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Ricardo Corazón de Papel, un hombre que vive por los libros

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  Ricardo  Corazón  de Papel

Ricardo Aguirre, rodeado de algunos de los incontables trabajos de su vasta producción: libretas dedicadas a poetas famosos. Fotos: Claudia Rubio/CEET

Con su pluma, Antonio Morales Riveira saca a la luz este personaje de la cotidianidad bogotana.

Ricardo Corazón de Papel nació a los nueve años. Antes ya existía el niño Ricardo Aguirre, rebelde, fugitivo y con esa movedera en todo sentido, propia de quienes están destinados a hurgar la vida para poder conocer y saber. Pero el de corazón de cartón reciclado apareció por primera vez cuando, muerta su madre, fue a dar al Club Michín de Bogotá, refugio de peladitos huérfanos o díscolos. (Siga este enlace para leer: Toño Morales, en clave de crónica).

Ricardo tuvo la suerte del inquieto; durante los seis meses que permaneció en ese internado descubrió el mundo de papel que luego sería el suyo, el de los anaqueles y los libros. La biblioteca del lugar se convirtió en su juguetería particular y la marca de la tinta, llena de historias y sucesos, dejó su impronta en sus manos y en su cabeza.

Desenfrenado, empacó en su cráneo la obra completa de Julio Verne, todo lo que pudo de Emilio Salgari y Alejandro Dumas y de una vez quedó transportado a la mejor aventura que le ha durado toda la vida, la de la ficción, los cuadernos y los libros.

El vendedor de candados

La vida y la infancia siguieron: en medio de trabajos tan profanos como ayudante de busetas en el barrio Santa Lucía, Ricardo seguía con su gusto supremo, el ejercicio temprano de la libertad y la lectura. Leía hasta las etiquetas de los dentífricos. Palpaba el relieve de los textos, acostumbraba sus manos al tacto de lo bello.
Digería ahora todo García Márquez y estudiaba de noche el bachillerato. A los 17 años se le declaró su adicción por el centro de Bogotá. Montó un puestico en el mercado de pulgas de la carrera tercera, El Piojo, donde vendía candados antiguos. De la mano de su inquietud por la literatura también conseguía libros y vivía sus días en paralelo con las historias que leía, construyendo su pasión por el pasado.

En 'las pulgas' encontró al encuadernador Miguel Fajardo, quien poco a poco le enseñó el oficio, mientras se rebuscaba con un puesto de dulces en la esquina de la veinte con tercera, justo donde hoy queda su taller de encuadernación. "Aún me sorprende que vuelva a donde empecé. El eterno retorno".

Pero sus botas de siete leguas, que se calzó desde los tiempos del Club Michín, le apretaban los pies, y fue así como decidió irse hasta Ecuador, a cumplir con ese ritual demencial de querer ir para nunca llegar, para seguir... De regreso, en Pasto encontró a un primo que tenía una tipografía y aprendió a montar títulos, moldes de periódico. Como en el palíndromo, Ricardo puede decir "sé verlas al revés". De aquellos tiempos guarda aún 250 fuentes que todavía utiliza.

Aprendida la encuadernación y la tipografía, se interesó por la restauración de viejos libros. Sabía ya que su gran manía no era nada distinto de la magia y el placer de devolver el tiempo. Ya lo lúdico se había convertido en hilo conductor de su vida. Rearmar libros, comprar objetos imposibles. El ludus vecum, el juego eterno de armar y armar, era su destino. Y en cada cosa que arma en su taller sigue hoy impregnada la goma de la diversión, la jugarreta, el tiempo inaplazable del recreo.

Ricardo seguía con su trabajo con Fajardo. Pero, un poco aburrido de encuadernar tesis de grado y folios de juzgados, otra vez lo picó la avispa de la aventura y se fue de "regalado" a la Fuerza Aérea, donde duró 20 meses vestido de uniforme azul. La milicia no era su cuento. El paciente maestro Fajardo lo recibió y, a su regreso, las cosas habían cambiado. Tenía 22 años y se enfrentaba al aprendizaje y al trabajo cotidiano, encuadernando y empastando bellísimas colecciones de reconocidos intelectuales que querían preservar sus libros y embellecer con lomos de cuero sus extensas bibliotecas. Del barrio Santa Rita, donde quedaba el taller de Fajardo, de nuevo regresó al centro, y una vez allí aparecieron nuevas expectativas profesionales, verbigracia, como un libro abierto.

Aprendiendo el respeto

Sus días transcurrían entre el taller, los 'pulgueros' de libros y la biblioteca Luis Ángel Arango. Su información crecía, y por esos tiempos hizo sus primeras libretas experimentando con telas hindúes, con lona costeña. En una feria en la fundación Gilberto Alzate Avendaño conoció a Santiago Corradine, quien lo llevó como encuadernador a l Archivo General de la Nación. Allí trabajó un año y conoció sutiles técnicas y el respeto total por el oficio.

