Enrique Santos Castillo, un poderoso que despreciaba el poder

Enrique Santos Castillo, un poderoso que despreciaba el poder

A 100 años del nacimiento de su padre, el Presidente de la República hace una semblanza sobre él.

Enrique Santos Castillo, un poderoso que espreciaba el poder

Los periodistas que trabajaron con Enrique Santos Castillo admiraban su capacidad para estar siempre informado y chiviarlos.

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Archivo histórico EL TIEMPO

11 de abril 2017 , 10:06 p.m.

Hoy hace cien años nació mi padre, Enrique Santos Castillo, frente a la plaza principal de Tunja, en una casa grande que olía a tinta de imprenta y al jazmín que florecía en su amplio solar. Desde muy niño vería desde allí la luz que irradiaba La Linterna, el periódico liberal que fundara su padre, mi abuelo, el legendario periodista Enrique Santos Montejo, Calibán. Este ámbito tunjano, el recio olor de la tinta sobre el papel y la dulzura de la tierra boyacense forjarían para siempre su instinto de águila periodística y su carácter de hombre sencillo, franco, cariñoso.

Fue un boyacense siempre hasta la cepa, pero también un tunjano universal. Nunca olvidó “la tierrita” y nos enseñó a comer los “cocidos” y las almojábanas de Sogamoso o Ventaquemada, y se cultivó en lo mejor del pensamiento y las maneras que conoció en Europa y Norteamérica. Fue así el hombre que expresó mejor la fusión de la capa castellana con la ruana boyacense.

Durante casi 85 años, su corazón palpitó a un ritmo incesante, como un perpetuo tecleo de máquina de escribir, con la fuerza infatigable de una locomotora. Y tuvo en este horizonte una virtud excepcional: si ponía los oídos sobre los rieles, escuchaba, sabía aún desde muy lejos que ya venía el tren. Esa locomotora que sabía detectar cuando nadie ni siquiera la intuía era su capacidad para otear primero en el viento lo que venía: la noticia.

Porque fue, sobre todas las cosas y por siempre, solo algo único: PERIODISTA. Así, con mayúsculas.

En el ámbito privado, los de su estirpe sabemos la dimensión excepcional que tuvo como padre, como persona, como miembro de familia. Fue un gran padre, un padre maravilloso al mejor estilo de Michel de Montaigne, porque nos permitió a sus hijos, como los pájaros con sus polluelos, volar solos desde muy jóvenes, siempre guiándonos de lejos. Y nos enseñó muchas cosas: el amor por Boyacá y por Colombia, entender que el orgullo es una expresión del egoísmo, o que para ser tolerantes –condición esencial para alcanzar la paz– hay que ver las cosas más con el corazón que con los ojos, o que nadie tiene éxito si le tiene miedo al fracaso.

Lo que conmemoramos ahora, a un siglo de su nacimiento, es su enorme dimensión como periodista. Un periodista que no tuvo un gran reconocimiento mediático, ni siquiera como su padre, Calibán, que fue el columnista diario más leído y más influyente del país durante toda una época. Pero sí fue el periodista que durante casi setenta años, junto con su hermano menor, Hernando, con quien, a pesar de ser diferentes, fue su mancorna en el manejo del periódico, permaneció como una columna de mármol detrás de todas las noticias que estremecieron al país y al mundo, y que los colombianos vivieron con expectación o asombro.

Mi padre fue, sobre todas las cosas y por siempre, solo algo único: PERIODISTA. Así, con mayúsculas

Durante décadas fue corazón y alma en el diario fragor de las noticias del principal periódico del país. Como jefe de redacción o editor general, fue el periodista que decidió desde el titular hasta el contenido de cada noticia, desde el anuncio del final de la Segunda Guerra Mundial, los asesinatos de Jorge Eliécer Gaitán o John F. Kennedy, el hombre en la Luna, las tragedias de Popayán o de Armero, todo; Papas y presidentes, grandezas y miserias del país y el mundo, todo lo que aún perdura en la memoria, o lo que el viento se llevó. La historia humana de una nación y del mundo, pero también los hechos de las pequeñas cosas, como las páginas sociales que cuidaba celosamente, las bodas, la vida de los pueblos y los barrios y veredas, desde las fiestas de las bandas de Paipa hasta los conciertos de música clásica en Popayán.

Y él, siempre ahí, las 24 horas, hasta las madrugadas, olfateando, atrapando y forjando las noticias, liderando e inspirando a periodistas durante generaciones.

Según pasaron los años, era en el periódico no una persona, sino una esencia tan entrañable y fundamental como la tinta, como el papel, como la rotativa, como el sonoro tecleo de los linotipos ardientes, o el rumor de las máquinas de escribir; también, el silencio frío pero implacable de los computadores...

