‘El presidente ha desaparecido’, la primera novela de Bill Clinton

‘El presidente ha desaparecido’, la primera novela de Bill Clinton

Es un texto sobre estrategia política, intrigas y conspiraciones. Fragmento del primer capítulo. 

James Patterson y Bill Clinton

El escritor James Patterson (izq.) y el expresidente de Estados Unidos Bill Clinton durante la presentación de su libro.

Foto:

Slaven Vlasic / AFP

10 de junio 2018 , 10:07 p.m.

-Se abre la sesión de la comisión de investigación de la Cámara...

Los tiburones dan vueltas en círculo, excitados por el olor de la sangre.
Son trece, ocho de la oposición y cinco de mi partido, para enfrentarme, para los cuales he estado organizando mi defensa con abogados y asesores. He aprendido por las malas que, por muy preparado que estés, ante un depredador, pocas defensas valen.

Exploro los trece rostros que tengo enfrente, sentados en una fila interminable, como una moderna Inquisición española. El hombre de pelo cano instalado en el centro, detrás de una placa que reza Sr. Rhodes, se aclara la garganta.

Lester Rhodes, presidente de la Cámara, no suele participar en las vistas de la comisión, pero esta vez ha hecho una excepción y ha llenado su lado del pasillo de miembros del Congreso cuyo objetivo principal en la vida parece ser sabotear mi agenda y destrozarme, política y personalmente. (…)

Estoy solo en mi sitio. Sin asesores, ni abogados ni apuntes. No me escondo. No tendría que estar aquí y, desde luego, no me apetece nada estar aquí, pero estoy. El presidente de Estados Unidos frente a una turba de acusadores.

En un rincón de la sala se encuentra el triunvirato de mis colaboradores más cercanos: Carolyn Brock, mi jefe de gabinete; Danny Akers, amigo de toda la vida y consejero de la Casa Blanca, y Jenny Brickman, subjefa de gabinete y mi principal asesora política. Todos ellos estoicos, impasibles, preocupados. Ninguno quería que hiciese esto. Los tres pensaban que iba a cometer el mayor error de mi presidencia. Pero aquí estoy. Ha llegado el momento. Ahora sabremos si estaban en lo cierto. (…)

—Presidente Duncan –empieza–, ¿desde cuándo nos dedicamos a proteger a terroristas?

—No lo hacemos –contesto tan rápido que casi no lo dejo terminar de hablar, porque no se puede dar pábulo a una pregunta así–. Ni lo haremos jamás. Al menos mientras yo sea presidente.

—¿Está seguro de eso?

¿He oído bien? Se me enciende la cara. No ha pasado ni un minuto y ya ha conseguido irritarme.

—Señor presidente de la Cámara –contesto–, si lo digo es porque lo creo así. No nos dedicamos a proteger a terroristas.

—Bueno, señor presidente, a lo mejor se trata de una sutileza lingüística. ¿Considera usted a los Hijos de la Yihad una organización terrorista?

—Por supuesto (…).

—¿Son responsables de la muerte de miles de personas?

—Sí.

—¿Ciudadanos estadounidenses entre ellos?

—Sí. (…)

—¿No es cierto que, hace solo unos meses, los Hijos de la Yihad piratearon los sistemas militares israelíes e hicieron pública información clasificada sobre operativos y movimientos de tropas secretos?

—Sí, es cierto –contesto.

—El líder de los Hijos de la Yihad, señor presidente, es un hombre llamado Sulimán Cindoruk, ¿es así?

Ya empezamos.

—Sí, Sulimán Cindoruk es el líder de los Hijos de la Yihad –digo.

—Un musulmán nacido en Turquía, ¿correcto?

—Nació en Turquía, pero no es musulmán –le corrijo–. Es un nacionalista extremo laico que se opone a la influencia de Occidente en Europa central y del sureste. Su Yihad no tiene nada que ver con la religión.

—Eso es lo que dice usted.

