Para leer en una Nochebuena

Para leer en una Nochebuena

EL TIEMPO invitó a un grupo de escritores para plasmar el espíritu de la época navideña.

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Ilustración: MiguelYein

Foto:

24 de diciembre 2016 , 06:55 p.m.

EL TIEMPO invitó a un grupo de narradores y poetas a elaborar una historia o a seleccionar la que en su producción se adecuara mejor al espíritu del fin de año. Estas piezas condensan muchos sentimientos relacionados con esta temporada. Para unos, alegría; para otros, recuerdos de tiempos pasados; para unos pocos, soledad.

Confesión

Cierto día, mi papá me confesó: “Hijo, el Niño Dios no existe”. Yo asumí su revelación como algo natural; ya me había dicho antes que la cigüeña no trae a los bebés y que el mundo es ancho y ajeno. Con esta noticia, pasé el resto del año esperando la nochebuena con la tranquilidad del que lo sabe todo. El 24 de diciembre –fiesta, comida, una tía que baila como pisando tizones– el ambiente navideño estuvo adornado por las figuras del pesebre. Yo miraba al bebé dormido y cómo el buey sonreía junto a la mula. Poco antes de la medianoche, empecé a quedarme dormido en una silla hasta que un tío me cargó y me llevó hasta mi cama. Pasados unos minutos, sentí un ruido en la habitación, abrí los ojos con algo de miedo y vi que un niño con alas azules danzaba por el aire como si fuera un pez en el agua. Al mirarme, se llevó un dedo a la boca y me pidió silencio. En ese instante, mi papá abrió la puerta y el niño quedó convertido en una porcelana que mamá pegó sobre una repisa.

Johann Rodríguez-Bravo
(1980-2006). Autor de ‘La ardilla de Newton y otros minicuentos’, y de las novelas ‘Ciudad de niebla’ y ‘Seis versiones sobre Ernesto Varona’.

Esperando el ángel

Nací en un pueblo del Caribe donde se juegan diez loterías al día. Todavía en una esquina de su plaza central hay una gran rueda de la fortuna, con muchos colores brillantes, a la que una muchacha con los ojos vendados lanza dardos para señalar los números ganadores. Mientras tanto, los jugadores cruzan los dedos, tocan madera, y ruegan por la buena suerte a Dios y sus ángeles.

Yo no tenía que suplicarle nada a ningún ser de allá arriba. Tuve la fortuna de tener bajo techo mis ángeles personales. Hablo de mis viejos, que sacrificaban todo para darnos, sobre todo en Navidad, algo parecido a lo que mis hermanos y yo pedíamos, en las cartas dirigidas al Niño Dios, una criatura con pelo de plástico, ojos azules, y una sonrisa indescifrable. Su amor, el de mis padres, era una verdad como el cielo, no había que mirar hacia arriba, para saber que estaba ahí.

Mis padres tuvieron que hacer muchos sacrificios, entre ellos padecer a un sujeto como yo, a quien desde pequeño le gustó la calle. Un día mis tías, al regresar a casa después de durar varias horas perdido, cortaron un limón en cruz, me sujetaron entre las dos, y mientras lloraba, exprimieron los limones en las plantas de mis pies, para curarme la herencia de judío errante de mi bisabuelo belga.

La Navidad, como la Semana Santa, me hacía sentir cosas en lugares extraños. No recuerdo ningún regalo especial de Navidad, lo que tengo presente es el misterio que rodeaba todo. ¿Si en Cartagena no había chimeneas, por dónde se iba a meter Papá Noel, el Niño Dios, o quien fuera, para dejar los regalos que habíamos pedido? A pesar de las dudas, asomarme bajo la cama, en la mañana del 25 de diciembre, era una de las cosas más apasionantes que podía sentir.

