Los recuerdos del escritor y fotógrafo Guillermo Angulo a sus 88 años

Los recuerdos del escritor y fotógrafo Guillermo Angulo a sus 88 años

Realiza un curioso ejercicio de memoria con el periodista Óscar Domínguez, de 70 años.

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Además de fotógrafo y viajero consumado, el maestro Guillermo Angulo se ha dedicado a su afición por las orquídeas. Aquí, con una 'Odontoglosum luteopurpureum'.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

16 de septiembre 2016 , 11:38 a.m.

Guilllermo Angulo*: Me acuerdo de los primeros besos que vi en Medellín, en el cine del barrio San Benito, administrado por religiosos. Había un cura que se paraba debajo del proyector y tapaba el haz de las veinticuatro imágenes por segundo con una escoba cuando intuía el peligro inminente de que en la pantalla los actores se fueran a besar. No alcanzábamos a ver ni siquiera la mitad, a través de la despelucada escoba.

Óscar Domínguez: (Eso nos pasaba a los chinches de Aranjuez, en Medellín, con el cine-manga que nos presentaba el párroco, Hernando Barrientos Cadavid. El proteccionista (¿¡) era el mismo don Pedro, el sacristán que tocaba el órgano. Con las mismas manos nos ocultaba los besos de Jane y Tárzan, nombres que pronunciábamos con tilde en la a para no parecernos a nadie. Misiá Margarita Mejía, una jericoana madre de un cuñado, me contó alguna vez que el primer pecado que confesó fue el de haber deseado dar un beso como el que se dio una primita suya con su novio de ocho años).

Me acuerdo de cuando vivíamos, Manuel Mejía Vallejo y yo, en Maracaibo, y una señora me denunció por nudista. La disculpa era el calor, pero la señora se tenía que encaramar en un cajón para alcanzar a verme, por encima de una tapia. Ya en la cárcel, un colombiano me dijo:

—Tenga cuidado que aquí en la noche se lo tiran a uno, y ni siquiera le pagan.

Afortunadamente, Manuel, que era importantísimo periodista en el Diario de Occidente, de Maracaibo, me rescató antes de que llegara la noche.

(Un amigo nos financiaba trago y el bus desde Envigado hasta Laureles dizque para ver viejas desvestirse a través de las ventanas. En los ojos de nuestro amigo había una variada colección de cucos y brasieres. En cambio en los de nosotros, también. Desde entonces tengo pulso de voyerista).

(Yo siempre he tenido la libertad por cárcel. Solo una vez, en la década del cincuenta, me metieron a la bola —carro de la policía— por jugar fútbol en la calle 92 de Aranjuez. Mi llanto convenció a la ley de que darle patadas al balón no era ningún delito: era nuestra vida).

Me acuerdo de cuando pasaba por Guayaquil (antiguo barrio de putas de Medellín) y vi en una cantina a mi madre, sin zapatos, sentada a una mesa tomándose una Freskola. Entré y le dije:

–Miña, a las cantinas no pueden entrar mujeres.

Mi madre, impasible, sin dejar de sorber su gaseosa y, mientras movía sus pies para airearlos, me dijo:

–¡Ay, mijo! Yo venía tan cansada, y vi este lugar como tan decente, atendido por señoritas, que decidí entrar a enfriarme los pies y tomarme un fresquito.

(Mi padre tenía el expreso Santa Bárbara en pleno Guayaquil. Un día me vio en la madrugada tomando aguardiente en el café Armenonville, pero decidió que ese no podía ser su vástago sino un cliente muy parecido. Lo supe después. Una noche me bajé de un bus en pleno Guayaco. Una de las pájaras de la noche tan pronto me vio, me dijo: vos fuiste el /&%$#” que me puso conejo la otra vez, ¿no? Entró en una cantina, volvió hilachas una botella de cerveza y salió detrás de mí. No sabía la vieja que yo era corredor de cien metros planos. Lo habría hecho bien como raponero, pero Dios me tenía para otros menesteres como palabrotraficante).

