.

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En él encontramos la grandiosidad del lector-escritor. Su respeto por el quehacer del lector lo llevó a divagar en los terrenos de este y a asignarle un papel definitivo en los campos del emisor y el receptor, literarios, y a percibir la lectura como a la misma existencia: “El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros, para ellos la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida”.

En El último lector, que lo identifica y donde tal vez sea uno de sus últimos especímenes, en el cual versa sobre Felisberto Hernández, Hamlet, Ana Karenina, el Che Guevara y el Ulises de Joyce, hallamos un prodigioso acercamiento a Kafka a través de la correspondencia que tiene con Felice Bauer, para entender los senderos misteriosos de la creación. “¿Será cierto que uno puede atar a una muchacha con la escritura?”, se pregunta el autor de La metamorfosis en una carta a Max Brod seis meses antes de conocerla. Y con el tiempo escribirá uno de los fragmentos más intensos y profundos que Piglia logra contextualizar al igual que un insólito descubrimiento: “Una vez me dijiste (Felice) que te gustaría estar sentada a mi lado mientras escribo; pero date cuenta de que en tal caso no sería capaz de escribir… nunca puede estar uno lo bastante solo cuando escribe… nunca puede uno rodearse de bastante silencio… la noche resulta poco nocturna, incluso”.

Piglia regocijado halla ‘la más extraordinaria descripción que se pueda imaginar de las condiciones de una escritura perfecta’: “Con frecuencia –dice Kafka– he pensado que la mejor forma de vida… consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir… ¡Lo que sería capaz de escribir entonces!... pues la concentración extrema no sabe lo que es el esfuerzo… ¿qué dices a esto, mi amor? ¡No retrocedas ante el habitante de la cueva!”.

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Al gran escarabajo lo leyó una y otra vez y su interpretación del monstruo de Praga es una lección de luz sobre la escritura y él mismo. Ese don de la fragmentación lo aplicó a su obra. Generoso lector, talentoso y atípico escritor, Piglia diseñó un auténtico corpus crítico para mirar la literatura y escudriñar sus herméticos orígenes.
Se fraguó por las relaciones entre psicoanálisis y literatura, a las que consideró “tensas”. Los escritores, pensaba, han sospechado que el psicoanálisis abordaba temas que ellos ya conocían y que era mejor mantener en el anonimato.

Advirtió que escritores como Faulkner y Nabokov presintieron que el psicoanalista quería oír la voz secreta que los escritores desde Homero han convocado en el llamado a las musas. Ese rumor que brota del vientre de todas las cosas y es el arte, alado, sediento, carrasposo, súbito, “una música frágil y lejana que se entrevera en el lenguaje y que siempre parece tocada por la gracia”. Y en esa quietud, esa espera de lo maravilloso, del canto repentino, “imposible de provocar deliberadamente… los escritores han sentido que el psicoanalista avanzaba como un loco furioso”.

Es decir, el psicoanálisis es también un género literario, que no teme ahondar en la oscuridad humana, en sus abismos, en esas grietas que nos provocan pánico y digresión, y entonces “construye un relato secreto, una trama invisible y hermética, hecha de pasiones y creencias, que modela la experiencia”. El mundo se piensa, se camina, se escribe.

Creador de estructuras

En su novela Prisión perpetua, una de sus piezas narrativas más arriesgadas, el narrador comienza un diario que muta en otras voces, en otros géneros, creando una polifonía. Una telaraña de símbolos. Del recuerdo pasamos a la anécdota, a la reflexión, a un tiempo que habla de todos los tiempos, y de la suma de personajes se urde una trama que puede ser infinita. Y el narrador, un alter ego de Piglia, desentrañando el misterio exclama una fabulosa epifanía: “La literatura es una forma privada de la utopía”. La utopía como cárcel e inmensidad, búsqueda mágica e insaciable, ensayo de toda perfección. En la soledad, utopía y literatura se encuentran para atrapar lo que imaginamos posible.
Prisión perpetua es el permanente interrogante sobre el arte de escribir. Quizá narrar es “incorporar a la vida de un desconocido una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida”. La novela dividida en dos partes logra unificarse en un solo ente narrativo. Piglia experimenta, traza múltiples posibilidades en el papel, y de la ficción hace un acto de taumaturgia, una triangulación pensante sobre la literatura. Este sesgo, esta particularidad, le permite narrar “el fluir de la vida”. La literatura está en los bordes, en los límites, en el vacío, y el escritor se convierte en un artífice imaginativo de nuevas realidades.

Más que un instigador de temáticas es un creador de estructuras y un arquitecto de contenidos. Siempre habló de la influencia de Faulkner, de la exploración sobre el modo de narrar, arriesgado y plural, de los distintos tiempos, de contar en el presente una o más historias del pasado, por ejemplo en su novela Respiración artificial, donde logra integrarlos como en una caja china a la realidad literaria, formando una totalidad autónoma y en la cual Kafka y Hitler tienen un hipotético y delirante encuentro.

