‘Lo que pasa por la pantalla se vuelve entretenimiento’: Vargas Llosa

‘Lo que pasa por la pantalla se vuelve entretenimiento’: Vargas Llosa

El nobel peruano confiesa que duda del futuro del libro y que no es lo mismo escribir en digital.

Mario Vargas Llosa

‘Cuando estoy embarcado de un libro -y siempre estoy embarcado en algún libro- procuro ser bastante disciplinado’, dice el escritor peruano.

Foto:

Luca Piergiovanni / EFE

09 de julio 2017 , 04:30 a.m.

“He vivido, como todos los seres humanos, sólo un fragmento de las infinitas posibilidades que ofrece la vida y voy a tratar de aprovecharlas hasta el final. Espero mantener la curiosidad y la ilusión, que es lo último que uno debería perder. Nada me parece más triste que el espectáculo de los seres humanos que pierden las ilusiones, la curiosidad y siguen viviendo pero en realidad estando ya muertos, porque eso es estar ya muerto”.

Eso dice Mario Vargas Llosa, el premio nobel de literatura 2010, poco después de aparecer, algo agitado y con una mirada tímida, en el subsuelo del elegante Hotel Alvear de Buenos Aires, donde está alojado y donde acordamos la cita.

Antes estuvo hablando en la radio, y lo esperan más compromisos. Así de apretada es su agenda a sus 81 años.

Es un día luminoso y el escritor lo empezó con su rutina aeróbica de caminata a paso firme por el pulmón verde de Recoleta. Suele hacerlo cada mañana en Madrid, en donde vive con su pareja, Isabel Preysler, una relación reciente luego de años de matrimonio que, en sus propias palabras, lo ha revitalizado.

¿Qué es vivir plenamente, según su opinión? La literatura es lo que lo tiene en un estado..., digamos, de éxtasis. ¿Hay algo más?

La vida está llena de cosas muy variadas, muy ricas. La vida puede ser una aventura extraordinaria. Y la literatura es una de ellas. Uno no puede vivir todas las experiencias que puede imaginar y, sin embargo, la literatura te hace vivir experiencias que solo puedes conocer a través de la imaginación, de la fantasía. Por eso la literatura enriquece muchísimo la vida, pero no la reemplaza, aunque en algunos casos excepcionales, quizás sí.

Y en su caso, ¿qué otras cosas lo hacen vivir plenamente?

Pues muchísimas cosas. Siempre me han interesado las vidas que de alguna manera representan la aventura, vivir experiencias que salen de lo común, que de alguna manera ponen a prueba tu capacidad de resistencia, de audacia. El periodismo me ha hecho vivir experiencias muy fascinantes, políticas, sociales, conocer otros mundos, otras gentes, a personas también fuera de lo común que han vivido experiencias extraordinarias.

¿Cuál se le viene a la mente?

En el año 58, cuando estaba ya preparándome para ir a Europa porque tenía una beca para hacer estudios de posgrado en España, hice un viaje de unas pocas semanas a la selva peruana; conocí la selva. Y fue importantísimo para mí como escritor, porque de allí han salido por lo menos tres o cuatro de los libros que he escrito por las gentes que conocí. Era un mundo tan absolutamente distinto, con una naturaleza completamente bravía, no domesticada todavía por el hombre, y donde los seres humanos todavía vivían, digamos, como dentro de una realidad aparte, mucho más primitiva y aventurera que la vida más o menos mediatizada por la civilización, por la urbanidad, por la educación.

¿Qué grado de realidad usa en sus novelas?

La experiencia vivida ha sido siempre el punto de partida de todas las ficciones que he escrito: cuentos, novelas, obras de teatro, siempre ha sido alguna experiencia vivida que por razones que para mí no son claras, que son misteriosas, me dejan unas imágenes en la memoria que tienen esa capacidad, digamos, de impulsarme a fantasear alrededor y a construir como un embrión de ficción. Y es un proceso que no es consciente, porque generalmente cuando tengo la idea ya de escribir una historia a partir de esas imágenes, ya he estado trabajando inconscientemente, dándole vueltas a la posibilidad de convertir esa experiencia en una materia prima literaria.

¿Qué cuota de verdad tiene que tener un libro de no ficción?

Creo que un libro de testimonio, de ensayo, de reportaje tiene que tener un coeficiente de verdad muchísimo mayor que el de ficción, por razones obvias. Porque cuando tú lees una ficción sabes perfectamente bien que hay un elemento de imaginación, de fabulación que va a prevalecer. Y eso no debería ocurrir jamás en un libro de no ficción, donde esperas encontrarte con una verdad objetiva.

¿Hay un límite en esto? ¿Cuánto vale el recurso estilístico en la no ficción?

Creo que a la hora de hacer un reportaje, de recoger unos testimonios, hay un margen de libertad para organizar el material con el que trabajas en el que interviene muchísimo la fantasía, la ficción, la creatividad por supuesto, pero en el balance no puede la ficción eliminar o superar, enteramente lo que es la verdad. Ahora, hay unos ensayos que están como a medio camino de ambas cosas que son ensayos que a mí me parecen maravillosos, porque hay una gran creatividad y al mismo tiempo esa creatividad no te aparta sino más bien te conduce a entender mejor una verdad.

¿Un ejemplo?


Un libro maravilloso de Truman Capote, 'A sangre fría'. Es un reportaje maravilloso. Hay una historia que él ha contado utilizando todos los mecanismos con los que tú montas una ficción. Pero en última instancia todo eso te conduce a descubrir una verdad, una historia muy objetiva.

¿Es literatura o periodismo?