—Eso es lo que dicen todos los informes de inteligencia que he leído hasta la fecha –contesto–, y usted también, señor presidente de la Cámara. Si quiere convertir esto en una diatriba islamofóbica, adelante, pero con eso no conseguirá que nuestro país esté más seguro.

Logra esbozar una sonrisa burlona.

—En cualquier caso, es el terrorista más buscado del mundo, ¿cierto?

—Queremos atraparlo –digo–. Queremos atrapar a cualquier terrorista que intente hacer daño a nuestra nación.

He aprendido por las malas que, por muy preparado que estés, ante un depredador, pocas defensas valen

Hace una pausa. No tiene claro si preguntarme ‘¿está seguro de eso?’ Como lo haga, me va a costar una barbaridad no volcar esta mesa y agarrarlo por el cuello.

—Entonces, para que quede claro –prosigue–: Estados Unidos quiere capturar a Sulimán Cindoruk.

—No es necesario aclararlo –le suelto–. Nunca ha habido ninguna confusión al respecto. Jamás. Llevamos diez años persiguiendo a Sulimán Cindoruk. Y no pararemos hasta que lo atrapemos. ¿Le queda lo bastante claro a usted?

—Señor presidente, con el debido respeto...

—No –lo interrumpo–. Si empieza la frase así, es porque lo que va a decirme no es nada respetuoso. Piense lo que quiera, señor presidente de la Cámara, pero sea respetuoso, si no conmigo, al menos con las demás personas que dedican su vida a acabar con el terrorismo y a mantener a salvo nuestro país. No somos perfectos, ni lo seremos jamás, pero nunca vamos a dejar de hacer todo lo que esté en nuestra mano. Adelante, haga la pregunta –añado, con un gesto de desdén. (…)

—No voy a tolerar que cuestione mi patriotismo, señor presidente –dice mi canoso adversario–. El pueblo estadounidense está muy preocupado. Los ciudadanos de esta nación tienen derecho a saber de qué lado está usted.

—¡¿De qué lado estoy?! –espeto tan bruscamente que casi tiro el micrófono de la mesa–. Estoy del lado del pueblo estadounidense, ¡de ese lado estoy!

—Señor pres...

—Estoy del lado de los que trabajan las veinticuatro horas del día por la seguridad de nuestro país, de los que no piensan en postureos y a los que no les importa en qué dirección soplen los vientos políticos, de los que no buscan el reconocimiento de sus triunfos ni pueden defenderse cuando se les critica. De ese lado estoy.

—Presidente Duncan, yo apoyo incondicionalmente a los hombres y las mujeres que luchan a diario por mantener a salvo nuestra nación –dice–. Esto no es por ellos. Esto es por usted, señor. Yo no obtengo ninguna satisfacción de todo esto.

En otras circunstancias me habría reído. Lester Rhodes esperaba la vista de la comisión de investigación con más ilusión que un universitario su vigésimo primer cumpleaños.

Todo esto es un paripé. El presidente de la Cámara ha orquestado esta comisión para que solo pueda terminar de un modo: con el descubrimiento de suficiente falta de ética presidencial para derivar el asunto a la comisión judicial de la Cámara y que esta inicie el proceso de destitución. (…)

Mis colaboradores tienen razón: da igual que las pruebas contra mí sean convincentes, no convincentes o inexistentes; la suerte está echada.

—Haga sus preguntas –digo–. Terminemos ya con esta farsa. (…)

A Danny no le ha gustado que hable de farsa, ni le agradan mis salidas de tono. Me ha dicho más de una vez que lo que he hecho “pinta mal, muy mal” y que es motivo suficiente para una investigación del Congreso.

En eso no se equivoca. Pero no dispone de la habilitación de seguridad necesaria para saber lo que yo sé. Si así fuera, lo vería de otro modo. Estaría al tanto de la amenaza a que se enfrenta nuestro país que me ha llevado a hacer cosas que jamás pensé que haría.

Me ha dicho más de una vez que lo que he hecho “pinta mal, muy mal” y que es motivo suficiente para una investigación del Congreso

—Señor presidente, ¿llamó usted a Sulimán Cindoruk el domingo 29 de abril del año en curso, hace algo más de una semana?

