'Colombie': un libro de Michel Marlaud

'Colombie': un libro de Michel Marlaud

El exembajador de Francia en Colombia presenta un viaje por los sitios del país que lo han marcado.

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Marlaud y su esposa, Yveline, en el lago de Band-e-Amir, provincia de Bamiyan (Afganistán), donde los talibanes destruyeron esculturas de Buda en el 2001.

Foto:

Archivo particular

09 de agosto 2016 , 11:48 p.m.

¿Cómo surgió la idea de hacer el libro y cuál era el objetivo?

Sentimos que había una carencia de libros en francés sobre Colombia. Se han publicado muchos sobre aspectos políticos, antropológicos, etc., y varios escritores colombianos han sido traducidos, pero no existían textos que se arriesgaran a dar un panorama de conjunto del país con el objetivo de suscitar la curiosidad del lector y darle ganas de conocerlo. Para nosotros, que vivimos en él durante tres años, la motivación nos la dieron estos versos de Candelario Obeso, el primer poeta negro de América, enterrado en Mompox, que incluimos en la introducción: “En cambio de mi amita / Solo una cosa le piro / Conviene a sabé / Se jalle en su romicilio / Le cuente a toito er mundo / Lo que aquí en Colombia ha vito”.

Usted ha tenido una amplia trayectoria como diplomático, en países como Indonesia, Corea, Ruanda, Nueva Zelanda, Bolivia. ¿Por qué solo Colombia le ha inspirado hacer un libro?

Efectivamente, sentíamos que era un país poco conocido en Europa, comparado con otros de América Latina sobre los que circula más información. El énfasis en el conflicto y lo negativo lo hacía poco publicitado para el turismo. Pero Colombia es vida, energía, una increíble variedad de paisajes con múltiples y contrastantes colores. Impacta el sabor de la fiesta, combinado con el respeto hacia las tradiciones y la innovación permanente de nuevas músicas y formas de expresión, como la pintura mural; también, ese vínculo sutil entre tradiciones bien arraigadas en cada región y la fascinación por la modernidad, que le dieron al mundo artistas universales como García Márquez, Álvaro Mutis, Rogelio Salmona, Botero, etc. Es esa explosión de vida y de dinamismo lo que quisimos ilustrar, y es la impresión que se desata al mirar todas estas fotos.

¿Cómo fue la selección de lugares y hechos históricos?

Durante nuestros años en Colombia tratamos de viajar, leer, mirar y escuchar mucho. Lo primero fue referirnos solo a lugares que hubiéramos visitado, lograr una armonía entre fotografías y texto. No pretendimos hacer una presentación académica, sino proponerle al lector un paseo a través de esos lugares, que aún existen y tienen gran poesía. ¿O qué mejor lugar que la laguna de Iguaque para hablar del origen de la humanidad? ¿O dónde evocar mejor la llegada de los españoles si no en San Martín de los Llanos? ¿Acaso no es Mompox la ciudad para recordar el saqueo de las riquezas de América por los conquistadores? ¿Cómo no conmoverse en Santa Marta, visitando la Quinta de San Pedro Alejandrino? Eso, sin contar los lugares donde se despliega la imaginación, como Aracataca y todos aquellos pueblos que parecen salidos de los vallenatos. Nuestra idea es sorprender al lector, que le suscite una imagen más compleja de Colombia, y que, al despertarle esa curiosidad, le dé ganas de conocerla.

¿Qué es lo que más recuerda y extraña de Colombia?

La fidelidad en la amistad. Nos impactó mucho esa mezcla tan particular entre enorme hospitalidad y generosidad espontánea. Y, desde que nos fuimos, constatamos que la amistad sobrevive a pesar de los años y de la distancia. También algo que me impresionó mucho es que, a pesar de todos los problemas que tiene, Colombia siempre figura en la clasificación mundial de los países más felices del mundo. Esa capacidad de resiliencia, de ser optimistas, de transformar siempre lo negativo en algo para resurgir, de reintentarlo todo siempre es admirable. Los colombianos tienen una extraordinaria capacidad de proyectarse hacia adelante, de confiar en que siempre viene algo mejor, de ver lo positivo. Eso es increíble.

Le tocaron episodios complicados relacionados con las Farc, como el caso Granda, la operación Jaque, el caso Ingrid Betancourt. ¿Cómo ve el actual Proceso de paz? ¿Qué ve positivo y negativo?

La aspiración por la paz es compartida por casi todo el pueblo colombiano, y los progresos en materia de seguridad sin duda son condición para la prosperidad económica, la cohesión social, el desarrollo cultural. Tuve la oportunidad de estar primero en Colombia a finales de los 80, cuando la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, y puedo medir el camino recorrido. Colombia se volvió un socio relevante y confiable. De hecho, Francia es uno de sus principales inversores extranjeros. El 2017 será un año de gran intercambio entre ambos países, y el hecho de que películas como El abrazo de la serpiente se proyecten actualmente en los cines parisinos da la medida de lo que viene ocurriendo. Veo bien cómo Colombia, que durante tanto tiempo ha estado agobiada por el conflicto, en la medida en que hace avances hacia la paz, adquiere mayor relevancia en el escenario internacional. Desde que Santos fue elegido y se trazó ese objetivo, aspectos culturales empezaron a tener más visibilidad y reconocimiento. Me parece positivo también que, luego de una época centrada en los combates, se pasara a una enfocada en tratar de entender el porqué del conflicto, los problemas de las víctimas, de las tierras, de la riqueza, aspectos determinantes, porque la paz no es únicamente resultado de la acción armada.

Parte de Colombia y de la comunidad internacional se pregunta si es posible el fin del conflicto, porque la firma de la paz no es sinónimo de eso. ¿Qué opina?

