Las cinco ideas para que Colombia sea un mejor país

Las cinco ideas para que Colombia sea un mejor país

Fragmentos de la introducción del libro '¿Cómo mejorar a Colombia?’, con propuestas de 25 autores.

Futuro de Colombia

La solución a los problemas de Colombia no depende exclusivamente del Estado o de la sociedad.

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123RF

23 de junio 2018 , 10:24 p.m.

Antes de pensar en lo que se necesita para mejorar a Colombia es necesario saber qué estamos buscando y qué tan difícil es poner en práctica un propósito de esta envergadura. (...)

Lo primero que debemos saber es que lograr cosas como la justicia social, la democratización, la paz, la protección de la naturaleza y el desarrollo económico no es fácil. Y no lo es porque esos propósitos suelen ser interdependientes. Muchos desconocen esa complejidad y suponen que hay algo único que determina la suerte de los países. Eso piensan de, por ejemplo, la geografía, la cultura o la historia. El protestantismo, dicen, fue salvador en Inglaterra mientras que la religión vudú fue fatal en Haití; el federalismo fue esencial en Estados Unidos mientras que la autocracia fue una desgracia para Libia; el petróleo condena a muchos países mientras que la agricultura y las estaciones salvan a otros tantos. En todo esto hay algo de cierto, pero falta unir las partes. Reducir todo a una condición que salva o que condena, una especie de varita mágica o trágica, es una simplificación.

Mucho se ha escrito en las últimas décadas sobre cómo sacar a un país del atraso económico para llevarlo al progreso. No hay un acuerdo definitivo entre los autores, pero existe una relativa anuencia sobre la necesidad de combinar por lo menos tres propósitos: crecimiento económico acompañado de cierta igualdad social; buenos diseños institucionales respaldados por acuerdos básicos entre las fuerzas sociales y políticas, y cohesión ciudadana capaz de controlar a las élites en el poder y de difundir una cultura de cumplimiento de reglas. Todo esto, claro, supone una sociedad en paz. (...)

Estado y sociedad

Lo segundo es que la solución a los problemas de Colombia no depende exclusivamente del Estado o de la sociedad. Estado y sociedad no son entidades independientes. Colombia tiene por lo general una sociedad fuerte y un Estado débil, con lo cual los intereses sociales tienen la capacidad de capturar las instituciones y ponerlas a su servicio. Pero también ocurre que a veces el Estado es demasiado fuerte, viola los derechos humanos, agobia a la población con normas inútiles y criminaliza las manifestaciones populares. (...) La complejidad de Colombia radica en que hay mucho de ambas cosas y que ambas se refuerzan entre sí. Una ilustración de esto es lo que se conoce como el ‘círculo vicioso de la desconfianza’: el Estado desconfía de la gente y la criminaliza, así que la gente no apoya el desarrollo institucional y desconfía de lo público; todo esto conduce a que las instituciones funcionen deficientemente y a que, en consecuencia, la gente desconfíe de ellas… y así se reanuda el círculo.

Un Estado difícilmente funciona bien con una sociedad que le da la espalda, y viceversa. El acatamiento de las normas en el espacio público, por ejemplo, difícilmente se logra con la represión policiva y sin la colaboración ciudadana. La disuasión que funciona contra los violadores de las normas viene del resto de la población, con el reproche social, más que del Estado. Solo en casos extremos la intervención policial es necesaria. (...) Por eso, como dice Juan Camilo Cárdenas en este libro, la confianza es el lubricante de la paz.

Lo tercero es que mejorar a Colombia es una empresa que toma mucho tiempo y abarca mucho espacio. Por eso se necesita un proyecto ambicioso. “Quienes creen en el progreso se exponen a la desilusión de haber nacido demasiado temprano”, decía Óscar Forel. La visión de corto plazo es insuficiente; hay que incluir a varias generaciones para tener éxito. En Colombia vivimos enfrascados en una temporalidad instantánea, apegada a la coyuntura y generalmente impuesta por los políticos y los periodistas. Estamos sumidos en el presente, pero el pasado sigue mandando la parada. (...) La concentración de la tierra rural, la pequeñez de la clase media, la arrogancia del “usted no sabe quién soy yo”, la debilidad de los bienes públicos, el poder político de las ideas religiosas, son todos rezagos de siglos anteriores (...).

