Padre Gabriel Izquierdo: perfil de un multiplicador

Padre Gabriel Izquierdo: perfil de un multiplicador

El sacerdote fue un trabajador infatigable por la paz, los derechos humanos y la justicia social.

Padre Gabriel Izquierdo

Izquierdo fue director del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) por más de 10 años.

Foto:

Cortesía: revista Semana

22 de marzo 2017 , 12:21 a.m.

No pudo ver concluidos dos de los proyectos a los que más tiempo y energía les gastó: la consolidación de la paz y la remodelación de la antigua iglesia de San Ignacio. A los pocos días de su desaparición ya se le echa de menos.

Para no ir muy lejos, en los preparativos de la conmemoración de los 20 años del asesinato, a manos de paramilitares, de Elsa Alvarado, de su padre, Carlos, y de Mario Calderón, exjesuita, compañeros de trabajo en el Centro de Investigaciones y Educación Popular (Cinep), del que el padre Gabriel era su director en ese lamentado 20 de mayo de 1997, sus ideas y su voz hacen falta.

Un sacerdote que ese día no fue diplomático ni políticamente correcto. No se comió su dolor, lo hizo público y señaló, sin investigaciones exhaustivas, a los culpables de manera directa y clara. Encabezó la multitudinaria y dolida marcha de decenas de personas de diversas procedencias que, por las calles de Bogotá, mostraron su repudio ante este salvaje crimen, que sigue en la impunidad.

No se podía creer que el paramilitarismo tuviera tanto poder. Que sus asesinos a sueldo hubieran llegado hasta el edificio, en el sector de Chapinero alto, donde habitaba la pareja Alvarado-Calderón, para matar a tres de los integrantes de la familia y luego se hubieran marchado, sin problema alguno. El hijo de la pareja, Iván, se salvó porque la abuela lo escondió en un clóset, adelantándose, providencialmente, a esos matones, los que parecían ceñirse a un contrato, entre personas desconocidas, que ni siquiera firmaban un documento, pero que cumplían a rajatabla esas órdenes que se pasaban de voz en voz y que siempre terminaban llevando a cabo su infame cometido.

Testamento

Escribió el padre Gabriel el editorial de la revista Cien días, órgano del Cinep, que circuló dos meses después. Palabras que constituyen parte de su testamento.

“Este número especial de Cien días quiere expresar desde lo profundo del corazón del Cinep un enorme dolor que es vacío, frustración, ruptura que nos golpea desde la muerte violenta de Elsita, Mario, Carlos y desde la soledad de Iván y de Elvira… Nos duele el golpe que ha recibido el Cinep en cuanto significa odio, exclusión, incomprensión, intolerancia, liquidación de vidas para expresar, sin dudas, diferencias o contradicciones con la acción y la propuesta que estamos construyendo. Sin embargo, más unidos que nunca, queremos reafirmar la esperanza en nuestra misión, que significa trabajar desde los grupos populares, desde sectores que son de una o de otra manera excluidos de la sociedad, y con ellos edificar un patria mejor, donde se respete la dignidad y los derechos de las personas, se viva la solidaridad y el pluralismo, se pueda convivir en paz en medio de las diferencias, se establezcan relaciones sociales más justas y más humanas, y se goce de una mejor calidad de vida. Nuestra esperanza también brota de la voluntad de solidarizarnos con todos los que son afectados por la violencia, y de nuestro rechazo contra todas las formas intimidatorias para solucionar nuestros conflictos”.

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Ese fue su compromiso de vida, usar la palabra, su palabra y la del Evangelio para que la tolerancia se hiciera presente en los espacios de trabajo que creaba o a los que llegaba, convencido de que creando relaciones respetuosas y justas se podía detener la violencia.

El asesinato de sus compañeros del Cinep y el del también jesuita Sergio Restrepo Jaramillo, en junio de 1989, en Córdoba, serían dos de los golpes más duros que recibió en su larga vida sacerdotal que comenzó cuando cumplió once años. Al iniciar el bachillerato les dijo a sus padres que se iba a estudiar a El Mortiño (Zipaquirá), un colegio de los jesuitas. Sentía ya la inclinación al sacerdocio. Partida sin regreso. Su madre, Elvira Maldonado, se puso feliz, porque era muy devota y le hacía gran ilusión tener un hijo sacerdote, como cuenta su hermana María Elvira, y su padre, Leonardo Izquierdo, mostró su desaprobación. No tenía buena relación con el clero, pero no se opuso, porque fue un liberal respetuoso de las decisiones de los demás, así fueran las de un niño. Aunque no se resignó. Años después, cuando Gabriel estaba haciendo ya sus estudios de filosofía se lo llevo dos meses a Europa, a visitar a una hija, viaje con el que buscaba cambiarle el rumbo de la vida, pero la decisión del padre Gabriel no estaba en discusión.

Como nunca lo estuvo su inquebrantable resolución de trabajar en y con las comunidades. Costumbre aprendida en su casa. Creció en una finca en Chocontá, por donde pasaron muchos de los desplazados de la primera Violencia (años 50 del siglo pasado), que venían de La Palma y de Yacopí, allí encontraban comprensión, un hogar de paso, comida y ropa.

Una de sus primeras misiones fue en el sur del Atlántico, después de un grave invierno que dejo tantos o igual número de damnificados, como los que quedan ahora, porque casi todo sigue igual. Vivió meses en Manatí, en donde trabajó hombro a hombro en la reconstrucción de hogares, en la consecución de embarcaciones para los pescadores y en la creación de algún tipo de actividad económica que restituyera a los pobladores alguna ocupación laboral de la que pudieran derivar su sustento. Sin agua potable, sin casa fija, sin iglesia, sin alimentos abundantes, se mantuvo viviendo con la comunidad de la que nunca se desligó, como testimonia su hermana.

