‘Hay que reconocer el papel que las emociones tienen en la democracia’

‘Hay que reconocer el papel que las emociones tienen en la democracia’

Manuel Arias atribuye el regreso a la política del populismo a una exacerbación de las emociones.

Obra de Banksy

‘La democracia sentimental’ tiene como portada una obra del artista callejero Banksy.

Foto:

Thomas Coex / AFP

26 de mayo 2018 , 10:55 p.m.

El filósofo español Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) comienza su libro –‘La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI’– contando una historia: en julio de 2015, una niña palestina de 14 años que había llegado a Alemania en 2011 desde un campo de refugiados en el Líbano le preguntó a la canciller alemana, Angela Merkel, por qué se demoraba tanto la respuesta a la solicitud de asilo que habían presentado sus padres. Merkel le dijo que la demora era inaceptable, pero también le aclaró que el Líbano no era un país en guerra y que, “por desgracia”, es imposible dar asilo a todos.

“Al oír eso, la chica rompió a llorar de forma desconsolada”, relata Arias. “La canciller se aproximó entonces para acariciarla con cierta torpeza y, después de ser interpelada por el moderador, dijo que entendía perfectamente la dureza de la situación. De manera inmediata, en medios de comunicación y redes sociales, Merkel fue criticada por su falta de empatía.

Espectador enfurecido

Arias Maldonado es profesor de ciencia política, aunque su libro queda mejor inscrito en la teoría o filosofía política. Académico en la Universidad de Málaga y colaborador de medios como ‘Letras Libres’ y ‘Revista de Libros de España’, en el volumen relata la escena entre Merkel y la niña palestina para graficar el conflicto entre razón y emoción; el que, dice, se ha agudizado en el último tiempo y, según la tesis del libro, estaría detrás de la “reaparición de viejos fantasmas políticos”; a saber, “el nacionalismo, la xenofobia, el populismo”.

El voto del Reino Unido para abandonar la Unión Europea, las políticas de algunos países en Europa para limitar el ingreso de migrantes (incluso de trabajadores europeos), “el nacionalismo secesionista” y la elección de Trump son fenómenos que apuntan “hacia un movimiento de introversión agresiva dominado por las emociones antes que por la razón”, dice Arias en su libro.

La apelación a la emoción y el espectáculo no es nueva en política. En la primera mitad del siglo XX, el filósofo alemán Walter Benjamin hablaba de la “estetización” de la política, y antes podemos pensar en el Romanticismo, al que Arias le dedica algunas páginas. Sin embargo, el ensayo del filósofo español reconoce una novedad en el mundo actual, el de Trump o el lepenismo, el de la llamada “posverdad” o “sociedad posfactual” y el de la disruptiva influencia de las redes sociales y las nuevas tecnologías en la democracia. De hecho, Arias habla de la “sentimentalización digital” y del “espectador enfurecido”.

La elección de Trump, entre otros, son fenómenos que apuntan hacia un movimiento de introversión agresiva dominado por las emociones antes que por la razón

¿Qué caracteriza a la democracia sentimental?

Hablar de ‘democracia sentimental’, a mi juicio, está justificado por al menos dos razones. Una es que las emociones políticas han cobrado una nueva fuerza desde el estallido de la crisis (económica de 2008), como demuestran el ascenso del populismo y el rearme nacionalista, así como, en la línea de lo que usted señala, el nuevo protagonismo en la conversación pública de unas redes sociales en donde la expresividad emocional prima sobre el diálogo racional. Otra es que sabemos más que antes acerca de las emociones y su formidable influencia sobre las percepciones y las decisiones individuales, lo que nos permite reconocer su importancia con mayor claridad que antes: el fenómeno no es nuevo, pero tenemos otros instrumentos para estudiarlo, y lo conceptualizamos de otro modo.

Usted habla de un ‘sujeto postsoberano’ ¿Por qué es un concepto paradójico?

El sujeto ha sido siempre postsoberano; o sea, menos capaz de decidir racionalmente sin interferencias afectivas. A pesar de las tempranas advertencias de pensadores tan relevantes como Nietzsche, Hume o Freud, es ahora, en buena medida gracias al ambiguo impacto de las neurociencias y más en general tras el giro afectivo de las ciencias sociales, cuando tomamos plena conciencia de ello. Y es paradójico precisamente por eso: porque tomar conciencia de nuestras limitaciones racionales, si se mira bien, es una ganancia en autoconsciencia y no lo contrario. Descubriendo que somos menos autónomos de lo previsto, descubrimos que una de las premisas de nuestra acción política es falsa, y eso abre el camino a su futura corrección.

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A propósito de la “sentimentalización de la conversación pública”, valga decir que Arias reconoce la crisis de mediación entre la clase política y la ciudadanía, la mentada crisis de representación. “El resultado –dice en el libro– es una amalgama de pasiones e hipérboles que se parece bien poco a la esfera pública sosegada que soñaron los ilustrados como fundamento para nuestras democracias representativas”.

