El viaje de Lenin que cambió la historia

El viaje de Lenin que cambió la historia

Presentamos un fragmento dedicado a Aleksandr Kerensky en el libro ‘El Tren de Lenin’.

El viaje de Lenin que cambió la historia

‘Llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en abril de 1917’. M. G. Sokolov pintó a Stalin detrás, falseando la historia, para su propia conveniencia. Tomada de ‘El tren de Lenin’.

Foto:

Cortesía Planeta - Crítica

05 de abril 2017 , 10:31 p.m.

Aquella misma noche, el famoso Sóviet de Petrogrado nació en el palacio de Potemkin –convertido en una especie de absurdo establo–, e inmediatamente se puso manos a la obra. Hubo un sinfín de saludos de bienvenida y muchísimos aplausos, pero también había numerosos problemas que resolver.

Desde la crisis de alimentos hasta la dispersión incontrolada de explosivos, los temas por tratar eran muy urgentes y requerían medidas prácticas, incluida la formación de un tipo de milicia que velara por la seguridad de la capital.

Uno de los primeros actos del Sóviet fue elegir un Comité Ejecutivo que se encargara de los asuntos cotidianos, grupo que enseguida sería conocido como Ispolkom (abreviación en ruso de Ispolnitelniy Komitet, esto es, Comité Ejecutivo).

Mientras los delegados de los trabajadores iban llegando uno tras otro para unirse a la muchedumbre, este pequeño grupo, formado en su mayoría por hombres de letras, empezó a asumir el mando. El nuevo presidente, Nikolai Chkheidze, era un abogado menchevique de Georgia y antiguo miembro de la Duma, aunque no destacaba precisamente por tener un carácter decidido. Era un hombre respetado, pero no resultaba una elección que infundiera entusiasmo: la mejor que podía hacerse, comentó alguien, pues todos los verdaderos pesos pesados seguían viviendo en el exilio o residiendo en el extranjero. Entre los otros abogados del equipo figuraba Matvei Skobelev, otro menchevique, mientras que Sukhanov fue elegido por su profesión de periodista. Los bolcheviques estaban representados en el Ispolkom por Aleksandr Shlyapnikov y otro activista proveniente del mundo obrero llamado P. A. Zalutsky.

El miembro más extravagante del grupo, su vicepresidente electo, era nada más y nada menos que Aleksandr Kerensky, el individuo que ya estaba muy involucrado con el Comité de la Duma en la otra ala del palacio. Oriundo de Simbirsk (donde su padre había sido uno de los maestros de escuela de Lenin, y Protopopov, uno de sus vecinos), Kerensky era un abogado con un estilo florido de oratoria y un gran atractivo personal (Sukhanov, que lo conocía desde hacía unos cuantos años, recordaba su curioso par de zapatillas de seda y su largo caftán). En febrero de 1917 todavía tenía el rostro empalidecido y el cuerpo debilitado tras sufrir una operación para extirparle uno de sus riñones, pero se entregaba a la revolución con una energía impresionante, aceptando todos los llamamientos a prestar sus servicios a la causa cual diva rodeada de un montón de ramilletes de flores insólitamente espléndido.

Esta espectacularidad sería el distintivo de su estilo personal. “Parece como si siempre le doliera algo –comentaría Robert Bruce Lockhart–, pero la boca es firme, y el cabello, muy corto y a cepillo, le da un aspecto general de energía”. Antes del estallido de la guerra, cuando era un revolucionario en la clandestinidad, el apodo de Kerensky era ‘el Rápido’, en clara alusión a su costumbre de subir y bajar de un salto de los tranvías en movimiento para escapar de la policía. Aquel lunes por la noche, sin embargo, sus pies ligeros no hicieron aparición en la reunión del Sóviet.

El viaje de Lenin que cambió la historia

Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, paseando con su esposa, Nadezhda Krúpskaya.

Foto:

Foto tomada del libro ‘El tren de Lenin’. Editorial Planeta / Crítica.

Marchando en procesión, los delegados tendrían que cruzar el gran salón para ir en su busca, pues Kerensky estaba mucho más interesado en sus perspectivas de futuro en el Comité de la Duma que en los planes que pudieran tener los trabajadores.

En efecto, los acontecimientos iban sucediéndose a una velocidad vertiginosa. El Sóviet aún no se había reunido cuando un estudiante irrumpió en el salón circular del palacio Táuride al frente de un pequeño grupo formado por dos soldados y un ministro zarista tembloroso que acababa de ser capturado. El gobierno imperial estaba disolviéndose. Sus miembros habían buscado refugio en armarios y sótanos cuando empezó el tiroteo, pero en aquellos momentos comenzaban a rendirse. A lo largo de toda la tarde, los revolucionarios efectuaron detenciones, conduciendo, uno tras otro, a ancianos y venerables caballeros aterrorizados hasta el caótico salón del Táuride. Al anochecer, el único lugar en el que los sublevados podían custodiar a todos sus prisioneros era la sala de reuniones de la Duma, opción que tenía la ventaja (desde el punto de vista del Comité de la Duma) de mantener fuera de ella a las masas socialistas. Pero ni los inconvenientes ni las distracciones supusieron un obstáculo para el Ispolkom, que se puso manos a la obra empezando a estudiar diversas cuestiones como la crisis de alimentos, la guarnición militar y la manera de restablecer los servicios más esenciales. En una ciudad privada de información fiable, también comenzó a hacer planes para editar un periódico, Izvestia, cuyo primer número apareció a la mañana siguiente.