Vivimos entre el presente frenético de la actividad política y el futuro inalcanzable de los predicadores y los demagogos. Estas dos temporalidades nublan la visión de mediano plazo, que es la menos pasional, más racional y más solidaria; la que pone el acento en cosas como la educación, el medioambiente, la planeación urbana y rural y el fortalecimiento del Estado. La que menos piensa en los beneficios inmediatos y se toma más en serio el mundo que les dejaremos a nuestros hijos y nietos.

Algo parecido ocurre con el espacio. Los países, como las personas, tienen su particular manera de relacionarse con él. Algunos son parroquiales y ensimismados; otros, abiertos y hospitalarios. Esto puede estar ligado a la geografía: las naciones costeras, impulsadas por los navegantes, fueron más cosmopolitas que las naciones incrustadas en las montañas o dentro de los continentes. Colombia, a pesar de lindar con dos océanos, pertenece a esta última especie y tal vez por eso tiene tantos ultramontanos con mentes fundidas en el crisol de su terruño.

Un rasgo esencial del parroquialismo es la desconfianza. En las encuestas sobre confianza que se hacen en Colombia se aprecian altos niveles de desconfianza que van creciendo a medida que se pregunta por personas menos relacionadas. Mientras más lejano y más indiferente es alguien, peor es la imagen que se tiene de él. Tal vez por eso, por ser demasiado parroquiales y desconfiados, aquí nunca hubo una política favorable a la inmigración. Colombia siempre ha sido un país exportador de nacionales y con poquísima importación de extranjeros. Peor aún, nunca hubo mayor interés, ni científico, ni político, ni administrativo, por incorporar las regiones alejadas a un proyecto nacional. (...)

En todo esto hay algo de cierto, pero falta unir las partes. Reducir todo a una condición que salva o que condena, una especie de varita mágica o trágica, es una simplificación

Más y mejor conocimiento

Lo cuarto que necesitamos es más y mejor conocimiento. Es muy difícil mejorar si no se sabe la real dimensión de nuestros problemas. Una de las principales características del subdesarrollo es la falta de información. El Estado sabe más o menos qué pasa en las grandes ciudades, pero por fuera de esta zona de confort sabe muy poco. Tiene algunos datos de delitos y violencia, pero no conoce casi nada sobre la condición social de los habitantes, las economías locales o las migraciones internas. Ni siquiera hay cifras confiables sobre el número de líderes sociales asesinados en un momento en el que su protección es crucial para el futuro del proceso de paz. Dos siglos después de la Independencia, Colombia tiene un catastro anacrónico que no le permite cobrar impuestos ni planificar el desarrollo rural como debería hacerse. Cada entidad del Estado se guarda la información que posee, bien para ocultar la pobreza de sus propios resultados o bien para competir con otras entidades. (...)

El Estado no solo no sabe sino que no quiere saber: en el censo no se incluyeron preguntas para medir la pobreza multidimensional, a pesar de su importancia y de la presión social para que se incluyeran. Alejandro Gaviria, en este libro, se lamenta de la mala calidad de los proyectos de salud que recibe de los alcaldes: “Más que el dinero o las partidas presupuestales, el recurso escaso en el sector público son los proyectos. O mejor, los buenos proyectos, con conocimiento de la economía y la ingeniería del asunto”. En Colombia cuesta un dineral hacer metros, dobles calzadas, parques, aeropuertos, represas, debido entre otras cosas a que nunca se destinan los terrenos y los recursos para esas obras. Nadie pensó que las ciudades iban a crecer, ni que los buses no iban a alcanzar, ni que los acueductos se iban a agotar, ni que las zonas verdes se iban a acabar.

Y cuando todo eso ocurre las soluciones son difíciles y costosas. No hay nada más gravoso que la improvisación, que es el subdesarrollo mismo. Por eso se dice que la pobreza sale cara.

