Cien años de una pluma insuperable, la de Juan Rulfo

Cien años de una pluma insuperable, la de Juan Rulfo

Hispanoamérica celebra el centenario del nacimiento del autor de ‘Pedro Páramo’ y ‘El llano.

El escritor mexicano Juan Rulfo

Juan Rulfo (16 de mayo de 1917, Sayula, - 7 de enero de 1986, Ciudad de México) combinó la escritura con la fotografía

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Fotos: cortesía Fundación Juan Rulfo

16 de mayo 2017 , 04:41 a.m.

La luz de una vela ilumina el mundo escrito por Juan Rulfo. La llama alumbra los cuartos, las cocinas, los corredores. Y por las medias sombras que la luz deja tiradas en el piso, en la pared, pasan otras sombras, quien sabe de quién o quien sabe de qué. Afuera, en la tierra seca, la luz de la luna completa la penumbra.

Hoy todo eso ya no existe. Hay demasiada luz en nuestros cuartos, en los corredores y en la ciudad. Tenemos tanta luz que ya no nos deja ver nada. Para entrar al mundo creado por Rulfo hay que encender las velas y apagar nuestros bombillos.

Una de las virtudes de un gran escritor es mostrarles el mundo que ya no existe a sus lectores. Un gran escritor reaviva mundos desaparecidos. Por eso, cada vez que leemos El llano en llamas o Pedro Páramo es otra luz la que nos alumbra, es otro mundo el que se nos viene encima, así se haya evaporado en las nubes del tiempo. El escritor logra atraparlo para sus futuros lectores. Conoce a la perfección una de las máximas de Heródoto: “La primera historia se escribió con la esperanza de evitar que se pierda el recuerdo de lo que los hombres han sido”.

Si se entra en ese mundo retenido por Rulfo, iluminado parcialmente por rectángulos difusos que se alargan y se anchan a su antojo por la oscilación de la llama de una vela, se va a escuchar con claridad el paso del viento, las puertas que se abren y chirrean, el arrastrar de las alpargatas; el fuego que revienta en la hornilla, las voces de la gente afuera en la calle, los murmullos de la noche, el ruido de la cama cuando alguien se reacomoda, el ladrido de los perros, los truenos y la lluvia que se acerca.

Por eso el lector se detiene cada tanto en las frases cuando lee sus dos libros, porque reconoce un mundo que le contaron, que no vivió, pero que ahora ve. El lector presencia ese claroscuro. Cuando Rulfo publicó Pedro Páramo, las críticas no se hicieron esperar. Le dijeron que era un escritor mediocre, que se dedicara a otra cosa, que su libro no tenía sentido, que era una tontería, que era un puro enredo y que su “novelita” era una “completa basura”. Como él había obtenido cierto reconocimiento con su primer libro, los críticos dijeron que era simple suerte y lo calificaron como “el burro que había hecho sonar la flauta”.

La verdad resultó siendo otra: los burros eran aquellos que lo criticaron y que no entendieron los alcances de su prosa. Rulfo con su escritura logra para Latinoamérica lo que ningún otro escritor había logrado con tanta eficacia hasta entonces (y hasta ahora): mostrarnos el funcionamiento de nuestra mente a través del minucioso arte de la literatura. Joyce y Virginia Woolf le contaron al mundo, antes que la ciencia, la forma de operar de nuestra mente, la forma en la que ordena y construye los acontecimientos y las historias, la forma en la que vive la vida la mente. Y lo contaron a través de un sofisticado, complejo y estético mundo literario, a través de historias de mundos que desaparecían (sus mundos). Y es que con regularidad la literatura se adelanta a la psicología, a la psiquiatría, a la filosofía, a la ciencia, a la economía, a la historia... Dostoievski, Proust, Joyce, Virginia Woolf, Capote, Chéjov, por citar solo algunos, lo hicieron.

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La forma en que nuestra mente funciona, uniéndose por murmullos, por hilos, por frases, por imágenes, por sonidos, por voces, por fantasmas, la hizo posible Rulfo con una historia de campesinos pobres en una tierra seca y desolada. La sofisticada estructura de hebras que tejió en su novela hizo que sus críticos no la entendieran porque tenía más movimiento una piedra que sus capacidades de entender una nueva, arriesgada y transgresora propuesta. Rulfo nos mostró de manera artística y estética la forma como deberíamos empezar a entender y ver la literatura contada a través de un mundo que desaparecía. Es tan sofisticada su estructura que hace que nuestro pensamiento la construya, la complete, que arme los trozos, las hebras sueltas, los sonidos y las voces, que nos haga entender cómo se comporta y funciona nuestro cerebro a través del arte literario. Rulfo nos muestra el mundo no como es sino como el cerebro lo ve.

