Estos fueron los dos textos ganadores del Premio Simón Bolívar

Estos fueron los dos textos ganadores del Premio Simón Bolívar

Los galardonados fueron una entrevista a Brigitte Baptiste y una columna sobre los niños guajiros.

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textos ganadores del premio simon bolivar de el tiempo

Foto:

04 de noviembre 2016 , 11:10 p.m.
Entrevista de Carolina Venegas a Brigitte Baptiste en la revista 'Bocas'

Lea la entrevista completa aquí.

¿Alguna vez soñó con estar embarazada?

Lo hemos hablado con Adriana (la esposa) de manera muy dulce. Y claro, yo siempre he querido ser madre biológica, me encantaría, sería arrobador para mí. No pude, pero estuve muy cerca de los embarazos de Adriana.¿Para usted qué es ser mujer?

Es indecible. Creo que ser mujer en este tiempo es ser libre. Supera rápidamente lo biológico, parte de los roles sociales que se le adscriben a la anatomía, en la reproducción, en la sexualidad, los reivindica y toma distancia para reposicionarlos de otra manera en la sociedad. Yo me volví mujer porque hice eso: partiendo de mi cuerpo, de mi sexualidad, del conflicto de roles, fui capaz de ser otra, de ser yo misma. Y eso no implica la cirugía de reasignación de género, para mí, mis genitales nunca fueron el conflicto. Para mí, ser mujer es un acto de liberación y por eso fui a cambiar mi cédula por la de mujer. Pero no porque un médico o un veterinario me hayan inspeccionado y hayan dicho: “Sí, usted puede”. Y en eso valoro el gesto de la Corte Suprema y del juez que dice que la definición de género es una expresión de voluntad. Ahí están décadas de reflexión y de pensamiento.¿Podría volver a ser Luis Guillermo?

Me costaría mucho, porque de todas maneras la identidad es algo lleno de símbolos, de sentidos, de lenguaje, de experiencia. Y en la medida en que he ido cultivando la mía deliberada y placenteramente, todo lo que tengo de Brigitte es positivo y no sabría cómo abandonarlo. Es irreversible. Tengo de Luis Guillermo lo que creció conmigo, no hay una ruptura, pero no tengo cómo volver.¿Es feminista?

Sí, me considero muy feminista. Comparto plenamente la visión de Florence Thomas, así a los demás les parezca recalcitrante. Tal vez no uso el mismo lenguaje de otra época, otra construcción teórica, pero estoy completamente de acuerdo en que la gran enfermedad de la humanidad es el machismo, el patriarcalismo que sigue operando insidiosamente en todo, sigue destruyendo y corroyendo las relaciones de los seres humanos. Es una de las grandes luchas que hay que dar en la vida entre todos, y que yo sufro también. No estoy exenta del machismo, es un virus tremendamente complicado de manejar.¿Se ha sentido agredida?

A mí me ha ido muy bien, he tenido mucha suerte en la medida en que mi carrera profesional me ha blindado mucho de esas condiciones, por lo menos de la discriminación abierta, de la resistencia a la inclusión en ciertos espacios, eso lo tengo que reconocer. Pero, por ejemplo, yo viajo mucho por el país, a comunidades rurales, y mi relación en esos espacios empieza siempre con los niños, porque los niños espontáneamente se arremolinan a mirar. Preguntan: “¿Es señor o señora?”, “¿por qué tienes aretes?”, “¿es mamá o papá?”, “¿por qué tienes ese hueso en la garganta?, ¿te comiste algo y te atoraste?”. Hablo con los niños un rato. Entonces, la información empieza a moverse: que llegó alguien de Bogotá, de afuera, excéntrica, raro. Y uno tiene la ventaja de ser la persona que llega. Normalmente hay que ser muy salvaje para cerrar las puertas de una: la gente espera a ver qué es este bicho. Me ha ido muy bien siempre, salvo mamarme gallo, no pasa nada. Menos en Magangué: hice un recorrido por el bajo San Jorge, en el 2006 o 2007, y me hicieron llegar el mensaje de que una persona como yo no era bienvenida en la región, que por favor no volviera.

