'El miedo ha sido tan cotidiano que parece que nos hiciera falta'

'El miedo ha sido tan cotidiano que parece que nos hiciera falta'

El médico Octavio Escobar, ganador del Premio Nacional de Novela, habla de las claves de sus libros.

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"Aún me asalta el miedo a escribir tonterías y a escribirlas mal", comenta el escritor Octavio Escobar.

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Diego Santacruz / EL TIEMPO

24 de septiembre 2016 , 10:58 p.m.

El escritor del momento en Colombia, el hombre que les arrebató el Premio Nacional de Novela a Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad, Santiago Gamboa y Luis Noriega, es médico.

“Eso es algo que nunca se deja de ser; de ninguna manera se puede renunciar al deseo de preservar la vida y el bienestar de otros seres humanos. Ahora la ejerzo con los amigos, con consejos prudentes que les faciliten las cosas frente a un sistema de salud ineficiente”, comenta el manizaleño Octavio Escobar Giraldo, que obtuvo el galardón del Ministerio de Cultura con ‘Después y antes de Dios’.

(Además: Octavio Escobar Giraldo ganó el Premio Nacional de Novela 2016)

Luego de ganar el Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro, el libro se publicó bajo el sello español Pre-Textos y circuló en Colombia. Ahora, Intermedio Editores –que ha publicado la mayoría de las obras de Escobar– prepara una coedición con los españoles, que llegará a librerías el 14 de octubre.

Según el jurado, la obra es un “retrato crudo de una sociedad conservadora y pudiente enfrentada a un crimen terrible que la pone en tela de juicio”. Para esta edición, sus integrantes fueron el argentino Guillermo Martínez (Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2014), el escritor Juan Diego Mejía y el crítico, traductor y docente Jerónimo Pizarro.

En medio de este buen momento por el que está pasando, Escobar, de 54 años y profesor de literatura en la Universidad de Caldas, respondió las preguntas de EL TIEMPO.

¿Cómo recibe este premio del Gobierno, que se entrega cada dos años?

Con mucha alegría. En los últimos años, la literatura colombiana ha producido muy buenas novelas, así que ser distinguido por el Ministerio de Cultura, en este período en particular, es todo un honor.

Aunque se formó como médico, muy pronto se dio cuenta de que lo suyo es la escritura. ¿Este premio ratifica que se decidió a buena hora por el camino correcto?

La medicina también fue un camino correcto, pero en un determinado momento tuve que pararme en la bifurcación y escoger.

¿Sintió susto de dar el salto de la medicina a la escritura?

No hubo tal salto. Durante una década ejercí ambas profesiones y cuando tuve que dejar una, lo pude hacer sin muchos traumatismos, porque tuve la posibilidad de preparar la transición. La medicina y la literatura se ocupan de la naturaleza humana y en ambas es muy importante la capacidad de observación y de lograr ponerse en los pies del otro. Yo las siento como expresiones de una misma intención humanista. Hay diferencia en los métodos y en los objetivos, por supuesto, pero también hay muchos puntos de contacto.

¿Cómo comenzó esta pasión por la literatura y la escritura?

Fue un proceso personal, que comenzó, por supuesto, con la lectura. No fui un lector temprano. De niño fui teleadicto. Los libros llegaron en circunstancias difíciles de salud, de inmovilidad, gracias a mi padre, que no era un lector, pero que me quiso regalar libros no sé muy bien por qué. Y ocurrió: me enamoré de las aventuras que había en sus páginas y me convertí en un lector voraz, desordenadísimo. Después algún libro, no recuerdo cuál, me hizo concebir que yo también podía contar historias. Y lo hice muy poco a poco, con mucho pudor, con miedo de escribir tonterías, y de escribirlas mal. Ese temor, 23 años después de la publicación de mi primer libro, todavía me asalta.

El jurado resaltó esa sociedad que esconde “la hipocresía religiosa, los pobres vergonzantes, la homosexualidad femenina y el mundo de los sirvientes”. ¿Con qué se encontrará el lector de ‘Después y antes de Dios’?

Se encontrará con el relato en primera persona de una mujer de mediana edad, adinerada, fea y reprimida, que de pronto suma un error tras otro y termina cometiendo un crimen atroz, y que después de esto siente culpa, pero también una especie de liberación, y de allí en adelante corre aventura tras aventura, preguntándose por sus motivaciones, juzgándose y perdonándose desde una vivencia de la religión muy personal. ‘Después y antes de Dios’ es una novela intensa, a veces por los hechos externos, a veces por las pulsiones internas que agitan a la protagonista.

Hay dos anécdotas iniciales: por un lado, una mujer que asesina a su mamá, y por el otro, un cura que termina armando una pirámide económica. ¿Hay en estas historias una relación con la doble moral que puede generar la fe católica?

Claro que sí. De allí el título, que procede de una expresión de Juan Carlos Onetti, “después y antes del sol”. En el caso de mi novela, es Dios ese después y ese antes de la protagonista. Sus angustias la llevan a revisar su forma de vivir la fe católica, la manera en que lo hacen otras personas, y también a preguntarse cómo la religión puede ser a veces la justificación suficiente para cometer las mayores atrocidades.

