Las indagaciones de un maniático, según el escritor Paul Brito
Por: PAUL BRITO |
El escritor explora la paradoja de las repeticiones en el universo y en los seres humanos.
El barrio donde crecí está lleno de maniáticos. Rodolfo es uno de los más memorables. Desde pequeño les robaba besos en la boca a las mujeres que se acercan a saludarlo. No era tan grave cuando éramos muchachos, pero ahora no puede parar de hacerlo, de manera que se ha ganado más de una trompada de un marido furioso.
Como él, conozco otros habitantes de la Urbanización La Playa, unidos por repeticiones obsesivas, en un punto que raya lo hiperbólico. He llegado a pensar que las manías se propagan como los bostezos, adoptando formas y caras distintas. Por lo menos fue lo que me pasó a mí. Cuando de niño me mudé a este conjunto de casas repetidas retirado de Barranquilla y en medio del monte (a duras penas llegaba un autobús por la vieja carretera a Puerto Colombia), yo carecía de manías, pero al poco tiempo se me pegó una de un vecino que parpadeaba todo el tiempo; lo llamaban Bombillo Loco y yo terminé robándole el sobrenombre. Después tuve otras manías. La más duradera fue ponerme todos los días la misma camiseta para dormir. Lo hice por 10 años, incluso cuando ya era un trapo hecho jirones. No podía dormir sin ella y mis padres no pudieron convencerme de cambiarla hasta que la misma camiseta se deshizo sobre mi piel. Las manías son como esa camiseta: una prenda que termina fundiéndose a la vida diaria. (Lea también: Joven escritor relata el difícil reto de tener problemas de audición).
Otra manía -que aún conservo- es dormir en completa oscuridad. Para reforzar las tinieblas tengo polarizados los vidrios de las ventanas y acostumbro a ponerle gutapercha a la luz-piloto del televisor y del aire acondicionado. En esa obsesión hay otra clave para entender a los maniáticos: mientras las personas normales, las que no viven prendidas a ninguna manía extravagante, quieren que se filtre una luz en la opaca rutina de sus días, los maniáticos vivimos cerrando puertas y ventanas para que la única luz que brote sea la interior. En eso nos parecemos todavía a nuestros ancestros indígenas: en el deseo insistente de mantener viva la llama sagrada de los rituales, aun cuando ya no sepamos qué dioses estamos agasajando con ellos.
La gran manía cósmica
Nunca he visto las manías como un embrague aislado, sospecho que están articuladas a un engranaje mayor. El cosmos comenzó a funcionar a partir de ese fundamento repetitivo: cuando un solo punto, comprendido en el famoso Big Bang, se separó en dos: comenzó a repetirse. Los ciclos, los días, las estaciones, son una reafirmación de esa condición repetitiva. El maniático abraza la reiteración para descubrir poco a poco lo que está más allá de su circularidad. Y lo que está más acá: su centro, su núcleo. Se adentra en la repetición para hallar la intensidad, igual que un fuelle se extiende una y otra vez para avivar el fuego.
Mi primo Mariano (que creció conmigo en la Urbanización La Playa) sabe con el escritor argentino Julio Cortázar que tender una cama no es exactamente lo mismo que tender una cama. Por eso repite una y otra vez la misma operación hasta dejar la sábana sin la más mínima arruga. Cuando al fin queda como la lona de un trapecista, se acuesta lentamente en una maniobra que puede tomarle media hora y queda toda la noche estático como un faquir. "El hábito nos ayuda a sentir que somos inmortales", decía Borges.
El maniático cifra en la manía su aspiración a la eternidad y trata de descifrar, en el saldo de sus repeticiones, el misterio de la multiplicidad: el lazo continuo que une un acto con otro, un latido con otro, un punto del espacio y el tiempo con otro.
Los maniáticos ensayamos una y otra vez el mismo evento con la esperanza de acceder por fin a la grieta del tiempo, esa ranura traspapelada en la acumulación del calendario por donde alguna vez, en el principio de los días, se coló la subjetividad al mundo repetido de los objetos. En ese sentido, una manía ejecutada desde niño es como un surco que vamos dejando en el tiempo para poder regresar, por encima de la fealdad y el aburrimiento de los días, al centro de la infancia, ese espacio único e irrepetible donde los rituales y la repetición de un juego tenían todo el sentido del mundo.
Rambal es un señor que vive en la Urbanización La Playa desde hace más de 20 años. Siempre se le ve debatiendo en una esquina con otros vecinos. Cuando no encuentra ningún polemista a la mano, gesticula y discute solo por la mitad de la calle, de una forma tan insistente y ardorosa que a veces termina peleado con su propia persona y deja de hablarse durante varios días.
