'El puente de los suspiros', la novela de la lepra en Colombia
Por: ELENA PERONI |
En este lugar, los leprosos se despedían de sus familiares y partían al aislamiento.
Foto: Archivo particularEn 1870, enfermos de lepra que habían partido de Tocaima dieron origen a Agua de Dios.
No hacía mucho que sabía que era leproso y no tenía ni idea de dónde se había cogido ese mal. Lo primero que descubrió fueron unas manchas rojizas en un brazo, que Teresa al verlas le dijo:
-A que eso es tiña, y todo por no bañarse cuando está sudado. Yo hasta le lavo la ropa, pero como su merced insiste en que la vuelve a usar...
Y entonces se fue donde el tegua del pueblo, quien le recetó unos ungüentos que no le hicieron ni cosquillas al mal. Después comenzaron los dolores en el brazo y notó como que se le había salido un tendón, al que no le valieron las sobatinas de doña Blanca, la vecina, una maga para esas cosas.
Contó los pesos ahorrados que guardaba en un zurullo dentro de una bota y que eran pocos, tras dos meses sin jornal. Como la casita en que vivían era alquilada y sus padres hacía ya varios años estaban sepultados en el cementerio del pueblo, tomó la determinación de irse.
Se llevaría consigo a Sultán. La lealtad del perro impedía que ahora él lo abandonara. Le amarró una cabuya al cuello, cargó al hombro su atado y se dirigió a la plaza del pueblo. Con el dinero que tenía no podía escoger mucho. Compró una burra vieja y salió rumbo al sur, siguiendo el sendero que marcaba el río Bogotá hacia Tocaima, donde vivía la única tía y donde alguna vez había estado cuando era niño. Se acordaba de los paseos con su madre a los "pocitos" azufrados, para tomar baños de lodo, y pensó que con el buen clima de la zona, por lo menos si no se le curaba la tristeza del corazón, le ayudaría con los dolores del brazo que sufría por la enfermedad.
Cuando acudió donde el médico y lo examinó con detenimiento, sintió una corazonada de que la cosa iba por mal camino. Con cara de verdadera preocupación, el doctor le esculcó la espalda y las piernas, donde encontró otras manchas. Como Raúl tenía la nariz cogestionada y sorbió lo que serían mocos, el galeno le preguntó:
-¿Desde hace cuánto esta resfriado?
-Pues ni sé, ya como que es normal tener la nariz tapada y hasta se me ha venido la sangre -contestó el enfermo mientras el doctor le examinaba las fosas nasales, mirando a través de una lupa que se había colocado en la frente.
El médico, que era un señor mayor con fama de acertado y directo, lo miró a los ojos mientras sin temblarle la voz, debido tal vez a su experiencia en el trato con el dolor ajeno, le dijo:
-Usted lo que tiene es lepra, y seguro que la tiene hace varios años.
Raúl no dijo nada y mirando el techo alto, muy alto, de aquella casa, repitió para sí lo que había dicho el médico. "Es lepra".
Todo el mundo, hasta él, sabía en ese tiempo qué era la lepra y su significado. Era hombre de pocas palabras y esta vez no encontró ninguna para expresar su sorpresa. Bueno, al principio sí fue sorpresa, después sintió muchas otras cosas que no fue capaz de soltar frente al doctor. "Mucho tiempo", eso dijo, que la tendría de años.
De seguro se la había cogido en el ejército o en el orfanato: esos dos lugares solo podían haberle dejado lepra en la piel, además del profundo rencor contra todos los que habían compartido con él su paso por esas dos instituciones.
Se abotonó la camisa como pudo porque sus manos torpes temblaban. ¿Qué había hecho él o sus padres para que le pagara tan mal la vida?
Esta vez, el galeno no le cobró la consulta ni le dio palmaditas en la espalda. Le dijo que tenía que reportar su caso a las autoridades como lo mandaba la ley, que de eso no se moriría y que tampoco se podría curar, que a algunas personas no les avanzaba más pero que a otras se les empezaba a notar en la cara y las manos y que el clima cálido le hacía bien.
-Debe usar el sombrero, ya sabe, para distinguirse, por aquello del contagio. Aunque yo creo más en que es una enfermedad hereditaria. Alguno de los suyos debió de padecerla -añadió.
