En Macondo no conocían a Gabo

En Macondo no conocían a Gabo

Una bogotana descubrió que en La Guajira, inspiración de Gabo, muchos no saben nada de los Buendía.

Bibliocicleta en La Guajira

Alexandra Ardila, en la bicicleta, junto a sus hijos: César (i.), Carlos y Luna Bautista Ardila. Los acompaña una abuela wayú. La foto fue tomada en el 2012.

Foto:

Eliana Mejía / EL TIEMPO

01 de junio 2017 , 12:16 p.m.

Quienes sintonizaron Majayura Estéreo entre el 23 de abril y el 12 de mayo se encontraron con un cambio en la programación. Durante esos 19 días, la emisora de Riohacha transmitió la apasionante historia de los Buendía: la fundación de Macondo, la llegada de los gitanos, el enamoramiento de Amaranta, las guerras del coronel Aureliano Buendía, la masacre de las bananeras y el idilio truncado entre Meme y Mauricio Babilonia.

Los oyentes llegaron hasta la cantaleta que Fernanda del Carpio le dio a su marido, Aureliano Segundo, en la página 369 de la edición de ‘Cien años de soledad’ que Alexandra Ardila atesora y es el pilar de su última quijotada: una lectura íntegra y pública de la novela cumbre de Gabriel García Márquez en la capital de La Guajira, una región cuya cultura se respira en la obra del nobel colombiano.

Se leía entre semana, de 4 a 6 de la tarde. Ardila conseguía invitados, les enviaba fragmentos del libro y les señalaba de dónde a dónde leer y cómo transmitir su audio si estaban lejos. Así, esta comunicadora bogotana de 54 años, radicada desde hace 13 en Riohacha, logró que muchos leyeran el libro, desde estudiantes y profesores hasta un funcionario del Ministerio de Cultura que estaba de visita y se topó con la iniciativa. Desde Bogotá participaron la librería Casa Tomada y el escritor Conrado Zuluaga.

Pero la maratónica lectura con la que se celebraba el medio siglo de ‘Cien años de soledad’ se interrumpió el 12 de mayo, justo en medio de la cantaleta de Fernanda del Carpio. Los oyentes quedaron en vilo. Desde entonces, cuando ven en la calle a la cachaca, vestida de manta y con el pelo desordenado por la brisa, le preguntan qué pasó. Pero ella solo sabe que un día le cerraron las puertas sin explicación.

Esta historia inconclusa comenzó hace más de 40 años, cuando Ardila se enamoró de la lectura. A los 14 años ya trabajaba en la apertura de bibliotecas barriales en el sur de Bogotá. Después se casó, tuvo hijos y enviudó. De pronto se vio en La Guajira, con sus niños, tratando de rearmar su vida con lo que sabía hacer: “llevar libros donde no hay, hacer que la gente lea”.

Hoy vive en Villa Fátima, una comunidad wayú dedicada a la pesca. Allí, en medio de los indígenas, ideó la ‘bibliocicleta’, que no es otra cosa que una bicicleta con la que lleva libros a las rancherías.

Una de las cosas que más la impresionaron al llegar a la península fue su parecido con el universo garciamarquiano. “En Bogotá leí por primera vez ‘Cien años de soledad’ –cuenta–. Y al llegar a La Guajira empecé a ver que sus personajes parecían vivir aquí. Me parecía sentir el libro en el entorno. Pero al preguntarle a la gente sobre Gabo... no sabían de qué les hablaba”.

Cuando se celebraron los 400 años de la publicación de la primera parte de ‘Don Quijote’ (2005), ella notó que el grueso de los guajiros tampoco conocía al ingenioso hidalgo. “Entonces me dije: ‘Aquí se me acaba de construir un sueño’. Decidí dedicarme a difundir la literatura de Gabo, a leérsela a la gente. Y el ‘Quijote’ también, porque son libros maravillosos”, cuenta.

Y al llegar a La Guajira empecé a ver que sus personajes parecían vivir aquí. Me parecía sentir el libro en el entorno. Pero al preguntarle a la gente sobre Gabo... no sabían de qué les hablaba

Empezó por la obra de Cervantes. “Se la leía a los wayús. No todo, escogí algunos capítulos –aclara–. La sorpresa fue que les encantó. La geografía del ‘Quijote’ es parecida a la de La Guajira. La tierra es seca, y los niños wayús saben qué es un molino de viento, que sirve para sacar agua, y entienden que un chivo es como un carnero”.

Armaba grupos pequeños, y leían bajo los árboles. A veces avisaba que leería en determinada ranchería en tal fecha; si no terminaba, volvía al mes siguiente. Incluso, un grupo de teatro de la etnia, dirigido por Enrique Berbeo, basó una obra suya en el Quijote.

“Ahora quiero leerles ‘Cien años de soledad’. Pero que sea masivo, porque lo del ‘Quijote’ fue lento”, le dijo un día del 2009 a Berbeo, su amigo. “Soy nadadora de aguas abiertas y el mar me da las ideas más brillantes –afirma–, pero me mete en unas vacalocas... Un día, nadando, se me ocurrió leerlo en una emisora.

Preguntando supo del periodista wayú Víctor Lindao, dueño de Cardón Estéreo, una emisora de Uribia. Alexandra lo buscó durante más de un mes y cuando lo tuvo al frente, le soltó: “Tengo un sueño, pero no tengo ni un peso”.