(Lea: Una novela hace volver al país del siempre jamás)

En el fondo, el libro hace un retrato de la sociedad conservadora de Manizales. ¿Siente que ha cambiado o sigue igual?

Se han dado cambios, por supuesto. Creo, además, que mi historia se podría desarrollar en muchas ciudades, quizá en todas. Esos núcleos elitistas, conservadores, llenos de hipocresías, no son monopolio de la sociedad manizaleña. Tal vez por eso la novela fue premiada en España y fue escogida para su traducción al inglés por lectores especializados británicos y norteamericanos. Y si uno piensa en la conducta de ciertas sectas islámicas, se hace evidente que en todas partes del mundo se puede vivir la religión de una forma exagerada, fanática. Irreverente, diría yo.

Usted también es un apasionado del cine y la poesía. ¿Siente que ha bebido también de estas dos fuentes para su trabajo narrativo?

Muy claramente. El cine es un vehículo narrativo maravilloso, que tiene muchos contactos con los folletines del siglo XIX, y con géneros literarios que me gustan mucho, como la novela negra. Hay directores de cine que han influido tanto en mí como mis escritores favoritos, y debe haber películas que he visto muchas veces más de las que he leído mis cuentos favoritos. Y la poesía, que practico poco, pero que me acompaña permanentemente, es la base de cualquier proceso de escritura. Solapada, discreta, pero siempre allí, sumando luz hasta a las cosas más terribles.

¿Cómo es esa relación particular de la poesía y la novela?

Es muy diferente. Y es difícil de explicar. Yo casi a diario leo un par de poemas, media docena, y a veces comparto fragmentos por Twitter, pero rara vez la escribo, y el libro que está por salir, ‘Historias clínicas’, es una rareza en mi obra, en gran medida fruto de la experiencia médica. La novela es hoy por hoy, por decirlo de alguna manera, mi cotidianidad. Una cotidianidad que plantea temas más objetivos: el narrador adecuado, las diversas técnicas, el uso del diálogo. Pero en ambos géneros hay que cuidar el ritmo, y hay que encontrar la belleza, sobre todo la más difícil, la oculta, la invisible.

¿Cómo se da en usted el proceso de escritura? Se lo pregunto porque usted es un apasionado de retarse con nuevas estructuras.

El proceso de escritura se da con mucha reflexión previa. Mientras camino, que me gusta mucho, voy imaginando, repitiéndome a mí mismo la voz narrativa que escogí, convenciéndome de que vale la pena contar la historia que me ocupa. Y poniéndome retos, buscando esa forma de hacer más divertido ese juego que para mí es la escritura, sofisticada y difícil, pero juego. A veces tomo notas, hago esquemas, dibujos. Después vienen las horas en el computador y ese dolorcito en los hombros cuando las horas pasan. Y seguir, porque me apasiona el capítulo que estoy terminando.

La violencia reciente está muy presente también en sus libros, como ocurre con ‘Destinos intermedios’, cuando retrató la época del terror del narcotráfico. ¿Qué tanto siente que lo tocó este tema en su vida y cómo se refleja en su narrativa?

Yo hice el rural en el Magdalena Medio, en una época muy complicada, violentísima. Por razones que me es difícil explicar, tal vez como un mecanismo de defensa, viví esa experiencia con mucho desapego, con distancia, pero después volvió como un recuerdo apremiante. Y el reto era contar algo tan doloroso de una manera que fuera atractiva para el lector, no sucumbir al lamento. Por eso me incliné por la novela negra, una forma de narrar muy ágil, pero sin perder la posibilidad de denunciar, de criticar. La conciencia social suele ser un componente fundamental de la mejor novela negra, y ese fue el camino que seguí, primero con ‘Saide’, y después con ‘Destinos intermedios’. Creo que la novela permite entender las circunstancias que hemos vivido de una manera diferente a la crónica o el reportaje televisivo.

(Lea: Tres libros imperdibles sobre la intimidad, la compasión y la aventura)

De otra de sus novelas, ‘Cielo parcialmente nublado’, el escritor Jaime Echeverri comentaba: “Nuestra sociedad vive en una constante paradoja: la guerrilla produce miedo, pero hacer la paz con ella lo produce aún más. Vivimos en una atmósfera de terror, en un mundo azotado y gobernado mediante el miedo. (...) Escobar indaga y expone con lucidez esta particular manera de enfrentar la realidad”. ¿Qué lectura hace ahora, cuando todo ese ideario de firmar la paz, de las épocas de San Vicente del Caguán, por fin se hace realidad?

‘Cielo parcialmente nublado’ describe ese clima de aprensión previo a la instalación de la mesas del Caguán, en una Colombia un poco más difícil, recién salida del cuestionado gobierno de Ernesto Samper, en el que tanta gente se fue al exterior, y con las Farc mucho más fuertes de lo que lo son ahora. Pero allí están los argumentos, los terrores, las exaltaciones que se están viviendo en estos días. El miedo ha sido parte de nuestra cotidianidad durante tanto tiempo que parece que sintiéramos que nos hace falta. Es una novela en tono menor, muy poco novelesca, que se centra en esos pequeños miedos de todos los días, que son parte de nuestra idiosincrasia, y que ojalá desaparezcan.

CARLOS RESTREPO
Redactor de EL TIEMPO

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