Recuerdo de mi último diálogo con Philip Roth

Recuerdo de mi último diálogo con Philip Roth

El fallecido escritor de EE. UU. previó ascenso del autoritarismo, como recuerda Bernard Henri Lévy.

Philip Roth}

Philip Roth, escritor estaounidense.

Foto:

Reuters

11 de junio 2018 , 10:00 p.m.

La reunión con el escritor ese 20 de enero del 2017 fue una experiencia surrealista, considerando que en su novela del 2004, 'La conjura contra América', Roth precisamente describía la pesadilla siniestra y escalofriante en la que hoy se encuentra Estados Unidos.

Nos encontramos, junto con nuestro amigo en común Adam Gopnik, en el departamento tapizado de libros de Roth en Manhattan, Nueva York, donde se mudó tras anunciar su retiro definitivo de la escritura.

Roth había pasado esa mañana frente al televisor y, como muchos norteamericanos, había visto las imágenes sorprendentes de los berrinches del bebé grandulón que, con sus puños diminutos en alto, insultaba al 'establishment' de Estados Unidos, al pueblo estadounidense y al mundo.

Como saben sus lectores, el autor de 'La conjura contra América' tiene una debilidad especial por las heroínas literarias. De modo que reflexionamos sobre el caso de Melania Trump, la primera dama, que mantuvo un aire curiosamente ausente durante toda la ceremonia. ¿Estaba proyectando lucidez? ¿Estábamos observando el aspecto de alguien que conoce íntimamente las catástrofes que todavía están por venir? ¿O ella era simplemente la joven más hermosa de la fiesta, aquella a la que un adolescente ávido había invitado a bailar y luego abrazó con fuerza?

El mundo hoy está escribiendo colectivamente una nueva novela. Roth condensó con gran maestría los elementos trágicos y cómicos de este proceso, y hablamos de las fuerzas que podrían hacer frente a la ola oscura de vulgaridad y violencia en el gobierno de Trump.

La primera es el pueblo soberano, que se volcó a las calles de cada ciudad importante del país sabiendo que, en términos de votos totales, son ellos, no Trump, los que ganaron la elección.

Segundo, hay algunos republicanos que entienden que Trump, el exdemócrata devenido populista, está en una lucha a muerte con el Partido Republicano que utilizó como trampolín hacia el poder.

Una tercera fuerza es la CIA, cuyo cuartel general Trump visitó al día siguiente de su asunción. Se ubicó frente al Muro Conmemorativo –en el que están gravados los nombres de 117 agentes que han sido asesinados en cumplimiento del deber– y se felicitó a sí mismo de un modo grotesco y pueril por la cantidad de seguidores que habían ido a Washington a celebrar su posesión, sin hacer ninguna mención a los caídos.

Mientras tanto, a la agencia de inteligencia norteamericana le llevará tiempo olvidar que Trump cuestionó su probidad en la polémica sobre el ‘hackeo’ ruso para influir en la elección a su favor.

Le pregunté a Roth si consideraba extraño que la mayor democracia del mundo deba recaer en semejante mecanismo improbable de equilibrio de poderes. Lo que es extraño, respondió, con una carcajada y la cabeza echada hacia atrás, es este nuevo estado de insurrección suspendida, del cual el presidente improbablemente elegido es responsable. Uno podría pensar que, debido a esta insurgencia desde adentro, Trump podría ejercer un mandato aún más corto que el del protagonista de la novela 'La conjura contra América'.

Por supuesto, la novela de Roth y la situación de hoy no son precisamente comparables.

El mundo hoy está escribiendo colectivamente una nueva novela. Roth condensó con gran maestría los elementos trágicos y cómicos de este proceso

La historia de Roth se desarrolla en 1940, y describe cómo el heroico aviador y simpatizante nazi Charles Lindbergh derrota al presidente en funciones Franklin Delano Roosevelt. Y Lindbergh era un antisemita virulento.

Trump, en cambio, emplea una retórica que es reminiscente de Mussolini. Y ha profesado su solidaridad con los peores líderes populistas y abiertamente fascistas del otro lado del Atlántico, desde Nigel Farage y Viktor Orbán hasta Marine le Pen y Vladimir Putin.

Luego está el eslogan ‘Estados Unidos primero’. Es asombroso que estas palabras no hayan causado náuseas en todo el espectro político estadounidense. Después de todo, como debería saber todo aquel que tenga una módica conciencia histórica y política, ese era el eslogan de los simpatizantes nazis en Estados Unidos en 1940, durante los tiempos de Lindbergh. Era la respuesta que recibían quienes querían que Estados Unidos ofreciera resistencia a la Alemania de Hitler.

