Martín Caparrós quiere decir todo en su nuevo libro 'Lacrónica'

Martín Caparrós quiere decir todo en su nuevo libro 'Lacrónica'

El escritor acopia 22 textos de su obra periodística, que lo ha llevado por todo el planeta.

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Caparrós (Buenos Aires, 1957) se graduó en Historia en París y ha sido traductor de Voltaire y Shakespeare.

Foto:

Juan Manuel Vargas /EL TIEMPO

31 de agosto 2016 , 11:43 p.m.

Quizás fuera alto, como se ve en las fotos, pero resultó muy muy alto, cabeza rasurada de frente a cuello, poblados mostachos, antebrazos velludos, ojos color avellana, todo de negro hasta los pies vestido. Se diría un sesentón Yul Brynner, el protagonista de Tarás Bulba, la cinta sobre la novela de Pushkin, y el faraón de Los Diez Mandamientos.

Rudo de lucha libre o ‘harlista’ avezado, Martín Caparrós es uno de los tres o cuatro ‘popes’ de la crónica seria latinoamericana de hoy. (Ver: 'Hay que vivir con la conciencia de que todo se acaba')

Desde los años 90, Colombia le introdujo unos cuantos datos en su vida viajera: “Tuve una novia colombiana, pero después volví invitado por la Fundación Nuevo Periodismo”. Conoce de punta a punta el país, su música, sus laberintos sociales y políticos.

Caparrós se expresa en muchísimas páginas; 539 tiene su más reciente libro, Lacrónica: “una reflexión sobre 30, 40 años de trabajo”. El hambre, su investigación que lo llevó a nueve países de Europa, África y América, 624; La historia, su novela monumental, 939, y así. EL TIEMPO lo entrevistó el 24 de agosto, día en que se conoció el acuerdo, al cabo de las conversaciones de La Habana.

¿Qué sintió con lo que está pasando en Colombia?

Estoy muy impresionado. Que finalmente pueda terminar un proceso tan largo, que complicó tanto la vida del país durante medio siglo, es un gran momento. Pero es una especie de etapa casi final, pero no final. Deja una sensación en la que no sabes si por un lado todo puede ser muy importante y por otro lado puede quedar en nada, si dentro de un mes el Sí no gana el plebiscito. Entonces tampoco es que se pueda celebrar como algo ya concluyente. Deja una sensación de júbilo suspendido.

Y acabo de descubrir que, de casualidad, voy a estar aquí el 2 de octubre. Justamente está el Festival García Márquez, que organiza la Fundación en Medellín todos los años y precisamente termina el 2 de octubre, el día del plebiscito.

Martín, ¿por qué ‘Lacrónica’ salió primero en España?

Salió a fines del año pasado. En realidad el libro se originó en el pedido de un escritor y periodista español, Juan Cruz, un poeta muy reputado en España, que estaba fundando una pequeña editorial y me llamó. Y me preguntó si quería hacer una selección de crónicas para publicar en su editorial. Yo no lo había pensado, pero como es un buen amigo le dije que sí. Cuando empecé a armar esa selección y a mirar qué pondría, se me empezaron a ocurrir una serie de comentarios y reflexiones y pequeñas historias alrededor de esos textos, sobre cómo los había hecho, sobre cómo me parecía interesante trabajar... Al final el libro se transformó totalmente, ya no es una selección desnuda de crónicas, sino una reflexión sobre cómo se hacen. Y salió. Después, como quería que circulara por América Latina armamos esta edición, que salió en Argentina hace tres meses y ahora sale en México y Colombia, publicada por Planeta. (Además: 'Frente al hambre, la democracia no garantiza nada': Martín Caparrós)

En el libro cuenta que, muy joven, llegó a la redacción de ‘Noticias’ como fotógrafo. Y allí estaban escritores como Rodolfo Walsh (‘Operación Masacre’) y Juan Gelman, ¿cómo fue eso?

Yo no lo podía creer. Era el sueño del pibe. Era gente que yo admiraba desde que era muy chico, tenía dieciséis años, pero los había leído mucho. Eran algunos de los escritores que yo más admiraba, y de pronto estaba trabajando con ellos. Lo que más me sorprendía era que me pagaran a fin de mes por hacer eso; yo habría pagado fortunas por hacerlo.

¿Qué conoció de Walsh?

Él era mi jefe, pues dirigía la sección policial, en la que empecé a trabajar. Siempre he creído que aprendí más de él leyéndolo que teniéndolo como jefe. De los buenos escritores se aprende leyéndolos. Pero teniéndolo ahí todo el día, hay cositas que uno va aprendiendo. Sobre todo algo que parece una perogrullada y es que conviene saber de lo que uno habla. Nosotros recibíamos a diario un parte de la Policía sobre sus movimientos internos y cuestiones institucionales. Algo que miraba yo y no me servía para nada. En cambio lo miraba Rodolfo y como él conocía muy bien la institución policial, eso le permitía armar cruces y relaciones de las que después salían notas y temas. Claro, porque él sabía. Saber de lo que uno está trabajando hace toda la diferencia.

Siendo un periodista que se hizo haciendo periodismo, ¿qué piensa de las facultades de periodismo?