Raúl dio las gracias en un susurro y dejó el consultorio sin ser consciente de que aún vivía. Era como si lo hubieran metido en una tumba abierta en el piso. Entró mecánicamente a la cantina de la esquina de la plaza, donde había pasado muchos domingos tomando, cuando aún no tenía familia, y se bebió lo que pudo comprar con el importe de la consulta que no había pagado. Fue suficiente para emborracharse y gritarles a todos los presentes su desgracia, sin saber que, con ello, era verdad que lo iban a enterrar en vida. El chisme se regó como se riega el fuego en un pastizal y aunque había pensado no decirle nada a Teresa, al día siguiente fue la primera en enterarse por la esposa del cantinero, que, por regodearse del mal ajeno, era bien amiga del "trae, ve y dile", sin importarle las consecuencias que sus palabras pudieran acarrear.
Desde ese día, empezó la desgracia. Lo hicieron presentarse a las autoridades, donde en un cuaderno anotaron su nombre y la fecha en que le habían diagnosticado la enfermedad. Le entregaron el sombrero de ala muy ancha y copa cónica que distinguía a los leprosos. Lo miró como el preso que mira por primera vez su grillete.
Luego, solo se le ocurrió pensar en lo ridículos que se verían sus piernas largas y sus ojos volados bajo ese sombrero. Más que un leproso, parecería un brujo o un duende gigante, sonrió.
Bajo ese distintivo, percibió cómo los que antes eran amables y entradores ahora parecían tener prisa al encontrarlo o estar de mal humor. Llegaba a su casa y dejaba el sombrero colgado en la percha de la entrada, donde antes dejara su sombrero de paja trenzada de labor, pero no dejaba afuera la lepra que cruzaba consigo el umbral. Leía tras las frases de su mujer y la actitud distante que había dejado de ser un hombre, para convertirse tan solo en un leproso. Al hijo, poco a poco, dejó de tocarlo, aunque todavía estaba en edad de caricias, y a su esposa Teresa parecía que con el diagnóstico se le hubieran cerrado las piernas y el corazón. La mujer suspiraba con remilgos amañados y derramaba lágrimas a escondidas, más de autocompasión que de cariño, de lo que solo se dio cuenta Raúl cuando lo hubo dejado.
Cuando llegó a Tocaima, en 1864, después de tres días de viaje por senderos pedregosos y difíciles, golpeado por el calor y el hambre, parecía que había envejecido diez años. Había abandonado el sombrero que lo distinguía, con la firme convicción de que a donde llegara comenzaría una nueva vida, sin ser señalado por la enfermedad. Bastante tenía con sentirse abandonado por su familia, para tener que lidiar con el rechazo de los desconocidos. Subió hasta la meseta en que estaba asentado el pueblo cabestreando la burra, que parecía no poder seguir adelante, y entonces pensó que en esos parajes verdes, de brisa templada y soledad, se podría quedar allí por muchos años, tal vez los que le quedaran de vida.
Preguntó por la dirección de doña Rita Cortés y siguió las indicaciones.
Cuando llegó frente a la puerta de una casa amplia donde se adivinaba un solar generoso por la mancha de árboles al fondo, trató de sacudirse el polvo con su pañuelo y aleccionó a Sultán para que se comportara con altura. Doña Rita personalmente atendió la puerta, después de que él golpeara tres veces el aldabón.
-¿Doña Rita Cortés?
-A la orden, señor -dijo con voz nítida una mujer canosa y, para él, más entera de lo que esperaba.
-Soy su sobrino, doña Rita, y vengo desde Mosquera -se presentó Raúl.
La señora, aflojando sus facciones, lo invitó a seguir mientras decía:
-Raulito, si no lo puedo creer, mijo, pase, pase. Qué gusto verlo, yo que pensé que desde la muerte de su mamá ya no se acordaría nunca más de esta vieja...
Raúl le enseñó un daguerrotipo en que estaba con su madre y que cargaba en un atado en el bolsillo del pantalón. Él, con vestido de marinero y un velón en la mano por la primera comunión, y ella, haciendo evidente su condición de viuda, con un vestido negro y la mirada triste. La tía, después de mirarla con detalle, abrazó conmovida a Raúl, mientras se le escapaban tras su corteza de mujer fuerte un par de lágrimas, y el muchacho, encartado con la manifestación de afecto, pero al mismo tiempo agradecido, le devolvía el abrazo con torpeza.
Y así fue como entró a su casa y a su vida como el hijo que nunca tuvo. A ella le contó la verdad de su enfermedad desde el principio y, con todo y lepra, doña Rita lo recibió con cuidados maternales y dedicación.
¿Quién es Elena Peroni?
Enfermera profesional. Asistió a talleres con el escritor Manuel Mejía Vallejo y en Madrid estudió escritura creativa. Tiene otra novela: 'La Valigia'.Elena Peroni
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