'Un zapato para asirme a tu recuerdo'
Por: ADRIÁN ESPINOSA |
Tercera y última de la serie de cartas de amor que publicamos con motivo de Amor y la Amistad.
Amor de aquellos días:
Hugo, un amigo, un día me preguntó cómo fue lo que nos pasó, y me negué a hablar de ese momento: "Fue duro vivirlo como para tener, además, que contarlo". ¿Quieres que te explique por qué lo dije? Para mí, no ayudaba mucho estar recordándote; mis padres lo sabían, por eso evitaban tocarme el tema.
Una vaga sensación de desconcierto me laceró por mucho tiempo, por no haber entendido en su momento lo que pasaba. Algo así me sigue hiriendo cuando me transporto a ese momento, sí. Pero, a la vez, me digo simplemente que me resultaba inverosímil entender, tan jóvenes e inexpertos como éramos, la trascendencia de todo.
Aun así, reaccioné rápidamente y traté de remediarlo de la mejor manera posible. Desde el instante en que te caíste en la calle, al momento en que, como pude, te llevé a la clínica, calculo que pasaron más o menos 20 minutos.
Aún no me he perdonado el malestar que me dio cuando te desmadejaste en esa calle, mientras me decías que te asaltaba un "mareo".
La memoria es mala amiga. Ciertamente, han pasado 13 años y no logro recordar muchos detalles de los momentos que compartimos desde que mi hermano y nuestra amiga Claudia Molina nos presentaron, en 1997. "Olga Patricia estudia en la Universidad Javeriana Diseño Industrial", me dijo ella, y para mí fue suficiente. Tu rostro, de rasgos muy finos, tu estatura elegante y tu cuerpo, de líneas discretas, hicieron el resto.
A la semana siguiente, nos pusimos cita en Café Cinema, en el centro, ¿te acuerdas? Esa noche, hablamos largamente y todo fluyó. Me contaste que tus padres eran ingenieros químicos, que tenían una empresa que se especializaba en instalaciones de ductos.
Mi padre, escritor reconocido; madre, pintora de profesión, desde el principio aprobaron nuestra relación. Ellos estaban seguros de que ibas a aportar mucho en nuestras vidas.
Papá me lo dijo expresamente en una de esas tertulias que protagonizaba cuando bajábamos a tomar café en la tienda todas las mañanas.
En aquella época, yo ya tenía un empleo como diseñador gráfico y ahorraba para volver a África. Mi padre había sido cónsul en Kenia cuando yo tenía 11 años y yo añoraba regresar, pero, nunca te lo dije, cuando te conocí comencé a pensar en adquirir una vivienda.
No diría que me ha ido tan bien con las mujeres. Para mí, son difíciles. Haciendo un gran esfuerzo y poniendo de mi parte todo el interés, sí podría lograr entender su forma de pensar.
Pero no voy a dar aquí la patética impresión de que todo cuanto ha ocurrido en mi vida es adverso. Olga Patricia, ¿recuerdas que a veces salíamos a bailar música de los setenta y los ochenta?
También organizábamos sesiones privadas para escuchar nuestros clásicos, como Sting, Bread, Genesis, Brother Johnson's, todo ese estilo de música. Oíamos música, bailábamos, reíamos.
¿Era posible ser más felices?
Ni la música tiránica a la que nos obligaban los conductores de taxi ni el clima bogotano que nos envolvía con su vaho ni las luces avaras de los postes que no avisaban del atracador agazapado ni la pátina ancestral de las fachadas de La Candelaria que hacía tristes los paseos dominicales agotaron nuestra capacidad de amar y de reír.
Por el contrario, casi de repente, Bogotá se vistió para nosotros de disco y Sting suavizó con su fragilidad la hora del ángelus; si no fuera por esos recuerdos, me repito, tendría la absoluta certeza de que sí, de que el destino nos obsequió desamor.
De cuando en cuando, por Caracol Estéreo se dejaban escuchar los Beatles y los Stones como un eco de un ayer ajeno, a destiempo, porque lo imperecedero siempre se escucha a destiempo para que la melancolía haga de las suyas.
