‘Amores perros’ fue una novela fallida: Guillermo Arriaga

‘Amores perros’ fue una novela fallida: Guillermo Arriaga

Con la última novela del escritor, ‘El salvaje’, recuerda los guiones que él ha hecho para cine.

Guillermo Arriaga, escritor mexicano

La charla con Guillermo Arriaga en el Hay será el sábado 27 de enero a las 7:30 p. m. Al día siguiente participará en el Hay Comunitario, en Arjona, Bolívar, a las 11 a. m.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

20 de enero 2018 , 11:13 p.m.

Guillermo Arriaga (México, 1958) le prestó su primer nombre al protagonista de ‘El salvaje’ –su novela más reciente–. También, los escenarios de su barrio, unos padres parecidos, hasta los nombres de los periquitos de su casa de juventud.

En cambio, al protagonista, un adolescente llamado Juan Guillermo, le ocurre una tragedia que el escritor jamás vivió. En menos de cuatro años, todo su mundo –su hermano Carlos, la abuela, padres y mascotas– habría desaparecido. A la par con el relato en primera persona de este joven mexicano se cuenta la historia de un cazador inuit perdido en las montañas del Yukón. A este, Arriaga le prestó su experiencia como cazador.

A Arriaga lo persigue la larga sombra de ‘Amores perros’, cinta mexicana de la que fue autor y guionista. Obra tan luminosa en su historia que casi cegó lo demás y tiene una estructura común con otras obras suyas, incluida esta nueva novela.

“Primero fui novelista, luego llevé las estructuras novelísticas al cine –dice el autor, que ya había escrito ‘Escuadrón guillotina’ (1991) y ‘Un dulce olor a muerte’ (1999) antes del ‘boom’ de ‘Amores perros’–. Mi literatura influyó en el cine y no al revés. ‘El salvaje’ no intenta ser cinematográfico. Sería imposible llevarlo al cine. Tiene cosas que parecen visuales, pero no. Casi todo sucede en la mente de los personajes. Es una novela interior sobre las emociones, sentimientos y angustias de un hombre”.

Esa narración se nutre con textos enciclopédicos que anteceden a momentos claves de la trama...


Cuando escribía no sabía hacia dónde iba. No sabía ni que existía el personaje del inuit. Entonces agarraba cualquier libro de antropología de mi biblioteca, o de psicología o historia, y me guiaba. Era una introducción para el próximo capítulo. A veces, en viajes por Australia, Serbia o Rumania, me contaban historias. Las incluía en la novela. O simplemente llovía, y yo escribía: “Llueve”. Esas cosas me ayudan. Es mi método desde el primer libro.

Los que no lo conocían como escritor lo conocieron con ‘Amores perros’, y se volvió célebre también en el cine. Después vinieron ‘21 gramos’ y ‘Babel’...

Hay huellas digitales. La gente reconoce las manos que se ven ahí. La gente busca saber quién es el escritor. Sucede conmigo, con Charlie Kauffman y escritores que la gente va a ver porque sabe qué películas escribieron. Esto es un proceso. Nunca sabes cuál de tus obras va a explotar. Gabo no imaginó en qué lo iba a convertir ‘Cien años de soledad’.

¿Cómo llegó ‘Amores perros’ al cine?

Era una novela fallida, muy fallida. Llegó como a 25 páginas y no avanzó. La convertí en película. Ya había escrito una película, ‘Cielo abierto’. Es el origen de la verdadera trilogía. De esa vendí los derechos. Había escrito para televisión, había hecho radio. ‘Un dulce olor a muerte’ la había hecho Gabriel Reyes. Cuando comenzaron a comprar los derechos me preguntaron si sabía escribir películas.

¿Cómo una novela fallida se vuelve guion exitoso?

La historia estaba allí. Faltaba encontrar el modo de contarla. Otra novela fallida fue ‘21 gramos’. Las películas que se escribieron directamente fueron Los tres entierros de Melquiades Estrada, ‘Babel’ y ‘The Burning Plain’.

¿Cuál fue la primera idea de ‘El salvaje’?

Partí de historias de mi adolescencia que quería contar. Cuando Gabo dijo que se tardó 32 años en escribir ‘Cien años de soledad’ pensé: qué exageración. Pero tenía razón, uno se tarda eso. Tenía 14 o 15 años cuando viví esas experiencias, las guardaba en un depósito, y sobre ellas me puse a escribir.

¿De dónde surgió el inuit del Yukón?

No tengo idea de dónde salieron el lobo y el cazador. Estaba investigando, de pronto leí algo de los inuits y empecé a escribir. Pensé en una historia cortita de las que incluía como introducción, y siguió. Fue un proceso de descubrir. Hay escritores que se saben toda la novela, saben qué pasa y diagraman. Yo invento sobre la marcha.

¿Qué vivencias propias quería plasmar?

