Así ardieron Bogotá y Washington en abril

Así ardieron Bogotá y Washington en abril

Se conmemoran 50 años del asesinato en EE. UU. del líder afro Martin Luther King y 70 del de Gaitán.

Martin Luther King

Martin Luther King, líder del movimiento por la igualdad racial en EE. UU., durante la ‘Marcha en Washington’, el 28 de agosto de 1963.

Foto:

AFP

03 de abril 2018 , 08:29 p.m.

Parodiando a Dickens, se podría decir que Colombia en 1948 y Estados Unidos en 1968 vivían el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos. En Colombia imperaba la democracia, pero subsistía la pobreza. En Estados Unidos abundaba la prosperidad, pero permanecían las secuelas de la esclavitud. Estos dos mundos tan distintos se vieron hermanados en la tragedia un mes de abril, con dos décadas de distancia, cuando unos disparos asesinos los precipitaron al caos y cambiaron para siempre la historia de los dos países.

Por cuatro días de diferencia, no pasaron veinte años exactos entre los magnicidios de Jorge Eliécer Gaitán y Martin Luther King, que en el siglo veinte marcaron con sangre y fuego a Bogotá y Washington –y por extensión, a Colombia y Estados Unidos–. El 9 de abril de 1948 fue un viernes, que carga una mala fama milenaria porque fue el día en el que murió Jesucristo. El 4 de abril de 1968 fue un jueves, así que por un día no cumplió con ese siniestro distintivo. Pero si los días no coincidieron, el eco de los disparos que hicieron Juan Roa Sierra y James Earl Ray sigue resonando en ambas naciones, donde prendieron dos incendios que aún no se apagan: la guerra que en Colombia fue bautizada con el eufemismo de Violencia y la rebelión de los afroamericanos en los Estados Unidos contra un racismo que se resiste a desaparecer.

La catástrofe que desencadenó Roa Sierra al oprimir tres veces el gatillo desde el marco de la puerta del edificio Agustín Nieto aquel fatídico 9 de abril, cuando Gaitán acababa de abandonar su oficina y salir a la carrera séptima, golpeó a todo el país, pero especialmente a Bogotá, víctima de los peores desórdenes, incendios y saqueos. La furia popular que desató Ray dos décadas después al disparar contra King desde una ventana oculta, cuando el ídolo afroamericano conversaba con el músico, amigo suyo y activista de los derechos humanos Ben Branch en el balcón del segundo piso del motel Lorraine de Memphis, Tennessee, ocasionó una oleada de disturbios raciales en decenas de ciudades pero afectó principalmente a Washington, uno de cuyos sectores céntricos fue reducido a cenizas.

No son muchos los que guardan recuerdos directos de aquellos hechos. Por esto se puede considerar un privilegio haber estado presente en Bogotá y Washington en ambas ocasiones y poder dar vivo testimonio de las dos tragedias, que todavía palpitan en la memoria colectiva de ambos países. Setenta años después en el caso colombiano y cincuenta en el estadounidense, aquellas calamidades continúan siendo referentes obligados para comprender la evolución de los acontecimientos que marcaron desde entonces la historia las dos naciones.

El incendio bogotano

No fue necesario estar en la avenida Jiménez o la plaza de Bolívar de Bogotá para advertir la magnitud de los incendios que desencadenó el 9 de abril la turba enfurecida por la muerte de su líder. Desde Chapinero o el sector de la avenida Chile era fácil ver el cielo amarillo sobre el centro bogotano, por el brillo del fuego que consumió iglesias y edificios públicos, las primeras presas de la rabia popular. Según se estableció después, 142 edificaciones fueron destruidas y el centro histórico quedó en ruinas. Nunca se sabrá con exactitud el número de muertos en la revuelta y su represión por el Ejército. La embajada alemana llegó a calcularlo en 3.000, y algunos investigadores lo han situado alrededor de 500.

Ni siquiera la lluvia que cayó esa tarde sobre la capital dispersó a la muchedumbre que invadió el centro y empezó el saqueo de almacenes, especialmente aquellos donde podía encontrar armas de fuego o de otra naturaleza para atacar las dependencias del Gobierno, instintivamente culpado del crimen. Los exaltados insurrectos desafiaron las balas de los soldados enviados para reprimirlos, y las calles se llenaron de cadáveres, recogidos después en camiones y llevados al Cementerio Central, donde formaron un espectáculo espeluznante e inolvidable para todos los que lo vieron.