A los colombianos se nos olvida que los países que progresan lograron ser lo que son porque hicieron un esfuerzo enorme, que duró muchas décadas, a veces siglos, en la formación de científicos, técnicos y administradores que supieron entender su realidad física y social y que ayudaron a encontrar la solución a los problemas. Pero en Colombia parecemos estar recorriendo el camino inverso. Según datos del Banco Mundial, el gasto en investigación y desarrollo en Colombia pasó de 0,30 en 1996 a 0,24 en el 2015, mientras que en Alemania para el mismo periodo pasó de 2,13 a 2,88 y en México, un país como nosotros, de 0,26 a 0,55.

Cuando uno compara a Colombia con otros países encuentra que aquí hay demasiada gente inteligente dedicada a actividades poco productivas, como la política, la banca o el litigio (o francamente dañinas, como la mafia y la corrupción) y poca gente inteligente dedicada a la ciencia, la investigación y la innovación. (...)

No hay nada más gravoso que la improvisación, que es el subdesarrollo mismo. Por eso se dice que la pobreza sale cara

En lugar de empezar a solucionar los problemas por la vía del conocimiento, preferimos vías más expeditas y locuaces, pero menos efectivas. Una es la ideología política. Aquí casi todo se politiza. Por ejemplo, TransMilenio ya no es un servicio público de todos sino un invento de Peñalosa (...). La derecha se cree la dueña de las Fuerzas Armadas y la izquierda, de la educación pública. La burocracia administrativa no es un bien común, como las aceras o las plazas, sino un archipiélago con reyezuelos en cada islote.

Otra manera de resolver los problemas a la colombiana es la jurídica. Cuando no se sabe cómo resolver algo, se legisla. El superávit jurídico es una respuesta al déficit de conocimiento. (...)

Lo quinto que necesitamos es un proyecto colectivo que nos ayude a cohesionar. Daniel Pécaut decía que uno de los mayores problemas de Colombia es que aquí nunca ha habido un mito fundador que amarre a los habitantes y les sirva para limar sus diferencias y colaborar en un proyecto de país. Para decirlo en los términos de Harari en Sapiens, Colombia es un país sin una ficción que sujete las almas.

La Independencia fue más el fruto afortunado de una coyuntura internacional excepcional que el resultado de un levantamiento popular, y las constituciones han sido documentos de batalla más que pactos sociales. La historia de Colombia, como la de tantos otros países, está llena de tragedias. Pero mientras en otras partes las guerras (o las catástrofes naturales) han sido momentos aleccionadores para salir adelante con vigor, entre nosotros la violencia, difusa y permanente como una llaga que nunca cura, nos ha degradado y ha minado nuestra capacidad para recomponernos. El proceso de paz, dice Rodrigo Uprimny, representa una posibilidad inédita para construir ese mito fundacional, pero la polarización política ha impedido que eso se logre. Nadie en el exterior lo entiende. (...)

Más que un grupo social hemos sido un archipiélago de grupos en el que la opción de colaborar atrae menos que la opción de “cada uno por su lado”. Muchos extranjeros radicados en el país hablan de esto. Nadie lo ha dicho tan claramente como Yu Takeuchi, un profesor japonés que vivió aquí más de 50 años. ¿Cuál era la principal diferencia entre los japoneses y los colombianos?, le preguntaron. “Pues mire –respondió–, un colombiano es más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son más inteligentes que dos colombianos”.

En estas empresas colectivas hemos tenido más fracasos que logros. Somos buenos patriotas, pero malos ciudadanos. Nuestro espíritu gregario se concentra en la familia y en las amistades. Más allá, lo social es una competencia, un mundo dominado por la desconfianza y la trastada. Lo colectivo nos atrae cuando se trata de reclamar derechos y obtener prerrogativas, pero no cuando se trata de cumplir deberes o colaborar. Nuestro individualismo no solo es asocial, sino torpe: al preferir la opción del “cada uno por su lado” nos bloqueamos unos a otros, como en el tráfico o en la fila, y terminamos peor que si hubiésemos pensado como ciudadanos.

MAURICIO GARCÍA VILLEGAS
Doctor en ciencia política de la Universidad Católica de Lovaina, profesor del Iepri e investigador de Dejusticia.
En Twitter: @mgarciavillegas

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