La vigilia de Pedro Páramo en el centenario de su autor

La vigilia de Pedro Páramo en el centenario de su autor

Una aproximación a la gran novela de Juan Rulfo, obra cumbre de la literatura contemporánea.

Juan Rulfo

Juan Rulfo murió en 1986. Además de escritor fue guionista y también fotógrafo.

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El Universal de México

12 de diciembre 2017 , 07:36 p.m.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.
Así de natural, de sencillo, como el río que fluye en un atardecer diáfano, como las piedras echadas a un lado del camino y la arena corriendo en un desierto invisible, comienza una de las novelas más bellas y enigmáticas de la literatura universal contemporánea: Pedro Páramo.

Y el motor de dicha desmesura es Juan Preciado, el hijo de Dolores y Pedro, que tras las huellas de su padre ingresa en el mundo de Comala, un mundo de incesantes murmullos. De voces que están en el viento, habitando las sombras: “¿Cuánto hace que están ustedes aquí?”, pregunta Juan, y le responden: “Desde siempre. Aquí nacimos”. Juan es el Hermes de Rulfo y el médium literario.

En esas ciento treinta páginas, mal contadas, hallamos un relato donde la aventura narrativa subvierte los sentidos. No es una novela fácil; su estructura es atípica, por las voces de los personajes que surgen de las sombras o de las grietas nocturnas en tiempos distintos, formando un presente perpetuo, pero que gracias a la maestría y riesgo de Juan Rulfo llenan con enorme placidez los agujeros negros de la historia.

Alquimista, astrónomo de la palabra, Rulfo conduce como los dioses un tramado donde al ‘parecer’ ya todos están muertos y son ellos, los ausentes, los que arman el mapa de ese pueblo fantasmal. Las voces de los muertos nos van metiendo en un México árido y fabuloso. Ese México rural que en palabras de Rulfo se oye tan terrenal y misterioso: “Solo quedaba la luz de la noche, el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos...”, o el tiempo que aquí es un fantasma gracioso, travieso, llenando los espacios: “El reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo”. Si Dante caminó el infierno, sus hoyos y precipicios de fuego, Rulfo nos dibuja el purgatorio a través de esas ánimas que divagan sin pena y con mucha picaresca entre los escombros de la vida. Almas que permanecen en el extravío y la somnolencia. Siguen prisioneras en una dimensión entre lo que fue y lo que está siendo. Pero que también cuentan una historia, la historia de un México profundo.

La poética

Rulfo, prodigioso, después de cada imagen nos invita al silencio, un silencio inmemorial que rasga el alma, y allí la belleza literaria es una mera contemplación que deleita la atención del lector. Recuerdo que el escritor Óscar Collazos me contó que tuvo el privilegio de asistir a una velada en Madrid, donde estaban reunidos Onetti y Rulfo; solamente corrió el vino, y el silencio del mexicano y el uruguayo fueron un coro elocuente que adornó esa noche remota. Otra manera de decir que las obras hablan y callan por sí solas.

Y el lenguaje, ese crisol mutable, es de una poesía contundente, elemental, arcillosa, que se infiltra en las venas y se desliza acuática hasta el corazón del lector, palabra que vive en el autor y en el que lo lee: sutil, crujiente, poderosa voz humana. Eros y Tanatos, dulce mezcla que vivifica lo pasajero, lo efímero, que somos: “... ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan”, materia que se junta con los cuerpos, “... dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo doloroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su muerte”.

La naturaleza es una protagonista que zumba en las páginas como un rebaño de abejas silenciosas, ¡ay! las palabras, que dan rudimento y color al paisaje, como la lluvia esa “marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores... Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo... El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra”.

En Rulfo la poesía es el verdadero motor de la narrativa, una amalgama natural que une lo contado, la imagen y la reflexión misma, y eso hace de Pedro Páramo una obra única, transversal, irrepetible en su género donde el hermetismo y la sabiduría primigenia a veces nos recuerdan pasajes y refranes del Quijote: “Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo”. Lo sencillo llevado a las alturas del pensamiento y la ficción. La vida igual a un río corriendo transparente sobre los filos ásperos de las piedras, surcando aguas briosas y pasmas: “El color gris de un cielo hecho de ceniza, triste...”. Y los indios esperan leyendo la naturaleza, presagian que es un mal día, y tiemblan no de frío sino de temor: “Y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta sus nubes”. Comala es el territorio de la espera, de la memoria de lo que pasó y está pasando.

Una metafísica esencial, nada premeditada, que surge de la lluvia, del contacto del hombre con la naturaleza, no la experiencia del filósofo, la práctica cotidiana del dolor de la vida y sus limitaciones que conducen a una imaginación insospechada, sabia, por ejemplo, cuando se le pregunta a una de las apariciones: “¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?”.