Fue faro y vigía para guardar y conservar costumbres y tradiciones. Se adaptó y asimiló todos los cambios, siempre de frente en defensa de la libertad y la democracia, siempre con talante y actitud liberal, pero también conservador inequívoco frente al imperio de la autoridad y la seguridad para todos los colombianos.

Tal vez nunca a ningún colombiano le ha cabido un periódico en la cabeza como a Enrique Santos Castillo. Y esto quiere decir que cien o más páginas diarias, desde las políticas, económicas, deportivas y culturales hasta aquellas de crónica roja o de vanidad social, pasaban por sus manos, se decidían, se forjaban como la misma sangre corría por su cuerpo brioso y agitado, como si fueran su savia, su esencia... Eran las noticias de la humanidad y de la heredad, que lo alimentaban e inspiraban. Esa fue su pasión y su vida, sin odios ni mentiras, sin adulaciones ni protagonismos personales.

Enrique Santos Castillo y

El polo a tierra del gran periodista fue siempre su esposa, Clemencia Calderón, cuenta el presidente Santos.

Foto:

Archivo histórico EL TIEMPO

Esto lo hizo un hombre poderoso que despreciaba el poder. Podía hablar todos los días con el Presidente, con los ministros, con los banqueros, con alcaldes, militares y jueces. También lo hacía con reinas de belleza, con guerrilleros, con campesinos de tierra fría y caliente, con ‘lagartos’ y políticos y personas representativas de toda la aventura humana del hombre colombiano.

Y tanto frente a los poderosos como a los humildes, era el mismo boyacense que se sentía por igual siempre, refinado o campechano, pero sobre todo sincero y respetuoso con todos. Por eso, con su gran corazón recogía cada día la cosecha del cariño de la gente.

La misma gente, los mismos ciudadanos de todas las condiciones culturales y sociales que lo apreciaron y admiraron ayer y que hoy reconocen y celebran que Enrique Santos Castillo haya dejado una marca indeleble en más de medio siglo de periodismo en nuestro país. Que su personalidad, carácter y trabajo sean un ejemplo de vida para la presente y las futuras generaciones de boyacenses y de colombianos.

¿Qué diría del periodismo actual? “Que la chicha se puso a peso”, una expresión que utilizaba frecuentemente cuando las cosas se complicaban. Y lo diría porque el papel que jugó toda su vida, el de editor, el de intermediario y filtro de las noticias, el que les da dimensión y contexto, el que separa lo trivial de lo trascendental, se ha venido debilitando y deformando en Colombia y el mundo. La inmediatez que han impuesto la tecnología y las redes sociales, al igual que las crecientes dificultades económicas de los medios tradicionales, han convertido a los editores y directores en simples transmisores. Ya no hay tiempo para evaluar. Los hechos que se vuelven noticia ya no son los que el editor escoja con su buen juicio, sino los que se convierten en tendencia en las redes o los que dictan las mediciones de audiencia. El argumento le ha cedido espacio a la emoción; el análisis, al veredicto sin fundamento; la verdad, a la posverdad. Aristóteles le ganó a Sócrates: nada sano ni para el periodismo ni para la democracia.

Mi padre se graduó de abogado en la Universidad del Rosario, pero nunca ejerció el derecho. Su tesis de grado –dirigida por Carlos Holguín y Francisco Urrutia– fue sobre la libertad de prensa. Siempre defendió la institucionalidad, al igual que mi tío Hernando, porque la consideraba el pilar y la garantía de las libertades, incluyendo la de prensa.

No me cabe duda de que aplaudiría la forma responsable como su pupilo, Roberto Pombo, actual director de EL TIEMPO, ha mantenido al periódico anclado y defendiendo las instituciones, sin dejar de informar, ni de criticar ni de orientar. Tal vez le advertiría a uno que otro columnista que se han vuelto soberbios,
monotemáticos y predecibles, y que esa es la receta más efectiva para seguir perdiendo lectores.

La decisión más sabia que tomó mi padre en su vida fue escoger como compañera y cómplice por sesenta y tres años a Clemencia Calderón, la mujer más fabulosa del mundo
, que es como todos los hijos definimos a nuestras madres. Ella fue siempre su polo a tierra.

Lástima que a este gran periodista no le haya alcanzado la vida para titular una noticia que, estoy seguro, le habría causado especial emoción: el desarme de las Farc, la guerrilla que tanto combatió desde la tribuna de EL TIEMPO, y el inicio de la construcción de la paz en su país, que siempre quiso y defendió por encima de todo.

JUAN MANUEL SANTOS
Especial para EL TIEMPO

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