La idea y la primera página las tenía en mi cabeza desde hace años. Un muchacho al que le asesinan al hermano y se queda solo. Había cosas que quería meter, pero no sabía cómo. Yo tenía unos periquitos: Whisky y Vodka, un bóxer llamado King al que de cachorro le dieron una cuchillada, y se hizo timorato. En el libro los describo, así como la calle donde crecí –los personajes tienen los nombres de mis amigos actuales–, cómo vivíamos en las azoteas, las chinchillas que se criaban, el perro lobo que vivía junto a mi casa; quería hablar de los buenos muchachos...

yo no quería decir nada. Solo contar lo que vi, meterlo en la licuadora de la ficción, y por eso digo tantas veces que está 'inspirado en hechos reales que nunca sucedieron'

Se refiere a la organización ultracatólica responsable de la muerte de Carlos. ¿Estaban en su entorno?

Sí. Era un movimiento radical. En México, los conservadores perdieron siempre. Entonces se creó un caldo de células enojadas en los sectores más vapuleados por el ala liberal mexicana. Trataron de convencerme de sus ideas. Me mantuve ateo. Una vez les dije que había muchas verdades, que cada quien tenía la suya. Respondieron: “No, hay una sola verdad. Te la quisimos compartir, y no la recibiste. Ahora, ten cuidado”. Supe de golpizas que daban, no fui testigo de asesinatos. Pero, que mataban, mataban.

El protagonista está rodeado de muerte ¿Quería explorar la tragedia, la injusticia...?

No quería dejar ningún mensaje. Solo retratar una historia lo mejor posible. Hay escritores con procesos más intelectuales, que detrás de cada novela dicen: “Yo quería decir esto”. Pero yo no quería decir nada. Solo contar lo que vi, meterlo en la licuadora de la ficción, y por eso digo tantas veces que está “inspirado en hechos reales que nunca sucedieron”. Los elementos estaban; puede ser que no en ese orden o de la misma manera, pero las condiciones estaban para que la historia sucediera.

En un momento, el relato se torna esperanzador...

La novela me fue empujando hacia la esperanza. Mis novelas anteriores no son así. A veces me siento como un esclavo de la historia. Willian Faulkner decía: “A mí me dictan”. Tengo la misma sensación, me las dictan como en un estado de trance.

Con historias locales llega a ser universal...

Buscar que una obra sea universal es complicado. Faulkner decía que la única manera de hacerlo era hablando del vecino. No creo que haya tanto control sobre una obra. No puedes decir que quieres repercusión universal o que harás una obra profunda sobre la existencia humana. Es más, ni siquiera puedes decir que escribirás una novela para vender miles de ejemplares. Hay gente que dice: “Este tipo quiso escribir una obra comercial”. Entonces, a ver: “Escríbela tú, ya que suena tan fácil. Escribe ‘Harry Potter’ ”.

No quiso dar mensajes, pero seguramente los lectores sí encuentran temáticas...

La novela tiene un trasfondo político importante. Yo me concentro en la historia sin querer hacer reflexiones, esas las hago después, cuando los lectores me cuentan qué descubrieron. Varios amigos dicen que interpreta la represión, la corrupción, la impunidad, la forma como grupos paramilitares son protegidos por las autoridades y cómo hay unos asesinatos que la justicia no tiene el menor interés en investigar.

Aunque también puede ser una historia de amor y de amistad. Son valores en los que creo. Y hay un profundo amor, respeto y admiración por los animales. Son parte fundamental de la novela, desde la mascota hasta el animal que se mata por su piel, el que es cazado y el liberado.

Eso también es parte de su vida...

Por supuesto. La única forma de tener naturaleza es relacionándose con ella. Si no, nos alejamos. Mientras más sentimos que nos civilizamos, más nos alejamos de nosotros mismos.

¿Ser cazador acerca a la naturaleza?

Tiene que ver. Nos relacionamos con la muerte de animales de una manera u otra. Otros matan nuestras gallinas y vacas. Otros destruyen bosques y, con esto, queman animales. Cada acto humano encierra un hálito de destrucción. Como cazador de arco y flecha, lo que hago es conseguir mi comida de un animal en libertad, que puede huir. No es como matar a una vaca encerrada. Entiendo que es un animal y lo respeto y sé todo sobre él. Me dicen: “Estás matando una especie”. Y pregunto: “Dime, ¿de qué color es esa especie, cuánto mide?” No tienen ni idea. Yo sí. Conozco sus ciclos reproductivos, sus crías y subespecies. No busco cualquier animal, sino uno determinado. No una hembra, no un joven. Eso lo produce el respeto y el amor profundo por los animales. El animal no es solo una mascota blandita y tierna. Aunque hay mascotas que te confrontan, como Colmillo, el perro lobo de ‘El salvaje’.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
EL TIEMPO
En Twitter: @lilangmartin

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