Novias como tú, relaciones de esa naturaleza tan intensa como la nuestra, no las conocía, no las tuve antes. Y nunca, después, he tenido muchas relaciones, aunque pienso que el amor es algo siempre presente en cada uno de nosotros, en múltiples manifestaciones.
Creo en Dios, no en alguna religión. Y aún creo que la vida es un milagro, pero yo no sabía por aquella época que todo cuanto uno tiene se puede esfumar en un instante.
¿Recuerdas? Nos habíamos encontrado en el Park Way para almorzar aquel día. Yo tenía prisa porque a las 2 de la tarde debía estar en el trabajo, así que yo dije: "Hamburguesa", y tú elegiste: "pastas". Había que caminar más lejos. Te apuré, yo estaba obsesionado con el reloj. ¿Me estabas hablando de qué era?
Quizás, de tu futuro en la empresa de tus padres, donde laborabas construyendo en el papel los laberintos de lógica irrefutable de los ductos.
Y, de repente, no pudiste mantenerte en pie. De mí, recuerdo que iba vestido con ese abrigo negro, ya un tanto extemporáneo, que caracterizó mi figura hasta que hace poco me lo robaron en un atraco, ¿sabes?
De ti, sí sé por qué, recuerdo los zapatos de tacón. Aún me pregunto a dónde fue a parar el zapato ritual que extraviaste en esos tortuosos instantes que siguieron a tu desmayo.
Tú, tan organizada, tan puesta, y que habías llegado a mi vida con el fin de amarme "para siempre" -digo yo con el humor siniestro a que, para no perder la razón, nos obligan estas horribles vivencias-, no me legaste siquiera tu zapato para asirme a algo más concreto que un recuerdo.
No. Yo, como un niño, estaba más pendiente de no hacer un 'oso' público. No alcanzaba a tener la dimensión de que era el comienzo del fin de la pequeñísima temporada que la vida nos había regalado. En el taxi, con el rostro sin una gota de sangre, alcanzaste a musitar o, tal vez, a hacerme una señal con los ojos para indicar dónde estaban tus documentos, tu eguro social, tus tarjetas. Llamé a tu mamá para avisarle que habías tenido "un desmayo", pero ella me tranquilizó: "Eso le ha dado otras veces".
Ya en la clínica, te ingresaron de inmediato. Una enfermera me preguntó si habías tomado hacía poco algún medicamento. Creo que dije "no". Habías estado en la mañana donde el odontólogo, le comenté. Me advirtió: "Ella está muy grave".
Volví a llamar a tu madre, y comprendió. Vendría en seguida, pero entonces vivían fuera de Bogotá. Un sacerdote cruzó en volandas por aquellos pasillos. Veinte minutos después me informaron: "Falleció. Sufrió un paro cardiorrespiratorio". Aquello no podía ser real. Todos en la sala de espera me miraban.
Después de tu muerte, pasé cuatro meses yendo los fines de semana a donde tus padres. Mis papás hacían todo lo posible por evadir el tema. Querían que yo olvidara el suceso lo más pronto posible.
Hace siete años falleció mi madre. Hace cinco, mi padre. Tantos golpes seguidos. Pienso que simplemente la muerte es algo que es. Está ahí para todos nosotros. Habrá filas de diversas longitudes, pero a esa ventanilla llegaremos todos.
Ahora pinto profesionalmente, ¿sabes? No falta quien me pregunte si esas imágenes que suelen interpretar como oníricas tienen una relación con esta experiencia. Pero no. Extrañamente, no. Hace ya mucho tiempo que no sueño contigo. Y no tengo en mi memoria cuáles fueron los sucesos de los sueños que tuve contigo. Tal vez, es una forma inconsciente de cubrir esa cicatriz. No podría explicarlo...
Creo que es algo que he asimilado. Podría decirse que quedó atrás. Lo cual no significa que te haya olvidado, Olga Patricia. Tal vez, nunca me haya repuesto, simplemente lo he aceptado con el tiempo. Me han pedido que escriba esta historia y, fíjate, lo he logrado. ¡Cómo olvidar tu ternura, tu gentileza!
Yo tenía 31 años; tú tenías 22.
Adrián Espinosa
Redacción de EL TIEMPO
Top de noticias
Patrocinado por:


Miembro de
Miembro de