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Los episodios que forjaron el carácter de Álvaro Uribe

El expresidente Uribe durante una visita a Tunja en el 2003.

El expresidente relata detalles desconocidos de su vida en 'No hay causa perdida'.

Capítulo 1

-¡Álvaro! Miré a la multitud y vi a mi padre. -¡Firme, Álvaro!

Yo estaba de rodillas en la arena. Esperaba la salida del toro. Se trataba de un poco de tremendismo y de espectáculo con el fin de impresionar a la multitud y tal vez de intimidar un poco al animal. En el toreo, esta postura -considerada una maniobra particularmente bella y peligrosa- se conoce como farol de rodillas: mientras los cuernos del animal pasan muy cerca de la cara y el cuello del matador, este agita el capote frente a la cabeza del toro. (Vea la galería de Recordando el paso de EL TIEMPO... Álvaro Uribe).

La puerta se abrió y el toro salió veloz. Pero, en lugar de venir hacia mí, se desvió hacia un lado del ruedo.

-¡Quédate arrodillado, Álvaro! -me gritó mi padre por encima del rugido de la multitud-. ¡Quédate ahí!

En el transcurso de los años he pensado con cierta frecuencia en ese día, en ese momento entre mi padre y yo, y en el significado que pudo tener. Tal vez fue solo fanfarronería. Tal vez se trataba de un caso de superioridad paternal descontrolada. Pero siempre he pensado que detrás de esto había algo mucho más grande e importante.

Mi padre siempre intentó prepararme para la vida que me esperaba. Al igual que muchas personas de su generación, sabía que el peligro era parte de la vida cotidiana en Colombia; que era una constante, un elemento que había que tener en cuenta como la lluvia, el calor o el hambre. Creía que se trataba de algo que se podía superar: o bien haciendo ajustes según la necesidad, o bien retirándose para intentarlo otro día. Pero nunca permitir que el peligro te acobardara.

Fácil de decir, pero muy difícil de hacer. En situaciones peligrosas, las emociones parecen incontrolables. Y tal vez este estado sea lo natural. Es probable que algunas personas tengan una habilidad innata para ignorar o reprimir sus sentimientos, para mirar la muerte de cerca y no temer, pero mi experiencia sugiere lo contrario. Durante la infancia tuve que hacer acopio de valor ante las noticias sobre la violencia que azotaba a los vecinos y amenazaba nuestro hogar; cuando los terroristas detonaron una bomba que destruyó mi habitación, entré en estado de shock y momentáneamente fui incapaz de moverme. Como gobernador, y con un poco más de valor, usé un arma para ayudar a escapar a unos amigos que habían sido emboscados. Fueron muchas las experiencias que debí acumular hasta aprender a controlar mis emociones y canalizarlas con fines constructivos.

No he hablado en público sobre muchos de los episodios que voy a narrar y algunos no los conoce ni siquiera mi familia. Nunca he sentido la necesidad de dramatizar o exaltar los acontecimientos de mi vida, y algunos son demasiado dolorosos para contarlos más de una vez. Si lo hago ahora es porque pueden ayudar a explicar quién soy y por qué goberné a Colombia como lo hice. Tal vez puedan mostrar un camino, imperfecto, a quienes tienen retos similares.

Sospecho que ese día, en la plaza de toros, mi padre me enseñaba el modo de enfrentar una amenaza: burlarme, mirarla directamente a los ojos y guiñarle un ojo, aunque mi corazón palpitara con fuerza. Permanecí de rodillas, giré hacia el toro, que dio una vuelta, y, finalmente, me miró. Pisoteó con fuerza, se dispuso a embestirme y el farol salió bien. Porque -tal como había dicho mi padre- solo hay dos formas dignas de salir de la plaza de toros: en un ataúd hacia el cementerio o sobre los hombros de la multitud. En este tipo de vida no existe el camino del medio.

Capítulo 7

Poco después de casarnos compramos una finca ganadera en las exuberantes llanuras tropicales cerca de la costa caribeña, en el departamento de Córdoba. La llamamos El Ubérrimo. Era la oportunidad de afianzar mis raíces, disfrutar del amor por las actividades del campo, llevar una vida más lenta y escapar, cada tanto, de la agitada vida política que llevaba en Bogotá y Medellín.