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¿Le gusta el país que le tocó?

Me encanta. A menudo he tenido oportunidades de quedarme por fuera y solo hasta hace poco empecé realmente a considerar la posibilidad de irme. Si no se resuelve el conflicto armado en Colombia, considero que es inútil quedarse.¿Qué rol ha tenido el conflicto en la ecología del país?

Hay unos efectos secundarios del conflicto interno en cuanto al acceso al territorio, que son buenos y malos a la vez, que han permitido que Colombia tenga aún muchas regiones inexploradas, desconocidas, y poco transformadas. Pero como efecto secundario eso es mal consuelo, porque impide también la apropiación del territorio, impide conocerlo y proponer cosas. No resolver el conflicto, o agradecerle al conflicto que eso haya pasado, es como agradecer que uno no ha engordado porque no tiene con qué comprar comida. La falsa conservación que provee colapsa tarde o temprano. Además, la pregunta es para qué, para cuál sociedad funciona ese bosque si están exterminando a los indígenas.¿Y el posconflicto?

Para mí representa una oportunidad de lanzar el país al siglo XXII. Dar un salto cualitativo en la forma en que hemos vivido el territorio, encontrar un espacio para no cometer los mismos errores que se cometieron en los años setenta y ochenta con una idea de un desarrollo que causó una cantidad de daños terribles. Me preocupa que no lo estoy viendo. Sin embargo, sí hay más sensibilidad, mejor información, más capacidades. Veo muchos líderes de opinión, empresarios y políticos más preocupados por la sostenibilidad.¿Qué proyectos le han arrancado sonrisas últimamente?

Me siento muy satisfecha con el trabajo que hemos hecho en páramos, en ecosistemas estratégicos. Con la manera en la que le hemos mostrado a Colombia que somos un país anfibio, pero también de páramos o de bosques secos. Con el trabajo que hemos hecho para dar a conocer a Colombia como el país que es, no un país inventado que queremos adaptar a las malas. También me siento orgullosa del trabajo que hemos hecho con comunidades indígenas, tradicionales: los hemos fortalecido, hemos construido un diálogo entre ellos y la ciencia, y ha sido muy especial.Habla de ser ‘cyborg wannabe’, ¿qué opina de la manipulación genética?

¿Más manipulación genética que la que hizo la humanidad cuando se inventó la agricultura? De no ser por esto no habría frutas grandes ni agricultura para alimentar a 7.000 millones de personas. Lo hemos hecho de distintos métodos. Ahora tenemos nuevos métodos que están en cuestión porque no sabemos sus resultados. Yo no me opongo a los transgénicos, no creo que constituyan un riesgo para la humanidad o el ecosistema. No me parece peligroso un maíz transgénico, me parece más peligrosa Monsanto y la dependencia tecnológica. Sin duda, no se me paran los pelos cuando hablamos de manipulación genética.¿Cuál es la importancia de la declaración del presidente Santos sobre el programa Colombia Sostenible?

Colombia en su relación internacional con lo ambiental ha sido muy retórica, de mostrar espejitos: que la importancia de la biodiversidad, que tenemos la Amazonia, que somos Magia salvaje. El mundo nos respeta profundamente por eso, pero también es muy escéptico, porque ha visto nuestro comportamiento, porque no hemos hecho nada acorde a esa realidad, solo la hemos utilizado para atraer cooperación internacional, para cierto ambientalismo incipiente (...)
Me parece muy bien que el país quiera ser parte del club de buenas prácticas de países decentes, de los países transparentes, de los países desarrollados, porque implica un abandono de la retórica. No porque esté de acuerdo ideológicamente con que ese es el camino que deba seguir Colombia, sino porque uno tiene que acostumbrarse a no decir mentiras. A Colombia le toca salir del clóset.

