Cómo me convertí en escritor: Murakami

Cómo me convertí en escritor: Murakami

Un vistazo a la intimidad creativa de un novelista tan venerado como introvertido. Fragmentos.

Haruki Murakami

Murakami, oriundo de Kioto, cumplió 68 años en enero. A los 25 años abrió un bar de jazz en Tokio.

Foto:

Iván Giménez (Tusquets Editores) / AFP

30 de abril 2017 , 11:28 p.m.

Una tarde soleada del mes de abril de 1978 fui a ver un partido de béisbol al estadio de Jingu. Era el primer partido de la temporada de la liga central entre los Tokyo Yakult Swallows y los Hiroshima Toyo Carp. Empezó sobre la una del mediodía. Yo era un fiel seguidor del equipo tokiota. No vivía lejos del estadio e iba a menudo a ver los partidos cuando salía a dar un paseo. (...)

Yo me había tumbado y miraba el partido mientras bebía una cerveza. La grada exterior del estadio por aquella época no tenía asientos. Era una especie de elevación cubierta de césped. Recuerdo que me sentía bien. El cielo estaba despejado, la cerveza fría y la pelota blanca destacaba contra el fondo verde del césped del terreno de juego, al que hacía tiempo que no acudía. El béisbol habría que verlo siempre en vivo en los estadios, la verdad.

El primer bateador de los Tokyo Yakult era un jugador estadounidense desconocido y muy delgado que se llamaba Dave Hilton. (...) Me parece que el primer lanzador de los Hiroshima era Satosi Takahashi. En la primera entrada, cuando Takahashi lanzó la primera bola, Hilton bateó hacia el lado exterior izquierdo y alcanzó la segunda base. El golpe de la pelota contra el bate resonó por todo el estadio y levantó unos cuantos aplausos dispersos a mi alrededor. En ese preciso instante, sin fundamento y sin coherencia alguna con lo que ocurría a mi alrededor, me vino a la cabeza un pensamiento: ‘Eso es. Quizás yo también pueda escribir una novela’.

Aún recuerdo la sensación. Fue como agarrar con fuerza algo que caía del cielo despacio, dando vueltas. Desconozco la razón de por qué cayó aquello entre mis manos. No lo entendí en aquel momento y sigo sin entenderlo ahora. Fuera cual fuera la razón, simplemente sucedió. No sé cómo explicarlo, fue una especie de revelación. En inglés existe la palabra ‘epiphany’, epifanía. Traducida al japonés adquiere un significado difícil de entender que hace referencia a la aparición repentina de una esencia o a la comprensión intuitiva de determinada verdad. Expresado con mis propias palabras, diría que un buen día se me apareció algo de repente y eso lo cambió todo. Es justo lo que me sucedió aquella tarde. Después de eso, mi vida se transformó por completo. Ocurrió en el mismo instante en el que Dave Hilton dio con su bate un preciso y certero golpe a la pelota en el estadio de Jingu.

Después del partido (creo recordar que ganó el equipo local), me subí a un tren de cercanías para ir a una papelería del centro y compré un cuaderno y una pluma (de la marca Sailor, que me costó 2.000 yenes).

Aún no existían los procesadores de textos ni los ordenadores. No quedaba más remedio que escribir a mano ideograma tras ideograma. Sin embargo, en el hecho de escribir a mano había una enorme sensación de frescura. El corazón me brincaba de emoción. Hacía mucho tiempo que no escribía en un cuaderno con una pluma.

Aquella misma noche empecé a escribir mi primera novela sentado a la mesa de la cocina. (...) A excepción de esas pocas horas antes del amanecer, apenas disponía de tiempo libre. De ese modo, durante casi medio año, escribí ‘Escucha la canción del viento’ (en un principio la había titulado de otra manera). Al concluir la novela, la temporada de béisbol estaba a punto de terminar. A propósito, ese año los Tokyo Yakult Swallows ganaron la liga contra todo pronóstico imponiéndose a los Hankyu Braves, que eran, sin duda, el equipo por batir y contaban con los mejores lanzadores de la liga japonesa. Fue una temporada milagrosa y sorprendente.

‘Escucha la canción del viento’ es una novela corta con una extensión inferior a las 200 páginas manuscritas. A pesar de todo, me costó mucho trabajo terminarla. Una de las razones es que no disponía del suficiente tiempo para dedicarme a ella, pero sobre todo se debió a que no tenía la más mínima idea de cómo se escribía una novela. Estaba enganchado a las novelas rusas del siglo XIX y a las novelas negras norteamericanas. No había leído sistemáticamente literatura japonesa contemporánea (es decir, eso que llamaban literatura pura) y, por tanto, no sabía lo que se leía en Japón entonces ni tampoco cómo escribir en mi propio idioma según determinado canon.

No obstante, tras varios meses de esfuerzo continuado, supuse que estaba escribiendo algo parecido a una novela; sin embargo, al enfrentarme al resultado, enseguida comprendí que no valía gran cosa. Fue una enorme decepción. No sé cómo explicarlo. Aquello cumplía de alguna manera con los requisitos formales de una novela, pero no era una lectura interesante. Al llegar a la última página no dejaba ningún poso en el corazón. Si yo sentía eso, que era quien la había escrito, para unos hipotéticos lectores sería aún peor. Me dije a mí mismo: “Parece que no tengo talento para escribir”. Me deprimí. En condiciones normales habría renunciado sin más, pero aún sentía en las manos el tacto de la epifanía que me había alcanzado de lleno en el estadio Jingu.

