Adam Kahane habla de sus teorías para solucionar conflictos
Por: LUIS GUILLERMO FORERO C. |
Adam Kahane, ha trabajado en países como Sudáfrica, Guatemala, Argentina y Zimbabwe.
Foto:Adam Kahane quiere "rehabilitar" las palabras 'poder' y 'amor'.
Afirma que la voluntad de avanzar hacia el logro de objetivos y la de unir son las claves para el cambio social.
Su teoría coincide en muchas líneas con el discurso de unidad del presidente Juan Manuel Santos. No en vano el mandatario escribió el prólogo de Poder y amor, la obra que Kahane está presentando por estos días en Colombia.
El autor canadiense ha trabajado en más de cincuenta países del mundo, organizando, diseñando y facilitando procesos para que líderes sociales, de gobierno y empresariales aborden retos complejos, y presentó su libro ayer en compañía del Presidente.
En diálogo con EL TIEMPO, Kahane explica la tesis de su obra y rememora las experiencias de 'Destino Colombia', una iniciativa que hace 16 años sentó en la mesa a diversos actores de la sociedad colombiana para, en palabras de Santos, entonces presidente de la fundación Buen Gobierno, "derribar las barreras de la intransigencia".
Los colombianos tendemos a pensar que por su complejidad, nuestro conflicto es único en el mundo. ¿Es eso cierto o hay experiencias internacionales que nos puedan ayudar a salir de la espiral de violencia?
Todas las situaciones son únicas y a la vez iguales. La gente siempre ve su situación como especial. Por supuesto que hay características únicas en el caso colombiano: la duración de la violencia, la naturaleza autosostenible de esa violencia en términos financieros... Normalmente las guerras terminan porque los protagonistas se quedan sin dinero, así que ustedes tienen un inusual conflicto financiable indefinidamente. Diría que sí, es único, y sí, es lo mismo.
La sociedad civil se ha movilizado para ubicarse de forma casi unánime en la orilla opuesta a la de los actores ilegales. ¿Es posible construir un escenario en el que los dos lados puedan sentarse a discutir una sola visión de país?
Me sorprende mucho que los escenarios de 'Destino Colombia' aún sean relevantes tanto en su proceso como en el contenido. Este fue un ejemplo de cómo representantes de todas las facciones -sociedad civil, Gobierno, empresarios, guerrilla, paramilitares- se sentaron a dialogar, no por unas horas, sino por nueve días, de manera franca y abierta. Tal vez haya otros ejemplos de esto, pero en su momento, y aun ahora, lo encuentro digno de destacar. Si soluciona todos los problemas o si estos continúan, es casi secundario. Su existencia prueba que es posible que la gente, incluso la que está en guerra, se siente, si el espacio es apropiado.
'Destino Colombia' planteó un escenario de fracaso y tres de éxito. Su mensaje es que hay más de un camino para salir del conflicto.
Recuerdo bien que el grupo de trabajo no se puso de acuerdo sobre cuál es el mejor camino o el más probable. Dijeron: 'podemos negociar, podemos tratar de hacer un acuerdo, podemos tratar de matar al enemigo, o podemos tratar de trabajar esto desde abajo, hacia la sociedad civil'. Y no dijeron cuál era mejor o el más apropiado.
La pregunta que sigue siendo relevante es: si quieres salir de la violencia, desde abajo, ¿cómo lo haces? ¿Qué liderazgo se requiere? ¿Qué se requiere para solucionar los conflictos, no a través de la fuerza ni la pacificación?
El presidente Santos quiere poner en marcha el cuarto escenario, llamado 'la unión hace la fuerza', pero, ¿qué hacer con quienes no quieren o deben estar ahí, como los narcotraficantes?
¿Hasta qué punto necesitamos enfrentar nuestros problemas a través de la fuerza? ¿Hasta cuál, a través del diálogo? No hay una sola receta. La razón es, como usted lo decía, ¿qué pasa si estas personas no son actores legítimos? Este fue un gran debate aún en la formación de 'Destino Colombia'. Hubo una discusión sobre si debíamos invitar a los narcos. Y dijimos: 'No, no son actores legítimos'. Creo que debe haber una línea. Con ciertos actores no podemos negociar.
El otro punto es que cuando hablamos de avanzar juntos, eso no quiere decir cada persona. Puede que el 80 por ciento de nosotros estemos juntos y hagamos las reglas y que el 20 por ciento restante siga las reglas o los ponemos en la cárcel. No es el caso de que o todos estamos juntos o tenemos una guerra. Lo importante es que las cosas no sean en blanco y negro.
La guerrilla por ejemplo, no ha dado muestras de querer siquiera explorar la posibilidad de un diálogo. Eso hace legítimo su combate...