Tiene categoría de literatura porque está maravillosamente escrito, en un lenguaje funcional, digamos, el lenguaje no se convierte en una obstrucción para llegar a las ideas, a los hechos que quiere contar, es un lenguaje muy objetivo, a diferencia del que Capote utiliza en Otras voces, otros ámbitos, que es muy bonito libro, pero donde el lenguaje es una exhibición de destreza, de inventiva, de elegancia lingüística. En cambio, A sangre fría está escrito con una objetividad periodística. Ese lenguaje es tan o más difícil incluso que el que te muestra a ti mismo, que te hace lucir.

Hace dos años le dieron el premio Nobel de Literatura a la bielorrusa Svetlana Aleksiévich, una periodista...


Claro. No la he leído pero me parece perfectamente justificado porque, digamos, el periodismo puede ser, en el caso de los grandes periodistas, una rama de la literatura sin ninguna duda.

¿Tiene que tener la literatura una causa política?

No. En absoluto. Hay escritores a los que la política los atrae muchísimo y hacen literatura de la política; pero lo que no se puede hacer es política de la literatura. Si tu quieres fundamentalmente difundir unas ideas políticas, la literatura no es el mejor camino. Escribe ensayos, pronuncia discursos. La literatura es la creación de una realidad paralela distinta a la realidad real y no puede estar motivada por la pura actualidad, porque la literatura trasciende la realidad y si no la trasciende no es literatura, es periodismo o es propaganda. Yo creo que un escritor que escribe sobre todo movido por objetivos políticos, generalmente fracasa como escritor. Su literatura es muy pasajera, muy efímera. Si la literatura sirve a la política, se empobrece mucho.

¿Sobre qué duda Vargas Llosa? ¿Hay algo que lo tiene en vilo?

¡Muchas cosas! Por ejemplo, el futuro del libro. Para mí ha sido algo tan importante en la vida, me la ha enriquecido tanto que me entristece mucho pensar en su posible desaparición, algo que ya, digamos, es una realidad que no podemos descartar del todo. ¿El libro va a seguir siendo un instrumento fundamental en la formación de los seres humanos y va a enriquecer la vida como lo ha hecho hasta ahora, o va a ser reemplazado por las imágenes, por las pantallas, por la gran revolución audiovisual de nuestro tiempo, y va a ser cada vez más marginado? Esta es una realidad perfectamente posible, que empobrecería enormemente a la existencia de los seres humanos. No creo que lo que representa la literatura pueda ser reemplazado por los medios audiovisuales, que aunque son maravillosos para las comunicaciones, para la información, no creo que formen a los seres humanos como los forma la literatura, desarrollando en ellos esa sensibilidad, esa inventiva y sobre todo ese espíritu crítico.

¿Es lo mismo escribir para las pantallas que escribir para el papel?

No. Creo que la pantalla superficializa, frivoliza el texto en su afán de llegar al gran público; tiene esa exigencia. Nadie escribe para una pequeña minoría cuando escribe para una pantalla, y eso significa que tienes que hacer concesiones y buscar un tipo de facilidad, de accesibilidad para aquello que escribes, que es lo que llega al gran público. Hay una literatura muy superficial por supuesto, pero la gran literatura no representa eso. Por eso todo lo que pasa por la pantalla se convierte en entretenimiento y su éxito tiene que ver fundamentalmente con esa capacidad de entretener, de divertir, de emocionar pasajeramente, superficialmente.

Pero hay cosas muy buenas...

Eso no significa que no haya cosas maravillosas en las pantallas, pero el efecto es mucho más pasajero y mucho más superficial que el de la gran literatura. Por eso creo que hay un empobrecimiento del lenguaje, por ejemplo. Y la gente solo aprende a conocer profundamente su idioma a través de la literatura y solo a través de la literatura. Ninguna otra disciplina te hace conocer la riqueza de tu idioma, la manera de usar las palabras con precisión, la capacidad de matizar, como la buena literatura.

¿Entonces?

Es una realidad de nuestro tiempo, la gente necesita muchas menos palabras para expresarse porque está educada para las pantallas. Y entonces tú te quedas muy impresionado al ver el escasísimo vocabulario con el que la gente joven se comunica y las deformaciones monstruosas a las que pueden llegar, por ejemplo, los textos de las redes sociales. ¡Monstruosas! Realmente llegan a ser una verdadera caricatura del propio idioma. Y hablar de esa manera no es solamente hablar de esa manera, es pensar de esa manera también. Porque la expresión está acompañada de un pensamiento y si tú te expresas de esa manera absolutamente tan elemental y primaria, tu pensamiento también se vuelve tan elemental y primario. Es un fenómeno de nuestro tiempo muy curioso: por una parte una revolución extraordinaria de las máquinas y de las pantallas y por otro, un empobrecimiento fantástico del lenguaje.

¿Qué pasa con el lugar de la literatura en el sistema educativo?

La educación de nuestro tiempo está enfocada a formar sobre todo gente para el mundo de las máquinas, para el mundo de las pantallas. Esa es la orientación y se consideran cada vez más prescindibles las humanidades, algo que creo que es un error gravísimo que puede afectar tremendamente la cultura. Y la cultura no es solamente la cultura. La cultura es la política, la vida social, son las relaciones, es la sensibilidad. Esos son los grandes problemas de nuestra época, que todavía son un gran enigma respecto de lo que va a ser la vida del futuro.

Que la muerte me sorprenda con la tinta, el papel, la libreta

¿Cómo quiere que lo encuentre la muerte?

Escribiendo. Me gustaría que la muerte me sorprendiera con la tinta, el papel, la libreta. Esa sería para mí la forma ideal.

Luciana Mantero
La Nación (Argentina)

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