Una Navidad me hice el dormido. Una luz bajo la puerta que no dura encendida. Y de pronto en la oscuridad mis viejos, caminando en puntas de pie, como ángeles o duendes que vienen de otro mundo, para meter una bolsa grande bajo mi cama. Se había revelado el misterio y el mundo al día siguiente parecía menos mágico. Me sentía extraño y culpable, sin saber por qué: pero uno sigue andando.

El tiempo, hacha en mano y zapatos de bailarina, sigue su paso implacable. Muchas cosas buenas han llegado a mi vida, también he perdido otras, como a mi padre, que murió hace algunos años. Ahora en la Nochebuena intento, otra vez, quedarme despierto. Tal vez así pueda ver de nuevo a mi viejo, por lo menos un instante, ese sería el mejor regalo que quisiera recibir siempre. Sé que después de eso no necesitaré mirar bajo la cama.

J. J. Junieles
Su más reciente publicación es la antología de cuentos: ‘Fotos de cosas que ya no están’, (2015)

Una enredadera

Era una enredadera que empezó a crecerme desde los pies y pronto dio vuelta a mis piernas, todo de manera muy rápida, sin darme tiempo a examinar el asunto. Por lo demás, yo andaba preocupado con el rumbo de los negocios, afectados por la crisis mundial, y porque a un zapatero no ha de irle nunca bien. Si los descuidaba, cuente con que una familia de cinco hijos dejaría de alimentarse y vestirse en menos de lo que canta un gallo. Así que por mirar a un lado, casi me olvidé de este otro donde sentía los angustiosos arañazos de la planta en su lucha por aferrarse a mí cuerpo. Angustia pero también placer cuando el tallo lograba prenderse con sus múltiples patitas y detrás, a un paso, se aseguraban cientos de ramitas con sus hojas y, luego, en una operación sin fisuras, coparme por entero.

A ratos, inquieto con el cosquilleo, bajaba los ojos y, aunque me pasaba por la mente alargar la mano y desprenderla, pensar en que se trataba de una entidad viva que solo buscaba refugio en un prójimo, esa generosa consideración, me lo impedía. Además, era una enredadera muy hermosa –ya se la quisieran para adornar la casa–, que en mayo empezó a echar unas flores blancas y amarillas en forma de campanas, exhalando un perfume que solo podía llamar superangelical. Que así fuera, hacía menos gravosa la situación, pese a la intransigencia de abejas, avispas y colibríes, que llegaban a libar en vaso ajeno sus dichas.

Imagino cómo me vería entonces con medio cuerpo cubierto de relumbrante materia vegetal.

Un centauro es mitad hombre, mitad caballo, yo era de otra especie más venturosa, pues una de mis mitades era un jardín primaveral.

Fue cuando caí en cuenta de que aquel follaje, que ya iba apretándome el pecho, por lo sedoso de su poder, a lo que más se parecía era a un abrazo, y no a cualquier abrazo, sino a uno que anhelaba entregar su castidad. La enredadera, ¡ay!, era como una novia el día de sus vísperas, aferrándose a su prometido en una agonía voluptuosa.

Y mientras más me lo planteaba, más crecíamos en esta unión nupcial ribeteada por toda clase de zumbidos, trinos y revoloteos con que la naturaleza nos quería agasajar.

Eso fue en mayo; en junio, salvo los ojos y la boca, la vegetación me cubría como a un muro.

Por aquel entonces, la crisis mundial había cedido y un nuevo renglón de exportación se abrió al calzado, lo que me dio un respiro. Sin preocupaciones, sin una nube en el horizonte, cautivo de aquel jardín cada vez más frondoso y colorido, empecé entonces a llevar una vida de casado.

No tengo que decir lo feliz que era.

Elkin Restrepo
Este año publicó el libro ‘Cuentos’ (Eafit) y ‘Cinco cuentos inocentes’ (Hilo de Plata). ‘El torso de Venus es su último libro de poemas’ (Ed. Javeriana). Dirige la revista ‘Universidad de Antioquia’.