A este sutil modo de construcción, Rulfo le suma su experiencia vital. En una frase está cifrado ese universo que luego contará cuando alcance la edad de 37 años: “De los seis a los doce años solo vi muertos en mi casa. Asesinaron a mi padre, a los hermanos de mi padre, a mis abuelos: era una casa enlutada”. Su madre también murió de un ataque al corazón cuando solo tenía 32 años. La ruptura interna, el desgarramiento, el quiebre profundo que tuvo a los nueve años fue definitivo e irreparable. Y ese golpe fue el que construyó su universo narrativo. Se podría decir que a los diez años estaba acabado, pero con extraordinaria fuerza vivió para contarnos ese mundo ahora inexistente, fantasmal, pero que volvemos a ver, con luz de vela, cada vez que nos asomamos a las páginas de Pedro Páramo y El llano en llamas.

Aparte de esta complejidad narrativa, existe otro elemento determinante que hace de la obra un clásico de la literatura universal, y es ¿por qué queremos a Pedro Páramo si es un vulgar y cruel terrateniente que trajo dolor y dejó hijos regados en el mundo como granos de maíz secos que se tiran a la tierra? La respuesta es el entendimiento profundo que Rulfo tenía de la condición humana. Orson Welles solía decir: “Cuanto más humano haces que sea el monstruo, más interesante resulta la historia”. Rulfo le da humanidad a Pedro Páramo, nos deja que construyamos a Pedro Páramo por pedazos, por voces, por recuerdos muy lejanos donde vemos la integridad de un ser humano imperfecto, lleno de errores y, desde luego, aciertos. Rulfo entiende que hay que escribir con compasión. La escritura no es una venganza, es una humanidad, sea de quién sea de quien se escriba. Igual ocurre con el resto de sus personajes, femeninos y masculinos. Ahora solo queda volver a la frase inicial del libro: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo”. Y dejarnos llevar por ese mundo desaparecido.

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Comala y Macondo

Cuando hablamos de Comala es inevitable hablar de Macondo y cuando hablamos de Macondo es inevitable hablar de Yoknapatawpha, el pueblo fundacional creado por Faulkner.

Las grandes influencias de García Márquez se pueden contar entre los clásicos de la literatura. Está, por supuesto, William Faulkner y sus inmensas Luz de agosto y El ruido y la furia; Kaf-ka, descubierto por las lecturas con los camaradas de la Cueva de Barranquilla y leído con entusiasmo febril en los vapores del Magdalena, en sus viajes de la Costa a Bogotá y en sus años de estudiante de derecho en la Universidad Nacional. “Kafka escribe como hablaba mi abuela Tranquilina”, llegaría a decir el nobel.

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De Juan Rulfo, cuenta la anécdota que estando García Márquez en sus primeros años mejicanos, instalado en la Colonia Renán, su compadre Álvaro Mutis le llevo El llano en llamas y Pedro Páramo como presente para ver si por fin “aprendía a escribir”. Allí empezó un feliz encuentro en el que Gabo y Rulfo terminarían trabajando en la adaptación de El gallo de oro, un cuento que Miguel Barbachano encargaría para que García Márquez y Carlos Fuentes lo convirtieran en guion cinematográfico. Este trabajo fue el inicio de las más profundas relaciones de Gabo: su amistad de toda la vida con Fuentes y la influencia literaria, salpicada por muchas noches de copas y desvelos con Rulfo. Esta es la semilla mejicana de lo que después, en los tempranos años setenta, el autor norteamericano Luis Haars terminaría nombrando como el ‘boom latinoamericano’. Rulfo, como un verdadero presagio de la grandeza a la que llegarían las letras latinoamericanas y, al igual que Miguel Ángel Asturias, unos cuantos años mayor que las estrellas de dicho movimiento, que en Barcelona encontrarían el pivote para la conquista de las letras universales de la mano de Carmen Balcells: Cortázar, Vargas Llosa y Gabo.

Así es como dos ciudades imaginadas se conectan en un mapa fantástico: Comala y Macondo se miran una a la otra, ya sea a través del polvo y del viento frío del desierto, ya sea a través de la tierra caliente y la selva del Caribe.

ÓSCAR PANTOJA
Autor de las biografías ilustradas: ‘Rulfo, una vida gráfica’ y ‘Gabo, memorias de una vida gráfica’. Premio Nacional de Novela Alejo Carpentier 2012, con el libro ‘El hijo’.

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