¿La democracia representativa se ha hecho cargo del ‘giro afectivo’ o es una ‘tecnología’ obsoleta?

Me temo que la democracia representativa, cuya obsolescencia no tiene remedio aunque corre el peligro de exagerarse, se ha hecho cargo del giro afectivo demasiado bien... Los partidos y movimientos que operan en su interior llevan ya un tiempo, a la manera de la publicidad comercial, explotando el flanco emocional de sus ciudadanos, y lo hacen porque funciona. La digitalización lleva este rasgo hasta el paroxismo, revelándonos de paso la superficialidad de la opinión pública democrática y vacunándonos, o así debería ser, contra la idealización de los públicos de masas. En todo caso, hay que tener en cuenta dos cosas: una, que la democracia representativa de hoy no es la del siglo XIX, pues ha hecho sitio en su marco institucional a la acción de los movimientos sociales y a la presión de la opinión pública de masas, y dos, que no hay alternativa a la representación si del gobierno democrático de las sociedades pluralistas y complejas hablamos: sencillamente no hay otra forma de hacerlo, por defectuoso que pueda ser, o parecernos, el cuerpo institucional y de normas que ahora utilizamos para gobernarnos colectivamente.

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Entre los extremos de un sujeto puramente racional y autónomo y uno entregado a las pasiones y al colectivo, Arias habla de “reconocer que las emociones, más que las razones, juegan un papel decisivo en nuestra esfera pública”. En ese contexto habla de un “liberalismo pragmático” y de un “ironismo melancólico”. Aunque: “Debo aclarar –dice Arias– que, sí, hay que reconocer el papel de las emociones, si es posible sin demonizarlas ni establecer separaciones tajantes entre razones y emociones, pero con objeto de acotar el papel de las segundas en el gobierno democrático. Hablar de un liberalismo pragmático es hablar de un liberalismo no dogmático que defiende una sociedad abierta y se esfuerza por acomodar dentro de sus esquemas teóricos la vida emocional de los sujetos y las colectividades. El ironismo melancólico constituye un tipo de ideal de subjetividad, un modelo para la construcción de sujetos democráticos contemporáneos. Deberíamos ser irónicos, en el sentido de aceptar el pluralismo social y asumir que nuestras creencias no son las únicas legítimas, tomando distancia de paso respecto de unas y otras, y melancólicos, o sea, aceptar como premisa que la política no lo puede todo ni tiene la función de hacernos felices, sino que tiene una potencia transformadora limitada y jamás logrará hacer realidad el sueño de la armonía universal. Esta noción se apoya por igual en el liberalismo clásico de corte anglosajón, de Mill a Berlin y Rorty, tanto como en el antifundacionalismo de filósofos como Nietzsche”.

Reconocer que las emociones, más que las razones, juegan un papel decisivo en nuestra esfera pública. En ese contexto habla de un 'liberalismo pragmático' y de un 'ironismo melancólico'

Uno de los epígrafes que Arias eligió para su libro corresponde a unas palabras del escritor y ensayista austriaco Jean Améry (1912-1978), sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz; dice: “¿Emociones? ¡Sea! ¿Dónde está escrito que la Ilustración deba ser desapasionada? En verdad, es todo lo contrario. La Ilustración solo podrá cumplir su tarea si obra con pasión”. La pregunta, entonces, es si basta el ironismo melancólico y el liberalismo pragmático para hacer frente a quienes actúan movidos por convicciones, y hasta por certezas fanáticas”.

O, en otras palabras, además de ironía y melancolía, ¿no será que le falta pasión a la democracia?

Uno de los objetivos de mi libro es reflexionar acerca de la desventaja propagandística que la democracia liberal padece frente a sus más apasionados rivales: aquella es fría, estos son calientes. Y, desde luego, la ironía y la melancolía no son herramientas de masas. El problema estriba en cómo inyectar pasión a la democracia liberal sin desnaturalizarla. No tengo una respuesta para ello ni me convencen los intentos teóricos realizados últimamente en ese sentido (como el de Martha Nussbaum). Tal vez, solo en el marco de una amenaza mortal para la democracia, como la que representan los llamados ‘regímenes iliberales’, pueda recuperarse aquella pasión democrática que hemos encontrado en los procesos de transición de las dictaduras a las democracias o, incluso, durante la Guerra Fría. Pero la incógnita está en si los ciudadanos son de verdad demócratas: si prefieren la democracia como régimen de libertades y garantías al margen de sus resultados socioeconómicos, o si eran estos resultados, junto con la amenaza percibida para la propia identidad por la globalización o los procesos de inmigración, las únicas razones para que apoyaran a la democracia por delante de sus alternativas. Es una posibilidad inquietante.

JUAN RODRÍGUEZ M.
EL MERCURIO (Chile) - GDA
En Twitter: @ElMercurio_cl

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