En las primeras horas, un número indeterminado de francotiradores se apostaron en pisos altos y torres de iglesias para librar una lucha desesperada y estéril contra el Gobierno. El cañonazo del Ejército que destruyó la torre de la iglesia de Santa Bárbara, en la calle quinta con la carrera séptima, y acabó con los que habían tomado posiciones allí se convirtió en uno de los símbolos de aquel amotinamiento frustrado. Los trabajadores de la pequeña vulcanizadora situada en la calle 12 con carrera 17, donde trabajaba Roa Sierra, fueron los más sorprendidos al enterarse de que uno de sus compañeros había sido señalado como el asesino y linchado en el lugar del crimen. Para la totalidad de los atónitos habitantes, y sobre todo para las amas de casa, lo que siguió fue la angustia por obtener los víveres para subsistir en una ciudad sitiada por la violencia y el miedo.

Bogotazo

Vehículo incendiado durante los disturbios del 9 de abril de 1948 en Bogotá.

Foto:

Archivo de Sady González

...muchos no alcanzaron a llegar a sus casas. Se alojaron en hoteles o casas amigas

Washington, ocupada

En Washington, la detonación de la bala que acabó con la vida de King en un lugar situado a 1.200 kilómetros de distancia repercutió como si hubiera sido disparada en el Capitolio. Washington era la ciudad afroamericana por excelencia, donde se habían refugiado desde el siglo anterior los esclavos que huían de su cautiverio en el sur, a los cuales se añadieron muchos otros cuando Lincoln proclamó su emancipación. Alrededor del clásico edificio donde reside el poder popular de Estados Unidos y en cercanías de la Casa Blanca se había formado el gueto donde residía esa población, la más pobre del país. Allí comenzó una revuelta que duró cuatro días y obligó al presidente Lyndon Johnson a ordenar la ocupación del centro de la ciudad por más de 12.000 soldados federales, en un despliegue militar que la capital estadounidense no presenciaba desde la Guerra Civil.

Hasta ese día había sido impensable que los militares emplazaran ametralladoras en el techo de la mansión presidencial y que carros blindados del Ejército circularan por las calles que circundan el parque Lafayette o la avenida Pensilvania. Menos se imaginaba que un día los habitantes de la capital del mundo se verían obligados a refugiarse en donde pudieran para escapar el toque de queda. Miles de oficinistas del Gobierno y de los organismos internacionales con sede en la ciudad se apresuraron a salir temprano de sus oficinas, y aun así muchos no alcanzaron a llegar a sus casas. Se alojaron en hoteles o casas amigas. El ambiente de Washington en el anochecer del 4 de abril, cuando en las calles solo había soldados, no era muy distinto al de cualquier ciudad del tercer mundo amenazada por una revuelta.

Como había ocurrido en Colombia el 9 de abril, cuando la población enloqueció al grito de “¡Mataron a Gaitán!”, en Estados Unidos ardieron decenas de ciudades al propagarse la noticia del asesinato de King. En Washington hubo más de mil incendios. Lo irónico fue que estos arrasaron con los barrios pobres donde vivían los mismos sublevados: el Shaw, alrededor de la calle 14 –que desde mucho antes temían recorrer los blancos–, el de la plaza Mount Vernon y otros vecindarios que llegaban hasta el barrio chino, los cuales se convirtieron después en los más codiciados de la ciudad. En ellos se levantaron más tarde condominios de lujo y se instalaron tiendas exclusivas, como Ferragamo y Gucci, frecuentadas por los blancos adinerados que ahora habitan allí, donde un apartamento cuesta entre uno y medio y dos y medio millones de dólares.

Los enigmas

En lo que siguió a las dos tragedias también hay semejanzas. En Colombia subsiste la incógnita sobre los autores intelectuales del crimen que partió en dos la historia del país y aun sobre el hecho de que Roa Sierra fuera el verdadero asesino. Su muerte a manos del pueblo impidió despejar el misterio.

Sobre James Earl Ray también hay dudas, pues aunque inicialmente se declaró culpable, después se retractó e implicó a otros, incluyendo a su hermano Johnny. Ray huyó el día del crimen, fue detenido en Londres dos meses después y conducido a Memphis, donde fue sentenciado a 99 años de prisión. Murió en la cárcel cuando había pagado la tercera parte de la pena.

Cinco años antes un nuevo personaje se había incorporado al elenco de la tragedia: Lloyd Jowers, dueño de un restaurante que funcionaba cerca del motel Lorraine. Este afirmó que Ray era un chivo expiatorio porque el asesinato de King había sido planeado por unos conspiradores que contrataron a un policía de Memphis llamado Earl Clark para que lo perpetrara.

La familia de King entabló un juicio contra Jowers en 1998, en el cual fue representada por el abogado William Pepper, quien había sido el defensor de Ray. En 1999 un jurado de Memphis adoptó la teoría de la conspiración y dictaminó que Jowers había formado parte de ella y que en el crimen también habían estado involucrados agentes del Gobierno. Sin embargo, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos realizó después otra investigación que dejó sin piso la decisión del jurado de Memphis. Así, en este caso tampoco se pudo despejar el enigma.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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