‘Mi vida podría ser una road movie’: Gustavo Santaolalla

‘Mi vida podría ser una road movie’: Gustavo Santaolalla

El músico, ganador de dos Óscar, quería ser cura, pero una guitarra eléctrica cambió su destino.

Gustavo Santaolalla, músico argentino

Santaolalla se fue de Argentina poco antes de cumplir los 30 años, en plena dictadura militar. Desde entonces vive en Los Ángeles.

Foto:

Gerard Burkhardt / AFP

12 de noviembre 2017 , 09:55 p.m.

“Su oído puede más que mi teoría”. Eso le dijo la maestra de música a la madre del argentino Gustavo Santaolalla luego de desistir con un categórico: “No puedo seguir enseñándole”.

Él recuerda la anécdota y se permite un viaje en el tiempo, que lo lleva desde su estudio de Los Ángeles a Ciudad Jardín, en el Gran Buenos Aires, donde creció.

Fueron aquellos años en los que repetía melodías con la guitarra sin leer el pentagrama. El tiempo le dio la razón, pues terminó explorando un sinfín de variables en la música. “Creo que lo hice todo”, confiesa el cantante, productor, compositor e instrumentista, y se anima a repasar esas mixturas de rock, folk, pop, ‘new wave’, ritmos africanos y latinos que lo llevaron a crear un estilo bien definido, que comenzó en los años 60 con su banda Arco Iris.

“Este año se reedita en vinilo el álbum rosa de Arco Iris. Si lo escuchás, te vas a dar cuenta de que ahí está toda mi carrera”, dice.

Santaolalla, el hombre de 66 años que ha ganado dos Óscar, 15 Grammy latinos, dos Bafta y un Globo de Oro, entre otros premios, se permite mirar al pasado.
“Sentí la necesidad de recorrer mi vida a través de las canciones –reconoce–. Pero no desde la nostalgia, sino desde ese lugar donde el pasado, el presente y el futuro se cruzan. He hecho muchas cosas, como producir y componer música para videojuegos, películas, series y bandas, pero si hay algo que hago desde muy chico son canciones. Por cosas de la vida, saqué discos solistas que no he tenido la oportunidad de tocar en vivo, como ‘Ronroco’ (1998), ‘Santaolalla’ (1982) y G. A. S. (1995). Nunca armé una banda porque estaba ocupado en mi carrera de productor (hizo más de 100 álbumes para otros artistas). De alguna manera, el yo cantante quedó postergado. Es cierto que con Bajofondo volví al escenario, pero la puesta fue siempre más instrumental”.

“Hice una revisión de esas canciones y estoy cantando mejor que nunca; amplié mi registro: canto más grave y más agudo –agrega–. Cuando toco canciones que compuse cuando tenía 18 o 20 años, las encuentro modernas, y lo más fuerte es que sigo pensando y sintiendo lo mismo. Es maravilloso, porque es como si el tiempo no existiera. Por todo esto me imagino en un futuro presentando un espectáculo en el que cuente mi vida a través de las canciones. Mi nuevo disco, ‘Raconto’, tiene mucho de todo esto”.

Con ese espíritu apareció ‘Desandando el camino’, una gira que recorrió temas que van desde Arco Iris hasta Bajofondo, pasando por sus bandas sonoras para películas (‘Diarios de motocicleta’, ‘Secreto en la montaña’, ‘Babel’) y la música del videojuego ‘The Last of Us’.

Él no para y sigue sumando trabajos de la talla de ‘Before the Flood’, el documental sobre el cambio climático de Leonardo DiCaprio. “Ese proyecto me permitió ser parte del compromiso con el planeta y trabajar con Trent Reznor y Atticus Ross”, resalta antes de mencionar la producción del nuevo disco de Café Tacvba (“llevamos juntos 25 años”) y el estreno en Boston, junto a la American Repertory Theater, de ‘Arrabal’, el ‘show’ de danza basado en la música de Bajofondo.

“También estoy terminando la música del videojuego ‘The Last of Us 2’ –añade–. Con la música de la primera entrega llegué a jóvenes de 14 o 15 años. También estuve con la segunda temporada de la serie de Netflix ‘Making a Murderer’ y con el musical ‘El laberinto del fauno’, que Guillermo del Toro está preparando con la gente del Cirque du Soleil”.

Falta que cuente que Eric Clapton lo llamó para la banda sonora de la película sobre su vida: “Yo no lo podía creer. El encuentro fue en Londres. No solo me conocía por las películas, sabía de mí como cantante. Crecí escuchando Cream, seguí su carrera… Que un músico como él te convoque es maravilloso”.

La vida es un viaje

A los 5 años, de manos de su abuela, recibió su primera guitarra. La misma con la que hizo sus actuaciones en la parroquia del barrio y con la que creó su primera composición: una chacarera dedicada al cura de su escuela.

Tenía bien claro que quería ser cura y músico. Con el tiempo cambiarían sus prioridades, y en eso tuvieron que ver los Reyes Magos. Fueron ellos los que le regalaron una guitarra eléctrica

En ese entonces tenía bien claro que quería ser cura y músico. Con el tiempo cambiarían sus prioridades, y en eso tuvieron que ver los Reyes Magos. Fueron ellos los que le regalaron una guitarra eléctrica.