Un Papá Noel muy bajo

Lo más difícil es rellenarse la panza. Vestir el ropaje, de un rojo raído en el que se enfunda en la noche de Navidad, es un ritual que lo alboroza. Es un Papá Noel bajo y flacuchento. Lo que sí tiene son los años, que aunque suelen afligirlo, en diciembre parecen encumbrarlo. A la nena la conoció por internet. Le dijo que era actor y ella se vino desde lejos. Acá le aclaró que solía ser un payaso en fiestas, fungir de estatua humana en la calle y ataviarse así cuando despunta diciembre. Ella, decepcionada, le exigió el dinero para su regreso. Así que este año no solo se aplicó a recibir monedas por dejar sorpresas junto al árbol, que nunca han sido más que cajitas con mensajes navideños, sino que también vio deslizar su mano para hacerse a regalos que arrojaba a la tula. Es por eso que lo sobresaltan unos gritos infantiles que acaban de llegarle por la espalda. Entonces se deshace de la barriga y corre lo más rápido que puede, chillando como un Papá Noel herido que maldice al amor mientras jadea.

Andrés Mauricio Muñoz
Autor de los libros de cuentos ‘Desasosiegos menores’ y ‘Un lugar para que rece Adela’. Acaba de salir su novela ‘El último donjuán’.

La niña del último regalo

La niña encendió la luz de su cuarto y vio a Papá Noel aferrado contra la pared, con una tos que remplazaba su tradicional jo jo jo. La barba blanca le temblaba con tanta fuerza que parecía que en algún momento abandonaría su cara.

¿Estás enfermo, Papá Noel?, preguntó la niña mientras golpeaba suavemente lo que alcanzaba de la espalda del viejo.
Sí… un poco... Pero tú eres la niña del último regalo. Ya en un rato me iré a descansar.

¿Te traigo agua?

No, dijo Papá Noel con las palabras enredadas en la garganta. Tráeme el jarabe que tiene tu padre encima de la mesa de noche. Seguro me caerá bien.

La niña, sin dudarlo, salió de su cuarto, entró con los pies silenciosos al cuarto de sus padres y tomó el jarabe que estaba allí en la mesa, como lo había dicho el viejo. Luego corrió y regresó a su cuarto.

Aquí está el jarabe, le dijo la niña a la soledad que la rodeaba y a la muñeca de trapo que dormía con una sonrisa al final de la cama.

Jerónimo García Riaño
Armenia (1978). Egresado del Taller de Escritores de la Universidad Central.

Aguinaldos de pesebre

La noche del 23, y bajo la luz multicolor que alumbraba el pesebre, Gaspar el rey mago se detuvo al pie del laguito con paticos de plástico barato flotando en la superficie reluciente.

Mientras el dromedario saciaba su sed y él se contemplaba en el espejo de agua, Baltasar, otro de los reyes magos y con quien había apostado al aguinaldo de palmada en la espalda, se acercó con sigilo a Gaspar y le golpeó con fuerza mientras le gritaba ¡Mis aguinaldos!

Fue tan fuerte la palmada en la espalda que Gaspar cayó al laguito y desapareció entre los paticos de plástico y el puente de palitos de paletas. Sobrecogido y angustiado, Baltasar pidió ayuda al rey mago Melchor:

–Melchor, Melchor, ¡ayuda, se ahoga Gaspar!, ¡ayuda!

Gaspar desapareció en un remolino del laguito hecho de pedazos de espejo viejo.

Se les olvidaba que ellos dos, Melchor y Baltasar, jugaban a hablar y no contestar y habían apostado un camello.

Luis Liévano (Keshava)
Pedagogo, director de la agencia de Libros Infantiles Monikongo y Comunicador.

La visita

Una mujer de zapatos bajos está, ahogada, en una capilla. El ahogo la encierra. La encierra el tiempo. Otras la miran reticentes. Los ojos de ella hacia afuera, por la ventana, desde la que solo se ve una pared. Lleva unos versos y un vestido azul. Pertinente sería decir que vuela, pero se tira al piso y recita de memoria. Palabras en círculos salen, rozan, pasan y siguen. Respira y reza la respiración. Evangeliza: somos porque respiramos. Todavía en el piso, calla.