Me acuerdo de cuando Ligia, mi hermana mayor, consiguió novio. Era maestra de escuela en Anorí y todas las tardes, al salir de clases, se sentaba frente a la alcaldía con mi tío Arturo –que era el alcalde–, a ver pasar la misma gente. Un día el panorama cambió: empezó a atravesar la plaza lentamente, en filosófica mula, un personaje nuevo: alto, buenmozo, con cara de extranjero. Mi tío lo miró y le dijo a mi hermana:

–Te tenés que casar con ese tipo.

–¿Y vos lo conocés? —le preguntó Ligia.

–No, dijo mi tío. Es la primera vez que lo veo.

–Y entonces, ¿por qué me tengo que casar con él?

Y mi tío, que era gallero, jugador de dados y sobre todo sabio, le dijo:

–Porque más vale calavera de míster que antioqueño entero.

El final feliz fue cuando el recién llegado resultó ser un médico italiano; conoció a mi hermana, se ennoviaron, se casaron, vivieron felices y comieron perdices durante más de medio siglo.

(Yo era chaperón de una de mis tías, Judith, cuando su novio la invitaba a vespertina al teatro Alameda. No veía nada a partir del primer paquete de mecato que me daban. Su amigo, Mejía Vallejo, diría: en la historia de su hermana Ligia hay una novela, mínimo un cuento. Mis hermanas todas se casaron a mis espaldas. No comieron perdices, pero han sido felices. Creo).

Me acuerdo de la primera vez que fui a París. No tenía idea de francés. En el restaurante leí boudin y lo señalé con el dedo para pedirlo, sin entender un carajo. Y cuando me lo trajeron le dije a una amiga:

–¿Venir hasta París a comer morcilla? Mejor me hubiera ido pa’ Envigado.

(La primera –y única vez– que estuve en París, la ciudad no me “epató”. Me pareció que ya la conocía, por las películas. Y por uno que otro libro. Puro déjà vu, que llamamos (¿¡) los franchutes. Podía haberme quedado de vacaciones en el pequeño apartamento de mi hermana, en el boulevard Sully Morland, donde había un circo al borde de la quiebra: se le habían crecido tres enanos, su principal atracción. En el mismo piso donde vivía mi hermana conocí una madame nonagenaria que de pronto sacaba el gato —sí, el gato, no el perro— a pasear por los alrededores. Preferí regresar a Cocorná a pasar el fin del año en una casa que todavía no tenía luz. Esa madame me persigue con su eterna soledad. Me sonrió amablemente y desapareció para siempre detrás de la puerta de su apartamento).

Me acuerdo de cuando mi hermana Morelia y yo estábamos comiendo queso y tomándonos un vino tinto. Ella, al llevarse el camembert a la boca y aspirar el fragante olor, se detuvo, me miró y me dijo en paisa:

—¡Eh, ave María!, Guiller; siempre es que hemos progresado mucho, ¿no? Nacidos en Anorí y comiendo este queso tan hediondo.

(En una cata de quesos pornográficos, una sobrina le preguntó a su mamá: “Mami, ¿y estos quesos de qué país son?”. “Mi amor, de Holanda”. “Pobres holandeses, mami”).

Me acuerdo de cuando mi hijo mayor tenía doce años y el menor seis. Por lo tanto, el mayor era el que debía saberlo todo, como si fuera el sabio de la familia. (Hoy, las cosas se han invertido). Entonces el menor le pregunta al mayor:

—Hermano ¿por qué el piano trae teclas blancas y negras?

El mayor comprendió que se jugaba su prestigio en la respuesta y le contestó sin vacilar:

—Las teclas negras solo se tocan en los entierros.

(¿Y Andrea por qué no tiene pipí?, le preguntó a su hermanita mi hijo, Juan, a los cuatro o cinco años. —Yo sí tengo, ¿pero no ve que lo tengo escondido?, le respondió mi hija. En otra ocasión, mi hija se lamenta: “Papi, nosotros sí que les preguntamos cosas a ustedes, ¿no?”. “Pregunta, Andreíta, que para eso estamos los padres”. “No, es que ustedes nunca nos saben responder”).

Me acuerdo de cuando Gabriel García Márquez me escribió:

“Cuando llegues a Roma, si yo no estoy, ve a Piazza Italia número dos. Sube al segundo piso, tocas el timbre y verás salir una señora gorda, con una toalla en la cabeza, cantando ópera. Pregúntale por Fernando Birri, que él sabrá dónde estoy”.