Visto desde la distancia, es natural que fuera incapaz de producir algo decente. Nunca antes lo había hecho y es prácticamente imposible lograrlo a la primera. “Renuncio a escribir algo sofisticado”, me dije a mí mismo. “Olvida todas tus ideas preconcebidas sobre las novelas y la literatura y escribe a placer con total libertad sobre lo que sientes, sobre lo que ocurre en tu mente”. Sin embargo, no resulta tan sencillo escribir con libertad y a placer lo que uno siente o lo que se le cruza por la cabeza. De hecho, es extremadamente difícil, y en especial para una persona sin experiencia.

Para volver a empezar con una frescura renovada, lo primero que hice fue dejar a un lado el cuaderno y la pluma. Cuando uno tiene delante una pluma y un cuaderno, es inevitable ver en esos objetos cierta pose literaria. Saqué del armario una máquina de escribir Olivetti con teclado alfabético y a modo de ensayo me puse a escribir en inglés el arranque de una nueva historia.

Me daba igual el resultado, solo quería algo que se saliese de lo normal. Mi capacidad para escribir en inglés era, obviamente, limitada. Podía escribir frases cortas con una estructura gramatical más bien simple. Por muchas emociones complejas que albergase, no podía expresarlas tal cual. Me servía de las palabras más sencillas posibles para transmitir contenidos no tan sencillos. El lenguaje debía ser simple, las ideas estar expresadas de un modo fácil de entender, debía eliminar todo lo superfluo en las descripciones hasta transformar el contenido en algo compacto que cupiera en un recipiente limitado. El resultado era considerablemente tosco, pero avanzar con esas dificultades dio lugar a una especie de ritmo en las frases que constituía un estilo propio.

Nací con el japonés como lengua materna, por lo que mi sistema lingüístico se compone de palabras y expresiones en japonés que se amontonan como animales inquietos en una cuadra. Cuando intento construir frases a partir de un paisaje interior o a partir de determinado sentimiento, ese sistema, esos ‘animales’ van de acá para allá y terminan colisionando. Por el contrario, si me propongo escribir en otro idioma como el inglés, eso no ocurre porque las palabras y las estructuras gramaticales están limitadas. Lo que descubrí entonces fue que a pesar de las limitaciones, si uno combina eficazmente los elementos de los que dispone y expresa sus sentimientos a través de esas combinaciones, puede hacerse entender sin problemas. En resumen, lo que quiero decir es que no hace falta recurrir a palabras difíciles ni a giros complejos para que la gente te entienda.

(...)

Cuando descubrí lo divertido que me resultaba escribir en un idioma extranjero y con un ritmo propio, guardé la Olivetti en el armario y saqué de nuevo el cuaderno y la pluma. Me senté a la mesa de la cocina para traducir al japonés lo que había escrito en inglés, que tenía una extensión aproximadamente de un capítulo. 

Aunque digo traducción, no lo era en un sentido estricto, sino, más bien, algo parecido a un trasplante. Inevitablemente de allí brotó un nuevo estilo en japonés. Un estilo mío. Lo había descubierto por mí mismo y en ese instante comprendí que funcionaba al escribir así en mi idioma. Fue como si se me cayera una venda de los ojos.

A veces me dicen que mi forma de escribir tiene un deje como de traducción. No entiendo bien a qué se refieren, pero creo que hay algo de cierto en ello y, al mismo tiempo, que no lo hay. Es verdad que traduje el primer capítulo de mi primera novela del inglés al japonés, pero solo fue parte de un proceso. Lo que pretendía en realidad era conquistar un estilo neutro y dinámico que me permitiese moverme con libertad y en el que todo lo superfluo quedase eliminado. No quería escribir en un japonés ‘desvaído’, sino desarrollar un lenguaje propio alejado de lo que se entendía por norma o por ‘literatura pura’. Lograrlo exigía unas medidas extremas. De algún modo, en aquel momento mi idioma solo era una herramienta puramente funcional.

Mis críticos se lo han tomado siempre como una ofensa hacia la lengua japonesa y me han acusado muy a menudo de ello. Pero el idioma es fuerte por naturaleza. Tiene un carácter resistente acreditado por una larga historia. Por mucho que alguien lo violente, nunca perderá su identidad. Probar distintas posibilidades y forzar sus límites es un derecho inherente a todos los escritores. Sin ese espíritu aventurero nunca nacerá nada nuevo. En ese sentido, mi lengua materna sigue siendo para mí una herramienta, y al sondear en sus posibilidades creo que contribuyo de algún modo a la regeneración del idioma. Mi estilo difiere mucho del de Tanizaki o Kawabata. Es algo natural. Al fin y al cabo, yo soy una persona distinta, un escritor independiente llamado Haruki Murakami.

Sea como sea, reescribí de principio a fin esa novela no demasiado interesante, resultado de un primer intento, y para hacerlo me serví de un estilo recién descubierto. La trama quedó más o menos igual, pero la forma cambió por completo, por lo que la impresión al leerla también fue muy distinta. El resultado final es esa obra titulada ‘Escucha la canción del viento’, que se puede leer actualmente y que aún sigue sin satisfacerme del todo. Cuando me enfrento al texto, tengo la impresión de que es una obra inmadura plagada de defectos. Como mucho logré transmitir el 20 o el 30 por ciento de lo que realmente me hubiera gustado decir. Pero después de terminarla de un modo medianamente satisfactorio, sentí que había hecho algo importante. De alguna forma respondí a la epifanía que me había alcanzado en el estadio.

HARUKI MURAKAMI

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