Postales de La Guajira

Cristian Valenciacristianovalencia@gmail.com

Postal 1: aparece una panorámica de Puerto Bolívar, en La Guajira. Varios barcos están siendo cargados de carbón y otros tantos esperan su turno, fondeados a lo lejos. En la plataforma se alcanza a ver un letrero muy grande junto a una bandera de Colombia pintada con esmero: ‘Energía para el mundo’.

Postal 2: una locomotora que arrastra una hilera de vagones tan larga que alcanza a ocupar toda la línea del horizonte visual del vastísimo desierto amarillo de La Guajira. Es el tren del carbón, metálico, solitario. A un lado de esa poderosa máquina, un niño que pastorea cinco chivos se protege del sol bajo una ramada de trupillos.

Postal 3: el parque eólico Jepirachi. Altísimas torres se encargan de sostener aerogeneradores, que bien podrían tratarse de los terribles gigantes contra los que luchó don Quijote en otros tiempos. En primer plano hay una pequeña casa. Se pueden ver, acostados en sus hamacas, un par de indígenas wayús que sonríen a la cámara desde el interior oscuro de sus chozas.

Postal 4: el enorme complejo de Chuchupa sobre el mar. Una plataforma ultramoderna se sostiene en medio del mar Caribe. Varios trabajadores de uniformes impecables y cascos de colores sonríen a la cámara. El bienestar que irradia esa fotografía es envidiable.

Postal 5: aparece una indígena wayú. Hermosa ella, con su rostro pintado de negro, luce una bellísima manta y carga en bandolera una mochila multicolor tejida a mano. Detrás de ella, en aquella postal, se puede ver una serie de hermosas hamacas bajo una ramada. La imagen la patrocina Artesanías de Colombia.

Postal 6: ahí está el mar Caribe en toda su plenitud, de un color verde inclasificable. En primer plano, un indígena sostiene una langosta de proporciones descomunales. Sonríe con mucha dicha. Le faltan tres dientes.

Postal 7: una mujer joven y muy blanca se tomó un selfi mientras brincaba en medio de la inmensidad del desierto. No hay nada verde alrededor. Ha quedado tan bella que la ha posteado a todos sus amigos de Facebook. La calidad estética de la imagen a lo mejor proviene de tanta lozanía en medio de un ambiente tan hostil.

Postal 8: un viajero extranjero aparece en primer plano. Está sentado junto al nicho de piedra que le sirve de altar virgen en la cima del Pilón de Azúcar. Al fondo, la tierra naranja y el mar azul le dan a la imagen toda su espectacularidad exótica. Debajo de la foto, un letrero habla de La Guajira: ‘No sabes lo que te pierdes’.

Postal 9: una supermodelo rubia de piel canela modela un bikini estampado con motivos wayús. En el cuello lleva imitaciones de collares ancestrales. También, una mochila multicolor. Está posando junto a las ruinas de lo que fuera un muro fortificado de San José de Bahía Honda. Hay un letrero en inglés que atraviesa la imagen como una marca de agua: ‘The Colombian Extreme Adventure’.

Postal 10: se trata del Festival de la Cultura Wayú, en Uribia. Todos los colores de la creación aparecen en la foto. Las mujeres están elegantísimas, sentadas en primera fila, frente a un escenario improvisado. En el ruedo, una pareja baila la Chichamaya o Yonna, la danza ceremonial de los wayús: la mujer que persigue al hombre aletea con su manta de color rojo encendido, como si fuera la última mariposa de una exótica especie en vías de extinción.

Postal 11: no es una postal, es una noticia. Durante el 2012, en la Alta Guajira murieron 380 niños por cada 1.000 niños menores de 1 año. Murieron de hambre y sed. Los niños wayús se mueren de hambre en La Guajira.

EL TIEMPO

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