‘No soy ni un pesimista ni un optimista, soy un posibilista’: Bregman

‘No soy ni un pesimista ni un optimista, soy un posibilista’: Bregman

Charla con el historiador que entró en el debate ideológico con su ensayo ‘Utopía para realistas’.

Rutger Bregman, historiador holandés

Rutger Bregman es un defensor de la renta básica y la reducción de la jornada laboral.

Foto:

Yomaira Grandett / EL TIEMPO

11 de marzo 2018 , 10:15 p.m.

Si tomamos como referencia al propio Rutger Bregman (Westerschouwen, Holanda, 1988) la conclusión es la de que el mundo actual no es en blanco y negro, sino de una amplia gama de grises.

Ante, por ejemplo, la frase de “la juventud es superficial y no estudia”, él es una prueba de lo contrario: nacido un año antes de la caída del muro de Berlín, sus agudos análisis lo convirtieron en un intelectual que se ha ido ganado el respeto internacional.

Bregman entró en la escena pública hace apenas cuatro años, cuando publicó su ensayo ‘Utopía para realistas’. El texto, divulgado primero en internet, en la web ‘The Correspondent’, llamó la atención de la industria editorial, que lo llevó al papel con un éxito en ventas. Su autor, por su parte, viaja ahora de aquí para allá a foros, conversaciones y charlas en las que habla de su obra, que para algunos brilla por sus contradicciones.

Por ejemplo, exhorta a los gobiernos a otorgar “la renta básica”, que, en su opinión, debe ser “un complemento de las partes fundamentales de la sociedad del bienestar, que debería añadirse a la salud y la educación pública”, en línea con los discursos de dirigentes políticos de izquierda, pero, de inmediato, él mismo riposta: “La izquierda está equivocada”.

Entonces explica: “El problema de la izquierda hoy es que solo sabe a qué se opone. Se ha quedado en una noción muy paternalista, de ayudar a quien lo necesita. Debemos darle la vuelta a ese discurso por completo. Por ejemplo, reivindicar la meritocracia. Si nos la tomamos en serio, muchos maestros deberían cobrar más y muchos banqueros tener incluso un sueldo negativo por destruir riqueza. Ese es el discurso que necesitamos para combatir la desigualdad”.

El problema de la izquierda hoy es que solo sabe a qué se opone. Se ha quedado en una noción muy paternalista, de ayudar a quien lo necesita. Debemos darle la vuelta a ese discurso por completo

Bregman es un adalid de construir un mundo en el que a los pobres no se los juzgue como gente que carece de carácter (como dicen que pensaba Margaret Thatcher), sino que se los vea simplemente como gente que no tiene dinero.

Su libro ‘Utopía para realistas’, que presentó en Colombia y del cual charló en el Hay Festival de Cartagena, está lleno de ejemplos, de citas de experimentos sociales de dar un dinero básico, sin condiciones, a vagabundos consumados o a familias en estrechez económica que dieron, invariablemente, datos opuestos de los que vaticinan los discursos.

“Los pobres son los auténticos expertos en sus propias vidas. Creo en la libertad individual, y la gente sabe qué debe hacer con su vida, pero ahora vivimos de lleno en una sociedad de burócratas y paternalistas. Las investigaciones demuestran que lo mejor es dar directamente el dinero a quien lo necesita, en lugar de destinarlo a inspectores y burocracia. A mucha gente le preocupa que la renta básica se derroche en drogas o alcohol, pero en el pasado ha habido experiencias que concluyen que ha funcionado sobradamente bien”, dice.

Mientras los “expertos en fortuna” suelen afirmar que si alguien gana un dinero libre de control de inspectores estatales, este suele malgastarse, en distintas ciudades, como Dauphin, en Winnipeg (Canadá), en los 70, o estados como Uthah, en Estados Unidos, demostraron que no solo se podía acabar la pobreza con la simple solución de dar dinero a los pobres, sino que se veían cambios positivos en índices como el de cociente intelectual y la salud (que aumentaban) o los de violencia, delincuencia y consumo de drogas (que disminuían).

Bregman cuenta que empezó a escribir por una búsqueda individual y del mundo que le correspondió: “La gente de mi generación básicamente no tenía con qué soñar en términos de utopía”.

Su libro lo explica en las primeras páginas con la primera comparación: la utopía medieval era el “país de la Cucaña”, una “tierra de leche y miel (...) donde fluía el vino por los ríos, los gansos asados volaban al alcance de la mano, en los árboles crecían panqueques y del cielo llovían calientes pasteles. Campesinos, artesanos, clérigos: todos eran iguales y disfrutaban juntos bajo el sol”, reza el texto.

Después de tal descripción, Bregman recoge el análisis de su compatriota Herman Pleij: “La Europa occidental moderna se parece mucho a una Cucaña auténtica. Hay comida rápida disponible las 24 horas del día, aire acondicionado, amor libre, ingresos sin trabajar y cirugía plástica para prolongar la juventud”.

Bregman explica que en el mundo hay más gente enferma de obesidad que de hambre, que hay menos homicidios que en la Edad Media, y ha estudiado tanto el tema que su lista de cambios ocurridos, sobre todo en los dos últimos siglos, sería interminable. “Ante esto –continúa el historiador en entrevista con EL TIEMPO–, la sensación de mi generación era que estábamos al final de la historia. Ya no teníamos sueños grandes. Entonces, llegaron el 2008, con el crac financiero, y luego el 2016, con el ‘brexit’ y Donald Trump. Y, de repente, estuvo claro para millones de personas que necesitamos nuevas ideas y reformular la forma como pensamos”.