Aprendió la importancia de la manufactura, de esa mano que da con cariño el sello a cada objeto, esa construcción a la vista. La artesanía que permite sentir y transformar un simple material en un objeto bello. Ese diario explorar, experimentar, cortar, pegar, apreciar... Y sobre todo, ser totalmente generoso al aprenderle a otros la maestría, en un taller de puertas abiertas como el suyo.

Hoy, su trabajo delicado y riguroso está lleno de sentido, de sentidos. En su taller, que huele a goma, a cueros y cartones, la parte visual y lo olfativo son fundamentales. Sentidos que se van amalgamando, uniendo en la construcción de la obra, en la alquimia del papel. Ricardo toca sus libros y libretas y afirma que aun si fuera ciego, haría perfectamente su labor. Toca y se transporta reconociendo en sus manos hasta el gramaje del papel.
Vuelve cada día la relación con el libro restaurado. "Aunque mi trabajo es con la parte exterior, me pasa algo muy fantástico, y es que empiezo a mirar la época de impresión del libro, todo su tiempo y su historia para no equivocarme". Repara ediciones antiguas que se han ido desgastando, mientras acude a su enorme colección de viñetas en plomo y bronce. Adecúa el estilo: encuadernaciones de todas las épocas, de todas las escuelas, la española, francesa, holandesa, inglesa, alemana... (Lea también: Lo que más excitaba a Dalí, Edison y Tolstoi).

Sabiendo su pasión por la Revolución Francesa, que le abrió el mundo de las ideas, le pregunto de sopetón ¿Qué cambió más al mundo, Gutenberg, el inventor de la imprenta, o la revolución? No vacila: "Gutenberg. Sin imprenta no habría Derechos del hombre, ni acá La Bagatela de Nariño, ni revolución. La imprenta es la máxima expresión de las palabras en masa".

Ricardo mantiene su amorosa relación con la caligrafía, con el papiro, la paleografía: "Es una vaina fantástica eso de transportar el conocimiento". Sabe muy bien que es un curador del pasado, un hombre que regresa los libros a la vida, pegados a mano, cosidos al caballete, cosido al diente de perro, con el lomo como colmillos de canes. (Lea acá: La Biblioteca Nacional está saturada de libros y no hay presupuesto).

Nuestra conversación obliga a un flashback. Al dejar el taller de Fajardo y luego el Archivo de la Nación, empezó a vender sus originales libretas en el barrio La Macarena al almacén Luna. En una de esas, quien fue agregado cultural de España, Gonzalo Quintero Saravia, le pidió que le empastara ¡5.000 libros! Con el dinero de ese trabajo compró maquinaria y puso su taller en ese mismo barrio. Hace diez años. Pero el centro-centro lo seguía atrayendo, y cinco años después, ya con un grupo sólido de trabajadores, se trasladó a la bella casa que es hoy su taller en la calle 20, abajito de la tercera.

La hermosa casona hoy es un paso obligado para los amantes, nacionales y extranjeros, de lo impreso, de lo encuadernado. "Todo esto me lo soñé. Yo sueño y hago", afirma Ricardo, mientras mira con cariño los espacios de su microempresa.

El alma del papel

Ricardo es un intelectual que trabaja con las manos. Sabe muy bien que antaño los encuadernadores eran tenidos por excelsos artistas. Ricardo, un artista sin duda, con la vida adornada por la estética y por una ética cotidiana, como debe ser. Un hombre cuya ideología es la fraternidad y también la generosidad. Por eso reconoce eso que en su oficio se llama "el alma del papel", o sea, justamente el corazón que se ordena, que late, que prensa.

Ricardo no elude el debate de la hipermodernidad entre lo físico, lo textual y lo virtual. ¿Desaparición del libro y del cuaderno? "A mí no me asusta -dice-. La gente seguirá con los libros y apuntando. El oficio ya tiene discípulos". Y sí. Ricardo intuye, cuando menos, todo lo que se escribe y apunta en sus libretas, donde deja pedacitos de sí mismo, intuye desde el poema hasta la agenda diaria, y sabe que todo eso queda, que todo será historia. Que el futuro también será pasado.

¿Y por qué llamarse Ricardo Corazón de Papel? Un día su amigo Guillermo Angulo le dijo a García Márquez que le firmara un ejemplar empastado de Cien años de Soledad para Aguirre. Y Gabito escribió: "Para Ricardo Corazón de Papel este libro que él me encuadernó, como es evidente, con todo el cariño del que lo escribió".

El Corazón de Papel está cumpliendo 10 años. Lo celebra con una exposición retrospectiva de lo que ha hecho con sus trabajadores.

Algún día todo lo suyo será material arqueológico. Como pudiera haber sido lo que él ha rescatado de las fauces del tiempo. Pero, seguro, alguien lo restaurará...

Antonio Morales Riveira
Especial para EL TIEMPO

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