La poesía combate a un instante. Antes, lo llena. Desde los propios zapatos, varios –que la mujer enfoca desde el piso–, cada una cuenta su futuro en pasos.

Sobre sus cabezas, pintados en el techo, también rondan tres ángeles. Se oyen cientos. Quienes respiran a conciencia pueden escuchar sus murmullos, el ruido socarrón de la respiración de los ángeles. El de los espíritus de la prisión.

Los ángeles bajan, susurran fugaces. Se van por un camino que cae junto a un precipicio que algunas, mientras escuchan, bordan o tejen. Quien recita vuelve a sentarse. Una silleta de plástico blanca desde la que se miran los calzados de quienes forman el redondel. Nada explican, cada uno distinto, sobre la historia que cargan. El poema concluye: pero la mosca, una, la que él no mata, me recuerda, no soy capaz –todavía– de matar a nadie. Fin.

No hay prisa para quienes ven el futuro a través de la ventana que da a la pared. Las mujeres deshacen, lentas, la ronda. En su camino de salida de la cárcel, mientras espera a que le abran todas las puertas, la mujer se detiene en el árbol del caucho en medio del patio. Estrecho es el cantero que lo contiene. Estrecho el patio, grande el árbol. De él cuelgan retazos de telas de colores. Van cargadas de ofrendas. Un cielo, angosto desde allí, refleja todos los miedos. El cielo finge; el árbol, no.

Carolina Zamudio
Argentina. Poeta, periodista y narradora.

Fuera de serie

De discreto plumaje, el carricarri acecha desde un roble a la gallina fina paseando sus polluelos por el patio, feliz e inadvertida. Con ojos fijos en la presa se lanza, sin esfuerzo captura una criatura e inicia el vuelo. La madre, veloz según su estirpe, con sus alas rompe el aire, erizada y feroz por la sangre caliente sorprende al cazador y rescata al hijo de su entraña. No fluye la brisa, las nubes se detienen, igual el movimiento de hojas, de flores en los robles.

Incrédulo, el rapaz observa a la heroína que arrebata de sus garras al pequeño, regresa con los otros, los cobija completos con las alas cerradas. Suspendido en el aire aún no entiende, vuela hacia otro roble, algunas de sus plumas desprendidas se las lleva la brisa que se agita de nuevo. Suma vergüenza tiene el carricarri, experto en las lides de la caza. Por eso, baja la cabeza para esconder la punta azul del pico entre su pecho. Desde el suelo, la madre esta vez lo vigila y comparte temblores bajo su cuerpo que sólo cesan cuando el enemigo se pierde en las alturas.

Carmen Victoria Muñoz
Ha publicado las novelas ‘Un gato en el acuario’ y ‘Vida íntima de Laura Martín’; en poesía, ‘Exorcismos’ y en cuento ‘¿Quién no ha besado a Teresa?’.

Cumplimientos de la ley

A orillas del Ganges, en los dominios de Pataliputra, el rey Asoka, el Tortuoso, establece un campo de concentración para darle cuerpo a la intolerancia de sus sentimientos: grandes calderas sobre hogueras permanentemente encendidas, pinzas calentadas al rojo vivo, ruedas dentadas objetos con los que concreta la crueldad de su poder.
El rey ha reclutado a Bhiksú, que se encarga de la vigilancia. Bhiksú es de la provincia de Tanaki, donde los hombres son ingeniosos en el arte de la paradoja.