Al otro lado del salón, sentados mucho más cómodamente pero sin evidente fervor del Sóviet, Rod-zianko y sus colegas también estuvieron hablando hasta bien entrada la noche. La detención de los ministros no había sido una iniciativa suya (cuando tuvo lugar el arresto de la primera víctima, Rodzianko intentó rescatarla), y en aquellos momentos se enfrentaban a grandes incertidumbres e incluso a la ruina.

“¡Dios sabe qué ha ocurrido en la ciudad! –exclamaría Rodzianko suspirando–. Se ha detenido toda actividad. ¡Y se supone que tenemos que ganar una guerra!”. Había miles de soldados en el frente, y nadie podía predecir cómo iban a reaccionar ante las noticias llegadas de Petrogrado. La cuestión que había que aclarar rápidamente era quién debía estar en último término al mando.

Al final, la primera sesión del Sóviet terminó muy tarde aquella noche, pues Shlyapnikov recordaría que el palacio Táuride seguía “zumbando como una colmena” a las cuatro de la madrugada del 28 de febrero. Sukhanov era uno de los que permanecía allí. Tras abrirse camino entre los incómodos asientos y mesas clavados al suelo, el exhausto revolucionario encontró un rincón tranquilo en la sala de reuniones de la Duma y se puso a descansar enfundado en su abrigo. A través del techo de cristal podía ver el resplandor producido por numerosos incendios, y de vez en cuando oía el ruido de un disparo lejano. Se durmió con el susurro de las conversaciones de grupos de soldados, en medio de un olor a lana húmeda y al arenque en conserva con el que sus vecinos estaban preparándose un tentempié de madrugada.
Mientras en el Táuride los soldados lamían el aceite de pescado de sus cuchillos, en su cuartel general en el frente el zar firmaba la orden de aplastar aquella revuelta a cualquier precio. A la luz del fracaso evidente de Khabalov, Nicolás II encargó esa misión a un hombre nuevo, el general Ivanov. Nadie tenía la más mínima idea de lo que podía ocurrir si este oficial zarista cumplía su cometido con éxito.
Sin embargo, Sukhanov, como casi todo el mundo en Petrogrado, seguía mostrándose eufórico. Agarrotado y exhausto tras pasar la noche vestido, se despertó el martes en lo que denominó “la ciudad libre de una nueva Rusia”. Aún no había abierto completamente los ojos cuando se dio cuenta de que un grupo de soldados arrancaba el odiado retrato de Nicolás II de su marco. Más tarde, mientras daba un paseo al aire libre, su mente “se llenó de luminosos rayos de inmensa felicidad, de jubiloso orgullo y de una especie de maravilla ante los ilimitados, radiantes e incomprensibles logros de esos días”. La victoria pertenecía al pueblo, pero serían los Sukhanov y los Kerensky los que, a corto plazo, iban a decidir las consecuencias que tendrían aquellas hazañas.

Los temas eran urgentes. El pueblo detestaba a la emperatriz y a su camarilla, pero Nicolás seguía siendo el zar. El ejército en el frente había jurado lealtad al emperador, aunque no estaba muy claro hasta cuándo estaban dispuestos los soldados a ser fieles a su palabra.

Mientras tanto, independientemente de lo que pudiera estar preparando Ivanov, alguien debía hacer de Petrogrado una ciudad segura para sus habitantes. Aunque el Ispolkom ya estaba creando milicias con este fin, el Comité de la Duma había tomado la firme decisión de actuar por su cuenta.

El 28 de febrero, Rod-zianko emitió la orden de que los soldados de la capital entregaran sus armas, con la intención de poner fin a su revuelta y de sacar a flote la ciudad. Aquella acción no hizo más que empeorar la situación de caos reinante, pues los soldados temían un proceso ante un tribunal militar y una condena en la horca.

Nerviosos y hambrientos, empezaron a planear más actos de resistencia armada en las calles de la capital. Contaban con el apoyo del Sóviet, sobre todo porque en aquellos momentos los representantes de las tropas superaban en número a los delegados de las fábricas en sus reuniones plenarias.

No quedaba claro qué ala del palacio Táuride ejercía el control de la guarnición. Como indicaría el 28 de febrero un horrorizado Miliukov: “¡No puede haber un poder dual!”.
Para esto, el Comité Bolchevique de Vyborg tenía su propia respuesta. Convencido de que la burguesía revocaría los nuevos derechos ganados con tanto esfuerzo, seguía sosteniendo que el pueblo debía formar un gobierno revolucionario provisional pluripartidista por medio de los mecanismos que ofrecían sus propios sóviets, o consejos basados en el lugar de trabajo. Este tipo de órganos ya estaban creándose por toda la ciudad y en otros sitios, pero el obstáculo era el Ispolkom, cuyos líderes se negaban a tomar las riendas del Estado.

El Comité de Vyborg contaba con unos pocos simpatizantes en el Táuride, pero en opinión de Sukhanov “se limitaban a hablar de manera inaudible y a hacer unos cuantos garabatos... ni siquiera pensaban en entablar una verdadera lucha por sus principios”.

También resultaba evidente que el Sóviet de Petrogrado no quería el poder. Los titubeos de sus miembros eran en parte ideológicos, pues en su mayoría eran marxistas que creían que las revoluciones se desarrollaban en una serie determinada de etapas. Lo que había comenzado Petrogrado, sostenían, era el proceso para introducir un tipo de democracia parlamentaria, sistema que ellos denominaban la fase burguesa.

El gobierno de los trabajadores, por no hablar del socialismo pleno, solo podía llegar más tarde, cuando el pueblo ya conociese lo que era un gobierno democrático. Como había señalado años antes un menchevique, Aleksandr Potresov, “en el momento de la revolución burguesa, la clase mejor preparada, social y psicológicamente, para resolver los problemas nacionales es la burguesía”.

EL TIEMPO

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