Mirando tus libros, Nicolás

Mirando tus libros, Nicolás

Un emotivo homenaje para Suescún a cargo del escritor y editor Álvaro Castillo Granada.

Suescún

Piedad Bonnett, Suescún y, detrás, Ramón Cote, en 2009.

Foto:

Archivo familiar

17 de abril 2017 , 10:45 p.m.

Mirando tus libros recorro los espacios, el circuito de nuestra amistad larga, muy larga. Una amistad en la que entregaste todo sin pretender hacerlo, sin saberlo, sin quererlo. Porque ese eras tú: un hombre que vivía y habitaba la literatura sin poses ni aspavientos. Respirabas y pulsabas literatura como el aire y la sangre que necesitamos para vivir. 

(Lea también: Suescún, creador íntegro e integral)

Sin nombrarla, sin hacer de ella una panacea o una tribuna. Como si leer y escribir fueran lo más natural del mundo. Lo más simple. Lo más sencillo. Lo más obvio.
Oírte hablar de tus autores favoritos (cosa que no hacías todo el tiempo) era adentrarse no en un bosque encantado sino en un camino asfaltado, un laberinto de calles, en el que lo fascinante era ir descubriendo paso a paso, esquina a esquina, todas las voces que nos pueden hablar para permitirnos encontrarlas en nosotros mismos y de ahí, a partir de ese encuentro azaroso, ver el mundo con otros ojos. Nombrabas autores como nombrar esquinas: posibilidades de aventuras.

Y estabas cuando tenías que hacerlo. Cuando eras necesario y útil. Recuerdo cuando quedé desempleado y sin rumbo claro en 1998. Me invitaste a tu casa y sacaste tu agenda para buscar a quién pudiera yo venderle libros a domicilio. Ese instante, ese gesto tuyo, se quedó grabado en mi alma con tinta roja indeleble (como deben fijarse los recuerdos).

Recuerdo ahora ese viaje maravilloso que hicimos, junto con Álvaro Rodríguez Torres, Alvarito, a un “Encuentro de la palabra” en Riosucio (Caldas), gracias a la complicidad de Sonia Cárdenas. Estabas feliz. Dichoso. Rodeado del afecto inmenso y la admiración de una multitud de jóvenes que de repente se encontraron con un escritor que era más joven, contemporáneo e irreverente que cualquiera. Un escritor que nunca perdió la capacidad de asombrarse y de estar en el mundo. Una noche hubo una lectura tuya de Los cuadernos de N. Te rodeaba una multitud que no cesaba de gozar ante la revelación que se le estaba dando: la literatura está en la vida y hace parte de ella sin poses ni artificios. Sin estruendos. No dejaban que interrumpieras la lectura de tu libro. Creo que lo leíste todo. Llegó un momento en que dijiste “Los estoy viendo triple”.

Confiaste en mí para ser el editor de tres libros tuyos en Ediciones San Librario: Los cuadernos de N, Este realmente no es el momento y tu traducción de Un verde pensar bajo una sombra verde, de Andrew Marvell.

En el 2005 te propuse hacerte una entrevista. Aceptaste intrigado. Respondiste una a una mis preguntas en tu biblioteca (la misma que muchos años después ordenamos y clasificamos con Margarita durante varios fines de semana. Casi no terminamos porque cada libro que sacabas o dejabas era motivo de una conversación reveladora). Estaba esta mañana mirando tus libros, las dedicatorias que me escribiste, después de enterarme de la noticia de tu partida. Hacía unos días había ido a verte. Me despedí con un beso en tu frente. El único beso que te di en casi 30 años de amistad.

Álvaro Castillo Granada
Especial para EL TIEMPO
Para Margarita (fragmentos)

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