Hay dos elementos. Primero, que un acuerdo de paz es una opción para quienes no quieren pasar toda su vida en la selva. Y segundo, el interés de un acuerdo es quitarles legitimidad a quienes, de ellos, continúen combatiendo mediante las armas. Hoy, las Farc pueden pretender ser portadoras de un proyecto político, pero eso no significa que todos sus miembros tengan la misma intención. De manera que si, cuando se dé un acuerdo, quedan unos por fuera, delinquiendo y traficando drogas, serán recriminados. Es un poco lo que pasó con los paramilitares: que no porque hubo un acuerdo con ellos significó que todos se desmovilizaran o dejaran de actuar. Pero el acuerdo permitió establecer quiénes se acogieron y quiénes se quedaron por fuera, delinquiendo. De manera que, en el marco del proceso, hay sin duda un aspecto determinante por resolver, que es el del narcotráfico, porque mientras haya una parte que no se acoja a la paz y siga en el delito, seguirá interesada en que haya violencia, en que la paz fracase y el Estado sea débil, para seguir en sus intereses. Eso obliga a estar muy atentos.

Como embajador de Francia en Afganistán, ¿cómo sintetiza la situación de ese país y los desafíos suyos?

Afganistán es un país que ha vivido más de 30 años de guerra y que aún hoy enfrenta una alta amenaza terrorista. Ya desde antes de los años 80, había sufrido destrucciones, sometimiento e invasión asociados al conflicto y a las consecuencias del régimen oscurantista talibán. También es el mayor productor de opio del mundo. En el 2014, por primera vez en su historia, cambió de jefe de Estado pacífica y democráticamente, y las tropas de la Otán se retiraron, en vista de que Al Qaeda ya no representaba una amenaza. Hoy está en una fase de transición, pero la comunidad internacional debe permanecer a su lado, incluyendo a los colombianos, porque los talibanes habían prohibido casi todo, incluido lo cultural. La gente no podía tener en sus casas pinturas, arte, ni siquiera pájaros; no podían escuchar música ni tocarla, les destruyeron todos los instrumentos. Son cosas absurdas e inimaginables. Los terroristas prohibían eso con el argumento de que era contrario a la religión, cuando eso es falso, el Corán no dice eso. Por eso recuperar esa gran tradición de Afganistán como país, que fue además una nación de tránsito de tantas culturas, implica toda una labor de rescatar lo humano, lo cultural. En el 2006 se creó un instituto para enseñar de nuevo música tradicional y occidental, y tuve la sorpresa de encontrar dos jóvenes artistas colombianos que ayudan en esa labor.

¿Cuál es hoy la directriz de Francia en un país como Afganistán, que, se estima, tiene 100 miembros de Al Qaeda, 3.000 de Daesh y 30.000 talibanes?

El problema principal es que el país hoy sigue en guerra. Mientras en los últimos años la Otán combatía con la Armada de tierra, hoy, la Armada afgana combate sola, y el problema es haber sido un territorio escogido por el terrorismo internacional con intereses directamente en Europa, Estados Unidos y otras naciones. De manera que tratamos de acompañarlos en esta nueva etapa, pues se considera que ya el capítulo que empezó con los atentados del 11 de septiembre terminó por dos razones. Primero, por el retiro de las tropas de la Otán; y, segundo, por la muerte el año pasado del mulá Omar, el gran líder talibán que protegió tanto a Bin Laden y que tuvo un papel central en los atentados del 11 de septiembre. De manera que oficialmente puede decirse que desde el año pasado pasamos a otra etapa.

Pero ese capítulo no parecería tan cerrado, en vista de los atentados ocurridos en París y la amenaza latente sobre otros países. ¿O qué sigue ahora?

En cuanto a Afganistán, hay que tener presente que la mayoría de su población no es terrorista, sino una víctima más del terrorismo. La gente que muere cada día es asesinada por los talibanes. Es parecido a lo que ocurría en Colombia durante los peores años de su violencia: que la mayoría de colombianos no eran violentos, sino víctimas de la violencia. De manera que lo que vive hoy Afganistán, más que un problema de terrorismo, es uno de migración.

Están muy preocupados por el futuro y abandonan su país de manera masiva. Son la segunda nacionalidad en huir hacia Europa, lo que plantea un enorme problema para Europa, que no da más abasto para recibir a tanta gente. Sin duda, la amenaza no ha terminado, y sigue habiendo movimientos terroristas como Al Qaeda y ciertas tentativas de Daesh, que nos obligan a estar atentos.

Ante ese panorama y amenazas como la de Isis, ¿cuáles serían los retos para Francia y en general para Occidente?
Luchar sin piedad contra el terrorismo, pero desde el respeto de nuestros valores. Nunca antes el lema de la República francesa, ‘Libertad, igualdad, fraternidad’, había tenido tanto sentido.

¿En qué políticas y acciones se traduce eso?

En reprimir a los terroristas, claro. Pero también en guardar el sentido de nuestros valores, sobre todo de la libertad. Los terroristas quieren convencer al mundo de que supuestamente Occidente está contra el islam, pero eso no es cierto. Debemos propender a que la civilización esté contra la barbarie. Por eso, todos los países debemos estar unidos contra toda forma de violencia.

Para finalizar: si pudiera estar en un lugar de Colombia en este momento, ¿dónde estaría?

Esa sí que es una pregunta difícil, porque son muchos los lugares impactantes, como Mompox o la Sierra Nevada de Santa Marta y su Ciudad Perdida. Pero si pudiera estar ahora mismo en Colombia, estaría en Popayán.

SOPHIA RODRÍGUEZ POUGET
Especial para EL TIEMPO

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