A simple vista, los maniáticos parecemos personas inflexibles o intransigentes, pero no lo somos. La meta es fusionar nuestras manías con el mundo; a diferencia del tirano, que busca que el mundo se circunscriba a sus manías, que su entorno se vuelva el embrague de sus obsesiones y sus congéneres repitan invariablemente sus ideas obsesivas. Sé de una pareja del barrio en la que el hombre tenía la manía de dormir con la puerta cerrada y la mujer con la puerta abierta. Ninguno de los dos podía conciliar el sueño si la puerta no se ajustaba a su hábito. Hoy viven en un armonioso promedio: duermen con la puerta entornada. Me parece hermosa esa nueva manía que nació de su unión.
En otros lugares donde he vivido, he conocido personas que se las dan de normales y son los verdaderos dogmáticos, los verdaderos amantes de la monotonía: la que no busca ninguna unidad esencial sino reproducir hasta el infinito la duplicidad. El maniático auténtico no se aferra para siempre a un mismo hábito. En su prontuario ensaya con varias, abandona unas y adopta nuevas. En ese proceso de depuración descarta aquellas manías que se han vuelto normales y unitarias hasta el punto de que nadie las llama manías, mientras que son sus seguidores los que al repetirse por montones terminan perdiendo los contornos de su individualidad.
El maniático auténtico prefiere mantenerse único y extravagante, y que sea la manía la que se repita por sí sola.
La que tiene Donoso, otro vecino de la Urbanización La Playa, es tan original que bien puede ser la manía reina del barrio. Lo llaman así en honor al comediante venezolano (también le dicen 'Ventrí-loco'), pues todo lo que habla lo repite hacia su hombro, como un eco.
Las olas mueren en la playa
Consulté al siquiatra Armando Jaramillo y me dijo que "las manías son intrascendentes, siempre que no provoquen sufrimiento y no interfieran con la vida normal". La diferencia con un trastorno obsesivo-compulsivo es que las manías se viven sin angustia, como algo propio que uno desea y es tranquilizador. Por el contrario, el enfermo obsesivo-compulsivo se siente invadido, angustiado, percibe como absurdos sus pensamientos y conductas, y sufre gravemente por ellos. "Hay que pensar -me explicó el doctor Jaramillo- que los rasgos obsesivos en el carácter no son forzosamente negativos ni patológicos. De hecho, cuando me subo a un avión espero que los pilotos sean perfeccionistas".
Le planteé el número de casos en la Urbanización La Playa y me dijo que posiblemente el aislamiento del barrio pudo haber generado ese efecto en cadena, igual que en una misma familia pueden verse repetidos diferentes casos de manías. "También pudo ser que cada persona que se mudara al barrio desarrollaba inconscientemente una angustia o ansiedad por vivir aislado en el monte y las manías eran una forma, regada en el ambiente, de desahogarla. Pero son simples conjeturas. Habría que estudiar cada caso por separado para dictar una conclusión -afirmó el doctor-. Lo más probable es que sea una simple coincidencia de casos. No hay que olvidar que todas las personas tienen alguna clase de manía. Ni tampoco puedo descartar la posibilidad de que sea una manía tuya de ver manías en todas partes".
Pero no soy el único que ve repetición en todos lados. Para el escritor francés Albert Camus, la vida de los hombres era un rito implacable, donde lo importante era encontrar un salto, una posibilidad de evasión. En ese sentido, las manías son una estrategia de inmersión para desarmar el aparato del tiempo y encontrar el tornillo o la pieza donde se apoya toda la maquinaria. Sólo sumergiéndonos hasta el fondo del problema, podemos encontrar los resortes escondidos y dar el gran salto liberador.
El nombre de la urbanización, La Playa, ya trae consigo una metáfora de repetición: las olas que mueren iguales en la arena.
Las manías, como las olas, remolcan una promesa pero también una reclamación. El mar le concede a quien está en la playa todas las olas que mueren a sus pies, como un reflujo de las miles de generaciones que lo antecedieron, y los miles y miles de impulsos y afanes que aún se agitan en su sangre, pero está en él: en la marea de su propio esfuerzo y el avance intensivo de su destino, que cubra el océano con su visión individual, que intensifique el temblor de su voluntad y lance cada acto de su vida hasta el último horizonte, allí donde se estiran en una sola línea todas las olas, donde se tensa en un solo punto toda la agitación del mundo, y pueda dar por fin el gran salto del que hablaba Camus.
Nuestro cuerpo así mismo es producto de la repetición: no sólo se repite en cada nacimiento, también duplica sus mitades: dos manos, dos pies, dos riñones... Fieles a esa naturaleza repetitiva, los órganos remachan incansablemente los procesos vitales. La vida depende de la manía obsesiva-compulsiva de corazón y pulmones, y de que los demás órganos sigan funcionando al margen de la voluntad. Sólo con ese piloto automático, encargado de cada movimiento conquistado, nuestra voluntad puede concentrarse en atender lo que está más allá del cuerpo, en conquistar lo que está más allá de la vida: lo que está mar adentro.
PAUL BRITO
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla.
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