La discriminación femenina en el arte, desde lo literario

La discriminación femenina en el arte, desde lo literario

En ‘El mismo lado del espejo’, Lina María Pérez analiza el difícil camino de la mujer en este campo.

Lina María Pérez

Pérez ha recibido, entre otros, el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo.

Foto:

Juan M. Vargas / EL TIEMPO

30 de octubre 2017 , 10:00 p.m.

“Gabriel Talero sería el artista que yo quería ser. Mi mente se embriagó con la farsa. Dependía de una estrategia muy fina, tejida por una araña sabia y astuta para engañar sin riesgos de ser descubierta. Antes de suicidar a Gabriel Talero, su nombre valdría millones, y muerto, el doble”.

Esto lo piensa Antonia Otero, la protagonista de El mismo lado del espejo (Sílaba Editores), la novela más reciente de la escritora bogotana Lina María Pérez.

Si bien la discusión sobre la mujer en el arte hoy parece un tema superado, como lo ratifica su destacado protagonismo en las recientes ferias que se vivieron en la capital y a nivel mundial, la reflexión de Pérez es siempre pertinente. En especial, en la lucha por la igualdad de derechos entre géneros.

Se trata de un debate de tiempo atrás, que otros ya habían abordado, como lo hizo el cineasta Tim Burton en su película Big Eyes (Ojos grandes).

En su novela, Pérez toca, además, un aspecto más de fondo, como puede llegar a ser la misma discriminación familiar que sufre una joven que decide dedicarse a las artes plásticas, en lugar de casarse y ser ama de casa.

Así queda presente en la fuerte escena inicial que recibe al lector del libro: “La imagen de mamá soplando sus uñas recién pintadas de rojo sangre me reveló el mundo áspero y exiguo que me ahogaba. Con sus manos abiertas como patas de gallina me miró de pies a cabeza y señaló el diploma: ‘Te vas a morir de hambre’ ”.

Las mismas señoras de la galería le dicen a ella que esos cuadros son tan buenos que siquiera no los pintó una mujer, porque entonces no se venderían

Antonia, en un acto de rebeldía profunda, toma el diploma y lo pone frente a un fósforo hasta que queda convertido en cenizas, mientras mira fijamente a su mamá.

Luego, cuando la protagonista presenta sus cuadros, que en realidad son los de Gabriel Talero, ante las dos dueñas de una reconocida galería, sigue presente la discriminación de género, como lo explica Pérez.

“Las mismas señoras de la galería le dicen a ella que esos cuadros son tan buenos que siquiera no los pintó una mujer, porque entonces no se venderían. Es esa gran ironía y Antonia juega con estas dos mujeres todo el tiempo”, anota.

En medio de esta primera capa literaria –que tiene como telón de fondo el mundo del arte–, Pérez medita sobre otras temáticas, como el paso de la adolescencia a la adultez, el juego de dobles espejos, que muchas veces asumen los seres humanos, y la mentira.

De esta manera, la escritora bogotana va creando una compleja estructura, como lo anota la profesora y crítica literaria Luz Mary Giraldo: “Antonia trabaja en la construcción de la historia de su propio personaje. Digamos que ahí hay ficción sobre ficción sobre ficción. Es decir, el placer de la mentira superpuesto permanentemente”.

“Todo el tiempo, ella está diciendo mentiras y cada vez más arriesgadas. Y cada vez, ella se juega más porque sus mentiras puedan sostener un mundo tan frágil. Pero ella lo apuesta todo, es muy coherente en ese sentido y por eso fue arduo crear ese personaje con todos esos matices”, explica Pérez.

La historia va avanzando en dos tiempos: uno que mira al pasado y otro que sucede en el presente, salpicada de un humor inteligente, que divierte al lector, comentó Giraldo hace algún tiempo en charla con la autora.

“Como es una novela de artista, hay un crítico de arte donde hay toda la acidez por una parte para mostrar a ese crítico que no descubre a Antonia sino a su invento”, anota Giraldo.

Esto le da pie al lector a pensar, de paso, en todo lo que encierra el sentido de la suplantación, que la autora va tejiendo con sutileza a través de la articulación de la mentira en la trama.

Finalmente, aparece –en una especie de guiño a Borges–, como ya se sugiere desde el título, esa poderosa imagen de los espejos a lo largo de la historia de la literatura.
“Este espejo es el mismo lado, no es la cara de atrás. Viéndonos en la misma cara tenemos travesías vitales y creativas, desprendimientos del amor y aprehensiones con el amor. Se trata de vivir”, concluye Giraldo.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento @Restrebooks

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