Álvaro Castaño, el quijote que enalteció la radio con la cultura

Álvaro Castaño, el quijote que enalteció la radio con la cultura

Perfil del destacado abogado y periodista dejó un legado en el país a través de la emisora HJCK.

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Además de su envidiable cultura, Álvaro Castaño Castillo (1920-2016) se caracterizó siempre por ser uno de los hombres más elegantes del país.

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Archivo / EL TIEMPO

16 de agosto 2016 , 10:09 a.m.

“Apostarle a la cultura dignifica al hombre. La cultura es la mejor compañera que puede haber porque es la confidente, la amiga y la cómplice de nuestra soledad; y además hace que uno olvide los afanes mezquinos del dinero”. Así definió el destacado intelectual Álvaro Castaño Castillo la que fue su gran pasión de la vida, cuando conversó con este diario, con motivo de sus 90 años.

Ese día, con un aire pícaro, recitó: “No tengo presa mala y me preparo / para llegar al deslumbrante faro / de mis cien primaveras. Falta poco”.

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Y parecía que lo iba a lograr, a juzgar por la fortaleza física de la que gozó siempre –gracias a su pasión por el tenis, la natación y el ciclismo– y por su claridad mental, pero una insuficiencia respiratoria se lo llevó el martes, a los 96 años.

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Hablar con él una tarde cualquiera, en su hermosa oficina de la calle 85 con carrera 14, en el norte de Bogotá, era iniciar un viaje por la historia universal, adobado de anécdotas.

El jardín de su despacho, dominado por las cuatro letras gigantes que identificaban a la célebre emisora radial que fundó (la HJCK), era refugio de pajaritos que llegaban a anidar allí. A las paredes no les cabía un estante más, y a sus espaldas tuvo siempre la famosa ‘Enciclopedia Espasa’, que lideraba una biblioteca que parecía infinita, y cuyos volúmenes se extendían hasta su casa, a pocas cuadras de allí. “Yo no podría vivir sin la Espasa. La consulto permanentemente. Mis orgullos son mi biblioteca y mi jardín”, decía.

Su amor por la naturaleza era tal que hace unos años, cuando debieron tumbar el cerezo que recibía a los visitantes de la emisora, Castaño Castillo salió corriendo al Jardín Botánico para reemplazarlo por un magnolio, en honor a su amada Gloria Valencia.

Su hija Pilar Castaño recuerda que ese árbol tenía un especial significado en la vida de sus padres, pues el día de su matrimonio (14 de junio de 1947) su papá olvidó comprarle el ramo de novia a su mamá. En la entrada de la iglesia de San Diego había un magnolio, al que Álvaro se subió para bajar dos de sus flores. Luego las envolvió en un pañuelo blanco perfumado y se las dio a Gloria.

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Desde ese día, el nombre de la inolvidable presentadora de televisión quedó fundido por siempre al de Castaño. Juntos compartieron durante más de 60 años los momentos alegres y también los menos amables. Este amor se inició cuando Castaño estaba recién graduado de abogado de la Universidad Nacional y comenzaba su vida profesional, como secretario de la Escuela de Cadetes de Policía General Santander. Gloria también trabajaba en el área administrativa y era la encargaba de adecuar las oficinas.

Muy pronto, el interés por los códigos y las leyes fue desplazado, en la vida de Castaño, por su verdadera pasión, la cultura, que lo atraía desde la infancia.

Primero, como contó alguna vez, por la influencia que ejerció en él su tío J. V. Castillo, un reconocido humorista que, con sus ocurrencias, llenaba el Teatro Colón de Bogotá.

A los 15 años se inventó la tertulia literaria José Asunción Silva, en unión de sus amigos Hernando Durán Dussán, Diego Tovar Concha e Indalecio Liévano, entre otros. “Nos reuníamos solamente para recitar y para repasar ensayos de oradores”.

Para su amigo Juan Gustavo Cobo Borda, la poesía fue otro de los pilares en la vida de Castaño. “Él, al lado de amigos ilustres como Alberto Lleras Camargo, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis trazaron una época de la vida colombiana, donde el centro era precisamente la palabra poética. Y por lo tanto Álvaro Castaño logró que nos quedara ese legado indestructible de una memoria lírico-histórica de nosotros”.

Si algo sorprendió siempre a sus amigos fue la prodigiosa memoria que Castaño conservó hasta sus últimos días. Al preguntarle a qué atribuía este don, él no dudaba en agradecérselo a la poesía. “Es que la memoria también hay que alimentarla y estimularla. Yo me duermo todos los días recitando algún poema de mis escritores favoritos como García Lorca, Borges, Miguel Hernández o Quevedo”, contaba.

La historia, otra pasión

Además de la poesía, su otra gran afición fue por la lectura, en especial de la historia. Era un enamorado de la Edad Media, y de los chismes de la realeza francesa, que solía leer en varios libros al mismo tiempo.

De esta pasión surgieron, como él decía bromeando, sus otras tres novias –únicas rivales que su esposa Gloria le admitió–: la reina Leonor de Aquitania, Agnes Sorel y la ciudad de París.

De esa envidiable formación cultural, comenzó a forjarse el gran proyecto de la vida de Castaño Castillo: la emisora cultural HJCK.

Que continuó tomando forma, como siempre lo relataba con nostalgia, en las tardes de tertulia de domingo, en la finca Santa Ana, de Tomás Rueda Vargas y de su señora, Margarita Caro, a la que asistían ilustres personalidades del mundo cultural, como Eduardo Carranza, Eduardo Caballero Calderón, Luis de Zuleta, Emilia Pardo Umaña y Eduardo Guzmán Esponda.