Ardila no tiene empleo fijo ni vínculos con instituciones o fundaciones. Solo recibe apoyo de sus amigos, desde Luz Rendón, la señora que la ayudaba con los niños cuando no había con qué, hasta los nadadores de su grupo, Los Guaneucanes. Pero esta vez ellos pusieron el grito en el cielo cuando les contó que se llevaba a los pequeños a una travesía de Riohacha a Uribia, para leer a Gabo en la radio. Uribia está a hora y media en carro, pero ellos irían en bicicleta y no por la carretera, sino bordeando la costa, muchas veces por trochas. A la empresa se sumó Carlos Barbagelata, un mochilero argentino que recorría el continente en bicicleta y al que Ardila se encontró tomando mate en la playa. Él no solo llevaría a Luna, la niña más pequeña –que entonces tenía 4 años–, en la parte trasera de su bicicleta, sino que alternaría la lectura del libro con su nueva amiga y con Lindao, que no cobró nada por usar su emisora.

Faltando dos días para la fecha pactada con el empresario radial, la bogotana solo tenía 5.000 pesos. Sus amigos nadadores la vieron tan decidida que hicieron una colecta y le dieron 100.000 pesos. En una visita a su amiga Elizabeth Pastrana, en el Banco de la República, coincidió con el artista Eusebio Siosi. “Le presento a Alexandra, que se va a ir en bicicleta hasta Uribia, con sus niños, a leer ‘Cien años de soledad’. Dice que se quedarán en el parque, en hamacas”, fue la introducción. Inmediatamente, Siosi hizo una llamada y consiguió lugar para ellos en la casa cural.

Alexandra, el argentino y los niños partieron un sábado, a las 5 de la mañana. Alrededor de las 11 llegaron a El Pájaro, un pueblito que no aparece en los mapas. “No sabían quién era Gabo. Solo que venía una señora con unos niños a leer”, comenta Ardila.

Los dejaron descansar en unas casitas desocupadas y les ofrecieron agua y comida. Hubo tiempo hasta para meterse al mar y para una charla de tienda en la que ella explicó que se leería la obra de un premio nobel de literatura. “¿Qué es un premio nobel?”, le preguntaron. Al otro día continuaron hacia Manaure y, finalmente, hacia Uribia.

La lectura en Uribia se completó en una semana, a un ritmo de seis horas diarias. Alumnos y docentes se iban acercando a preguntar si podían leer. Cuando la comunicadora salía a la calle, la abordaban. “Uno me regalaba un lápiz; otro, una totumita. Una señora me dio una manta –narra–. Estaban contentos. ‘Nadie nos dedica tiempo’, me repetían”.

De regreso, la gente los esperaba a la vera del camino. “Decían: ‘Seño, muchas gracias’. Otros preguntaban si podía llevarles libros o qué podían hacer para seguir leyendo. Les contestaba que esto había sido una prueba. Si les prometía algo, quedaba como un político, como mentirosa. Me lo pasé llorando en la bicicleta. Es tanta la esperanza que uno crea... Y yo, sin nada más que la voluntad”, dice.

La aventura de Uribia la apegó más a La Guajira. “Casi no planeo nada, porque no me resulta. He escrito proyectos, he intentado en convocatorias, y nada. Mucha gente solo se mueve si hay una tajada para sacar. Trabajar sin recursos nos ha traído limitaciones, pero viviendo con los wayús aprendí a sobrevivir. Como ya me creé un compromiso, empecé a soñar con leer ‘Cien años de soledad’ en Riohacha”.

El primer intento de leer en Riohacha fue ocho meses después de lo de Uribia, pero no consiguió emisora. Este año, al ver que el mundo celebraba el aniversario número 90 del natalicio de Gabo y el medio siglo de ‘Cien años de soledad’, pero que en Riohacha no se hablaba del tema, reactivó el proyecto.

Conocía a Vicenta Siosi, la nueva directora departamental de Cultura. Había sido su aliada en una iniciativa para llevar libros a la Sierra Nevada. Siosi ayudó a conseguir la emisora: Majayura Estéreo.

Esta vez, la lectura de ‘Cien años de soledad’ tuvo inauguración oficial, el 22 de abril, ligada a la presentación de la ruta turística de Gabo en Riohacha. Pero el entusiasmo se desvaneció unas semanas después, cuando solo faltaban 50 páginas. El 15 de mayo, Ardila fue a la emisora, pero nadie le abrió ni le dio razón. “Nos quedó faltando una semana de lectura”, dice desencantada.

¿Por qué es tan importante leerles esta obra a los wayús? Porque se gestó aquí. Un día, en una ranchería nos ofrecieron un cuarto donde había un cajón de muerto. No nos quedamos ahí, pero preguntamos y nos contaron: ‘Fulano dice que se va a morir y ya tiene el cajón listo’. Eso está en ‘Cien años de soledad’. El libro es una descripción de la vida de acá. Leerles Gabo a los wayús es decirles: ‘Aquí estás tú’ ”.

Epílogo

EL TIEMPO habló con Vicenta Siosi, directora de Cultura, Juventud y Género de La Guajira. Sabe del tropiezo de Majayura Estéreo y dice que ya se propuso finalizar la lectura desde la emisora de la Universidad de La Guajira, a partir de este martes.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Redactora de EL TIEMPO
Riohacha

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