Al principio solo traían criminales, violadores de las leyes; pronto se les unió los que desagradan al rey; finalmente, quien tiene la desgracia de pasar junto al campo y escucha torrentes de lamentos. Detenidos y lanzados a las calderas cierran para siempre la boca de los testigos. Un día, 25 de diciembre, llega allí un Sramana, santo de la montaña allende el mar, cargado de cadenas, los pies descalzos. Inmediatamente, Bhiksú lo echa en la caldera de aceite hirviendo. La fuerza de la piedad y la meditación del Sramana no permiten ser consumido; se muestra como si estuviese en un barreño de agua fresca; un loto inmenso se despliega debajo para servirle de asiento.

El Bhiksú, estupefacto, manda un mensajero al rey. El rey acude en persona. Cuando lo tiene cerca, el director dice:
¡Oh, gran rey! Debéis morir.

¿Por qué?, pregunta Asoka.

El otro responde: Porque el rey en persona nos dirigió un decreto que dice así: “Quienquiera que llegue hasta los muros de la prisión será ejecutado en el acto”. El decreto no menciona ninguna excepción para el rey.

Pues bien, dice el rey, tampoco menciona ninguna excepción para los guardianes.

Bhiksú, ahora, carga sobre sus hombros el loto, y bajo sus pies tiene los hombros del rey Azoka; arriba, sobre el loto, el Sramana medita el sentido de las leyes de los hombres.

Basado en una leyenda hindú, siglo III a de C.

Jairo Restrepo
Docente. Premio de Novela Ciudad de Pereira 1996; dos veces mención de honor en la Bienal de Novela José E. Rivera.

El tamaño de un recuerdo

Cuál el momento de partida, el inicio, el punto en que los sucesos convergen y como orugas mutan convertidos en recuerdo.

Hubo tiempo de ser niña, de abrir puertas y cajones, descubrir dimensiones, planear una partida. Lo dice la fotografía envejecida en la billetera de mi padre; secreto olvidado en el cajón de la mesa de noche en mi alcoba. Alguna vez fui niña, busqué entre pastizales un trébol de cuatro hojas como un premio al hallazgo, a la fe, a la confianza enmarcada en la primera sonrisa. ¡Luisa!, ¡Luisa!, el llamado insistente de mi madre cuando el sol en el cenit hace ver difuso el movimiento de mis manos y en ellas el temor a deshojarlo. Caminar el afuera alejó mis pasos del llamado de mi madre. Desde entonces todo se fue haciendo adulto y, como por arte de magia, la casa grande la hallé pequeña, la calle de barrio estrecha, y el pastizal, un jardín que apenas conserva un pedazo de pasto donde no hay cabida para que se esconda un trébol.

Luisa Fernanda Trujillo A.
Poeta y docente universitaria. Autora de ‘De soslayo, prendada’ y ‘Trazo en sesgo la noche’.

Silent Night, holly crap

Mi madre no me hablaba. Ni siquiera esa vez que decidió llevarme con ella, en bus por el país, hasta llegar a Quito. Nos fuimos en silencio. La recuerdo como si aún estuviéramos ahí, almorzando, y en el radio, una sonata de Bach o de Chopin. Oírlos era como oírla hablar. Gritar. Llorar.

En Navidad, la gente parecía advertir nuestro desamparo y nos invitaba. Nos miraban y entre chisme y chisme, me miraban. Como si yo fuera una gárgola. Pero era porque éramos solas. Luego llegaba gente y más gente y entonces venían los aludes de regalos, la camiseta que escogió Pedrito, el pañolón azul para la tía, y de último, una caja de chocolates para mi mamá y una para mí. Porque a quién no le gustan los chocolates. De vuelta en casa, sentadas frente al árbol, nos quedábamos mirando las luces prender y apagar, como una multitud que no nos juzgaba.

Gabriela A. Arciniegas
Autora de ‘Sol menguante’, ‘Awaré’ (poesía), ‘Rojo sombra’ (novela), ‘Bestias’ (cuento) y ‘Lecciones de vuelo’.

Navidad con cola de dragón
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EL TIEMPO invitó a un grupo de escritores para plasmar el espíritu de la época navideña.