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“Parecía una locura introducirle a la programación de la radio el tema de la cultura porque todo el mundo sabía que en la radio hay una tiranía, que es su majestad la sintonía, y la gente me dijo: ‘si te pones a hablar de cultura en la radio no te oyen y si no te oyen no te financian’ ”, le contó a EL TIEMPO Castaño, cuando celebró los 60 años de su emisora.

Pero el ánimo de riesgo y el ímpetu juvenil pudieron más, y Castaño se ‘echó al agua’ con sus amigos Gonzalo Rueda Caro, Alfonso Peñaranda Ruan, Eduardo Caballero y los hermanos Martínez Rueda.

Castaño contó que sus primeros pinitos en la radio los hizo a los 21 años, desde Nueva York. Había ido de vacaciones, y su amigo Eduardo Gamba Escallón, vicecónsul de Colombia allá, le comentó que estaban invitados a transmitir una pelea de boxeo desde el Madison Square Garden. “Eduardo me invitó a ser el que locutaba y yo me lancé. Recuerdo –contaba Castaño– que todos mis amigos se reunieron en el Café del Rhin, a la vuelta de EL TIEMPO, a escucharme”.

Al recordar la búsqueda del nombre, su fundador comenta que la idea fue bautizar la emisora como ‘ABC’, pero el Gobierno no se los autorizó. “Entonces comenzamos a pensar en letras, y de pronto se nos ocurrió HJCK, porque Colombia debía tener la base ‘HJ’, que luego unimos a las otras dos letras, por sonoridad”.

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Cuando se le preguntaba cómo hizo para sacar adelante la familia y la emisora, que más que un negocio rentable fue un verdadero “apostolado”, a Castaño le brillaban sus ojos claros al responder: “le tengo una respuesta muy linda: se llama Gloria Valencia. Sin el aporte económico de ella a la despensa de mi casa no habría habido HJCK”.

Y junto a Gloria se fueron uniendo los amigos de la vida para sacar adelante este loable proyecto. Como ese primer regalo inolvidable de su amigo, el escritor Álvaro Mutis.

“La voz de él es la que identifica la emisora. Él me la regaló. Me dijo un día: ‘te tengo un regalo tocayo’. Me llevó al departamento de grabación y me dijo: ‘mi regalo es este’. Oprimió play y se escuchó: ‘Esta es la emisora HJCK, el mundo en Bogotá, desde 1950, una emisora para la inmensa minoría’. ‘Te la regalo con la condición de que no me quites nunca porque yo quiero estar contigo por siempre’”, recordaba Castaño.

“El tener la emisora siempre abierta para que tanto el chofer como el filósofo la oyeran, mientras hacían su labor cotidiana y patriótica, fue realmente algo que nunca debemos ignorar, y que siempre debemos seguir escuchando, como un perpetuo ritornelo de patria”, dice Cobo.

Un momento memorable

Para Castaño Castillo, uno de los momentos inolvidables ocurrió en 1962, cuando la HJCK se ganó el Premio Ondas por su programa ‘El correo de la cultura’, que tenía 48 corresponsales en ciudades como Nueva York, París, Londres y hasta en el Congo Belga. “Recuerdo –contó Castaño– cuando entró el télex, decía: ‘emisora desconocida de Colombia ha ganado el gran premio mundial’; casi nos morimos de alegría”.

Por los micrófonos de Castaño pasaron las voces no solo de los principales protagonistas culturales del país, sino del extranjero. De esta manera comenzó a forjarse ese compendio invaluable de 50.000 archivos sonoros análogos, que llegó a reunir la HJCK, y que Castaño donó al país en el 2014. Hoy son custodiados por la Radio Televisión Nacional de Colombia (RTVC).

“Álvaro Castaño Castillo logró un extraño milagro: que la palabra, sobre todo cuando es lírica y cuando es musical, adquiriera a través de sus micrófonos una perdurabilidad, aún más consistente que el mármol, que la piedra o el alabastro”, anota Cobo.

Las páginas de un periódico se quedarían cortas para reunir el anecdotario vital de un hombre que fue testigo de primera mano y también protagonista del acontecer histórico y cultural del país, durante casi el último siglo.

Desde sus tertulias juveniles al lado de los grandes poetas del país, pasando por los almuerzos campestres con Chavela Vargas y las veladas bohemias al ritmo de las notas del piano de Agustín Lara, hasta el inolvidable viaje a Estocolmo, para celebrar junto a sus amigos, García Márquez y Mercedes Barcha, el recibo del Premio Nobel, en 1982.

Tal vez una de las definiciones más lindas de este decano de la cultura colombiana la hizo su hijo, el fallecido cineasta Rodrigo Castaño, para los 90 años. “La vitalidad de papá radica en que hizo lo que quiso y no cambió de ruta. Eso solamente lo puede decir Fidel Castro”, le dijo entonces a este diario.

Mensaje del expresidente Betancur

“Álvaro y Gloria eran una sola y misma persona, toda arte, toda poesía, gestión estética de dos voces cuya secuencia era de una sola y misma voz. Y la elegancia. Y la resonancia.

Por eso, cuando la una voz se apagó, la otra siguió resonando con similar cadencia, nunca en estridencia, menos aún en decadencia, aunque en ocasiones en discrepancia.

Por ejemplo, cuando dio en la flor de vender la HJCK que nadie la quería comprar, no obstante la calidad excelsa de la emisora, pero precisamente porque se presentía que aquella excelsitud superaba toda valoración, entonces disentimos.

Vendió. Decía que necesitaba un “dinerito”. Pero la voz para las grandes minorías siguió vibrando en las alturas.

En las cuales estuvo siempre la habitación -estará siempre- la morada de nuestros irrepetibles, ¡Álvaro y Gloria!”.

CARLOS RESTREPO
Redactor de EL TIEMPO

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