Razón tenía Rafael Gutiérrez Girardot al considerarlo en nuestras letras hispanoamericanas un “poeta doctus”, un escritor que es exigente y a la vez tiene la imagen del creador literario: “No tanto por el saber acumulado, sino por la reflexión, es decir, la conciencia lúcida de sí mismo, de su tarea y de los medios y posibilidades con que puede expresar la una y realizar la otra”.

La novela policiaca

Otra de sus pasiones fue la novela policiaca, como editor y escritor, en la cual recoge el legado de Edgar Allan Poe, que creó la figura del detective. Piglia pensaba que, como los grandes géneros literarios, el policial había sido “capaz de discutir lo mismo que discute la sociedad pero en otro registro”. Y considera al detective el último intelectual porque hace ver que “la verdad ya no está en manos de los sujetos puros del pensar (el filósofo y el científico) sino que debe ser construida en situación de peligro, y pasa a encarnar esa función”.

En ese pensar y actuar con el lenguaje nos deja joyas del suspenso y el espíritu criminal. En Plata quemada se inspira en un hecho verídico, que aconteció en Argentina en 1965, cuando una banda liderada por Enrique Mario Malito y los ‘mellizos’ Dorda y Brignone asaltan una camioneta que transportaba el dinero para pagar los sueldos de trabajadores públicos.

El golpe, la persecución y el desenlace duran una semana y Piglia le imprime un ritmo vertiginoso, salido de todo cauce, y que finaliza con la muerte de algunos de los bandidos refugiados en una casa y rodeados por más de 200 policías. Es una novela brutal, copiando y enriqueciendo la realidad, acudiendo a la ficción para acercarse a lo que pudo ser. El escritor argentino recurre a la acción psicológica y crea un impresionante fresco de la miseria y la luminosidad humana.

Con Blanco nocturno gana el premio Rómulo Gallegos. Tiene la particularidad de que es una novela rural que transcurre en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, ubicado a 350 kilómetros de la capital. Un acontecimiento bautiza el extraño periplo: un gringo, de origen puertorriqueño, Tony Durán, mezcla de donjuán y timador, es asesinado de una cuchillada en el pecho. Yoshio, un japonés delicado y silencioso, es capturado, y las circunstancias lo señalan como el más posible asesino.

En el espiral de la tormenta están dos gemelas, hermosas y perversas, las Belladona, hijas de un viejo patriarca y quienes mantuvieron un ménage á trois con el occiso y que escandalizaron a los pobladores, no tanto por compartir a un hombre sino “porque se compartieran a sí mismas”. El detective aquí es fungido por el comisario Croce, un singular investigador, que las purga del sangriento hecho porque los crímenes cometidos por mujeres son “siempre personales, no le confían a nadie el trabajo”.

Es un viaje a la idiosincrasia de la Argentina agraria. La estructura es excepcional: el movimiento de personajes y tiempos es trazado con innumerables variables que la hacen una historia sin fin. Son tantas las contradicciones, los sospechosos, que la inspección se hace perpetua. El autor la califica de ficción paranoica, porque no importa tanto el fin sino el intenso y tortuoso recorrido.

Una ciudad de callejuelas y laberintos, de brillantes corredores y opacos rincones, conforman la obra de Ricardo Piglia. Una escritura estudiada y realizada conforma su portentoso botín. Y como señala el Pájaro, uno de sus personajes, el arte de narrar “es transmitir al lenguaje la pasión de lo que está por venir”. Es allí donde está el porvenir de la literatura, vasto y ajeno, siempre sediento de libertad.

Un escritor con pasión de historiador

Ricardo Piglia nació en Adrogué, población de la provincia de Buenos Aires, en 1941. En 1955 comenzó a cursar sus estudios de historia en la Universidad Nacional de La Plata luego de que sus padres se mudaran a esta ciudad.

En 1967, Piglia publicó su primer libro de relatos, ‘La invasión’, que recibió el premio Casa de las Américas.
Entre sus reconocimientos se destacan el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso (2005) por la trayectoria literaria del autor, el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas (2013), el Rómulo Gallegos (2011) y el Premio Formentor de las Letras (2015).

Fue profesor de la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de California en Davis y la Universidad de Princeton (EE. UU.).

En los últimos años estuvo dedicado a la edición de ‘Los diarios de Emilio Renzi’, una autobiografía que recoge las anotaciones que hizo por años en 327 cuadernos guardados en 40 cajas de cartón, que atesoró con su pasión de historiador.

En el 2014, los médicos le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad que finalmente terminó con su vida.

ALFONSO CARVAJAL
Especial para EL TIEMPO

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