No estoy argumentando que la confrontación violenta o la acción militar están siempre mal. No es lo que digo. Lo que estoy preguntando primero es: ¿va a funcionar? Algunas veces nos gustaría simplemente vencer a nuestros enemigos, pero no podemos. Lo segundo que digo es: el diálogo tiene más potencial del que la mayoría de gente cree. Si se estructura correctamente, el diálogo puede producir éxito en más casos de los que la gente cree. No quiere decir que en todos los casos.
La intención de mi trabajo es que si podemos aumentar la probabilidad de éxito a partir del diálogo de un 50 al 75 por ciento, es un gran logro. Eso deja un 30 por ciento en el que no funciona. Y ahí se hace lo que se tiene que hacer.
Las dos líneas de gobierno más visibles en el país, la del presidente Juan Manuel Santos y la del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, invitan a la unidad. ¿Basta con la visión de los líderes para lograr escenarios de reconciliación?
Los líderes no pueden hacerlo solos, pero ciertamente tienen un rol que jugar. La política siempre se trata de cómo los diferentes actores van más allá de sus propios intereses y crean unidad. El hecho de que los dos proyectos hablen de unir a la gente es saludable y no sorprendente. La pregunta no es si tenemos que unirnos, sino cómo. El tipo de política que intencionalmente divide a la gente es un tipo diferente de política, del cual hay muchos ejemplos en el mundo, incluida América Latina: la victoria a través de la polarización, en vez de la victoria a través de la unidad.
¿Es posible enviar un mensaje contundente en ese sentido en sociedades que a menudo relacionan el amor con la debilidad?
Este libro tiene un objetivo muy simple. Estoy tratando de rehabilitar las palabras 'poder' y 'amor'. Son palabras perfectamente buenas, pero la interpretación común de 'amor' es degenerativa -amor romántico, caer enamorado, canciones populares que dicen: 'te amo, no puedo vivir sin ti'-. Y la interpretación común de 'poder' también: el poder como opresión.
Lo que estoy tratando de hacer es darles a estas palabras simples y comunes su significado apropiado. Con 'amor' no hablo de romance o sentimentalismo; hablo de la voluntad de unir, que es tan constructiva y poderosa como el poder. El mejor ejemplo es el de diferentes proyectos políticos que enfatizan que tienen diferentes intereses, ideas y visiones del mundo, pero encuentran un camino para trabajar juntos. Y el poder no es la voluntad de destruir a alguien más; es la voluntad de avanzar logrando los objetivos.
Pero no siempre es fácil convencer a la gente de que su contrario no es malo...
Ese es el riesgo que existe en cualquier lugar. Pasar de 'él piensa diferente a mí', 'él quiere cosas diferentes', a 'él es mi oponente', 'él es mi enemigo', 'él es el diablo' o, aún peor, a 'ni siquiera es un humano y puedo borrarlo como a un insecto'. Eso es peligroso, eso lleva al genocidio. Mi punto de inicio no es tener que convencer a alguien de eso. Mi punto de inicio es que somos interdependientes, aún si deseamos que no lo fuéramos. Puedo fingir que realmente usted no está aquí, que puedo ignorarlo o que sus opiniones no importan, pero eventualmente yo voy a darme cuenta de que no puedo continuar sin reconocer mi relación con usted.
Lo importante del amor no es la creación de la interdependencia, sino el reconocer una interdependencia que ya está ahí. El punto de inicio de mi trabajo está siempre en gente que está tratando de lograr algo y encuentra que no lo puede hacer sin trabajar con otros. Ahí la pregunta es cómo, cómo puedes trabajar con otros, no solo con amigos y colegas, sino también con extraños y oponentes.
¿La política del poder y el amor se puede desarrollar en una región polarizada ideológicamente como América Latina?
¿Qué quiere decir polarización? Que todo el mundo está haciendo los suyo, tratando de ignorar, vencer o destruir al otro. Yo diría que es en esas circunstancias, especialmente, en las que necesitamos no solo poder, sino también amor. La razón por la que Sudáfrica es un caso tan interesante es porque el país era un ejemplo de polarización extrema. El fin del apartheid significó el final de la separación y la creación de la unidad o, mejor, la revelación de la unidad que estaba ahí.
Sé, por mi experiencia en Sudáfrica, Guatemala, Colombia, Sudán y Zimbabwe, que aún en las situaciones de polarización más extremas, la unidad puede crearse. No es fácil, no es permanente, no está garantizada, pero es posible.
El libro es publicado por Plural Editores, el PNUD y Mariknoll.
LUIS GUILLERMO FORERO C.
Redacción Política