“Cuando estudiaba, me di cuenta de lo importantes que fueron el fin de la esclavitud, la llegada de la democracia, la seguridad, los derechos de igualdad entre mujeres y hombres –dice el autor–; todas fueron utopías, y por eso empecé a escribir el libro. Oscar Wilde decía que “el progreso de hoy es la realización de las utopías”, frase con la que comienzo el libro. Vivimos en el momento de más progreso, y justo hoy necesitamos más utopías”.

¿Por qué?

Una vez alcanzas la utopía, necesitas una nueva. Uno siempre está anhelando llegar a un ideal; no es un lugar real, sino uno al que casi llega; y si uno llegase, la gracia sería volver a repensarlo. El problema es que nos estamos quedando sin nuevas ideas, pensamientos y metas.

Su libro hace énfasis en que ahora somos más sanos y hasta más bonitos...


Es importante recordar lo lejos que se ha llegado. En los últimos años hemos hecho muchos progresos, pero las noticias mismas se han encargado de enfatizar el lado negativo a la mayoría. Sin embargo, estamos en una de las mejores etapas en las que hemos vivido. Somos más ricos, la tecnología está avanzada, somos increíblemente saludables; eso solo se descubre cuando ves toda la foto y dejas de concentrarte en lo negativo. Por eso, mi consejo es no mirar noticieros.

Somos más ricos, la tecnología está avanzada, somos increíblemente saludables; eso solo se descubre cuando ves toda la foto y dejas de concentrarte en lo negativo

No mirarlos porque están llenos de malas noticias, afirma en su libro. Las buenas noticias no tienen ‘rating’...

Pienso que es de la naturaleza humana enfocarse en noticias negativas por dos razones. Una, la supervivencia. Dos, porque las noticias recogen lo excepcional con respecto a lo cotidiano. Por eso se realzan las cosas malas. Un noticiero no te dirá que la mortalidad natal disminuyó en el mundo, porque eso pasa todos los días. Pienso que hay que encontrar nuevas formas de periodismo para darles importancia a todas las cosas.

¿Cuál sería su propuesta sobre esas nuevas formas de hacer periodismo?

He trabajado como periodista en un periódico en línea en Holanda, ‘The Correspondent’. El editor me dio la libertad de escribir sobre lo que yo quisiera, sobre lo que pensara que era relevante. Esto comienza por empezar a darles libertad a los periodistas de escribir desde su punto de vista y, en vez de concentrarse solo en el hoy, mirar un poquito hacia afuera y comparar los antecedentes o lo que ha pasado en los últimos 20 años.

Dinero gratis para todos

Bregman es partidario de darles dinero, sin condiciones, a los pobres, ya que ellos saben mejor lo que necesitan que cualquier trabajador social. Y muestra casos como el de 13 indigentes de Londres, que en el 2009 recibieron un rescate financiero incondicional, y, un año después, siete de ellos tenían techo sobre sus cabezas, gastando mucho menos de lo que el Estado solía emplear en proyectos sociales de rehabilitación para ellos cada año.

Su libro hace mucho énfasis en casos como estos...

Hay que mirar la evidencia científica, y en el libro la uso porque se hicieron varios experimentos de darles dinero a los pobres, y funcionó. Tal vez porque no veo noticias encuentro que hay tanta persona creativa, con tanto potencial, que puede hacer tantas cosas que no hace porque no tiene cómo.

En cuanto a la idea de que los pobres no sabrían aprovechar el dinero, ¿cuál es la base de esa opinión? ¿La especulación? Los experimentos muestran otro resultado.

Usted hace énfasis en la necesidad de nuevas utopías; sin embargo, también advierte la relación entre estas y el fanatismo...

En la universidad me enseñaron que las utopías eran peligrosas, que terminaban siendo violentas, que quienes las lideraban eran arrogantes porque creían saber qué era mejor para la sociedad.

Esa era la reputación que tenían. De hecho, a veces es verdad, tenemos los ejemplos de Hitler y Musolini. Muchos sueños utópicos terminaron mal. De ellos debemos estar conscientes para aprender. Sin embargo, propongo otro tipo de utopías, donde hay una visión de un mundo mejor.

¿Cuál es, entonces, su utopía?

Esencialmente, la idea de libertad, poder hacer con la vida lo que uno quiera. Muchas personas piensan que no tienen ese derecho. Obviamente, incluyo el ingreso básico universal, es la esencia del libro. También, un cambio en la forma como pensamos del trabajo. La sensación de libertad no debería ser reservada para unos pocos privilegiados y suertudos.

Da la impresión de ser una persona optimista en términos en los que el público está francamente preocupado. Por ejemplo: usted afirma que somos saludables, y, sin embargo, el entorno nos bombardea diciendo que mucha de nuestra comida hoy es dañina...

Deberías botar la televisión. Deshazte de eso, porque ya dije: las notas periodísticas se centran en las excepciones. Te hablan de guerra, pero desde 1946 las guerras mundiales han bajado en un 60 por ciento.

Por las noticias, todos piensan que el mundo está en guerra. Mi libro es un antídoto para lo que nos están dando. No soy ni un pesimista ni un optimista, soy un posibilista.

Pienso que todo puede cambiar, todo puede estar mejor, nada puede estar asegurado, pero sí se puede cambiar siempre y cuando estemos dispuestos, apaguemos nuestra televisión, salgamos a conocer gente y andemos por el mundo.

LILIANA ANGÉLICA MARTÍNEZ POLO
EL TIEMPO
En Twitter: @lilangmartin

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