Un poder femenino que brota de sus cicatrices

Un poder femenino que brota de sus cicatrices

La cantautora Nina Rodríguez halló sanación de sus heridas en su música.

Un poder femenino que brota de sus cicatrices

De izq. a der.: Valentina Lizcano muestra las cicatrices de la maternidad; María Luisa Flores se quemó hace 8 años; para Nina Rodríguez, las cicatrices más grandes son las del amor.

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Daniela Gómez

07 de marzo 2018 , 08:42 p.m.

Cuando las cosas han estado rotas se hacen más bellas, ya que su restauración se convierte en una manifestación de su historia. Así es como la kintsukuroi o ‘reparación con oro’ lo establece. Es una técnica japonesa que para reparar fracturas en cerámicas con barniz de oro o plata, con el principio de que las roturas son parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en vez de ocultarse.

Así, con una definición pragmática, la cantautora bogotana Nina Rodríguez relata la historia que les da sentido su música y su carrera. A su discurso como artista, que según ellas trasciende de la forma al fondo. La forma siempre ha sido un conflicto que no le permite llegar a los demás de manera verdadera y pura, pues “si bien las cosas bellas, simétricas y armoniosas atraen la mirada, yo busco que las personas cierren los ojos y de verdad escuchen...”, dice Nina comenzando la entrevista.

En medio un estudio fotográfico, un silencio hasta cortante, más de ocho oídos concentrados en la entrevista de Nina, ruidos de fondo en el parque vecino, ella, sentada en un largo sofá de color naranja, dice lo que internamente siempre ha querido que su música alcance: “Listo. ¿Ya están acá?... ¿Ya están viendo?... ¿De verdad?... bueno ahora sí les voy a contar una historia”.

Para el lanzamiento de la última canción de su álbum Heroína, titulada Cicatrices, decidió, como ha hecho con sus demás lanzamientos, crear un discurso audiovisual estéticamente desde la moda, que estuviera cargado de potentes historias que llegaran al corazón de las mujeres a quienes Nina se dirige, ya que siempre ha pensado que exponiendo su lucha como mujer podrá empoderar a quienes la rodean para que tengan el valor de buscar la libertad con su propia historia.

La historia de Nina no está alejada de la de muchas mujeres, niñas, adolescentes que llevan una lucha interna por aceptarse, por amar la imagen que ven en el espejo, por dejar de enfrentarse con rabia a su reflejo, o a quienes finalmente no tienen aún su propia fuerza en un mundo en donde los hombres han sido protagonistas.

Un poder femenino que brota de sus cicatrices

Nina se inspira en la técnica japonesa del ‘kintsukuroi’ o reparación con oro, que resalta, en vez de ocultar, las roturas.

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Daniela Gómez

Mientras Nina responde a las preguntas, parte del equipo está sentado en las escaleras con su atención en ella; la fotógrafa, en el computador y las maquilladoras en silencio, y sigilosamente están haciendo su trabajo: maquillando con finos pinceles y pinturas doradas las cicatrices de Valentina Lizcano y María Luisa Flores, las dos aliadas de Nina en este proyecto. Ellas, las maquilladoras, las artistas de esta obra, como los japoneses de sus cerámicas, deslizan los pinceles sobre las pieles que en algún momento fueron heridas.

Cada una de ellas tiene un propósito dentro de la historia que quiere contar Nina; como en la técnica kintsukuroi, las mujeres también se embellecen desde las huellas, las marcas, las cicatrices, porque son aquellas pequeñas o grandes rupturas en la piel las que representan una historia de lucha, de valor y de evolución.

“Cicatrices es la última canción del disco. Mientras salía en el piano, dolía mucho. Se grabó en una sola toma, en el piano en el que fue compuesta”, cuenta Nina, mientras su voz empieza a quebrarse. Sigue sentada en el mismo sofá naranja del que no se ha movido. “Entender que esas huellas que alguna vez... –Nina se detiene y respira– perdón, me pongo emotiva..., no entendiste por qué estaban ahí, pero te hacen trascender”. Se ve su lucha. Se siente su dolor. Se percibe su catarsis. Se entiende la profundidad de su mensaje; el amor propio al trascender.

Valentina, por ejemplo, habla de las cicatrices que deja otro ser, como cuando eres mamá, “pero entiendes que esas marcas no importan cuando esa otra persona existe para sanarlas”. Se desnuda sin pudor en medio del estudio y muestra orgullosa sus estrías, que ahora brillan como el oro, literalmente.

Ella habla del miedo que vive en las mujeres alrededor de la maternidad; por terror a las cicatrices, por terror al cambio en el cuerpo, por terror a la falta de aceptación del otro, por terror a las miradas de ojos que siempre ven con estereotipos, pero hace énfasis en que la maternidad sana, y no importan las estrías en los senos, en las piernas, en el abdomen o en el alma cuando existe una historia de madre detrás de ellas.

De otro lado, y desde otro extremo, María Luisa Flores habla de las cicatrices accidentales que dan un giro inesperado en la vida. Ella se quemó hace ocho años el pecho, parte del cuello, parte de los brazos y manos, y, como ella lo establece, fue “un despertar. La vida me hizo despertar para darme cuenta de que hay mucho por agradecer y de que los regalos con los que vine a este mundo van más allá del físico”. Ella ve sus cicatrices como las maestras de su vida. Ella ayuda hoy a personas que pasan por el mismo proceso. Ella tiene una fundación que presta apoyo integral a sobrevivientes de quemaduras. Ella ayuda con esta fundación a niños de bajos recursos a recibir tratamiento en Estados Unidos. Ella, tal como lo establece, tomó la zozobra como su mejor maestro.

Entonces sí, las cicatrices cambian vidas. Inicialmente desde el dolor, porque una cicatriz, por definición, aparece cuando el tejido se desgarra. Pero las cicatrices también tienen como consecuencia más vida, más conciencia, crecimiento, transformación y reconciliación. Es así como a través de historias que evidencian lo tangible, lo físico, Nina Rodríguez quería llegar a esta conclusión de lo intangible, porque, como dice su estremecedora canción: “En mis cicatrices guardo mis raíces, nada fue casualidad... Un alma en retazos, borrando los pasos, las heridas son mi alma...”.

Ahora vemos a Nina posando para la cámara y, aunque no tiene cicatrices físicas para ser reparadas con oro, vemos la totalidad de su cuello de color dorado, porque finalmente ella concluyó que es su voz la que está en su vida para sanar. Pudo verlo cuando, hace algunos años, su terapeuta le preguntó: “¿Qué te hace feliz que no dependa de los demás?”, y entendió que cantar era su espacio personal, era su espacio seguro, era su escondite.

Ahora bien, Nina piensa que hay mayor amplificación de su mensaje a través de los demás, pero ella tiene grandes cicatrices en el alma que la motivan a contar una historia desde la belleza de la imperfección. Por tal razón, esto no termina con una definición más de un concepto, sino más bien con una pregunta importante.
Nina, “¿cuál es tu cicatriz más grande?”,
pregunto.

Y ella, ya incómoda en el sofá naranja y con la voz rasgada, dice: “Pero ¿usted por qué es así?”. Hace una pausa, le cuesta hablar, mira al techo, piensa unos segundos, juega con las manos de manera nerviosa; finalmente respira y responde: “Creo que hay cicatrices que aún no han terminado de sanar y que, por lo tanto, todavía no se pueden expresar en su totalidad, pero son cicatrices en el amor; en el amor propio”.

Y concluye: “Me las vas a pagar”.

SUSANA MORA
PERIODISTA-PRESENTADORA RADIO CITY

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