–Aquí se acaba el camino– respondió–. Ya no me quedan fuerzas para más. Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.

¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?

La crítica

Un año después de la aparición de la novela (1956), Carlos Fuentes la celebra y recuerda que el naturalismo de obras como 'Los de abajo' de Mariano Azuela y 'El águila y la serpiente' de Martín Luis Guzmán, son otro asunto; es consciente de que Rulfo no copió la realidad, sino acudió a la imaginación para captar “la naturaleza interna de México”: es el salto del gran testimonio a una obra de inmensa factura artística, donde se subvierte la mirada histórica por una ficción que va más allá al lograr “una alteración del tiempo que no es fortuita: ella obedece a la acumulación desordenada de la memoria mexicana, al sentido de las supervivencias, de las pugnas jamás canceladas, de las sangres derrotadas y victoriosas que se agitan en el ser de México”. Y a una revolución en el lenguaje –agrega Fuentes– porque es la primera vez en la novela mexicana, en “que el pueblo piensa y siente”, y ya no es la reproducción escueta de “lo que el pueblo habla”; es decir, que el inconsciente popular está mimetizado por la intuición poética. Si en 'El laberinto de la soledad', Octavio Paz logró en un filudo ensayo penetrar en las entrañas del ser mexicano, Rulfo conquistó este espacio en una novela que se yergue inmemorial.

El escritor y profesor Fabio Jurado Valencia recuerda que el poeta Alí Chumacero elogió los fragmentos que leyó Rulfo de Pedro Páramo antes de su publicación. Pero luego de su aparición da un vuelco a sus apreciaciones y escribe una nota crítica sobre la novela. “Pedro Páramo iniciaba su vida crítica, la que hoy todavía continúa”, acota Jurado. Chumacero señala que “en el esquema está contenida la falla principal... Intenta ser una obra fantástica, pero la fantasía empieza donde lo real aún no termina”. Chumacero hubiera hecho otra cosa, pero Rulfo lo hizo a su manera, dice en su defensa Jurado. Pedro Páramo es, para Chumacero, “la novela de un principiante, de la cual solo se puede rescatar el ‘valor aislado’ de cada una de las escenas”, ignorando la esencia fragmentaria de la novela, que forma un todo y es la intención subterránea de Rulfo. “El crítico espera una novela que se ajuste a la estructura canónica del género: con una ordenada composición, con núcleo y pasaje central”, afirma Jurado. Y se pregunta: “¿Qué tanto influyó esta nota crítica para que Rulfo desistiera de entregar una nueva novela y que destruyera algunos borradores? Para bien o para mal, no lo sabemos”.

Patrón de parroquia

Y quién era el mentado Pedro Páramo, un hombre que fue creciendo como mala yerba, “de cosa baja que era, se alzó a mayor”, terrateniente, mujeriego sin escrúpulo, fantasma temido que llena las páginas con su vida, que es también las voces del pueblo que divagan inquietas relatando lo incontable, que aquí funge como memoria recobrada. Ese patrón de parroquia que se confunde con el político, promesero, a muchos les juró dejarles sus bienes y con esa esperanza solo los recompensó la muerte.

Esa figura todavía predomina en Latinoamérica y es la del gamonal, aquel que ejerce el poder en los pueblos, y su nombre no termina de escribirse: violencia, pero acá es la opresión sicológica que el tal Pedro Páramo imprime a su alrededor, incluyendo a la Iglesia católica, encarnada por el padre Rentería, bonachón como todo angelote parroquial, que le acepta sus desafueros por interés y miedo... Se revolcaba en la cama porque no podía dormir, el remordimiento lo punzaba porque los poderosos lo sostenían, y “de los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago”. En el largo sueño de la vida y la muerte que es la novela, sentía que había traicionado a los que le dieron su fe y lo buscaban “para que intercediera por ellos para con Dios”.

La culpa redimida, duplicada, la culpa desde su púlpito íntimo. Y esto se evidencia en la muerte de Miguel Páramo, quien siguió el legado cruel de su padre, y cuyo caballo iba solo a un lado y otro en la noche rulfiana, y a quien en principio el padrecito Rentería se niega a darle cristiana sepultura pero llega el patrón a torcer el destino...

Y al final, todo se evapora o, mejor, se incorpora mágicamente a la memoria literaria: Pedro Páramo dio “un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. Y nosotros nos sumergimos en un alud de palabras que todavía nos sorprenden para la eternidad.

ALFONSO CARVAJAL
Especial para EL TIEMPO

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