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El olvidado 'arte' de insultar

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El olvidado 'arte' de insultar

En nuestros días está cada vez más ausente la provocación inteligente.

Lo comprobamos en los noticieros de televisión al ver palabras como 'maldito', 'imbécil' y otras, de grueso calibre, diseñadas en los labios de los acusados de escándalos, como el de Agro Ingreso Seguro. Lo padecemos cuando escuchamos a algunos políticos latinoamericanos emplear adjetivos insultantes contra sus adversarios. También en las calles colombianas, cuando los conductores descargan, con violencia estomacal, la expresión con 'h' que todos conocemos.

Lo sufrimos al escuchar las conversaciones cotidianas de los jóvenes, que utilizan palabras despectivas o insultantes como si se trataran de puntos o de comas -"Quiubo, güevón, no hice la tarea marica"-. Nos tortura, además, con la ramplonería suprema de los improvisados locutores de algunas emisoras musicales.

Nada de eso clasifica en el 'arte' de insultar, que es "un talento, aunque algunos lo hagan parecer como un instinto", diría hoy Winston Churchill, parafraseando una caricatura del diseñador y publicista mexicano Eduardo Salles, publicada en la revista Letras Libres en enero de este año.

El 'arte' de insultar es un método brutal y corrosivo pero, para que sea eficaz, "debe ser ingenioso y elegante", según lo definió el escritor y periodista español Néstor Luján en 1984. Es una especie de verónica verbal: además de elegante, debe ser certero y oportuno. Y, para que clasifique como 'arte', debe responderse de inmediato, en pocos segundos; de lo contrario, es rencor, sostiene el periodista y escritor Héctor Anaya, autor de El arte de insultar, que se lanzó en México a mediados de agosto.

Para ilustrar su afirmación, cita una anécdota protagonizada por el ex primer ministro británico conservador Winston Churchill y lady Nancy Astor, la primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes por el partido de izquierda Sinn Fein.

-Si yo fuera su esposa le pondría veneno en su taza de té, le dijo Astor.

-Si yo fuera su marido, me lo bebería, le respondió Churchill.

Anaya habla también del nobel de Literatura irlandés Bernard Shaw, quien le envió en 1914 dos invitaciones a Churchill para que asistiera al estreno de Pigmalión, en Her Majesty's Theatre, de Londres, con la siguiente nota: "Para que venga con un amigo (si es que lo tiene)". A lo que Churchill respondió: "Me es imposible asistir a la noche de apertura, pero iré a la segunda función (si es que la hay)".

El arte de insultar ha tenido muchos maestros a lo largo de la historia. Poetas latinos, como Marcial, y letrados españoles, como Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, dos de las más destacadas plumas del Siglo de Oro, lo perfeccionaron; al igual que escritores posteriores, como Jorge Luis Borges, Arthur Schopenhauer y Mark Twain, e incluso figuras legendarias como el ruso Nikita Kruschev, quien definió a los políticos como "los que construyen puentes donde no hay agua".

Los maestros colombianos En Colombia, el fallecido escritor y columnista de este diario Lucas Caballero, Klim (1913-1981), maestro irreemplazable del humor, podría clasificar en ese grupo. Entre sátiras, burlas y denuncias, tuvo al borde de la renuncia al expresidente Alfonso López Michelsen y puso el prestigio de otros reconocidos personajes sobre el filo de su ingenioso sable: "Carlos Lleras sería indiscutiblemente el presidente de Colombia si tuviera la simpatía de su hermano Federico, la estatura de su primo Alberto y la chivera de su primo Felipe", escribió Klim.

El escritor payanés Víctor López Erazo menciona en su blog que el expresidente Guillermo León Valencia, hijo del político y poeta modernista Guillermo Valencia, era un buen espadachín en estas lides. Él cuenta que un parlamentario colombiano increpó al expresidente diciendo: "Usted, por más que intente, nunca podrá superar a su padre". Valencia entonces respondió: "Ahí sí me ganó, mi estimado amigo. En cambio, usted ya superó al suyo y hasta ahora no ha hecho nada".

Elías Mejía, el poeta caficultor de Calarcá (Quindío), señala que el abogado y periodista Óscar Alarcón era otro insigne mosquetero: "Dios es gordo -recuerda Mejía que Alarcón escribió en un 'Mic0rolingotes'-. ¿Un insulto a Dios? ¿Una crítica a los poseedores de repleta faltriquera y ego omnipotente? Ambas cosas, en un acierto de tres palabras".

En su ensayo El arte de injuriar, que cierra Historia de la eternidad, Borges cita un comentario del escritor colombiano José María Vargas Vila, que considera como uno de los más espléndidos que conoce: "Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia... tiene la inmunidad del excremento". Pero Borges no se quedó atrás y escribió: "Esta injuria es más singular si consideramos que es el único roce del autor con la literatura".

Algunos grafitis colombianos, ricos en malicia, humor y, en ocasiones, mala leche, podrían considerarse como exponentes urbanos del 'arte de insultar'. "Vamos a pavimentar los huecos con Mockus", escribieron sobre un muro en el norte de Bogotá los detractores del exalcalde, poco después de que ganara las elecciones en 1995.

En la Universidad Nacional de Bogotá o en sus alrededores hemos leído grafitis como estos:

-Latinoamérica, hay quien te quiere y hay quien te USA.

-La guerra es un buen negocio, invierta un hijo.

-No más medios de comunicación, los queremos completos.

-¡No votes! Tu voto es su coartada.

Pintores como Picasso y Botero también ejercieron el 'arte' de insultar. El primero disfrazó de mujer al dictador español Francisco Franco, al que le puso mantilla, peineta, abanico y unos tacones descomunales, y también lo retrató expulsando sapos y culebras por la boca. Botero impregnó su pintura de sátira política a finales de los 60, cuando las dictaduras militares y las violaciones de los derechos fundamentales desfiguraban a América Latina. También ridiculizó las instituciones políticas y las religiosas.

Pero, para el periodista español Néstor Luján, la injuria perdió matices de penetración e ingenio hace 30 años y dejó de ser el arte literario que encantaba a Borges.

"Desapareció la intención catártica de admirar y divertir con el ingenio, para convertirse en una costumbre grosera, en una especie de automatismo verbal, en unas muletillas empobrecedoras". Por lo que vemos y escuchamos cada día, no se equivocó al afirmar que "desde Quevedo, hemos perdido mucho léxico y casi todo el ingenio".

Algunas afrentas memorables

"Nunca olvido una cara, pero en tu caso estaré encantado de hacer una excepción".
Groucho Marx, a un borracho que decía ser su viejo amigo.
Actor y humorista

"Él tiene la capacidad de concentración de un relámpago".
Robert Redford, a Paul Newman.
Actor

"Nunca ha usado una palabra que lleve al lector a consultar un diccionario".
Hemingway, sobre Faulkner
Escritor

"Tiene todas las virtudes que detesto y ninguno de los vicios que admiro."
Winston Churchill, sobre el político Stafford Cripps
Estadista

"Su madre debió haberlo tirado y haberse quedado con la cigüeña".
Mae West
Actriz

"Desapareció la intención catártica de admirar y divertir con el ingenio, y se convirtió en grosería."
Néstor Luján
Periodista

Se lanzó en México

El periodista mexicano Héctor Anaya se dedicó casi 10 años a recopilar insultos de políticos, escritores y otras figuras públicas para su libro 'El arte de insultar'. De 480 páginas, es una mezcla entre ensayo y periodismo.

GLORIA HELENA REY
Para EL TIEMPO

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