Seguí, al pie de la letra, las instrucciones y, cuando salió la señora gorda, tal como Gabo me la había descrito, cantando ‘La donna è mobile’, no pude contener la risa. Lo que, con razón, molestó visiblemente a la señora. Le pregunté por Birri y respondió, furiosa: ‘Lástima que se haya ido a América, porque ese sí era un suramericano bien educado’. Insistí, dejando pasar la alusión, preguntándole: ¿Y Gabriel García Márquez? Y ella me respondió con un fuerte acento romano: ‘A quello lì, chi lo conosce?’ (a ese, ¿quién carajos lo conoce?).

(La única vez que vi a García Márquez, en Estocolmo, me dio culillo hacerle preguntas. Me tupí. Eso sí, le tomé fotos de puro chambón. En una de ellas —la única que conservo— aparece el amigo del maestro Angulo y mío, Nacho Martínez, el del restaurante El Triángulo, en la Colombia neoyorquina, léase Queens. También está en la foto, además del maestro Escalona, el coronel Nolasco Espinal, de San Pedro de los Milagros, Antioquia, mi compañero de cuarto en el Amaranteen Hotel de Estocolmo. El entorno de Gabo lo acusó de ser un espía de la CIA. Nunca creí que fuera espía. Finalmente, lo absolvieron de cargos. En las noches, mi coronel guardaba toda la ropa que había llevado en su maleta. ¿El argumento? El antiguo combatiente de la guerra de Corea decía que había que estar preparados para cualquier eventualidad. Don Gabo no se enteró de que este brillante “reportero” estuvo cubriendo la entrega del premio).

Me acuerdo de Gabo preguntándome: ¿Has oído a los Beatles. No me interesan —le dije—, apenas si los he escuchado de paso, como quien oye llover. Y él me dio un consejo que parecía orden: A los Beatles hay que sentarse a oírlos con toda seriedad, como si fueran Mozart.

(Veo que su amigo Gabo no ha oído a los Rolling Stones. Habría dicho lo mismo, pero hablando de estos abuelos setentones).

Me acuerdo de cuando leí en el diario Avui, de Barcelona, la pregunta que a don Guillermo Díaz Plaja —de la Real Academia Española— le hizo un periodista: ¿Es cierto que en Colombia se habla el mejor castellano de América? Y él contestó: Pues mire usted. Yo he pasado por el aeropuerto El Dorado y me han preguntado: ¿Le provoca tinto o perico? Y yo he respondido: Lo único que he comprendido es “le”.

(Ese cuento de que aquí se habla el mejor español, creo que es de un embajador (léase lagarto) argentino, que agregó que Bogotá era “la Atenas suramericana”. Desde entonces, vivimos de ese cuento). Eslogan que cambió un grafitero (mejorándolo) a: “¡La tenaz suramericana!”. Y volviendo a Gabo: al regresar de conocer Atenas le dijo a un amigo: ahora sé por qué a Bogotá le dicen así: salvo la Acrópolis, Atenas es igual de fea a Bogotá.

Me acuerdo de mi paseo ecológico, invitado por las Farc (la culebra estaba viva), en el que me cuidaba un guerrillero que tenía un fusil con mira telescópica. Él me prestaba la mira con todo y fusil para que yo comprobara si lo que había en la copa de un árbol era un cardo (bromelia, en Antioquia) o una orquídea.

(Maestro GAP, ¿usted estuvo secuestrado o fue de camping, como diría Silvio Berlusconi? Nuestro embajador en la OEA diría que se fue a engordar).

Me acuerdo de mi firme decisión: si llegara a escribir mis memorias, las titularía Memorias del alzhéimer, y las dedicaría así: “A don Alois, sin cuya abnegada ayuda estas memorias hubieran quedado plagadas de recuerdos de verdad”.

(Mis memorias se llaman: De anonimato nadie ha muerto. Pero nadie se ha acordado de comprarlas. Me tocará hacer lo que he hecho con mis demás libros para que se agoten: comprarlos para regalarlos. Soy best seller de libros regalados...). El maestro Angulo dice que best seller se traduce en colombiano como “semáforo”. Libro que no haya sido pirateado y vendido en los semáforos no se puede llamar best seller.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ
Especial para EL TIEMPO

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