Se utilizó para denunciar a aquellos ‘belicistas’ judíos, acusados de imponer sus intereses por encima del interés nacional. Y es este eslogan, que Trump repitió en las escalinatas del Capitolio, el que lleva a gente como el líder del Ku Klux Klan David Duke a desenmascararse y alardear: “¡Lo logramos!”. Trump sabe todo esto, y cuando se lo dicen, responde que su mirada está puesta en el futuro, no en el pasado.

Pero hay solo dos equipos en este juego: los nihilistas sin memoria y los que saben que los idiomas tienen una historia y, por lo tanto, una identidad. El primer equipo piensa que un orador puede invocar un eslogan sobre la supremacía blanca varias veces en un mismo discurso sin tener intenciones malignas; el segundo equipo sabe que la genealogía de las palabras no se puede negar sin que el pasado se tome la venganza.

Trump, un potencial aliado de los demagogos más repugnantes y odiados de nuestro tiempo, está siendo rechazado en todo el mundo. Pero consideremos este giro particularmente extraño y siniestro: el anuncio en diciembre del 2017 por parte del presidente menos popular de Estados Unidos de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén y desarrollar, así, una afinidad por el mismo pueblo que su antecesor en la ficción consideraba subhumano.

Ojalá los destinatarios de la repentina atención de Trump sean cautelosos con este nuevo amigo como lo son con sus enemigos. Ojalá nunca olviden que el destino de Israel es una cuestión demasiado seria como para ser utilizada como pretexto para que un aventurero impulsivo y poco culto demuestre su autoridad o sus supuestos talentos para cerrar acuerdos. Y ojalá les ahorren el dilema, retratado en la novela de Roth, de tener que elegir entre dos destinos igualmente horribles: el de la víctima, Winchell, o el del rehén voluntarioso, Bengelsdorf.

Estados Unidos no ha leído lo suficiente a Philip Roth. Su mundo o el de Trump: esa es la cuestión.

BERNARD HENRI LÉVY
Project Syndicate

Philip Roth

Philip Roth, escritor estadounidense.

Foto:

Reuters

Pero hay solo dos equipos en este juego: los nihilistas sin memoria y los que saben que los idiomas tienen una historia y, por lo tanto, una identidad

Roth, la gran voz literaria de EE. UU. en los últimos 50 años

Philip Roth fue, en palabras del guionista David Simon, “el gran novelista estadounidense de nuestro mundo de la posguerra”.

No es una opinión aislada. El escritor de ascendencia judía, contemporáneo de Don Delillo y Norman Mailer, logró retratar de forma irreverente y profunda la sociedad estadounidense a través de sus más de 30 novelas.

Temas como la pequeña burguesía judía, la sexualidad masculina y el peso de la historia fueron plasmados por su voz lúcida y satírica, alimentada por una infancia en el barrio judío Weequahik, en Newark, Nueva Jersey.

Sobre ese pie que mantenía en la realidad a la hora de escribir, Roth dijo en 2011: “No se puede inventar de la nada, o definitivamente yo no puedo. Necesito algo de realidad, unir dos fragmentos de realidad para obtener fuego”.

Su trascendencia literaria fue reconocida por innumerables premios, entre ellos el Príncipe de Asturias y el Man Booker International.

Solo le fue esquivo el Nobel de Literatura, al que fue favorito durante años sin llegar a obtenerlo. “Se volvió un chiste para él”, mencionó al respecto la periodista Josyane Savigneau.

Varias de las reacciones tras su muerte el pasado mes de mayo, a los 85 años, señalaron la injusticia de esa omisión de la Academia sueca y la compararon con las de otros autores como Borges y Kafka.

La carrera literaria de Roth comenzó en 1958 en 'The New Yorker', escribiendo historias cortas. Dos años después, con 'Goodbye, Colombus', debutó como escritor obteniendo el Premio Nacional del Libro 1960.

Continuó con obras como 'El lamento de Portnoy' (1969) y su trilogía política: 'Pastoral americana' (1997), 'Me casé con un comunista' (1998) y 'La mancha humana' (2000). Su trayecto creativo concluyó en 2010 con 'Némesis'. Poco después, anunció que no volvería a escribir.

Eso no evitó que siguiera siendo relevante públicamente. Fue un gran crítico de la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, refiriéndose a él como “un ignorante incapaz de manejar un vocabulario de 77 palabras”.

Tampoco medró el reconocimiento de su influencia en la literatura de los últimos 50 años, que se hizo más palpable por parte de intelectuales tras su fallecimiento. “No existe nadie como él, ni hoy ni nunca”, dijo el escritor Gary Shteyngart. Michael Chabon apuntó que Roth “fue tan virtuoso y versátil como Sinatra”, pero “ácido y subversivo”.

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.