—Señor presidente de la Cámara –digo–, como he declarado en numerosas ocasiones, y como usted debería saber ya, no todo lo que hacemos para mantener a salvo nuestro país puede ser del dominio público. El pueblo estadounidense comprende que en el mantenimiento de la seguridad de la nación y en la resolución de cuestiones internacionales intervienen muchos agentes, que se realizan muchas operaciones complejas y que parte de la labor de mi administración debe ser material clasificado. No porque queramos mantenerlo en secreto, sino porque debemos hacerlo. Para eso está el privilegio ejecutivo. (…)

Se me encoge el estómago al pronunciar esas palabras, pero, según Danny, no invocar el privilegio implicaría renunciar a él. Y al renunciar a él tendría que responder a la pregunta de si llamé por teléfono a Sulimán Cindoruk. Y esa es una pregunta que no voy a contestar.

—Bueno, señor presidente, no sé si el pueblo estadounidense consideraría válida esa respuesta.

“Bueno, yo tampoco sé si el pueblo estadounidense lo consideraría válido a usted; claro que no ha sido el pueblo estadounidense quien lo ha elegido presidente de la Cámara, ¿verdad? Consiguió ochenta mil miserables votos en el tercer distrito congresual de Indiana. Pero sus colegas de partido lo hicieron líder porque recaudó muchísimo dinero para ellos y les prometió mi cabeza”. Eso no quedaría muy bien en televisión.

—Entonces no niega haber llamado por teléfono a Sulimán Cindoruk el 29 de abril, ¿me equivoco?

—Ya he respondido a su pregunta.

—No, señor presidente, no lo ha hecho. ¿Sabe usted que el diario francés ‘Le Monde’ ha publicado unos registros de llamadas filtrados, junto con declaraciones de una fuente anónima que indican que llamó usted a Sulimán Cindoruk el domingo 29 de abril del año en curso y habló con él? ¿Lo niega?

—Le digo lo mismo que antes. No voy a hablar de ese asunto. No voy a entrar en su juego de si hice o no hice esa llamada. Ni confirmo ni desmiento, ni siquiera comento las medidas que he tomado para mantener a salvo nuestro país. Menos aun cuando se me exige que las mantenga en secreto en pro de la seguridad nacional.

—‘Le Monde’ informa de lo siguiente –dice, sosteniendo en alto el periódico–: “El presidente de Estados Unidos, Jonathan Duncan, organizó y tomó parte en una conversación telefónica con Sulimán Cindoruk, líder de los Hijos de la Yihad y uno de los terroristas más buscados del mundo, con el fin de hallar una vía de consenso entre la organización terrorista y Occidente”. ¿Lo niega?

—Ya he respondido –digo–. No voy a repetirme.

—La Casa Blanca no ha comentado en ningún momento ese artículo de Le Monde, ni en un sentido ni en otro.

—Correcto.

—Pero Sulimán Cindoruk sí, ¿verdad? Ha hecho público un video en el que dice: “El presidente puede suplicar clemencia todo lo que quiera. No seré compasivo con los estadounidenses”. ¿No es eso lo que ha dicho?

—Eso es lo que ha dicho.

—En respuesta, la Casa Blanca ha publicado unas declaraciones en las que afirma que “Estados Unidos no responderá a los atroces insultos de un terrorista”.

—Eso es –digo–. (...)

—¿Le ha suplicado clemencia, señor presidente?

Mi asesora política, Jenny Brickman, está a punto de tirarse de los pelos. (…)

—Estados Unidos jamás suplicará nada a nadie –digo.

—Bueno, si no le ha suplicado... ¿Le ha pedido amablemente que no nos ataque?

—Siguiente pregunta –vuelvo a decir.

—Se me agota el tiempo –advierte–. Me quedan ya pocas preguntas.

Uno menos, o casi, pero aún tienen que interrogarme otras doce personas, todas ellas cargadas de frases ingeniosas, comentarios agudos y preguntas capciosas.

BILL CLINTON

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