Era la época en que no se aprendía periodismo en las escuelas, sino en el trabajo. Es el sistema que yo conozco. Después enseñé en escuelas de periodismo y no estoy en contra de que existan, pero tengo la sensación de que la técnica necesaria para hacer periodismo se aprende en seis meses y el resto se podría dedicar a aprender uno ciertas cosas de cultura general. Creo que lo que usted necesita saber es un poco de muchas cosas. No sé en qué medida las escuelas de periodismo las enseñen: economía, literatura, sociología, política contemporánea, yo haría eso. Daría 10 materias que te cuenten el mundo y una que transmita esas técnicas, que son relativamente simples de aprender. Y creo que no hay mejor escuela que leer, leer, leer, mucho más que cualquiera otra. Algo que en las escuelas se hace hoy mucho menos de lo que se debería.

¿Leer qué?

Todo tipo de cosas. Para empezar, porque uno aprende cosas. Para seguir, porque uno aprende maneras, estilos, formas de la prosa, y, para terminar, porque leer es la forma de aprender a estructurar el pensamiento, a armar un discurso coherente. Leer es básico, lo que sea: periodismo, novelas, ensayos, poesía... (Ryszard) Kapuscinski decía, en una entrevista que sale también en el libro, que leía básicamente poesía. Te da una relación con el lenguaje que después se nota.

En Facebook circula una frase suya en la cual dice que hay periodistas que pretenden llamarse periodistas sin leer.
Me sorprendo mucho cuando voy a escuelas y les pregunto a los chicos: ‘¿Qué están leyendo?’. Y veo las caras de terror y palidecen. Les digo ‘pero si ustedes quieren tocar la guitarra tienen que escuchar música. Lo primero es tener un feeling de aquello a lo que uno quiere llegar’.

A un periodista colombiano famoso le preguntaron qué leía cuando se formaba y respondió: ‘¿Usted cree que si me hubiera puesto a leer sería el periodista que soy?’.

(Risas) ¿En serio? ¿Quién es?, ¿quién es?

Después le cuento... ¿‘Lacrónica’ es, además de una antología de crónicas y reportajes, una autobiografía profesional?

Sí, como una memoria de mi vida laboral.

¿En algún momento sintió pudor de este factor autobiográfico?

No. Me parece que es un libro bastante púdico, en una época en la que se hace mucha literatura del yo. Contarse está muy de moda. Yo no hablo mucho de mí, hablo de mi trabajo, que no es lo mismo. Es una parte, pero hay muchas otras que quedan fuera. Así que no tuve esa sensación de estar exhibiéndome.

De los personajes de estas crónicas, ¿cuál le gusta más?

Hay dos entrevistas en el libro: Rulfo y Kapuscinski. Más de una vez coqueteé con la idea de publicar un libro de entrevistas, porque entrevistaba a gente interesante. Pero quise incluir estas entrevistas aquí porque es un recorrido por distintas formas de contar en periodismo, esa es una y me interesaba utilizarla. Con respecto a la entrevista de Rulfo, en realidad lo que me impresiona mucho (ahí sí soy yo) es ese jovencito impertinente que le enmienda la plana al maestro con una mala educación que ahora, si yo lo viera, le pego tres cachetazos. O le digo que se vaya al rincón a pasar vergüenzas. Ahora me daría vergüenza lo que le hizo ese jovencito al gran escritor Juan Rulfo. Por eso me interesaba ponerlo, para mostrar esas flaquezas.

En el epílogo relata que Tomás Eloy Martínez le reclamaba porque usted no ‘inventaba’ lo suficiente. ¿Cuáles son los límites de lo literario ficticio en una crónica?

Hay un compromiso fundamental con el lector; cuando uno le dice esto no es ficción, esto es periodismo, se está comprometiendo a contar todo aquello que uno cree que es verdad, todo aquello que me pude averiguar sobre un tema. En lo que no creo es en la verdad notarial de que sea importante si tu chaqueta o era verde. A menos que tú seas un coronel del ejército, entonces ese hecho sí es un dato importante para la historia. El compromiso es no falsear ningún hecho ni ninguna charla.

En su libro dice que ‘la palabra no muestra, construye, reflexiona, sugiere’. ¿Qué quiere decir?
En esta especie de combate entre lo audiovisual y lo escrito, es evidente que lo audiovisual tiene ventajas que la palabra no tiene. Si quieres darle a alguien la idea de cómo es este lugar, una foto o un fragmento de película siempre será más preciso que cualquier descripción que puedas hacer. Pero la descripción que puedas hacer va a tener un conjunto de elementos que esa foto o ese video no tendrá. Entonces aprovechemos las calidades intrínsecas de la palabra, en vez de tratar de pelear con esos medios con sus armas.

Describe la entrevista como una puesta en escena...

Es una simulación. En última instancia, lo que estamos haciendo es ocupar roles. Los dos simulamos que estamos conversando, y yo te estoy diciendo cosas para que tú se las cuentes a los lectores. Eres la manera como unos cuantos miles de personas van a saber lo que yo digo, y tú me estás preguntando porque te pagan para eso, pero los dos simulamos que estamos charlando porque nos interesa. Además nos interesa. Pero la razón principal es la otra. En medio de esta falsa breve amistad que la entrevista produce, tienes esa especie de patente de corso para preguntar cosas que no le preguntarías ni a tu mejor amigo (risas). Estás legitimado para hacerlo.

Voy a hacer uso de ese fuero: ¿por qué escribe libros tan gordos?

Eso es lo mismo que me dice mi editor siempre. ¡Otra vez! Yo sé que es una tontería. Tengo esta ambición idiota de agotar las investigaciones. Sería más inteligente sugerir, pasar un poco más por encima y darte la sensación de que podría haber dicho mucho más. Pero no puedo, sigo y sigo y sigo, quiero contar todo. 

FRANCISCO CELIS ALBÁN
Editor EL TIEMPO

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