Por esos años compró ‘G. I. Blues’, de Elvis Presley, y el primer disco de Los Teen Tops, y descubrió a los Beatles. “Mi entrada al mundo del rock estaba marcada para siempre”, sentencia. Admirador de George Martin, productor del cuarteto de Liverpool (“de él aprendí casi todo”), abrazó la música por sobre todas las cosas. “Armé mi banda y firmé mi primer contrato a los 16 años con RCA, como artista y productor”, recuerda.

Santaolalla lleva la palabra ‘camino’ grabada en su ser. “Mi vida podría ser una ‘road movie’ –bromea–. La fiebre por el camino la tengo desde muy chico. La vida es un viaje”.

Esa misma fiebre lo llevó, junto con León Gieco, a hacer el emblemático recorrido de Ushuaia a La Quiaca y que Santaolalla continuó en ‘Qhapaq Ñan, desandando el camino’, miniserie que recorrió la ruta preincaica que se extiende por 6.000 kilómetros desde Argentina hasta el sur de Colombia.

“Para mí fue muy importante producir y narrar esa serie documental –destaca–. Todo lo que hice tiene una cualidad sensorial y al mismo tiempo muy espiritual. Recorrer estos caminos te lleva a conocerte a vos mismo. También es clave la relación que se entabla con la naturaleza, con nuestro ADN. Fue muy potente”.

‘Identidad’ es otra de las palabras que lo definen. “Siempre intento estar atento a la búsqueda de nuestras raíces”, afirma.

A fines de los 70, en plena dictadura, emigró a Los Ángeles y junto con su amigo Aníbal Kerpel armó Wet Picnic, una banda ‘new wave’ en la era pospunk. El sueño de vivir como roquero parecía imposible. Para sobrevivir comenzó a componer ‘jingles’ publicitarios. “Nunca bajé los brazos”, aclara.

Aún vive en Los Ángeles, la segunda ciudad más poblada de Estados Unidos. A una cuadra de su estudio de grabación, comparte su día a día con la fotógrafa Alejandra Palacios, su mujer, y los hijos adolescentes de ambos, Luna y Juan Nahuel. Cerca de allí también echaron raíces Mónica Campins, su exmujer, y Ana, su hija mayor. “Debo ser uno de los pocos hombres que mantienen una buena relación con su mujer y su ex. ¿Sabías que mi ex ayudó en el parto de Luna? –alardea–. Le sostuvo la mano a Alejandra todo el tiempo. Sin duda, tiene que ver con lo que uno siembra en el otro”.

¿Cómo vive la actual situación de EE. UU., donde se puso en jaque el ADN latino y el del resto de los migrantes?

Vivo en un lugar muy diferente al resto de Estados Unidos. De hecho, hay quienes quieren separar a California. El ADN de Estados Unidos se ha modificado desde hace años y buena parte de ese ADN es latino. Lo ves en el arte y en todo.

Estamos atravesando un momento particular. Mirá lo que pasa en Europa, las amenazas de Corea del Norte, Isis. Lo que nos pasa como seres humanos. Formamos parte de una gran cosa, estamos en un proceso de transformación. Creo en el hombre. Tengo un pensamiento positivo.

Antes se refirió a la idea de que el tiempo no existe. ¿Este pensamiento está relacionado con la física cuántica?

Totalmente. Es un tema que me apasiona. La revolución de la física cuántica vino a explicar cuestiones que no tenían explicación, habla de universos paralelos y otras dimensiones. En nosotros residen dos personas: el ser físico y el doble cuántico. Eso es lo que sostiene (Jean Pierre Garnier) Malet. El ser físico se maneja dentro de la ecuación del tiempo y el espacio; el otro yo, el energético, es una convención en la que el tiempo no existe.

La música es energía, tiene el poder de curar. ¿No te pasó eso de sentir que esto ya lo habías vivido? Por eso trato de no dejarme llevar por las cosas negativas e intento conectarme con aquello que nos permita transformarnos y transformar nuestra realidad. Estoy muy entusiasmado, muy metido en todo esto.

¿Cree en Dios?

Creo que Dios está en todo, en cada partícula. Creo en el hombre, en los cambios de conciencia que se avecinan y que nos llevarán a una nueva realidad. Confío, aunque muchos vaticinen algo diferente y a pesar de que todo lo vean con ojos negativos. Se viene un mundo más justo y armónico. Estamos en un momento de transición, ya lo dijeron los mayas. Debemos tener claro que lo que hacemos afecta a los demás.

¿Siempre estuvo presente esta búsqueda espiritual?

De chico quería ser cura. Después, con Arco Iris, la búsqueda fue diferente, comencé a recorrer un camino entre el budismo zen y las culturas milenarias americanas, porque todo está ligado de alguna manera.

FABIANA SCHERER
LA NACIÓN (Argentina) - GDA@FabiScherer

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