Con los otros

Siempre pidió a sus superiores responsabilidades para ejecutar tareas en las que la palabra, las obras y estrechar relaciones con otras personas fuera lo primordial. “No fue un sacerdote caritativo ni contemplativo. Fue un fiel seguidor de Ignacio de Loyola, que lo inspiró en la certeza de que hay que trabajar con la gente, entregarle herramientas para obtener cosas y, sobre todo, para hacerlo un buen ser humano”, dice Carlos Alberto Marín, antropólogo y exjesuita que anduvo varios años al lado del padre Gabriel.

Cuando comenzó la Misa por televisión, fue Cenpro, la programadora de los jesuitas, la que facilitó la transmisión. Ese proyecto fue muy importante para el padre Gabriel, que con el padre Joaquín Sánchez, entre otros, lo sacaron adelante y mantuvieron por años.

Estuvo muchas veces dispuesto a servir de mediador con los grupos armados de izquierda y de derecha, para la entrega de personas secuestradas.

Fue clave en la redacción de la pregunta que se le hizo a la ciudadanía en la votación del Mandato por la Paz.

Participó en el Programa por la Paz, al lado del padre Horacio Arango, en la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz y fue miembro de la Comisión de Conciliación Nacional de la Conferencia Episcopal de Colombia, cuenta el Defensor de Derechos Humanos y profesor de la Universidad Santo Tomás, Carlos Rodríguez Mejía, quien agrega: “Gabriel fue siempre solidario con los defensores de derechos humanos, a quienes nos agradecía cada vez que tenía oportunidad, porque decía que nuestro trabajo no era valorado en su justa medida. Su enfoque pastoral no tenía que ver con la piedad ni con la caridad, sino con la justicia. Por ejemplo, decía que la paz no era un regalo para nadie sino un derecho”.

Se movía como pez en el agua en esos espacios, a los que concurrían representantes de diferentes sectores. No le era nuevo convivir con personas muy distintas entre sí. Su experiencia como formador de jesuitas en el seminario de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, en donde además creó unos programas en la radio y como profesor en el San Bartolomé Mayor, en donde abrió sesiones de cine semanales, con discusión incluida, que aún se recuerdan con nostalgia, le sirvieron de plataforma para coordinar y sacar adelante iniciativas ciudadanas, cuenta otro de sus compañeros, el laureado jesuita Fernán González, con su libro Poder y violencia en Colombia.

El padre Gabriel se involucró en arreglos estructurales para la iglesia de San Pedro Claver de Cartagena, pero sería la remodelación de la iglesia de San Ignacio a la que le dedicó varios años, desde el 2003. Iglesia que, junto con el Colegio Mayor de San Bartolomé y el Museo de Arte Colonial, constituyen uno de los conjuntos artísticos y religiosos más importantes del país. Edificios que comenzaron a construirse en 1605, por el jesuita italiano Juan Bautista Coluccini, inspirado en la iglesia de San Ignacio en Roma. En noviembre del 2012, el padre Gabriel Izquierdo, en entrevista en este periódico con Fabián Forero Barón, se dolía de la poca importancia que le prestaban los sectores de poder a esta remodelación, que constituía para él la entrega de un espacio público no solo para abrir la iglesia sino para ganar un bello espacio cultural para conciertos, presentaciones de teatro, discusiones y foros. Pero, sobre todo, tenía la ilusión, como quedó consignado en el reportaje: “Me gustaría contar con una escuela de restauradores y realizar talleres de formación en diversas áreas, con las comunidades de los barrios cercanos como Belén, Egipto y Las Cruces”.

Ernesto Moure, arquitecto residente y quien se encuentra al frente de los trabajos que estarán concluidos en unos meses, señala los buenos oficios durante casi 14 años del padre Gabriel y que no se limitaron solamente a la consecución de fondos (más de 14.000 millones de pesos), sino a toda la parte resolutiva sobre obras muy delicadas del patrimonio religioso, histórico y artístico que llevaba un siglo sin ser intervenido.

El padre Germán Bernal, cuando el padre Gabriel se enfermó, pidió a su superior relevarlo en sus obligaciones al frente de la remodelación. Cuenta que fueron compañeros desde que comenzaron el noviciado, que los acercó la música, ambos tocaban acordeón y les gustaba crear coros. “Llegué a concluir el trabajo al que Gabriel se dedicó por tantos años. Comenzamos juntos el sacerdocio y la música nos hizo estrechar los lazos de amistad. No era aficionado como yo. Era toda una autoridad en materia musical. Sabía mucho de ópera y coleccionaba discos de María Callas, los que se le heredaron a la emisora de la Universidad Javeriana”.

Aparte de este listado incompleto de obras, el padre Gabriel fue el párroco de la Comunidad de Fátima, que se reunía cada domingo en la iglesia del Colegio San Bartolomé de la Merced y que trabaja con jóvenes de sectores marginados de la ciudad en proyectos productivos.

Pero en su atiborrada agenda siempre había espacio para ir al cine y para oír a María Callas, sus dos principales entretenimientos junto con comer, en compañía de quien llegaba a visitarlo, todo tipo de comida chatarra que le encantaba y que depositaba en los cajones de su escritorio.

Hace falta la sonrisa iluminadora y la carcajada sonora del padre Gabriel Izquierdo y sobre todo su palabra precisa sobre la necesidad de consolidar la paz, con justicia social.

Myriam Bautista*
Cronista e investigadora. Fue periodista de ‘Semana’.
Ha publicado ‘Palabras mayores’ (Intermedio).

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