Por veinticinco años la casa fue muy sencilla: con solo las comodidades básicas, era igual a las de los trabajadores, lo que siempre fue para mí motivo de orgullo. Los hijos y yo trabajábamos todo el día y nuestros descansos eran cortas siestas debajo de un árbol o sobre un piso de cemento para refrescarnos de temperaturas cercanas a los 40 grados centígrados. En las noches dormía en una hamaca. Los visitantes se quejaban de zancudos y mosquitos; Lina los soportaba sin murmurar palabra; los hijos y yo no los sentíamos. Pero todos disfrutábamos la sinfonía de luciérnagas y ranas que anuncian las tormentas tropicales, tan bellas como peligrosas.

Amaba la austeridad del lugar y el ejercicio de la faena agropecuaria. Me levantaba en la madrugada para asistir al ordeño, y en el día adiestrábamos potros y atendíamos las necesidades del ganado. Por las noches nadábamos largamente, tal como lo hacía de niño por exigencia de mi madre. Hemos procurado tener una ganadería con creciente productividad y sostenibilidad ambiental. Solo al final de mi primer mandato como presidente cumplí la promesa de hacer una casa más grande y cómoda, con altura y un segundo piso para sortear las temperaturas. Levantada con materiales de la región, la casa es abierta, integrada a los árboles y a los pastos, casi se puede conversar con las vacas, yeguas y potros que se asoman a su corredor. Tiene ventiladores en lugar de aire acondicionado y el agua conserva la temperatura ambiente. Duermo todavía en hamaca en el balcón; y Tomás y Jerónimo hacen lo mismo.

Cuando compramos El Ubérrimo sabíamos que estar en Córdoba suponía un cierto riesgo. A fin de cuentas estaba situado en la zona donde el grupo armado ilegal EPL había invadido la finca de mi padre y quemado la casa cuando yo era adolescente (luego de su muerte, mis hermanos decidieron irse para siempre de Córdoba). Durante varios años dormí con una escopeta y un revólver a mi lado (en el suelo, debajo de la hamaca). Sin embargo, nunca tuvimos un problema serio. Hasta un día de agosto de 1988.

Serían las ocho o nueve de la mañana. Iba en mi carro con algunos colegas del Senado. Lina estaba en Medellín. De repente vimos al mayordomo que, en su tractor, nos esperaba a un lado de la carretera. Al acercarnos empezó a mover frenéticamente los brazos para que nos detuviéramos. Así lo hicimos y entonces nos informó que un grupo del EPL estaba cerca de la finca con la intención de secuestrarme. Por un momento no supe cómo reaccionar, pero, después de hablar con mis colegas, decidimos alejarnos de El Ubérrimo y partir hacia la región costera de Antioquia, donde ese mismo día teníamos algunos actos políticos.

Después de un largo día de discursos y de conducir por carreteras sin pavimentar, regresé a El Ubérrimo. Era la una de la mañana. Caminé agotado hasta la casa donde encontré que dos de mis trabajadores más confiables -Silvia y Robin- me esperaban.

-Estuvieron aquí hasta las once -dijo Robin. Era un hombre fuerte y excelente trabajador, pero esa noche lloraba.

-Dijeron que van a volver -continuó Silvia-. Nos dijeron: "Uribe llega cansado, y sabemos que duerme en una hamaca, así que volveremos a las cinco de la mañana y Uribe no tendrá tiempo de reaccionar". ¡Nos lo van a secuestrar!

Los militantes del EPL habían amenazado con matar a Silvia y a Robin si me ponían en alerta. Pero su lealtad era más grande que su miedo. Siempre les estaré agradecido. Todavía hoy ambos trabajan en El Ubérrimo.

Salí de la finca y me fui a dormir a un hotel de Montería. Me sentía humillado. A la mañana siguiente, fui a la Policía y al Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), la agencia de inteligencia oficial, en busca de ayuda. Con algunos oficiales regresé a El Ubérrimo poco antes del mediodía. Robin nos dijo que el EPL había regresado, que estaban armados y que amenazaron con matarme si oponía resistencia. Me habían dejado un mensaje: debía encontrarme con ellos ese día a orillas del río Sinú y llevar una gran cantidad de dinero en efectivo; si pagaba me dejarían en paz, al menos por un tiempo.

