El desafío de narrar el amor sin caer en la pornografía

El desafío de narrar el amor sin caer en la pornografía

El chileno Carlos Franz habla de su novela ‘Si te vieras con mi ojos’, basada en un hecho real.

Carlos Franz

Franz nació en Ginebra, Suiza, en 1959 y fue agregado cultural de Chile en España.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

12 de marzo 2017 , 02:20 a.m.

La metáfora presente en el primer párrafo de ‘Si te vieras con mis ojos’, la novela de Carlos Franz, sintetiza el tono de las páginas posteriores. Es la primera pincelada de erotismo en un relato de ficción basado en hechos reales.

La historia es la relación amorosa entre el pintor alemán Johann Moritz Rugendas (Mauricio Rugendas) y Carmen Arriagada, casada con un héroe de la Independencia, que tiene lugar en Valparaíso (Chile).

El artista germano dejó imágenes costumbristas y paisajes chilenos del siglo XIX. Arriagada, en cambio, fue olvidada por la historia hasta que sus cartas hablaron por ella.

Halladas un siglo después por un heredero de Rugendas, descubrieron un talento epistolar que Franz califica “de primer orden”. Y fueron la inspiración de ‘Si te vieras con mis ojos’, obra que el año pasado ganó el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.

La promoción derivada del galardón trajo a Franz a Colombia para hablar sobre su cuarta novela.

“Me gusta correr riesgos en mis libros, explorar nuevos territorios –dice el escritor chileno, de 57 años, sobre el tono de su narración–. El desafío es bordear la pornografía al escribir una novela de amor que también tiene su contenido erótico y no teme representar los actos sexuales. Me gusta construir novelas equilibradas, donde toda la estructura esté unida por los motivos principales. Y claro, en la primera escena, a la llegada del pintor a Valparaíso, hay una manera de mirar el paisaje del puerto que también es sensual, que es la penetración de ese hombre y de esa mirada en el paisaje que lo acoge”.

Durante mucho tiempo buscó una historia de amor que contar. ¿Qué lo llevó a decidirse por esta?

Quería escribir una novela de amor desde hace más de 20 años. Abordé el tema en novelas anteriores, pero no como centro. Me gusta escribir de cosas que me importan y tenía una carga de experiencias amorosas y eróticas que deseaba expresar. Mi madre me dijo que tenía un gran tema en la historia de Rugendas y Carmen Arriagada, que no había sido novelada.

Una historia que se conoce por las cartas de Carmen...

Como ella era casada, destruyó las cartas de él. En cambio, Rugendas guardó las de Carmen toda su vida. Aparecieron en 1950 y se publicaron. Entonces tuvimos el maravilloso descubrimiento de una de las grandes escritoras latinoamericanas del siglo XIX. Son más que cartas de amor: le cuenta a Rugendas toda su existencia, las personas que conoce, las lecturas que hace, los sentimientos que le provocan los acontecimientos políticos…

Pero sigue siendo un talento escondido…

Es conocida, pero no lo suficiente. En otras literaturas lo epistolar es un género, aquí se mira menos. Madame de Sévigné, famosa por las cartas a su hija, es de las grandes de la literatura francesa. A Arriagada, que no ha sido lo suficientemente rescatada, deberíamos considerarla de primer orden.

Da la impresión de que la mujer fuera más libre de lo que se pensaba en esa época.

No me interesa retratar la verdad de esos tiempos. Pero sí creo que en aquel periodo romántico, que además es de anarquía y vacío de poder en Latinoamérica, hubo más libertad sexual de la que reconocemos. La gente contemporánea cree haber inventado el sexo.

El científico inglés Charles Darwin también es un personaje de su novela. ¿Qué tan real es su presencia?

Es el cuarto en cuestión, porque hay que contar al marido de Carmen. Está Rugendas y está Darwin, que coincidió históricamente con esta pareja. Llegó a Chile a bordo del Beagle, desembarcó en Valparaíso y pasó tiempo ahí. Lo que hice fue inventar la relación, meterlo en el triángulo. Entonces, vi que tenía una novela original, porque se oponen dos visiones del amor.

¿Cuáles?

Me gusta que las novelas tengan una dimensión de ideas, que no sean solo un relato. Aquí se oponen dos visiones: una romántica, del pintor, y la racionalista científica del naturalista Darwin. Él cree que el amor es un engaño de la naturaleza para empujarnos a reproducirnos y, por tanto, no debemos dejarnos llevar. Rugendas piensa que el amor es una pasión y que hay que dejarse llevar por ella. Las visiones chocan y le dan a la novela una profundidad mayor.

¿Por qué tardó tanto en hacer esta novela de amor?

Antes abordé otros temas. El lugar donde estuvo el paraíso explora el amor filial. Otra, El desierto, tiene trasfondo político.

¿Cuál le costó más?

Me costó más escribir ‘El desierto’. Tuve que enfrentar temas dolorosos, como la violación de derechos humanos y los desaparecidos, sin que fuera otra historia más de dictadura, sino con dimensión filosófica. No soy quién para juzgar si lo logré. Tomó años escribirla. Con esta pasé 20 años tomando apuntes y la escribí en tres años. Todos mis libros significan una evolución personal: tengo que crecer lo suficiente para poder contarlos. Si no, cómo les pido atención a los lectores y les digo: “Léanme”. El único título verdadero, aparte de escribir bien, es asegurarle al lector que uno ha profundizado y que ha tratado de aprender, muchas veces con dolor y sacrificio, sobre los temas de los que está escribiendo.

Usted no es un autor que saque una novela por año. Así que, por larga que sea la vida, le quedarán temas en el tintero…


Escribo novelas cada cinco o seis años. Lo más importante es no avergonzarse de los libros que uno ha publicado. Tengo amigos que han publicado mucho y no quieren ni oír hablar de varios de sus libros. En cambio, me siento satisfecho de poder leer sin vergüenza todos mis libros.

¿Por qué le cambió el apellido a Carmen?

En el libro se llama Carmen Lisperguer. Como ella narra la historia, es el eje, fue el personaje con el que me tomé más libertades y me pareció necesario marcar esa diferencia. También cambié el del marido. Mantuve a Rugendas y a Darwin porque son conocidos y para qué disimular su origen. No tengo empacho en cambiar la historia, para eso escribo ficción. La narrativa tiene tan poco poder en el mundo real, que al menos nos queda este, el de cambiar la realidad a nuestro antojo en la ficción.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Redactora de EL TIEMPO

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