Foto:

Con sus personajes de plastilina nuestro pesebre pertenece, sin dudarlo, a un país de maravillas. Sus figuras equívocas parecían una broma, una broma fantástica: patos con orejas de burro, dos vacas con flores en vez de cachitos, tres ovejas con trompas de elefante… Sebastián se había empeñado en moldearlos con la concentración que el limbo de su silencio le permitía. El suyo era un mundo de ausencias, de escasas sonrisas, de miradas perdidas.

Descubrimos que la navidad suscitaba en él un renacimiento de emociones, escasas sí, pero tan auténticas que nos hacían pensar que empezaría a ser como todos los niños.

Este año, desde principios de noviembre, adelantamos la euforia de la navidad, y pusimos al alcance de su misteriosa imaginación muchos tarros de plastilina de colores. En el enigma de su obsesión por los animales y por modelarlos a su antojo había una esperanza. Con pasión de artífice inventó su zoológico estrambótico, y luego concibió, en lugar de la cueva del pesebre, una especie de isla en el aire sostenida en zancos. Los tres reyes magos fueron reemplazados por tres gatos con cuellos de jirafa, por San José moldeó un delfín con rayas de tigre, y por María, una tortuga con cuello de avestruz. En medio de los dos, un columpio, colgado de una nube, iba y venía meciendo un huevo prodigioso con alas de mariposa, cabeza de delfín y una cola de dragón esculpida con la minucia de algún sueño feliz. Pero no fue la construcción deslumbrante la que llamó nuestra atención. Las risas tímidas de Sebastián, convertidas en carcajadas, llenaron el aire. Tomó mi mano para mostrarme su obra, y con voz tímida, sacada de sus cuerdas vocales dormidas dijo: "Feliz Navidad".

Lina María Pérez G.
(Bogotá, 1949) Premio Juan Rulfo en género negro de Radio Francia Internacional, en 1999.

Los segundos, las horas, los minutos

Como algunas de las cosas que el tiempo simplifica, que llegara la Navidad ya no representaría un problema, pensó. Los amigos se habían dispersado, como las nubes que se va llevando el viento, dejando un cielo despejado de un azul profundo y titilante, aunque frío. La familia, antes numerosa, se había ido atomizando en núcleos más pequeños que orbitaban ahora otros universos, de los que llegaban como ecos, risas distantes, fotos, besos.

También con el tiempo disminuyeron las carreras frenéticas en busca de regalos intentando recordar los de años anteriores para no repetirse, y las compras de último momento en supermercados atestados, disputándose el último jamón de pavo disponible.

Por primera vez, en muchos años, el día laboral antes de la Navidad ya no fue un día laboral para él, y se sintió complacido por la cantidad de horas y minutos, que en su exagerada inmensidad, colmaron todos los espacios. El mismo tiempo que le había sido esquivo parecía estar en todas partes: entre las pantuflas al levantarse de la cama, en el fondo del tarro del café molido, envuelto en la brisa que se colaba al abrir la ventana, escrito en las páginas de los muchos libros que por fin podría leer.

Pero esa noche, la noche de Navidad, el tiempo le jugó una mala pasada al decidir detenerse. Los segundos, las horas y los minutos le hicieron compañía en lugar de huir de él. Se sentaron a su mesa, en la cena más larga que pudiera recordar jamás, lo acompañaron frente al fuego con una copa de brandy, y le ofrecieron su regalo de recuerdos, unos alegres –los que llegaron primero y se fueron pronto– y luego vinieron los tristes, lo que prefieren quedarse. Y en aquel transcurrir mortalmente lento, entendió que el vengativo tiempo, a quien había perseguido toda su vida, se quedaría junto a él, ahora solo tendría tiempo.

Luisa Noguera Arrieta
Ha publicado ‘El nido atortolado’, ‘El día que el sol no salió’, ‘El globito azul’, ‘Monstruos en mi almohada’, ‘Un lugar para ti’ y ‘Mahatma Gandhi’, de Panamericana.

EL TIEMPO

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