Fue al oficial del DAS a quien se le ocurrió una idea: uno de sus agentes me suplantaría y a la hora acordada iría al lugar de la reunión. Engañados los secuestradores del EPL por la falsa creencia de que había aceptado su chantaje, en el momento de salir a mi encuentro, un gran número de agentes de la Policía los sorprendería y los arrestaría a todos.

-Lo único que necesitamos es uno de sus sombreros -dijo el agente-, y estoy seguro de que podremos detenerlos a todos.

La idea era razonable. Pero siempre me ha parecido irresponsable pedir a otros que, en mi nombre, corran riesgos físicos. Ninguna vida vale menos ni más que la mía.

-Estoy de acuerdo con su plan -contesté-. Pero tendré que ir yo.

Después de discutirlo un poco, los agentes aceptaron mi decisión. Fueron al lugar y lo estudiaron para elaborar las tácticas de la operación. En la tarde, tal y como estaba previsto, fui en mi carro hasta el sitio designado cerca del río.

En un pequeño restaurante a un lado de la carretera, ocho secuestradores del EPL me esperaban. Se veían muy tranquilos.

Apagué el carro, abrí la puerta y bajé despacio. Había guardado una pistola dentro del maletín por si las cosas salían mal. Tenía en el rostro una expresión severa y mis sentidos estaban en alerta total. Mi corazón latía con fuerza. Solo habían pasado cinco años tras el asesinato de mi padre.

-Oiga, usted -me dijo uno de ellos-. ¿Trajo el dinero? -Sí, aquí lo tengo -contesté. -¿Cuánto trajo? Di la cifra y entonces, como suele suceder en estas situaciones, los bandidos inmediatamente pidieron más. Renegué enojado. Aunque se trataba de una artimaña, la emoción era auténtica. -No tengo todo eso- dije. -Entonces tendrá que traerlo más tarde -repuso el cabecilla-, ¡o de lo contrario, seguramente sabe qué le pasará! Me limité a asentir. Los criminales intentaron alejarse, pero en ese momento un grupo de agentes fuertemente armados descendió de la embarcación en que esperaban.

-¡Están rodeados! ¡Bajen las armas!

Los secuestradores no tuvieron tiempo de sacar sus armas y fueron sometidos con facilidad. El profesionalismo de las fuerzas de seguridad fue notable; actuaron con sigilo y capturaron a los miembros del EPL con eficiencia y rapidez.

Los acompañé adonde un juez, a quien pedí que verificara y dejara una constancia escrita de que los secuestradores habían sido remitidos a la custodia del Estado en perfectas condiciones físicas. No estaba dispuesto a tolerar posibles acusaciones de maltrato o de abuso de sus derechos.

Desde ese día de 1988, las fuerzas de seguridad colombianas saben dónde paso las noches. Me han proporcionado más de un escolta y llevan un registro de cada reunión, de cada comida y de los visitantes que recibo. A partir de mi segundo año como gobernador, toda mi familia recibió una protección similar.

Con el paso de los años, las amenazas fueron en aumento y Córdoba se convirtió en una de las zonas más inseguras de Colombia. Los grupos armados ilegales que operaban allí eran cada vez más ricos y poderosos, y más dispuestos a recurrir a la violencia para lograr sus objetivos. Recuerdo que aquella noche, al regresar a El Ubérrimo, pensé que, a pesar de lo fuerte y prolongada que había sido la violencia en Colombia, aún podía seguir empeorando.

Esto parecía inverosímil: los grupos armados de izquierda similares al EPL, al ELN y a las FARC estaban desapareciendo con rapidez en otras partes del mundo; todas las guerras en Centroamérica habían terminado o estaban llegando a su fin; el muro de Berlín caería solo un año después; el colapso de la Unión Soviética se aproximaba; la democracia estaba en marcha en toda América Latina y las guerrillas pasaban a ser un asunto del pasado. Solo en Colombia estos grupos se hacían cada día más poderosos, más numerosos y mejor armados, y por primera vez eran una amenaza para la existencia del Estado.

Íbamos en contravía de la historia y era necesario encontrar una explicación.

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